2 jul 2026

¿Hacia una celebración segura? La resaca fúnebre de una victoria.

 ¿Hacia una celebración segura? La resaca fúnebre de una victoria.

Por Fred Alvarez Palafox

La reciente pérdida de cuatro vidas durante los festejos mundialistas del martes ha dejado una herida abierta en la ciudad; un punto de inflexión profundo en la manera en que la capital respira y sobrevive a la pasión del fútbol. En respuesta, desde el atril de Palacio Nacional, la C. Presidenta Claudia Sheinbaum, en coordinación directa con la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, ha delineado una estrategia de contención y cuidado. El objetivo retórico: evitar que la euforia vuelva a desbordarse hacia la fatalidad.

Para tejer un ambiente donde la afición pueda celebrar sin el asomo de la muerte, se trazaron acciones que suenan a remedios tardíos:

¿i) Descongestión visual y física: Instalación de más pantallas a lo largo del Paseo de la Reforma para dispersar de manera natural a la multitud, en un intento por desatar los embudos humanos.

ii) La policía como «guía»: Ante la imposibilidad logística de contener a más de un millón de personas, la corporación asume un cambio de mística. Su misión será orientar y proteger, eludiendo la confrontación.

iii) El apelo a la conciencia colectiva: Un llamado a la responsabilidad ciudadana, pidiendo confiar en el prójimo y moderar el consumo de alcohol en las calles.

iv) En medio de este ambiente mundialista, el atril también sirvió de escudo ante la reciente alerta de viaje emitida por el Reino Unido. Frente a las reservas internacionales, la mandataria fue tajante al defender la hospitalidad de nuestra tierra, asegurando que México sigue siendo un destino seguro y que la paz ha sido la protagonista de la Copa.

Sin embargo, el eco del discurso oficial choca de frente con el luto.

Más allá de las nuevas medidas preventivas y las garantías hacia el exterior, en el aire denso de la ciudad flota una interrogante ineludible: ¿dónde queda la responsabilidad de la autoridad frente a la tragedia del martes?

El espejismo de la autorregulación y la negligencia documentada

Delegar el éxito de la seguridad en la mera autorregulación de una multitud apasionada es un espejismo que diluye la obligación irrenunciable del Estado. La gestión de masas de esta magnitud exige protocolos rigurosos de protección civil y logística urbana, no buenos deseos.

Como bien documenta Erik López hoy en la web La Silla Rota, el gobierno de la Ciudad de México pasó por alto su propio protocolo de gestión de riesgos para estos festivales futboleros. El documento, aprobado apenas el 26 de mayo, era claro respecto a los sitios de transmisión:

"Con la finalidad de evitar contraflujos y mitigar los riesgos, las rutas de acceso a los eventos deberán ser distintos a aquellos que se utilizarán para el egreso y evacuación".

La realidad en las calles fue una trampa mortal.

Jesús Góngora, sobreviviente del caos donde dos personas murieron asfixiadas, relató cómo al término del partido un grupo masivo intentó salir por la calle Lancaster hacia Reforma, topándose de frente con otro mar de gente que intentaba ingresar.

"Venía gente que caminaba en sentido contrario para entrar, y eran más los que querían salir. Chocan y tiran a los demás y les valió", narró Góngora. Ahí se escribió la tragedia. Cuerpos tropezando, gente prensada contra baños públicos instalados en la misma calle Lancaster; un obstáculo físico que el propio protocolo exigía despejar.

¿Quién era el responsable?

El punto 10.4 del acuerdo publicado en la Gaceta de la Ciudad de México establece —señala el reportaje de La Silla Rota— que las medidas debieron aplicarse por lo menos 90 minutos antes del evento, convirtiendo las calles confluentes en rutas de evacuación.

Pero no hubo señales. No hubo indicaciones. Rodrigo Cerezo, fotógrafo de 24 Horas atrapado en la avalancha, lo resume con frustración: "Un mar de gente ingresó desde avenida Chapultepec, ninguna restricción. ¿Por qué si se cerraron las estaciones del Metro cercanas, no hubo ningún dispositivo para restringir el acceso? No había ningún policía, ni gente con altavoz para agilizar el tránsito".

La indolencia como política de Estado

El doloroso saldo de cuatro muertos —confirmado por la Secretaría de Salud capitalina ante una asistencia de 1.4 millones de personas— nos obliga a un cuestionamiento franco. Especialistas en gestión de riesgos coinciden: la Ciudad de México tiene experiencia de sobra en eventos masivos (las peregrinaciones a la Basílica, la Pasión en Iztapalapa). El operativo del martes, simplemente, estuvo mal dimensionado y ejecutado. Fue una negligencia anunciada.

Y, pese a este altísimo costo humano, la indolencia oficial asombra. Pablo Vázquez, titular de Seguridad, se atrevió a presumir una jornada "con tranquilidad". Una afirmación patética que no solo choca con las muertes por asfixia, sino con la ignominia vivida paralelamente en la Calzada de Tlalpan, donde su misma policía encapsuló y agredió a madres buscadoras armadas únicamente con las fotografías de sus hijos desaparecidos.

"Un país que golpea a las madres que escarban la tierra mientras celebra un triunfo deportivo necesita, urgentemente, mirarse al espejo", escribí en mi espacio de La Silla Rota.

Como nos recordaría Rosario Castellanos, parece que nos obligan a vivir en una patria donde el duelo debe guardar silencio para no incomodar la fiesta de los demás.

Hoy, la ciudad nos exige mirar no solo la alegría del festejo, sino la enorme deuda de quienes tienen el deber ético e irrenunciable de garantizar que salir a celebrar un partido no nos cueste la vida

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