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El dos de octubre recordado por Miguel Reyes Razo

HORAS ETERNAS VIVIDAS EL 2 DE OCTUBRE/ por Miguel Reyes Razo.
EL SOL DE MÉXICO, 2 y 3 de octubre de 2015

Fue ayer como a las 11 de la mañana,  en plena explanada del Palacio Legislativo de San Lázaro, cuando el educado joven Gabriel Fernández de la Garza y el infatigable observador Héctor Cervera me preguntaron: “¿Informó usted algo de lo que pasó el 2 de Octubre en Tlatelolco?” “Este viernes se cumplirán 47 años. Un titipuchal.  “¿Recuerda? “¿Cómo fue? “  “¡Cuente!”
“Llegué a la redacción de “El Heraldo de México” como a las 10 de la mañana. El Jefe de Información, Don Mario Santoscoy era muy estricto y exigía a los reporteros acudir al periódico a recoger su “orden”, revisar periódicos, conocer que nota nos había ganado la competencia y detalles sobre la tarea encomendada.
“Cubra el mitin del Consejo Nacional de Huelga a las 17:30 en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Los muchachos dicen que marcharán a Santo Tomás. Al Politécnico. Repórtese con frecuencia…”. Así había  “tecleado” Santoscoy mi comisión.
Llevábamos meses con el Movimiento Estudiantil. A diario a Ciudad Universitaria. A platicar con Pablo Marentes. Joven de rostro e inteligente amaba el periodismo. Había entrevistado a Richard Nixon. A John F. Kennedy. Informaba los hechos del Rector Javier Barros Sierra. Lo que hacía Fernando Solana. Secretario General de la Universidad Nacional. Solana exsubdirector de la revista “Mañana”. Nos sacudió la toma de la C.U. la noche del 18 de septiembre. Tan inesperada. Cuando un leal amigo le telefoneó al diario y me interrogó con helada voz:
 “¿A que obedece la Operación Ciudad Universitaria?”

“No te entiendo. No sé qué me quieres decir…

“¡Que el Ejercito está entrando a escuelas y facultades. Tropas bien armadas…
“Espera. Se lo diré a mi Jefe de Información.
Me volví  hacia Don Mario Santoscoy. Me escuchó. Con aire fastidiado me replicó:
“Déjese de fantasías. Póngase a escruibir. Llega usted tarde y todavía pierde el tiempo. Además haga que le hablen por otro aparato. Deje libre el mío.
“No me creyó”- dije a mi informante.
“Te juro que es cierto. Lo estoy viendo. ¿vas a perder la información? La cosa está muy dura.
“Espera. Aguántame, cuate. El señor Santoscoy tiene su genio…
Porfíe. Insistí. En vano. La voz de mi amigo se oía muy distante. Muy apenas. Como si se hallara en un sitio vigilado. Como si procurara susurrar su confidencia. Y SAntoscoy cada vez más sulfurado. El lleno rostro juvenil –andaba en sus 28 años el compadre de Don Manuel Buendía- se encendía peligrosamente. Jugué mi última carta:
“Mire señor Santoscoy. Lo que le digo es verdad. Si no lo fuera le ofrezco mi renuncia. Sin más me iré del periódico.
Casi resplandeciente Santoscoy ordenó:
 “Leopoldo Mendívil…Reyes Razo…¡Vayanse a Ciudad Universitaria…Llévense al fotógrafo Porfirio Cuautle …¡Apúrense!”
 Cuautle puso su cochecito. Un “Renault” diminuto. Nos apretujamos y ya íbamos a toda velocidad cuando dejamos atrás el cine “México”. Y llegamos a las inmediaciones de Ciudad Universitaria. Cerca de un club de españoles abandonamos el “Renault”. Cuautle procuraba esconder su equipo. Los soldados solían –como policías uniformados y en traje de paisano- despojarlos de cámaras y lentes. O –con aires de reto y palabrotas- estrellarlas contra el pavimento. No era cosa de echar a perder las “Olimpus Pen” que Don Gabriel Alarcón adquirió para el grupo que dirigía Eduardo Quiroz.
