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Echeverría, reo solitario en su propia casa de San Jerónimo

Echeverría, reo solitario en su propia casa de San Jerónimo/
JORGE CARRASCO ARAIZAGA
Revista Proceso, 3 de marzo de 2019..
El expresidente Luis Echeverría, quien fuera todopoderoso en el régimen del partido de Estado, envejeció en su casa, cercado por las acusaciones de perpetrar la matanza de Tlatelolco en 1968 y orquestar el Halconazo de 1971, de las que fue exonerado “por falta de pruebas”. Hasta allá lo alcanzó una intriga, pero no de opositores o de víctimas del poder represivo que una vez encabezó; fueron sus propios hijos los que tomaron el control de su residencia, expulsaron a su personal de confianza y le quitaron la autonomía sobre su dinero. Todo se sabe por las revelaciones a Proceso de quien fue su asistente personal, María Modesta Gil Cedillo. 

Luis Echeverría Álvarez, el hombre fuerte que estuvo en el epicentro del régimen que masacró a cientos de estudiantes en 1968 y 1971, vive el exilio interior. Sin bienes ya a su nombre, con menguados recursos propios y despojado de querencias personales, vive confinado, casi en el abandono, en un rincón de lo que fue su residencia en San Jerónimo. 
Aunque lúcido, su cuerpo de 97 años requiere de asistencia desde que amanece hasta que se duerme. En silla de ruedas, se mueve con fuerzas ajenas. La prisión judicial que vivió ya anciano no se acabó con la resolución que lo exoneró de la acusación de genocidio por la matanza de
Tlatelolco. 
Condenado por los suyos, ahora vive el destierro familiar en un espacio que se reduce conforme sus hijos venden, pedazo a pedazo, la residencia en la que hasta hace algún tiempo, cuando aún se podía mover, recibía a sus amigos, viejos priistas y algunos de sus funcionarios sobrevivientes, como Ignacio Ovalle, ahora responsable de la nueva oficina de Seguridad Alimentaria Mexicana del gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
Eran los años en que todavía obtenía ingresos por sus negocios inmobiliarios y gozaba de una pensión como expresidente. Recibía cerca de 200 mil pesos mensuales, entre los 100 mil de sus inmobiliarias, sus 64 mil pesos de la Presidencia de la República y 22 mil de la pensión del ISSSTE.
Cuando no en su casa de Cuernavaca, era en la residencia de Magnolia 131, en San Jerónimo, donde organizaba fiestas y comidas; acompañadas, sin falta, del ballet regional que contrataba en su exaltación del nacionalismo que su esposa, María Esther Zuno Arce, cultivó durante su sexenio.
Casi medio siglo después de haber salido de la Presidencia de la República, sólo le queda la memoria del hombre poderoso que fue en el régimen autoritario del PRI. Junto a su recámara aún dispone de un pequeño invernadero que vivió su esplendor de la mano de su esposa. También de una biblioteca y un espacio que llama el Salón del Sexenio, donde conserva los testimonios de las memorias que nunca quiso escribir. 
Pero esos espacios ya no los frecuenta. Desde su recámara se ve hacia el gran jardín con pinos, fresnos y macadamias que llegó a llamarle “el bosque” y que ahora evita siquiera tocarlos con la mirada para que el abandono en que se encuentran no lo deprima más. Muy de vez en vez se anima a comer en una pequeña mesa dispuesta en el invernadero. Sus días los pasa en la recámara que habilitó como oficina.

Sábados y domingos se acicala para recibir a sus escasos amigos, entre otros, el abogado Juan Velásquez, Augusto Gómez Villanueva, que fue su secretario de la Reforma Agraria, y Alfredo Ríos Camarena (estos dos últimos aparecen retratados en la foto de portada de esta edición). 

