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La caída de "El Mencho": El fin de un capo y el inicio de la hoguera.
La madrugada en Tapalpa suele oler a pino y tierra mojada; es un refugio envuelto en ese silencio frío que solo las montañas de Jalisco saben custodiar. Pero este 22 de febrero, el silencio no lo rompió el viento entre las ramas, sino el estruendo seco de un operativo que clausuró una era. Bajo el manto de la oscuridad, las fuerzas federales - no sabemos si apoyada por EU-, cerraron el cerco sobre el hombre más buscado: Nemesio Oseguera Cervantes, "El Mencho".
El enfrentamiento fue breve, quirúrgico y definitivo. El líder que erigió un imperio sobre el rigor militar y toneladas de cristales sintéticos, cayó en la misma tierra que lo vio consolidarse. Mientras los detalles técnicos se guardaban bajo el hermetismo de la "seguridad nacional", el impacto en el asfalto fue instantáneo. Lo que comenzó como un golpe de precisión en la montaña, terminó por fracturar la columna vertebral de medio país.
Apenas se filtró la noticia, el mapa de México dejó de trazarse con tinta de burócratas para dibujarse con el humo negro de neumáticos calcinados. Antes del mediodía, once estados ya compartían una misma coreografía de fuego. Desde el oleaje de Nayarit hasta las llanuras de Tamaulipas, el caos operó con una puntualidad aterradora, recordándonos que el control de las carreteras tiene dueños que no visten uniforme, pero que imponen su ley con fuego.
En las autopistas, la violencia dejó de ser una cifra estadística para cobrar un rostro humano. Familias enteras, turistas con la mirada extraviada y trabajadores de línea se convirtieron, sin buscarlo, en extras de una película de guerra. Los videos en redes sociales son la crónica de una orfandad: pasajeros descendiendo de autobuses en mitad de la nada, obligados a entregar el vehículo que los llevaba a casa para verlo devorado por las llamas en cuestión de segundos. En Guadalajara, el eco de las maletas arrastradas a toda prisa por el pavimento del Aeropuerto fue el sonido del desconcierto que paralizó al Bajío.
El miedo tras el cerrojo
La ofensiva no respetó la intimidad del barrio. En Michoacán y Guanajuato, el ataque bajó a las banquetas. Tiendas de conveniencia y farmacias se volvieron blancos de guerra. El método fue la pesadilla veloz: el rugido de una moto, el flamazo de una bomba molotov y la huida, dejando tras de sí locales humeantes y una población que optó por el cerrojo, la cortina cerrada y el silencio.
Mientras los gobiernos anuncian "blindajes" y "mesas de seguridad" el país permanece en vilo. Las carreteras, que deberían ser los canales por donde corre la vida y el comercio, hoy son cicatrices de un patrullaje intenso que intenta, a marchas forzadas, recoger los pedazos de un orden que se rompió al amanecer.
¿Exagera la Embajada de EU con su alerta inusual?
Lo que para nosotros se ha vuelto "resiliencia" o simplemente "el costo de vivir aquí", para un servicio diplomático es un riesgo inasumible. Ver 11 estados bajo fuego simultáneo es, técnicamente, una situación de guerra híbrida. Si esto ocurriera en cualquier capital europea, el mundo se detendría. La Embajada no exagera; simplemente no puede permitirse el lujo de la normalización que nosotros hemos desarrollado como mecanismo de defensa.
Su sistema de alerta se dispara por definición cuando civiles son obligados a bajar de autobuses para convertirlos en barricadas. No es un juicio sobre el éxito del operativo militar, sino una lectura pragmática sobre la reacción en cadena.
Prefieren el costo político de una nota diplomática de la Cancillería, que el costo humano de un ciudadano atrapado en el fuego cruzado.
A veces, los que "exageramos" somos nosotros al considerar que es aceptable que se incendien farmacias un domingo por la mañana. La alerta de la Embajada funciona como un espejo incómodo: nos recuerda que lo que vivimos hoy no es, ni debería ser jamás, la normalidad.
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