 EL EJERCITO INVADIO CIUDAD UNIVERSITARIA. AVASALLÓ ALUMNOS, PROFESORES, CATEDRÁTICOS Y FUNCIONARIOS IFIGENIA MARTINEZ FUE ENCARCELADA EN TLAXCOAQUE
 ¡Era cierto! Los soldados se habían apropiado de Ciudad Universitaria. ¡Era cierto! Automovilistas que descendían de sus transportes para llevarse las manos a la cabeza en gesto de desesperación para luego mesarse los cabellos y mirando al cielo protestar con llanto y gritos de profundo dolor. “¡Mi casa! ¡MI casa tomada asi! ¡Mi casa agraviada!”…Arma en mano, alerta, tensos de pies a cabeza los soldados mostraban que nadie los movería de ahí. En la explanada de Ciudad Universitaria decenas de muchachos –hombres y mujeres- yacían boca abajo, con las manos enlazadas a la espalda. “Yo estaba examinando a los muchachos cuando fui detenida. Tendida. Y llevada a Tlaxcoaque”, contaría después la respetadísima Ifigenia Martínez.
 Era el miedo. Era el temor. Era el terror. Inquietud de padecer torturas sin fin. De perder la vida. “Con estos soldados no se juega”, se decía con amargura. Y con sus jefes menos. El propio Pablo Marentes fue aprisionado. Había jueces –Clotario Margalli el más famoso- más que dispuestos a declarar responsable del delito de “Disolución Social” al primero que se les pusiera enfrente. Y a Lecumberri. Al Palacio Negro. A la “peni”.
 Días azarosos. Semanas de versiones. De hablillas. De guardias en el Zócalo. De irritación por el bazukazo contra la Preparatoria de San Ildefonso. Advertencias del Presidente Díaz Ordaz. “Aquí está mi mano tendida…En mi no ha nacido el rencor…No se de odio…Un mexicano no deja a otro con la mano estirada…El gobierno cumplirá estrictamente con la Ley…Con su responsabilidad…” Y los muchachos que se organizaban en piquetes volantes. Organizaban –con éxito- “mitines relámpago”. La sociedad, las familias encontradas. Padres preocupados. “les va a pasar algo”. Hermanos menores entusiasmados “¡Qué bueno , manito. Tú dale”.  Y las madres soltaban los centavos en los mercados a los que llegaban a “botear” los estudiantes. Y ocurrió la toma del “Casco de Santo Tomás”. Con balazos. Inmediaciones del Plan Sexenal. Ciencias Biológicas. Por la Calzada de los Gallos.  Que los estudiantes de la Escuela Nacional de Maestros –los normalistas- se sumaban al Consejo Nacional de Huelga. Al Movimiento Estudiantil.
 Por la Prolongación de San Juan de Letrán corrían los autobuses “Vía San Juan”. De tono anaranjado. Y los trolebuses. Y los camiones de la ruta “Circuito Hospitales”. Quizá los llamados “Postergados” que llegaban hasta la Colonia Industrial dejando atr{as la Calzada de la Ronda. La ExHipódromo de Peralvillo. Pasaban frente a la flamante Ciudad Tlatelolco. Lucía la Torre. Casa de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Teatros, hospitales, oficinas, escuelas. La Voca 7. Camiones “chatos” de a 40 centavos.
 “ESTO ESTA MUY FEO. UN SOLO REPORTERO NO PODRÁ CON TODO. MANDE A LOPEZ-DÓRIGA A LEGORRETA, A MENDIVIL. LO HARE. CUIDESE. NO SE EXPONGA DE MÁS
 Ya como a las 4 de la tarde llegaban los muchachos a Tlatelolco. Los dirigenres dirigirían palabras desde el tercer piso del edificio “Chihuahua”. Por ah{i andaba Octavio Solís Trovamala. Mi condiscípulo en la Escuela Secundaria Mixta Nocturna “Gabino Barreda”.  Se adhirió a una corriente de radicales. Estaba cerca de Marcelino Perelló, de Gilberto Guevara Niebla, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca,Raúl  Álvarez Garín. Los meros meros del Consejo Nacional de  Huelga. “Perelló no va a venir –me dijo Octavio- Anda mal de las piernas. Está en silla de ruedas. No vendrá”.
