La llegada de Volker Türk a México no puede reducirse a la fría métrica de la agenda diplomática. Para los cientos de familias que recorren el país auscultando la tierra en busca de huellas, la presencia del Alto Comisionado de la ONU es, ante todo, un tanque de oxígeno frente al asfixiante silencio del Estado.
Este domingo, en el inicio de su visita, Türk se sentó frente a colectivos de víctimas. No fue una reunión de cortesía; fue un ejercicio de recolección de naufragios. El diagnóstico que presentan organizaciones como Idheas es de una crudeza desoladora: el diálogo con el Gobierno parece haber echado la llave por dentro. En ese vacío de interlocución, la figura de Türk emerge como el puente necesario; ese arquitecto técnico que ya ha transitado los laberintos de la paz en Colombia y las transiciones espinosas en Guatemala.