El circo de las fracturas: El país que sangra mientras el Congreso grita
El recinto de la Comisión Permanente, que alguna vez concebimos como el máximo refugio de la razón republicana, volvió a escenificar ayer el doloroso naufragio de nuestro debate público. La sesión, lamentablemente, no sirvió para articular cómo apagar el incendio de la violencia que asfixia a millones de familias, sino para disputar, a gritos, quién tiene la culpa histórica de haber encendido la mecha.
El choque de trenes comenzó cuando la presidenta de la Mesa Directiva, Laura Itzel Castillo (Morena), utilizó la tribuna para repasar la genealogía de los cárteles. Era un pase de lista de las herencias malditas de las administraciones pasadas. Sin embargo, lejos de generar una reflexión, la oposición devolvió el golpe acusando un colapso en el presente y un presunto pacto de impunidad.
Fue en ese momento cuando la solemnidad institucional terminó de romperse por completo. La urgencia ciudadana quedó asfixiada por la estridencia de la senadora panista Lilly Téllez. Desde su escaño y sin necesidad de tener el micrófono abierto, Téllez implementó la interrupción como estrategia. Su estridencia llenó la sala con un objetivo político claro: desquiciar a la oradora, obligar a la presidencia a reaccionar y dominar la sesión.