Revista Proceso # 2134, a 23 de septiembre de 2017
“Frida Sofía” y la “zona cero” del caos/
JUAN CARLOS CRUZ VARGAS
Los dos días que siguieron al sismo del martes 19 los medios electrónicos, en particular Televisa, sobredimensionaron la tragedia del colegio Enrique Rébsamen, donde presuntamente estaba atrapada una menor llamada Frida Sofía. Elementos de la Secretaría de Marina acabaron admitiendo que esa niña nunca existió. La noticia encendió la inconformidad de los rescatistas y familiares de los afectados, quienes insistieron en que había más cuerpos que rescatar… El viernes 22 la Semar tuvo que rectificar y anunció que los trabajos continuarán.
Desde que los muros y los techos se desplomaron el martes 19, el colegio Enrique Rébsamen –o lo que queda del inmueble– está inmerso en la confusión y la incertidumbre.
El terremoto de 7.1 grados Richter redujo todo a escombros. Hasta el viernes 22, los voluntarios y elementos de la Secretaría de Marina Armada de México (Semar) han rescatado 25 cuerpos sin vida: 19 menores y seis adultos, según informó la dependencia.
Lo peor de la tragedia es el show montado y transmitido por los canales de Televisa alrededor de Frida Sofia, una inexistente alumna de ese plantel ubicado en Villa Coapa, al sur de la Ciudad de México. Desde el principio elementos de la Semar y algunos reporteros dijeron que ella se había comunicado por medio de “toquidos”; otros comentaron incluso que se habían comunicado con ella.
Ego sum qui sum; analista político, un soñador enamorado de la vida y aficionado a la poesía.
23 sept 2017
A la espera del rescate/
Revista Proceso # 2134, a 23 de septiembre de 2017
A la espera del rescate/SANTIAGO IGARTÚA
No se podía respirar. El nubarrón de polvo levantado por dos edificios destruidos –apenas separados por unas cuantas casas y condominios– había nublado el sol en su punto más alto. Se borraron los colores. Todo alrededor de la calle Escocia se tornó color arcilla.
La postal en sepia parecía imagen de una pesadilla del mismo 19 de septiembre, 32 años atrás. Varillas fierro concreto mosaicos vidrios papeles madera polvo polvo polvo.
Así encontró Paola Félix lo que fue la casa de su madre, el departamento 502 en el número 4 de Edimburgo, esquina con Escocia, en la Colonia Del Valle. Nueve pisos aplastados a la altura de una casa de tres.
Cuando llegó, la violencia de la escena y la fragilidad de los escombros habían congregado ya a miles de improvisados rescatistas con policías y marinos. A Paola se le cimbró el alma.
“Busco a Margarita Silva Ochoa, de 59 años”, repitió Paola una y otra vez entre la confusión y el ruido. Había intentado comunicarse con ella por horas sin respuesta. La buscó en clínicas y hospitales como segundo reflejo. Nada. Hasta que un oficial le dijo saber dónde estaba.
A la espera del rescate/SANTIAGO IGARTÚA
No se podía respirar. El nubarrón de polvo levantado por dos edificios destruidos –apenas separados por unas cuantas casas y condominios– había nublado el sol en su punto más alto. Se borraron los colores. Todo alrededor de la calle Escocia se tornó color arcilla.
La postal en sepia parecía imagen de una pesadilla del mismo 19 de septiembre, 32 años atrás. Varillas fierro concreto mosaicos vidrios papeles madera polvo polvo polvo.
Así encontró Paola Félix lo que fue la casa de su madre, el departamento 502 en el número 4 de Edimburgo, esquina con Escocia, en la Colonia Del Valle. Nueve pisos aplastados a la altura de una casa de tres.
Cuando llegó, la violencia de la escena y la fragilidad de los escombros habían congregado ya a miles de improvisados rescatistas con policías y marinos. A Paola se le cimbró el alma.
“Busco a Margarita Silva Ochoa, de 59 años”, repitió Paola una y otra vez entre la confusión y el ruido. Había intentado comunicarse con ella por horas sin respuesta. La buscó en clínicas y hospitales como segundo reflejo. Nada. Hasta que un oficial le dijo saber dónde estaba.