 Y comenzó la reunión. Y con altavoces los líderes saludaron a los que poco a poco llenaban la plaza. “Getón…Dientón…Orejón…-describían al Presidente de la República. “¡Es Corona del Rosal…Un desgraciado!”-delineaban con el estribillo de la publicidad de una cerveza al Regente de la Ciudad el General-Licenciado Alfonso Corona del Rosal. “¡Únete pueblo…¡Únete pueblo!”, coreaban, tentaban…
 Y los dirigentes desde el tercer piso del “Chihuahua”:
 “Compañeros…Compañeros…Les comunicamos que decidimos no realizar la marcha que planeábamos realizar hacia el Casco de Santo Tomás…Se produjeron gritos de protesta. “¡Vamos! ¡No nos rajamos!…Los lideres explicaban: “Tenemos informes que nos dicen que de aquí a Santo Tomás está apostado el Ejército. Sus efectivos nos esperan. No tiene sentido pretender realizar la marcha. Sería torpe cambiar insultos por balazos. No queremos…Por eso compañeros sólo realizaremos un mitin y luego nos marcharemos a nuestra casa…
 Había que informar a la redacción. Conseguí monedas de 20 centavos. Lo que costaba un telefonazo. Monedas de cobre con el gorro frigio. Existían casetas telefónicas. Aquel sexenio conocería la línea ¡Un millón! Usé la que estaba en la contraesquina de Relaciones Exteriores. “Que los muchachos ya no van a Santo Tomás –señor Santoscoy. Que…
 “Cúbralo como mitin. Y téngame al tanto”- ordenó Santoscoy. Crucé la calle. Regresaba a la plaza. Policías de azul se movían , cuidaban el edificio de Relaciones Exteriores. Días atrás un incendio había medio chamuscado archivos. Algunos ventanales se habían fracturado. Aquellos policías se metieron a un patio. Rehice mi marcha. Pegado a la iglesia de Tlatelolco. El paso veloz de un contingente de soldados que con las armas embrazadas corría frente a la Vocacional 7. Me hizo volver la cabeza y pensar: “¡Van a tupir a la gente a culatazos!”. Seguí mi camino hacia el centro de la plaza. Los líderes procuraban tranquilizar: “¡No corran , compañeros!” ¡No tengan miedo compañeros! “¡No se atropellen, compañeros. Permanezcamos aquí…No conseguían arraigar a los asistentes. Era hora de escapar. Hacia cualquier parte salir de ahí…
 …LA IDEA DE QUE ME IBA A MORIR ME PERMITIÓ VIVIR…
 “Escuché tiros. “Deben ser salvas”, pensé. “No pueden tirar así los soldados contra la gente”. Pero sí. Los tiros doblaban, vencían, liquidaban. Era la muerte. Gran miedo se apoderó de mi. Pero tenía que contar lo que ocurría. Reportear. Cubrir. Y me hice a la idea de que me iba a morir. De que me había llegado la hora. Mentalmente me despedí de mis padres. De Susana, mi esposa. De Gendebien, de Miguel y de Amaranta mis tres hijos. Y esa convicción me liberó de temores y pude moverme con tranquilidad y serenidad. Entraban tanquetas ligeras. Se intensificó el tiroteó. Entraron camilleros de la Cruz Roja con sus “petos” con el emblema de la Cruz Roja. Me les uní. Los seguí. Los imité: “¡Cruz Roja…No disparen…Cruz Roja…No disparen “, decían mientras alzaban las manos. Soldados se dedicaban a romper las lámparas en los andadores de la Unidad Tlatelolco. El fuego destruyó tubos que distribuían agua. Chorros poderosos nos bañaban. Mi traje –cortado por un sastre de la calle Colón de Guadalajara- quedó dado a la desgracia. Como mis zapatos “Chester” Canadá.