El control de la información, el gran recurso que explotó durante su carrera política, siguió siendo su preocupación. Desde que entregó el poder, no dejó de hacer el seguimiento de la prensa. Aun en sus cada vez más frecuentes hospitalizaciones por sus crónicos problemas respiratorios, disponía diario de un resumen de prensa que en el último cuarto de siglo le hizo su asistente personal, María Modesta Gil Cedillo. Así fue hasta la última semana de 2018, cuando fue despedida, violentamente, por Benito y María Esther Echeverría Zuno, ante la impotencia y casi llanto del expresidente.

La familia entró, una vez más, en los laberintos judiciales. No sólo por despido injustificado, sino por discriminación, lesiones y amenazas de muerte contra la persona más cercana al expresidente en los últimos 25 años.

El principal acusado es Benito Echeverría, quien desde su divorcio, hace más de tres años, vive en la casa del expresidente. Su hermana, María Esther, administradora de los negocios de la familia, fue acusada de despido injustificado porque a través de la inmobiliaria Administradora de Inmuebles Citlali le pagaba a María Modesta Gil como ayudante general, aunque su sueldo lo completaba con compensaciones fuera de nómina. La asistente también recibía un pago mínimo como empleada de la Presidencia.

Golpe de estado… doméstico

La llegada del fin de año de 2018 se convirtió en un infierno en Magnolia 131. El personal al servicio de la casa estaba inconforme porque al 18 de diciembre no habían cobrado ni la quincena ni el aguinaldo ni otras prestaciones de fin de año. Desde que Echeverría cedió sus bienes a su familia, en 2002, empezó a perder su peculio, empezando por los ingresos de las inmobiliarias. Su hija María Esther consideró que ya no los necesitaba, a pesar de que él pagaba sus hospitalizaciones, y comenzaron las restricciones en la casa.

La asistente refiere a Proceso un testimonio de Echeverría: “Vino La Chiquis (María Esther) y me dijo que le costaba mucho dinero mantenerme en esta casa, que si ya no estuviera yo aquí, esto ya se hubiera vendido en millones”.

Las limitaciones económicas alcanzaron al sueldo de los empleados, quienes se quejaban cada vez más de malos tratos.

Dispuestas a renunciar por la acumulación de agravios, alrededor de las 12 horas del 18 de diciembre, las cocineras se dirigieron a la recámara de Echeverría para quejarse y reclamarle directamente. Su asistente las detuvo, al tiempo que la secretaria de su hija María Esther le informaba al expresidente que no tenía dinero para pagar nada. Afuera de la recámara comenzó un barullo. Echeverría le pidió a su asistente que fuera a ver qué pasaba.

Era su hijo Benito, quien, enérgico, les advertía a las cocineras que si entraban a decirle algo a su padre iban a tener problemas con él. Cuando María Gil Cedillo abrió la puerta, se metieron las quejosas. Colérico, el hijo de Echeverría le dijo: “No sabes con quién te has metido. Te acabas de meter con un Zuno”, le dijo a la asistente personal del expresidente.

Dijo un Zuno, no un Echeverría, “tal vez por el desapego de sus hijos al licenciado. Tal vez porque no convivieron tanto. Nunca han tenido una buena relación”, relata Gil Cedillo.

Echeverría le pidió a su asistente que acompañara a las cocineras. En el camino, ellas insistían en que querían renunciar y demandar por falta de pago. “Es una opción, pero tranquilas. Tengan en cuenta que somos todo el personal y esto se tiene que arreglar”, les respondió Gil Cedillo.

Benito Echeverría, quien había permanecido cerca, en el invernadero, a un lado de la habitación, se acercó y acusó a la asistente de azuzar al personal para demandar a la familia. De acuerdo al relato, a partir de ahí, iracundo, ya nada lo detuvo. Se encaminó hacia la recámara de su padre y al advertir que María iba detrás suyo, “me agarró de los brazos, me zangoloteó y me arrojó contra el piso. Volé lo que es la rampa que lleva a la recámara del licenciado”, dice la menuda mujer de 56 años.

