4 oct 2026

Brasil: unas elecciones inciertas que ponen a prueba la paciencia popular/Carlos Malamud

Asistimos este domingo a una contienda histórica en Brasil, pero definida mucho más por el rechazo al adversario que por el entusiasmo hacia las propuestas.

La elección nos deja un escenario de profunda tensión política. Por un lado, un Lula da Silva de 80 años que busca su cuarto mandato aportando trayectoria, pero acusando el desgaste de décadas en la vida pública. Por el otro, Flavio Bolsonaro, de 45 años, quien intenta rescatar el legado de su padre, pero carece de su carisma y enfrenta fisuras en el bloque conservador.

Las encuestas anticipaban un empate técnico impulsado por niveles de rechazo abrumadores. Y las urnas lo confirmaron: con más del 99% de las boletas escrutadas, la diferencia es de apenas dos puntos —47.1% para Bolsonaro frente al 45% para Lula—. La presidencia se definirá el próximo domingo 25 de octubre en un ballotage -segunda vuelta- de pronóstico reservado.

Esta campaña ha estado condicionada por distorsiones inéditas: denuncias de injerencia externa vinculadas a Trump, una silenciosa crisis de endeudamiento familiar por apuestas electrónicas y una intensa desinformación religiosa. El caso más gráfico fue el bulo de que se quitaría a la Virgen de la Aparecida como patrona de Brasil: una falsedad que sacudió a los fieles, permitiendo a Lula afianzar el voto católico y recortar la enorme distancia de su rival entre los evangélicos.

Sin embargo, la reflexión más profunda trasciende quién gane la segunda vuelta. Gane quien gane, la gobernabilidad estará hipotecada al Centrão, ese bloque pragmático de partidos que verdaderamente controlará el Congreso.

El verdadero drama de fondo es la parálisis del relevo generacional. Brasil exige con urgencia una renovación de líderes a izquierda, centro y derecha. Y lamentablemente, ese recambio político ni existe hoy, ni se vislumbra en el horizonte.

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Brasil: unas elecciones inciertas que ponen a prueba la paciencia popular/Carlos Malamud

El Actualizado Domingo, 4 octubre 2026 -

Este domingo los brasileños están llamados a las urnas para elegir presidente y vice, los 26 gobernadores, la totalidad de la Cámara de Diputados y dos tercios del Senado, y las legislaturas de los estados. En algunas elecciones, como las presidenciales y a gobernadores, es necesario obtener el 50% de los votos más uno para evitar la segunda vuelta, que se celebrará el 25 de octubre.

Todo indica que la elección presidencial, la más importante, se decidirá en una segunda vuelta entre Luiz Inácio Lula da Silva, el actual mandatario, y Flavio Bolsonaro, hijo del ex presidente Jair Bolsonaro (2019 - 2023). Si bien hay 12 candidatos, solo los dos mencionados tienen opciones de triunfo, al apenas llegar los 10 restantes al 16% de intención de voto.

Un drama de muchos brasileños es no tener dónde elegir, ya que la fuerte polarización (menor en el Parlamento y en los estados) ha laminado cualquier otra opción. Muchos dudan entre Lula y Bolsonaro, más en función del voto útil que de sus virtudes, aunque de poder hacerlo votarían por otros políticos. Esta vez, aunque en menor medida que en 2018 y 2022, muchos votarán para evitar el triunfo del contrincante, más enemigo que rival. No en vano los porcentajes de rechazo son sumamente elevados. Una encuesta reciente de Nexus da un 48% a Lula y un 51% a Bolsonaro.

Si bien Lula está más capacitado para el cargo y tiene mayor experiencia, Bolsonaro, pese a todos los inconvenientes que afrontó al comienzo y a lo largo de su campaña, aún mantiene serias opciones de triunfo. Esto responde a que el Gobierno es desaprobado por una parte importante de la sociedad. No solo eso. Lula tiene 80 años, nada serio en medio de la gerontocracia dominante en el mundo (la misma edad que Donald Trump, cuatro años más que Narendra Modi y siete más que Xi Jinping y Vladimir Putin), pero, pese a ello, muchos brasileños desean ver caras nuevas y la renovación de su dirigencia.

Lula ha sido durante décadas, lo sigue siendo, una figura omnipresente en la vida pública brasileña. Esta vez aspira a su cuarto mandato. Fue presidente entre 2003 y 2011 y desde 2023. A esto se suma que, a partir de 2011 y hasta 2016, fue sucedido por Dilma Rousseff, de su mismo partido. Además, entre 2018 y 2019 estuvo casi dos años preso por corrupción, si bien fue liberado por errores procesales y defectos de forma, al entender el Tribunal Supremo que sus derechos no se habían salvaguardado correctamente.

