¿Fortalecerá
Vladimir Putin la eurozona?/Jean Pisani-Ferry is a professor at the Hertie School of Governance in Berlin, and currently serves as the French government’s Commissioner-General for Policy Planning. He is a former director of Bruegel, the Brussels-based economic think tank.
Traducción de Kena Nequiz.
Project
Syndicate | 31 de marzo de 2014
Jacek
Rostowski, ministro de Finanzas de Polonia hasta noviembre pasado, señaló hace
poco que el presidente ruso, Vladimir Putin, no se habría atrevido a hacer la
anexión de Crimea si no hubiera observado a Europa angustiada por encontrar una
solución a la crisis del euro. ¿Tiene Rostowski razón?
A
primera vista dicha relación de temas parece disparatada. La demostración de
fuerza incluyó la militar y la amenaza implícita de un embargo de gas; no poder
económico (que no tiene). En el transcurso del conflicto de Crimea, se ha
puesto el énfasis en la relación de Ucrania con la Unión Europea, no con la
eurozona. Además, la historia monetaria reciente de Ucrania se ha definido por
una vinculación del tipo de cambio al dólar estadounidense, no al euro. Así
pues, ¿por qué sería relevante el euro para la anexión de Crimea a Rusia?
El
argumento de Rostowski es que los países europeos demostraron durante la crisis
del euro que no tienden a ser solidarios, ni siquiera con sus socios de la
unión monetaria. ¿Cuánta solidaridad estarían dispuestos a mostrar a un país no
miembro de la Unión Europea? Según dicho razonamiento, Rusia interpretó el
control titubeante de la crisis que tuvo la UE como una licencia para actuar. Y
por la misma razón podría llegar más lejos.
Claramente,
la serie de acontecimientos después del colapso financiero de 2008, se puede
ver como una crisis de solidaridad. Cuando se necesitaba una respuesta común a
la debacle bancaria de Europa, la respuesta fue que cada país debía corregir
sus propias instituciones financieras. Cuando Grecia perdió acceso a los
mercados financieros, varios meses tuvieron que pasar para concebir una
respuesta, que consistió en gran medida en no depender de los fondos de la UE y
en limitar el compromiso financiero de cada país. En efecto, cuando por fin se
diseñó un “cortafuegos”, se delimitó estrictamente su magnitud y no se permitió
ninguna forma de responsabilidad conjunta. Además, los eurobonos pronto se
rechazaron porque habrían creado obligaciones de deuda mutuas abiertas.
De
igual manera, si bien se ha había planeado usar el Mecanismo Europeo de
Estabilidad para recapitalizar los bancos, en última instancia se decidió que
dicho mecanismo podría dar créditos solo a gobiernos, en lugar de asumir riesgo
bancario directamente. Además, hace poco, negociaciones para establecer una
unión bancaria de la UE se toparon con el desafío de forjar un mecanismo de
resolución conjunta mientras que limita el compromiso de cada país miembro.
En
resumen, cada vez que se planteó la cuestión de la solidaridad europea, la
respuesta fue: “Sí, pero únicamente si es absolutamente necesario y en la menor
medida posible.”
Mientras
tanto, las reacciones rusas al levantamiento ucraniano han mostrado que el
recuerdo de la Segunda Guerra Mundial sigue muy vivo en Moscú. Se puede suponer
que el Kremlin se ha dado cuenta de que Europa no deseaba emular a los Estados
Unidos y crear un Plan Marshall propio. De modo más general, Putin puede haber
llegado a la conclusión de que la UE es tan reacia a asumir riesgos por el bien
de sus propios miembros que seguramente no los asumiría por un simple vecino.
Una
de las dimensiones centrales del empantanamiento en Ucrania es su energía, que
plantea la misma cuestión sobre la solidaridad europea. Como ha demostrado un
estudio reciente de Bruegel, la UE en conjunto podría, con algo de esfuerzo,
prescindir de las importaciones de gas de Rusia. Ello requeriría, sin embargo,
que los estados miembros de la UE consideraran la seguridad del suministro como
una cuestión común, no como un asunto que cada país debe abordar por su lado.
Por ejemplo, para responder a un embargo que afectara a algún país, otros
miembros de la UE podrían recurrir a sus propias reservas, aumentar su producción,
pagar más por las importaciones o reducir un poco el consumo. No obstante, este
sentido de solidaridad ha estado sistemáticamente ausente en el debate sobre
política energética de la UE.
La
pregunta subyacente es si es correcto suponer que el euro debió crear más
solidaridad. Quienes plantearon la moneda única esperaban que tuviera
consecuencias profundas. En su opinión, era un medio para forjar una comunidad.
Las fronteras entre monedas generalmente coinciden con las fronteras políticas,
de modo que se esperaba que la creación de una unión monetaria diera lugar a
algún tipo de entidad común. Se esperaba que compartir una moneda creara un
sentimiento de destino común y, en consecuencia, de solidaridad entre los
participantes.
Eso
no sucedió. Incluso antes de la crisis estaba claro que tanto ciudadanos como
gobiernos juzgaban (erróneamente) que el euro era algo simplemente práctico. Su
introducción se consideró como una cuestión tecnocrática que debían manejar
banqueros centrales y ministros de finanzas, no como la piedra angular de una
identidad europea común. Su creación no provocó que el presupuesto de la UE
aumentara un solo euro, ni condujo a una integración política más profunda. Se
subestimó sistemáticamente el compromiso que representaba una moneda común.
En
retrospectiva, fue un error creer que el euro podía crear espontáneamente una
comunidad. Aunque evidentemente hay un vínculo entre zonas de monedas y
comunidades políticas (considérese la disolución de la zona del rublo cuando
cayó la Unión Soviética), son estas las que crean la solidaridad necesaria para
promover los lazos monetarios, no al revés.
Rostowski
seguramente tiene razón: la debilidad del euro ha envalentonado a Putin. No
obstante, al final la pregunta pertinente puede ser si la crisis en Crimea
fortalecerá a la larga la solidaridad europea, y por lo tanto, al euro.
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