Asistida por las cocineras, se levantó y logró entrar con Echeverría. El hijo del expresidente gritaba: “Acabo de oír a esta pinche vieja que está azuzando al personal para que te denuncie a ti, padre, y todos tus hijos”. 

–Yo de inmediato le dije: No es cierto, señor. Estaba llorando de impotencia.

–Tranquilízate; y tú cálmate, Benito –clamaba Echeverría.

“No hubo poder humano que lo detuviera. Siguió insultándome y pidió hablar con él a solas. Pidió que me largara de ahí y el señor no atinaba a decirme que me saliera, hasta que finalmente me dijo: ‘Hija, espérame en el invernadero’”. Salió. Todo el personal atestiguaba.

María Modesta Gil dice que, después de unos 40 minutos, el hijo del expresidente le pidió a una enfermera que entrara con su padre. Enseguida se acercó a la asistente. “Y poniendo su cara frente a mí, me dijo: ‘Te va a cargar la chingada. Yo no amenazo por amenazar, yo mismo te lo cumplo. Te va a cargar la chingada. Te voy a desaparecer no tan sólo de aquí; te voy a desaparecer de la faz de la tierra’. Cuando se dirigía a su recámara me dijo: ‘Y si no sabes qué significa, búscatelo en el diccionario’”.

María fue con el expresidente para decirle de la amenaza y él le respondió: 

–No le hagas caso, hija. Benito está loco. Tú has visto cómo es conmigo. Él y La Chiquis son iguales, tienen el mismo carácter. Has visto cómo vienen. Me gritan, me dicen de cosas y yo solamente los escucho. Pero no les hago caso. Tú no les hagas caso. Tú estás aquí conmigo; no te pasa nada y pongámonos a trabajar. 

Por la tarde, cuando ella salió de la recámara del expresidente, Benito Echeverría la encontró: “Ya te dije que te va a cargar la chingada”. 

Antes de ir a su casa, la asistente de Echeverría fue al Ministerio Público. Un médico legista certificó las lesiones que tenía por la sacudida y la caída. En ese momento se resistió a denunciar las amenazas de muerte. “Finalmente es hijo de mi jefe y no quiero que en un momento el licenciado lo sienta”, pensó.

Gil Cedillo continúa: “A la mañana siguiente, el hijo del licenciado me estaba esperando. Ya había amenazado a las niñas (las cocineras) para que no me apoyaran. Las sacó de la cocina y me dijo: ‘¿Ya lo buscaste en el diccionario?, porque no te queda mucho tiempo’. El asedio continuó hasta el sábado siguiente. Ese día decidió denunciarlo penalmente.

Dos días antes, la asistente se había presentado en la Presidencia de la República para dar a conocer lo sucedido. Como empleada de esa oficina quería evitar más problemas. En Recursos Humanos le dijeron que el personal que tenía Echeverría, 17 empleados, iban a causar baja el 31 de diciembre. Así es que le pidieron que llevara las renuncias de todos.

El mismo día que puso la denuncia penal, se lo hizo saber a María Esther Echeverría Zuno. “Algo sé”, le dijo. Y añadió justificando a su hermano: “Su carácter siempre ha sido explosivo y una vez enojado nadie lo puede controlar”. Le reprochó que hubiera ido a la Presidencia a dar a conocer lo que pasaba.

María se presentó a trabajar el 25, resfriada. Echeverría le pidió que se fuera a descansar y regresara al siguiente día. 

–Sí, nomás que lo acabe de preparar –le respondió. Le dio de desayunar. Lo aseó y lo dejó en su sillón. 

Al siguiente día regresó y vio que el expresidente seguía dormido. Decidió entonces recoger las renuncias que le habían pedido en la Presidencia. Fue hacia el jefe de guardia, quien las tenía. Pero éste le dijo que no le podía dar nada por órdenes del hijo del expresidente. 

María Modesta se fue hacia la recámara de Echeverría, quien le dijo: “Hijita, ya me voy a parar”. 