 Ya estaban aquí –era 2 de Octubre- corresponsales de prensa extranjera. Uno de ellos ocupaba una caseta telefónica. “I am press too…I am press too..”, le expliqué . Y me hice del teléfono. “Escuché lo que ocurre, señor Santoscoy. Hay material roidante del Ejército. Hay tiroteos. Hay muertos. Le pido que mande a otros compañeros a Joaquín López Dóriga, a Roberto Legorreta, a Leopoldo Mendívil. Yo solo no podré cubrir todo lo que esta pasando…
 “¡Cuídese mucho, Reyes Razo. No se exponga de más. Voy mandar a otros compañeros. Téngame al tanto… ¡Cuídese!”
 La tarde de Tlatelolco se llenó de gritos. De confusión. La distinguida María de los Ángeles Cárdenas Reynaud referiría con voz estrujada por el espanto:
 “Iba yo de la mano de un amigo mío, un tlaxcalteca que enseñaba Matemáticas. Huíamos de la balacera cuando su mano se aflojó; me soltó. Un tiro lo alcanzó. Y ahí quedó. ¡Estoy horrorizada! ¿Sabe usted dónde puedo reclamar su cadáver?”
 Crepúsculo con ayes y hombres de “guante blanco”. Hombres previamente capacitados traídos de diversos puntos del país. Batallón Olimpia. Entrenados para sofocar amenazas de violencia. Cuerpo de élite que garantizaba la seguridad de los Juegos Olímpicos. El “guante blanco” los identificaba. Sus jefes aconsejaron a fotógrafos se anudaran un pañuelo blanco en la mano derecha. Les permitiría moverse en aquel escenario de gritos desesperados y carreras desbocadas. Imposible salir. Los hombres del “guante blanco” coparon el edificio Chihuahua. Fueron en pos de los dirigentes del Movimiento Estudiantil. En vano los muchachos llamaban a puertas que eran tapias. El intenso tiroteo amedrentó, atemorizó a muchos. Implacables los de la fuerza represora apremiaban a los habitantes del poblado edificio. Construcción de 14 pisos. Como el “Ignacio Ramírez” de Guerrero 808. “¡Abran!. Es la policía. ¡Abran!. O echamos la puerta abajo. ¡Abran tales por cuales! Años más tarde el General Ramón  Mota Sánchez –distinguidísimo alumno del Heroico Colegio Militar- dejó escapar. “A mi me trajeron de Nayarit…” Nada más. Selló sus memorias. Como Don Rafael Hernández Ochoa –cercanísimo al Secretario de Gobernación Luis Echeverría quien lustros después, en su residencia del Club Campestre de Querétaro rozó el tema Tlatelolco. Pocas frases. Horrorizado por su desliz, el exgobernador de Veracruz me rogó: “No publique nunca lo que dije. Desde siempre me impuse la discreción; el silencio en ese tema. ¡Prométame que olvidará esta noche! ¿Cómo pude perder control? “
 Pronto tuvieron trabajo los camilleros de la Cruz Roja. Una lavandera que llegaba  a entregar ropa planchada y almidonada a habitantes del “2 de Abril” fue casi mutilada por la metralla. Varios disparos le fracturaron rodillas y fémur. Se quebró. Y entre caudales de agua se rescató a una mujer de avanzada edad que sangraba por el vientre. Tal desorden atropellaba, aturdía. En un piso alto recogí el último suspiro de un hombre calvo, regularmente trajeado de cuya cabeza  salía un hilillo de sangre que poco a poco adquirió tonos bugambilia. “¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?”, le pregunté. Un último, breve gemido selló su muerte.
