Sabines: el sobrino de Chofi y el poeta que tatuaba el humo
Fred Alvarez Palafox
La vida da vueltas extrañas y el destino, a veces, nos sienta frente a la gloria sin avisar. Corría la primera mitad de los años noventa y me encontré con Jaime Sabines en un escenario que hoy parece de otra época: aquel recinto legislativo improvisado en el Centro Médico, el refugio que acogió a la Cámara de Diputados tras el incendio que devoró San Lázaro en 1989.

Ahí andaba él, con su investidura de legislador, moviéndose entre leyes y pasillos con una naturalidad que desarmaba. Yo, en mi afán de aprendiz, lo buscaba para charlar. Me impresionaba su forma de fumar; lo hacía con una pausa tan solemne que parecía contener el tiempo en cada bocanada. Conversábamos sobre la coyuntura, sobre lo que yo —desde mi ingenuidad— quería entender de aquel hombre de mirada profunda.