Entre la enfermera y la asistente lo levantaron. “Lo rasuré. Le lavé los dientes y le limpié su cara. Le estaba lavando las manos cuando entró su hija y me ordenó que le diera todos los papeles”. 

–Yo no tengo nada. Sólo mi renuncia y la de Óscar (uno de los ayudantes).
–Dame todo –le ordenó.

La asistente dejó al expresidente con las manos mojadas. Sacó la renuncia del ayudante y la hija del expresidente se la arrebató. 

–Sólo quiero que me diga si yo voy a llevar las renuncias –le dijo María.

–Benito y yo lo estamos decidiendo. 

–Le recuerdo que yo soy la encargada con Presidencia.

–Tú y tu pinche nombramiento. 

Luis Echeverría le preguntó a su asistente: “Oye, hija, ¿qué te dijo La Chiquis?”

–Quiere las renuncias del personal

–¿Y para qué las quiere?

–No lo sé. Tal vez quieren que ya no intervenga en nada. 

Continúa la asistente: “En ese momento se acercó ella y le gritó al expresidente: ‘Padre, es que en esta casa todo se ha hecho mal desde hace muchos años, y en este momento Benito y yo estamos tomando control de la situación. A partir de ahora los dos decidimos lo que se hace en esta casa’”.

–Tranquilízate, Chiquis, ¿qué pasa?, le dijo el expresidente. 

–Te estoy diciendo que Benito y yo vamos a controlar todo.

María Esther Echeverría Zuno se dirigió hacia la asistente personal del expresidente: “¡Y tú, lárgate de aquí!”.

“No me moví porque le estaba lavando las manos a su papá”, cuenta María. 

–¿No me oíste? ¡Quiero que te largues de mi casa!

Echeverría Álvarez seguía tratando de calmarla.

Ante la insistencia de su hija para que la asistente se fuera, ésta se dirigió hacia el exmandatario: “En el momento en que usted me lo ordene, me salgo”.

–¡Quiero que te largues de aquí, no te quiero ver, esta es mi casa! –le volvió a gritar María Esther.

–Señor, ordéneme que me salga y me salgo. 

Ante la persistencia de la asistente, la hija de Echeverría gritó al personal: “Ayúdenme a sacar a María de aquí. No se quiere salir”. 

Llegó Benito Echeverría con dos guardias. Al verlos, el expresidente se sorprendió y le dijo a María: “Hijita, espérame en el pasillo, pero no te vayas”.

Ella tomó su bolsa y salió de la recámara. 

“Ya nomás faltaba que esta pinche vieja no nos dejara entrar”, dijo el hijo del exmandatario, y dispuso que el personal de Presidencia vigilara la entrada de la recámara y en la puerta que da al ­invernadero.

En ese momento la asistente de Echeverría pensó: “Se acabó”. Cuando salió la hija del exmandatario, María le dijo: “Sólo voy a entrar por mi renuncia”. 

–Entra por tu pinche renuncia –le contestó. 

“Me metí. Agarré mi fólder, que era lo único que me quedaba. Me acerqué a licenciado y le dije: ‘Señor, me voy’.”

–No te vayas, hija.

–Es que ya no es posible trabajar en esta situación.

–No te vayas. ¿Qué vas a hacer ahorita?

–No lo sé, pero me voy.

Luis Echeverría Álvarez volteó “y me ve con los ojos llorosos y me dice: ‘Hijita, por favor no te vayas’”. 

–Lo siento mucho señor, por favor ­discúlpeme.

“Me acerqué, le di un beso en la cabeza. Le dije que lo quería y me fui.” 

Cuando salió de la recámara, tomó su bolsa y de inmediato Benito Echeverría les dijo a los muchachos: “Ábranle la puerta, que ya se vaya”. 

Al siguiente día la asistente regresó, pero ya no le abrieron la puerta.