 Encontré a Rodolfo Rojas Zea. Joven reportero de “El Día”. Intercambiamos información. “¿Dónde andan los demás? ¿A quién has visto? Encuentro fugaz. Tiempo de ver, escuchar, observar. Concentración de sirenas. De policías. Y los soldados. Poco a poco los integrantes del Batallón Olimpia imponían autoridad. Torpes, aturdidos los atrapados en la Plaza de las Tres Culturas de los rumbos de Nonoalco-Tlaltelolco buscaban un sitio que les sirviera de escondite. O escurrirse hacia la bocacalle más cercana. Quedar panza debajo de un automóvil. Procurar la sombra de una escalera. Alcanzar una azotea. Que un cuarto de servicio estuviera abierto. Que un oficial les franqueara el paso. Y el tiroteo. “Que el General Hernández Toledo está herido. Que fue de los primeros en caer. Hernández Toledo. Que ya tenía mucha experiencia en restablecer el orden en universidades. Sofocó a los de la Universidad Nocolaita de Michoacán.”
 JOAQUÍN LOPEZ-DORIGA…JUAN IBARROLA JR….RAMÓN H. COSÍO…ROBERTO LEGORRETA A TLATELOLCO…APRENDAN A SABER EN QUE PERIÓDICO TRABAJAN: MARIO SANTOSCOY
 Telefonazos a la redacción. Informes concisos a Don Mario Santoscoy. Pasmaba su seguridad. Desde su escritorio en la Colonia Doctores, sin despojarse de su saco, con el caro encendedor “Dunhill” –de los que tenía colección que rivalizaba con la de su gran compadre Don Manuel Buendía- y sus cigarrillos importados “de carita” jamás soltó una injuria, ni una maldición ante la complicada tarea. Conocía las arenas movedizas de su oficio-profesión. Transmitía –casi imperceptiblemente – lo que debía normar la conducta de los reporteros. “¿Se da cuenta dónde trabaja, Reyes Razo. Entiéndalo”. Esa fue su lección cuando en los albores del Movimiento Estudiantil ordenó: “Ocurrirá la Marcha del Silencio. Saldrá del Museo de Antropología. Donde está Tláloc. Cúbrala. Vea que hacen Fausto Trejo y Heberto Castillo.”.
 ¡Soberbia marcha! Parejo el ritmo con que la inmensa muchedumbre lijaba el Paseo de la Reforma. Detenían su viaje los transeúntes. Maravillados observaban su compostura y decisión. Aplaudían su determinación. Su gesto noble, lleno de esperanza. Para subrayar el carácter de silenciosa de su manifestación, hubo quienes sellaron sus labios con papel “pegol”. Engomado que acentuaba la mudez. Y la columna, el cortejo parecía no tener fin. Culebra que se dilataba, se extendía. Que animó a producir el “lead”: “La vanguardia de la Marcha Silenciosa llegó al Zócalo cuando todavía muchos contingentes se hallaban en Antropología”. Don Mario Santoscoy revisaba letra por letra. Extensión, preparación, contenido. Atendía a “no perder la nota”. Nada de participios pasado y menor ¡que horror! El empleo de gerundios. Leía a gran velocidad. Cuando le presenté la “entrada” de mi información hizo una bola irregular. La arrojó a la basura. “Hágala de nuevo. No olvide lo que le dije. Sepa dónde trabaja usted”. Era su conducta normal. Para revisar las notas de aeropuerto que producía el recién llegado jovencito Joaquín López-Dóriga. Camisa de cuello Mao. Melena alborotada. A leguas se le notaba lo acomodado de su origen. Y las del experimentado chiapaneco José Falconi –responsable de la “fuente” de Gobernación-. Las del extravagante Livingston-Denegre-Vaugth. Y las “voladas” de Octavio Magaña. Jefe de Información inflexible Don Mario Santoscoy.
