1 jul 2026

Habemus cisma! La historia se repite, pero esta vez con transmisión global en vivo..

Habemus cisma! La historia se repite, pero esta vez con transmisión global en vivo..

Fred Alvarez Palafox

Habemus cisma. La historia se repite con la precisión de un reloj suizo, pero esta vez, a la vista del mundo entero.

En la fría quietud de las montañas de Ecône, bajo una inmensa carpa blanca rodeada de colinas verdes, 17,000 personas de 70 países celebraban esta mañana lo que su líder calificó como "un día histórico". Pero a cientos de kilómetros de allí, en los pasillos del Vaticano, el sonido era inconfundible: una tela antigua desgarrándose. La túnica de Cristo, ese símbolo milenario de la unidad, ha sido rasgada de nuevo.

Como relata en su espléndida crónica la colega Elisabetta Piqué para La Nación,, este miércoles 1 de julio la Fraternidad Sacerdotal San Pío X consumó su rebelión. Y a diferencia de 1988, esta vez fue un cisma transmitido en vivo, por streaming y en seis idiomas. Una imponente ceremonia con la antigua misa tridentina en latín, oficiantes de espaldas, mantillas, cantos y ropajes que nos devuelven a los días previos al Concilio Vaticano II.

Para entender la dimensión de esta tragedia, hay que retroceder apenas 48 horas. El Papa León XIV tomó la pluma no como un severo legislador, sino como un padre afligido. "¡Den marcha atrás!", les rogó en una carta conmovedora. Su mayor angustia no era el orgullo papal, sino esos miles de rostros humanos —familias, niños, laicos— que, buscando con sinceridad la tradición, quedarían ahora a la deriva, expuestos a recibir sacramentos ilícitos.

Pero el ruego paternal cayó al vacío. En un acto de abierta desobediencia, los obispos lefebvristas Alfonso de Galarreta y Bernard Fellay —quienes ya habían sido excomulgados en 1988— impusieron sus manos sobre cuatro nuevos ordenados. Respondieron afirmativamente al mandato papal, sabiendo perfectamente que carecían de él.

Y aquí entra un detalle que parece sacado de un relato de realismo mágico. La ceremonia, orquestada de forma impecable bajo un sol abrasador, fue interrumpida al mediodía por el cielo mismo. Se hizo de noche y se desató una violenta tormenta con rayos, truenos y granizo. 

Como si fuera una respuesta divina, el diluvio ahogó los cantos en latín y arruinó el clímax de aquel despliegue del orgullo tradicionalista.

Mientras Davide Pagliarani, superior de la Fraternidad, desafiaba a Roma declarándose "dispuesto a pagar cualquier precio" por defender lo que consideran el verdadero catolicismo frente a un mundo que rechazan, el resto de la Iglesia observa la dolorosa paradoja de nuestro tiempo: creer ciegamente que, para salvar un cuerpo, es un deber sagrado amputarle un miembro.

En Ecône hubo hoy aplausos, cantos y una excomunión automática. Para la Iglesia universal, en cambio, no hay nada que celebrar. Queda flotando en el aire una pregunta profundamente humana e inquietante: 

¿Se extenderá esta condena a los casi 600,000 fieles esparcidos por el mundo? 

Hoy solo nos queda el eco del granizo golpeando la carpa, el dolor de una herida profunda y la triste confirmación de que, a veces, los intentos humanos por aferrarse al pasado terminan quebrando el mandato más sagrado: el de permanecer unidos.

Los obispos católicos tradicionalistas ordenados, los franceses Marc Hanappier y Michel Poinsinet de Sivry, el estadounidense Michael Goldade y el suizo Pascal Schreiber, durante la consagración cismática en Écône, Suiza… 

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