Benito Echeverría se ha reservado su derecho a declarar, pero en el Ministerio Público se acumulan testimonios del maltrato familiar en contra del único presidente mexicano que ha sido acusado de genocidio, pero a quien los tribunales exoneraron por “falta de pruebas”. Por la intervención del personal de Presidencia, el caso también lo sigue la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

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En su historial, traiciones y matanzas/JORGE CARRASCO ARAIZAGA
En el año 2000 el viejo régimen del PRI estaba por caer, pero Luis Echeverría Álvarez seguía vigente. Hacía un cuarto de siglo que había dejado la Presidencia, pero aún recibía en su residencia de San Jerónimo a personajes políticos, en una práctica que incomodó a quienes lo sucedieron en Los Pinos.

José López Portillo y Miguel de la Madrid tuvieron que actuar para detener el protagonismo del expresidente, quien desde que salió de Los Pinos rompió una de las reglas del sistema: el silencio de los exmandatarios.

López Portillo lo mandó lo más lejos que pudo: lo nombró “embajador plenipotenciario” en Australia, Nueva Zelanda y las Islas Fiji, para contener sus ímpetus en la política nacional.

Acabada la “misión diplomática” de Echeverría y de nuevo éste en México, De la Madrid de plano le dijo que sus tiempos ya habían pasado y arremetió contra sus políticas económicas. Era la franca ruptura de la familia del régimen surgido de la Revolución Mexicana.

De la Madrid, quien empezó a derribar las políticas estatistas de los sexenios anteriores, se valió de dos de sus secretarios para defenestrar a Echeverría: Carlos Salinas de Gortari, de Programación y Presupuesto, y Francisco Labastida, de Energía, Minas e Industria Paraestatal.

El propio Salinas de Gortari, ya en los noventa, acusó a Echeverría de estar detrás de lo que, dijo, era una campaña en su contra, tras haber dejado la Presidencia en medio de una crisis política, financiera y militar, con el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en enero de 1994, contra el que también declaró el habitante de San Jerónimo.

Tlatelolco y San Cosme

Echeverría encarnó la discordia entre los priistas incluso antes de asumir la Presidencia, el 1 de diciembre de 1970. Gustavo Díaz Ordaz, a quien le debió “el dedazo” en el rito sucesorio del régimen autoritario, vivió hasta el final de sus días arrepentido de haberlo hecho mandatario. 

En plena crisis por el movimiento estudiantil de 1968, Echeverría, secretario de Gobernación, trató de hacer ver a Carlos A. Madrazo como instigador de los estudiantes. 

Madrazo, quien había sido presidente del PRI en el primer año de gobierno de Díaz Ordaz, murió en un accidente aéreo en Monterrey, en junio de 1969, en plena lucha por la sucesión presidencial.

Como secretario de Gobernación Echeverría fue responsable de la Dirección Federal de Seguridad, la policía política del régimen priista, encargada del seguimiento a los líderes del movimiento estudiantil que fue aplastado en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.

Aunque Díaz Ordaz asumió la responsabilidad de la represión al movimiento, los estudiantes siempre señalaron a Echeverría como una de las cabezas detrás de la matanza. Lo mismo hizo, en 2002, la fiscalía encargada de investigar los delitos cometidos por el régimen del PRI, que lo procesó por genocidio; hasta ahora ha sido el único expresidente mexicano sometido a un proceso judicial, con un cargo tan grave y por el que pagó incluso prisión domiciliaria en 2009, a los 87 años. 

Obtenida la candidatura presidencial en 1969, Echeverría se deslindó de la represión y se disculpó por la actuación de los militares en la matanza, razón por la que Díaz Ordaz sopesó la idea de bajarlo de la candidatura.

Nunca se lo perdonó. La familia del expresidente tampoco. Cuando Díaz Ordaz murió, en 1979, Echeverría se presentó al sepelio. Apenas estuvo cinco minutos, ante el rechazo de los deudos.

El 10 de junio de 1971 ocurrió una segunda matanza de estudiantes, cuando Echeverría ya era presidente. Esta vez no fueron los militares sino un grupo paramilitar entrenado por el general Manuel Díaz Escobar en lo que era el Departamento del Distrito Federal (DDF). En San Cosme, Los Halcones reprimieron a los estudiantes que salían por primera vez desde la masacre de Tlatelolco. 