Compite con Flavio Bolsonaro, de 45 años, que recoge el legado político de su padre, pero sin su carisma. Su candidatura se forjó tras una seria disputa con su madrastra, Michelle Bolsonaro, con serias aspiraciones presidenciales y un mayor respaldo entre las bases evangélicas. Su nombre también fue cuestionado por parte de un establishment conservador que lo apoya sin demasiado entusiasmo, pensando que un candidato extrafamiliar, como Tarcísio de Freitas, gobernador de São Paulo, tendría mayores posibilidades y mayor legitimidad.

Bolsonaro se ha visto salpicado por el escándalo de corrupción protagonizado por Daniel Vorcaro, el ostentoso dueño del banco Master, que afectó no solo a algunos de sus familiares y seguidores, sino también a ministros y dirigentes del oficialista Partido de los Trabajadores (PT). Su excesiva proximidad a Trump, rayana en un seguidismo extremo, es otro factor que ha jugado en su contra y le ha permitido a Lula presentarse como el gran defensor de la soberanía nacional frente a las agresiones imperialistas de EEUU.

Brasil es una de las mayores democracias del mundo con un proceso electoral modélico, aunque desde que algún Bolsonaro es candidato se ha cuestionado la inviolabilidad y la eficiencia de las urnas electrónicas. Por otro lado, estas son unas elecciones bastante anómalas comenzando por la fuerte polarización y por la injerencia de Trump en apoyo del candidato del Partido Liberal (PL), aunque Bolsonaro de liberal tenga poco.

La campaña ha estado sacudida por diversos casos de corrupción, por el fuerte enfrentamiento interno entre magistrados del Supremo Tribunal Federal, la máxima instancia judicial, y, más recientemente, por la prohibición gubernamental de las apuestas electrónicas, que influyeron en el extendido endeudamiento de particulares y familias, por el aumento de ayudas sociales como «Bolsa Familia» y por un conflicto de índole religiosa que afectó a las bases católicas y evangélicas de los candidatos.

A partir de un bulo se difundió la falsa idea de que, en caso de ser elegido, Bolsonaro quitaría a la Virgen de la Aparecida, morena y mujer, como Patrona de Brasil, para entronizar a Jesús en su lugar. La noticia fue recibida de distintas maneras por católicos y evangélicos, los primeros más partidarios de Lula y los segundos de Bolsonaro, aunque permitió al presidente ampliar su ventaja entre los católicos y reducir la amplia diferencia de su rival entre los evangélicos.

De todos modos, se llega a la primera vuelta e incluso a la segunda con una mínima diferencia entre los candidatos. Solo cinco puntos en la primera y dos, en los márgenes del empate técnico, a favor de Lula, según algunas encuestas, aunque otras invierten la relación. De ahí la importancia del voto de independientes e indecisos, que puede inclinar la balanza en uno u otro sentido. La incertidumbre es altísima y, según los últimos sondeos, cualquiera puede ganar, si bien quedan tres semanas para la definitiva segunda vuelta, un tiempo más que suficiente para que pasen muchas cosas.

Habrá que ver si la neutralidad de los partidos del Centrão (el Movimiento Democrático Brasileño (MDB), el Partido Social Democrático (PSD), União Brasil, Republicanos y el Partido Progresistas (PP)), que con toda seguridad ganarán las elecciones parlamentarias y controlarán la Cámara de Diputados y el Senado, se mantendrá en la segunda vuelta y si ésta, una vez más, le dará la victoria a Lula. No será sencillo. Para que esto ocurra los electores deberían seguir a pie juntillas las decisiones de los jefes de los partidos, lo que no siempre sucede. De todos modos, una de las grandes preocupaciones brasileñas, que ya se proyecta para los próximos comicios de 2030, es cuándo tendrá lugar la urgente renovación de sus líderes, tanto a izquierda como a derecha, e incluso en el centro, que demanda el país. Lamentablemente, aunque hay mucho tiempo por delante, nada de esto se vislumbra en el horizonte.

Carlos Malamud es investigador principal del Real Instituto Elcano y catedrático de Historia de América en la UNED. Su último libro es 'Golpe militar y dictadura en Argentina' (1976-1983) (Catarata, 2026)


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