Rebeldía salvadora/ Marcela Turati
Revista Proceso # 2134, a 23 de septiembre de 2017
Rebeldía salvadora/ Marcela Turati
Ante la falta de estrategia en las acciones de rescate y luego de tres días de afanosa búsqueda de las costureras atrapadas en el edificio de Simón Bolívar 168, en la colonia Obrera, las brigadas ciudadanas se sublevaron: Tomaron picos y palas para continuar el rastreo de las empleadas y rebasaron a las tropas del Ejército que quisieron tomar el control. En esas jornadas, todo mundo se coordinó a sí mismo y todos actuaron como si fueran topos.
La escena debería de haber terminado con la imagen de los brigadistas ciudadanos hermanados con soldados, marinos, policías federales y capitalinos, y funcionarios de todas las siglas, cantando juntos el Himno Nacional y coreando ¡Viva México! –con toque de corneta como sonido de fondo para ambientar–, al declararse concluidos los rescates en la fábrica de ropa de la colonia Obrera pulverizada, con un saldo fatal de 22 muertos por el sismo y mínimo tres sobrevivientes.
Sin embargo, la desconfianza hacia todo lo que toca el gobierno se impuso: horas después ese sitio se convirtió en campo de batalla cuando voluntarias inconformes se abrieron paso y, con picos y palas, siguieron abriendo hoyos en busca de un sótano donde creían que otras costureras atrapadas habían sido abandonadas.
Rebeldía salvadora/ Marcela Turati
Ante la falta de estrategia en las acciones de rescate y luego de tres días de afanosa búsqueda de las costureras atrapadas en el edificio de Simón Bolívar 168, en la colonia Obrera, las brigadas ciudadanas se sublevaron: Tomaron picos y palas para continuar el rastreo de las empleadas y rebasaron a las tropas del Ejército que quisieron tomar el control. En esas jornadas, todo mundo se coordinó a sí mismo y todos actuaron como si fueran topos.
La escena debería de haber terminado con la imagen de los brigadistas ciudadanos hermanados con soldados, marinos, policías federales y capitalinos, y funcionarios de todas las siglas, cantando juntos el Himno Nacional y coreando ¡Viva México! –con toque de corneta como sonido de fondo para ambientar–, al declararse concluidos los rescates en la fábrica de ropa de la colonia Obrera pulverizada, con un saldo fatal de 22 muertos por el sismo y mínimo tres sobrevivientes.
Sin embargo, la desconfianza hacia todo lo que toca el gobierno se impuso: horas después ese sitio se convirtió en campo de batalla cuando voluntarias inconformes se abrieron paso y, con picos y palas, siguieron abriendo hoyos en busca de un sótano donde creían que otras costureras atrapadas habían sido abandonadas.
Los dos diecinueves/FABRIZIO MEJÍA MADRID
Revista Proceso # 2134, a 23 de septiembre de 2017
Los dos diecinueves/FABRIZIO MEJÍA MADRID
Veo a un chavo, todavía con los guantes polvosos, el casco sobre los ojos y una pequeña pala en la mano, dormido. Sólo lo ha vencido el sueño. No lo ha hecho ni la ciudad sonando día y noche a ambulancia, a policía, a las radios, ni los encasquetados de la Marina tratando de impedirle el paso a su derrumbe. Es suyo. Conoce cada piedra, cada varilla, cada grieta. Sabe qué hacer
exactamente y en cada instante porque no depende de un plan o un protocolo de “experto”. Él sabe que los que alcanzaron a salir del edificio le dijeron que trabajaban ahí 60 personas, no 28, así, sin nombres, como asegura la autoridad. Él sabe que Javier, el que está allá, tomando agua, ha tenido los ojos llorosos desde las tres de la tarde hasta el anochecer porque no encuentran a su hermano, Gustavo. Siente la frustración de golpear con un mazo la loza sólo para encontrar abajo una igual. Siente la sed de los sorbitos de agua con caliche cada que el agotamiento le gana a las ganas.