Echeverría negó la participación gubernamental y responsabilizó a los propios estudiantes. De paso se sacudió a uno de sus principales opositores, Alfonso Martínez Domínguez, el jefe del DDF, a quien le pidió la renuncia después de solicitarle que organizara una magna manifestación en apoyo al presidente ante la nueva matanza estudiantil. A Díaz Escobar lo mandó a Chile como agregado militar. 

Aspiraciones frustradas

Dos años después Augusto Pinochet derrocó al gobierno chileno de Salvador Allende, a quien Echeverría apoyaba en su discurso público, pero a quien consideraba, como a Fidel Castro, una amenaza para América Latina.

Martínez Domínguez tampoco lo perdonó y en un relato publicado por Heberto Castillo en este semanario (Proceso 136) contó, en 1979, cómo en junio de 1971 Echeverría había ordenado llevar los cadáveres de San Cosme al Campo Militar Número 1 para borrar toda evidencia sobre la matanza de estudiantes, a quienes había acusado de querer “calar” a su gobierno.

La Fiscalía para los Delitos del Pasado lo acusó de genocidio por las dos matanzas. Ninguna de las acusaciones prosperó. Aunque la justicia reconoció que en el caso del 2 de octubre sí hubo genocidio, no encontró pruebas para inculparlo. 

Los estudiantes tampoco lo perdonaron. Todavía como presidente, en marzo de 1975 fue a Ciudad Universitaria a inaugurar el curso escolar. Salió del lugar en vilo, protegido por el coronel del Estado Mayor Presidencial Jorge Carrillo Olea, después de que una pedrada lo descalabrara.

Un mes después, como desagravio, la Universidad de Guadalajara le dio el doctorado honoris causa, mismo que le quitó cuatro años después por considerarlo “autor intelectual y responsable histórico del asesinato de Carlos Ramírez Ladewig, primer presidente de la Federación de Estudiantes de Guadalajara.

En las postrimerías de su gobierno, bajo la bandera de lo que definió como el Tercer Mundo –ni socialista ni capitalista, en la era de la Guerra Fría–, abrió su Centro de Estudios del Tercer Mundo. Desde allí pretendía construir una plataforma para llegar a la Secretaría General de la ONU.

Logró que el entonces secretario de las Naciones Unidas, el austriaco Kurt Waldheim, pusiera la primera piedra del centro, en San Jerónimo, muy cerca de la casa de Echeverría. 

A la postre se conoció el pasado nazi de Waldheim.

Años después también se supo de la traición de Echeverría a Allende y Castro. Kate Doyle, responsable del Programa México de los National Security Archives, logró desclasificar las grabaciones de un encuentro que en 1972 tuvieron Echeverría y el presidente estadunidense Richard Nixon.

Ahí acordaron que el mexicano se convirtiera en “la voz de América Latina” para contrarrestar la influencia de Allende y Castro. Echeverría incluso le compartió al estadunidense información sobre las actividades de activistas de Estados Unidos, como Angela Davis, a favor de comunidades mexicanas en ese país.

Los planes de ambos mandatarios se vinieron abajo con el Watergate, que derivó en la renuncia de Nixon, y con la revelación de que desde que era secretario de Gobernación, Echeverría había sido cooptado por la CIA y se había sumado a los planes anticomunistas en América Latina. Su nombre clave fue Litempo 8.

Sin apoyo internacional y confrontado con sus sucesores, Echeverría vio cómo se cayeron sus planes para ser dirigente mundial.

El final de su gobierno quedó marcado por el golpe que en julio de 1976 le dio al periódico Excélsior, dirigido por Julio Scherer García. El periodista y sus principales colaboradores fueron expulsados de la cooperativa y en noviembre de ese mismo año publicaron el primer ejemplar de la revista Proceso.

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