8 feb 2026

LA PARADOJA de Avila, vocero de Morena en San Lázaro

La paradoja del vocero de Morena...

El peso del "Cero" y la sombra del escaño regalado

En los pasillos de San Lázaro, la política es una ciencia exacta que se mide en dos monedas: la lealtad ciega y el sudor de las urnas. Arturo Ávila, hoy portavoz de la bancada de Morena, descubrió esta semana que mientras la primera se puede profesar en un X, la ausencia de la segunda es una sombra que, una vez proyectada, tiene el peso del plomo.

El instante del sismo

Todo ocurrió bajo los reflectores de "Me lo dijo Adela". En un intercambio que ya habita en la videoteca del morbo político, Damián Zepeda lanzó una estocada de realismo aritmético que no buscaba debatir ideas, sino desmantelar la legitimidad del adversario: 

"¿Cuántas elecciones has ganado tú? Yo una, dos, tres... Tú: cero".

En ese silencio de milésimas de segundo, el aire se espesó. No nació un argumento, nació un estigma: “El Cero Votos”. 

Para un hombre que defiende con garra el proyecto de la Cuarta Transformación, el golpe no fue ideológico, sino existencial. La humillación se volvió tendencia no por falta de retórica, sino por la exposición de una vulnerabilidad compartida por la nueva aristocracia política: el cómodo camino de la designación frente al rigor del sol y el voto ciudadano.

Del tablero empresarial a la "fraternidad" del poder

¿Cómo un empresario de éxito, acostumbrado al mando y la rentabilidad, termina aceptando un cargo modesto en Gobernación con un sueldo drásticamente inferior? La respuesta no se encuentra en la nómina, sino en la genealogía del poder.

Ávila no llegó al servicio público por una convocatoria de méritos, sino por el afecto personal de Adán Augusto López. El vínculo trasciende los oficios; es una hermandad declarada. Adán lo llamó el "hermano que la vida le dio" y prometió respaldo eterno. Ávila pagó la deuda con sudor, coordinando la precampaña del tabasqueño. Sin embargo, cuando el destino de su mentor se selló, Arturo demostró poseer la cualidad máxima del superviviente: la adaptabilidad.

El refugio de la lista y el estigma del "voto indirecto"

Tras el repliegue de su protector original, Ávila saltó al barco de Claudia Sheinbaum. Intentó el asalto al Distrito 01 de Aguascalientes, pero el electorado —ese juez implacable— le fue esquivo una vez más. No obstante, el sistema tiene sus propios amortiguadores. Donde la voluntad popular falló, la vía plurinominal tendió una red de seguridad. Ricardo Monreal, siempre pragmático, le entregó el megáfono de la vocería.

El caso de Ávila guarda ecos con el de Andrea Chávez. Ambos son rostros jóvenes, telegénicos y de verbo ágil, pero ambos cargan con el mismo pecado original ante los ojos de las bases: el "voto indirecto". En el ecosistema de Morena, donde el "pueblo" es el tótem sagrado, carecer de su bendición directa es caminar con un blanco en la espalda, blanco que el fuego amigo —siempre más voraz que el enemigo— se encarga de encender.

El cartucho quemado

Arturo Ávila se expuso demasiado y demasiado pronto. Al tratar de ser la voz de un movimiento que se jacta de nacer de las masas, su falta de representación territorial lo ha dejado desnudo. En el teatro de la política mexicana, un vocero que pierde la autoridad moral frente a un dato duro termina convirtiéndose en un pasivo.

Hoy, el "Cero" no es solo un número; es el eco de una puerta cerrada por los ciudadanos que ninguna oficina en San Lázaro ha logrado, hasta ahora, silenciar.


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