Nada lo ha derrotado, sino un sueño, como un desmayo, recargado contra un árbol. Lo veo y recuerdo el otro 19 de septiembre, el mío, el de 1985, en el que no comíamos ni bebíamos porque la ayuda era exclusivamente para los damnificados. Aquella vez nos dormíamos igual, a ratitos, más de hambre que de cansancio y, a veces, del tedioso ruido de los picos sordos aguijoneando el concreto. Nos cansábamos de la oscuridad de la ciudad como cueva. No extenuaba buscar y no encontrar.
Remover con las manos la ciudad que pesa, atiborrada de pesar. Nos despertaba, de pronto, el silencio, la señal de que alguien, allá abajo, se había movido, gritado, golpeado una tubería. Entonces, ponerse de pie, otra vez, esta vez sí sacaremos a alguien con vida del infierno aplastado, de aire desmenuzado, de penumbras calladas. Ese sigue siendo el sueño en este otro 19 de septiembre –maldito sea, porque nos obliga así a recordar de lo que somos capaces–: restaurar, recuperar lo ido para siempre.
Los dos diecinueves/FABRIZIO MEJÍA MADRID
Veo a un chavo, todavía con los guantes polvosos, el casco sobre los ojos y una pequeña pala en la mano, dormido. Sólo lo ha vencido el sueño. No lo ha hecho ni la ciudad sonando día y noche a ambulancia, a policía, a las radios, ni los encasquetados de la Marina tratando de impedirle el paso a su derrumbe. Es suyo. Conoce cada piedra, cada varilla, cada grieta. Sabe qué hacer
exactamente y en cada instante porque no depende de un plan o un protocolo de “experto”. Él sabe que los que alcanzaron a salir del edificio le dijeron que trabajaban ahí 60 personas, no 28, así, sin nombres, como asegura la autoridad. Él sabe que Javier, el que está allá, tomando agua, ha tenido los ojos llorosos desde las tres de la tarde hasta el anochecer porque no encuentran a su hermano, Gustavo. Siente la frustración de golpear con un mazo la loza sólo para encontrar abajo una igual. Siente la sed de los sorbitos de agua con caliche cada que el agotamiento le gana a las ganas.
Nada lo ha derrotado, sino un sueño, como un desmayo, recargado contra un árbol. Lo veo y recuerdo el otro 19 de septiembre, el mío, el de 1985, en el que no comíamos ni bebíamos porque la ayuda era exclusivamente para los damnificados. Aquella vez nos dormíamos igual, a ratitos, más de hambre que de cansancio y, a veces, del tedioso ruido de los picos sordos aguijoneando el concreto. Nos cansábamos de la oscuridad de la ciudad como cueva. No extenuaba buscar y no encontrar.
Remover con las manos la ciudad que pesa, atiborrada de pesar. Nos despertaba, de pronto, el silencio, la señal de que alguien, allá abajo, se había movido, gritado, golpeado una tubería. Entonces, ponerse de pie, otra vez, esta vez sí sacaremos a alguien con vida del infierno aplastado, de aire desmenuzado, de penumbras calladas. Ese sigue siendo el sueño en este otro 19 de septiembre –maldito sea, porque nos obliga así a recordar de lo que somos capaces–: restaurar, recuperar lo ido para siempre.
¡Qué gran ejemplo de solidaridad y hermandad!
Revista Proceso # 2134, a 23 de septiembre de 2017
De Ariel Dorfman
Queridos amigos de Proceso:
Una nota breve para contarles que desde el extranjero se destaca que la devastación es inmensa pero más inmenso el corazón solidario del pueblo mexicano.
¡Qué gran ejemplo de solidaridad y hermandad!
Ojalá que todos sigan bien y que puedan seguir haciendo su trabajo, ya que me imagino que, mientras la gran mayoría se dedica a salvar a sus semejantes, unos cuantos siniestros ya planifican su enriquecimiento con esta tragedia, y ahí estará Proceso y el espíritu de Julio Scherer para asegurar que serán investigados y denunciados.
Angélica y yo volvemos a mandar nuestros abrazos.
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