 En la Plaza de Tlatelolco el tiroteo bajó de intensidad cerca de las 7 de la noche. Algunos comercios abrieron sus cortinas. Panaderías para los clientes que engullirían bolillos, teleras y bizcochos apenas llegaran a la mesa. Y algunas tiendas. Las que vendían botellas de leche, latería, embutidos. Alguien me abrió la puerta y me permitió usar el teléfono. Todo parecía normal. Aunque los del Batallón Olimpia concentraban a decenas de aprehendidos ante los muros de la Iglesia de Santiago-Tlatelolco. Aparecieron ambulancias militares. Como deshechos de la Segunda Guerra Mundial. Uno las había visto en fotografías y películas. Llovió. Y se supo que la reportera italiana Oriana Fallacci –célebre internacionalmente por sus entrevistas líderes del mundo- estaba herida. “Le dieron un tiro en una nalga”, reveló un reportero. Cicatriz y odio a nuestro país la acompañarían por el resto de sus días. Quizá para no desentonar el reportero Rodolfo Rojas Zea vivió idéntico trance. Sacó una herida en las posaderas. Con toda seguridad –chistoseó luego algún colega- la más atractiva era la de la italiana. Y en ese ánimo se conservó la visión de la fotografía que días antes les tomaron ahí, en Tlatelolco los reporteros Juan Ibarrola y Ramón H- Cosío. Embutidos en cascos útiles a Ingenieros y Maestros de Obras los dos –Ibarrola que pesaba casi 150 kilos- y Cosío –que no llegaba a los 50 con todo y su prominente nariz- parecían la pareja inolvidables cómicos Oliver Hardy y  Stan Laurel. El “Gordo” y el “Flaco”.
 FORNIDOS BIEN ENTRENADOS EN GOLPEAR, HERIR, DOBLEGAR Y HUMILLAR SE AGRUPABAN PARA LASTIMAR PROFUNDAMENTE A LOS JOVENES QUE CAIAN EN SUS MANOS; LOS MÁS BAJOS INSULTOS LES SERVIAN PARA LIQUIDAR LA DIGNIDAD DE LOS MUCHACHOS
 Detrás de aquella tregua proseguía la persecución de los líderes estudiantiles. Y el registro de domicilios. Se trasegaba sin consideración. Se revolvían roperos, cómodas, closets, maletas, velices, libreros. Se levantaban colchones. Se revolvía la ropa de cama. Cuadros de “Ché” Guevara o Mao-Tse- Tung o Fídel Castro despertaban la ira y la desconsideración de los agentes que la emprendían a empellones, golpes y palabrotas contra sus propietarios. Se exigía la delación, la entrega, el soplo para detener a los que el General Rodolfo Sánchez Taboada bautizó leales a “ideas exóticas”. Se palpaba, se vivía el temor, el miedo. Hacía temblar pensar en el futuro. ¿Cómo le iría a los detenidos? ¿ Qué clase de torturas, tormentos, castigos, privaciones , vejaciones y ofensas les esperaban? ¿Y a sus familiares que se les tenía reservado?
 Por las escaleras del Chihuahua los hacían descender. ¡Cómo los maltrataron! Pálidos,  desgreñados, desfajados –con los zapatos húmedos- el miedo acentuaba su aire de total indefensión. Colosos los flanqueaban. Forzudos que se daban a la tarea de maltratarles carnes y ánimo. “Con que muy comunista ¿no? …Jijo de la tiznada, alborotador…Y puñetazos al abdomen. Un sordo pujido. Rodillazos a los genitales. Ojos a a punto de saltar de las órbitas. “A ver si tu tal por cual líder viene a quitarte estos trancazos…Y puntapiés. Expertos en el golpeo. Duchos en desmoralizar y ofender. Hacían papilla al que caía en sus manos. Infatigables. Al borde del desmayo, sin fuerzas,  sin aliento para pedir tregua, paz eran llevados hasta los muros de la iglesia. Compartían su calor. Se repegaban. Y vuelta a empezar. Entonces renació mi miedo. No soportaría trato tan brutal.
