El peso de las ausencias
México despierta hoy con una cifra que no es solo un número, sino un abismo: 133,000 desaparecidos. Detrás de este dato, reportado por The New York Times, hay historias como las del rancho Izaguirre en Jalisco, donde lo que el gobierno llamó un "campo de entrenamiento", los voluntarios revelaron como un escenario de horror, recuperando dientes y fragmentos de huesos de una fosa séptica.
La presidenta Sheinbaum enfrenta hoy una encrucijada humana y política. Aunque los homicidios han bajado, las desapariciones caminan en sentido contrario, duplicándose en la última década. El gobierno apuesta por auditorías y datos más limpios para localizar a quienes aún tienen rastro de vida; sin embargo, para las madres buscadoras, estas cifras se sienten como un intento de administrar la tragedia en lugar de resolverla.
La realidad es cruda: mientras las instituciones se fortalecen en el papel, en los terrenos parduzcos de Sinaloa o Jalisco, las familias siguen hundiendo la pala en la tierra. Porque en un país donde las ausencias se cuentan por miles, la verdadera justicia no llegará con una estadística, sino cuando el Estado sea capaz de devolver, al menos, la paz de un nombre a cada resto encontrado.