¡Culiacán, ponte de pie!... ¿Dónde están nuestros hijos?
Por Fred Alvarez Palafox
Eran las ocho de la mañana de este domingo. El aire en Culiacán, denso y cargado de un hartazgo incuantificable, ya no cabía a puerta cerrada. Sobre las emblemáticas escalinatas de La Lomita, la escena rompió cualquier protocolo para volverse un símbolo: investido con mitra y casulla, el obispo Jesús Herrera Quiñones abandonó la solemne seguridad del templo para plantar los pies en la calle. Llevaba a cuestas el peso de cuatro nuevos homicidios cometidos apenas unas horas antes —una herida fresca sobre el asfalto— y se negó a apartar la mirada del dolor ciudadano.