 “Y tú, ¿qué?- me interrogó brusco uno de aquellos…
 “Soy reportero…
 “Identifícate…
 “Es que no tengo mi credencial. No me la han dado. Trabajo en El Heraldo de México…
 “Ven acá…Que se me hace que tú andas con estos…
 Apareció Eduardo Quiroz. Intervino al instante:
 “Déjenlo. Es mi reportero…Déjenlo. Yo respondo…
 “¡QUE LOS MATEN A TODOS ESOS COMUNISTAS…ALBOROTADORES….ROJOS MALVIVIENTES…PUNTA DE VAGOS…¡QUE LOS MATEN A TODOS! ¡HARAGANES REVOLTOSOS! ¡LE ORDENO QUE CALLE! ¡NI A LOS DEL PERIODICO CUENTE NADA!. OSCAR ALARCÓN
 Eduardo Quiroz era el Jefe de Fotografía del periódico. Muy experimentado. El 25 de enero de 1970 halló la muerte. Iba a Veracruz. A cubrir la gira del candidato Luis Echeverría Álvarez. Domingo fatal. Rafael Moya, -Jefe de Redacción del mismo Heraldo. Uno de los Casasola. Fotógrafo también. Sólo uno de los ocupantes de aquel avión sobrevivió. José Kramsky. El verdugo aquel me soltó. “Vete a la tiznada…-me aconsejó y me dio un empellón. Serían ya las 10 de la noche. Acepté el consejo. Me marché. Me dejaron ir. Dejé Tlatelolco a la altura de las Suites Tecpan. Edificios propiedad de la familia –o más bien de Don Gabriel Alarcón Chargoy. Dueño de El Heraldo. Amigazo del Presidente Gustavo Díaz Ordaz. Media hora después llegué al periódico.
 Me dirigí al escritorio de Don Mario Santoscoy. Mi llegada provocó revuelo. Era el primero de los varios reporteros –entre ellos Joaquín López-Dóriga- que regresaban con los ojos llenos de Tlatelolco. Que dijera. E iba a contar al señor Santoscoy lo recientemente ocurrido cuando uno de los “guaruras” de la familia Alarcón me contuvo:
 “Que venga a la oficina del joven Óscar Alarcón…
 “En un momento. Voy a …
 “No. Debe venir conmigo. Es la orden del joven Óscar Alarcón. Vamos.
 Cruzamos la redacción. Entre a la oficina del hijo menor de Don Gabriel. Me busqué el paquete de Raleigh sin filtro. Iba a encenderlo cuando el mismo “guarura” me atajó:
 “Al joven Óscar Alarcón no le gusta que fumen en su oficina. No lo haga”.
 Apareció el joven Óscar Alarcón. Gimnasta. Adicto al deporte. A los buenos trajes.
 “¡Que los maten a todos! ¿Bola de comunistas! ¿Punta de alborotadores! ¿Partida de rojos! ¡Que los maten a todos! Me cuestan mucho dinero en impuestos para que anden de vagos y malvivientes. ¡Usted no dice nada! ¡Ni siquiera a los trabajadores del periódico!
 Volví a la redacción. Me alcanzó, me llamó el señor Alberto Peniche Blanco. Gerente del cotidiano:
 “¡Qué bueno que lo veo, Reyes Razo. Aquí traigo su credencial. Cuídela mucho. No le dé mal uso. Mañana me firma…
 “Me la hubiera dado hace una  hora, señor Peniche. Entonces la necesité como nunca…
 Don Alberto Peniche Blanco me miró extrañado. Como si dudara de mi sobriedad. Se encogió de hombros y se metió aa la oficina.
 En su escritorio Don Mario Santoscoy “tecleaba” la confusa información. Al día siguiente el periódico presentó a 8 columnas su nota principal.” 26 muertos y 71 heridos. Francotiradores dispararon contra el Ejército; el general Toledo, lesionado”.
 del A: Fragmentos de la información entonces publicada sirvieron a la señora Elena Poniatowska en la composición de su libro “La noche de Tlatelolco”

FIN…FIN…FIN…

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