26 ene 2026

La sociedad abierta y sus enemigos/ Guy Sorman

 La sociedad sbierta y sus sombras: 

La historia, como bien sabía Karl Popper en 1945, no es un camino lineal hacia el progreso, sino una batalla constante entre dos formas de entender la existencia humana. Guy Sorman, retomando ese eco filosófico, nos advierte en su crónica que del periódico ABC, en pleno 2026, la vieja distinción entre "derecha" e "izquierda" ha quedado sepultada. Lo que nos divide ahora es algo más profundo: la elección entre una sociedad abierta y una sociedad cerrada.

El refugio de la incertidumbre

La sociedad abierta es, en esencia, la aceptación de que nadie posee la verdad absoluta. Es el mundo de la democracia liberal, de la duda, del mestizaje y de la conversación entre culturas. Sorman nos recuerda que la fuerza de este modelo no reside en la imposición, sino en su modestia: la capacidad de aceptar que el futuro es incierto, pero que esa incertidumbre es precisamente lo que nos hace libres.

La sociedad abierta y sus enemigos/ Guy Sorman

ABC; Lunes, 05/Ene/2026

EL título de esta crónica está tomado del filósofo británico (de origen austriaco) Karl Popper, quien publicó en 1945 una obra con este nombre: este libro, considerado con razón como fundamental, nos da todas las claves para comprender el mundo actual, en mi opinión, y el mundo venidero. Según Karl Popper, solo existen dos visiones posibles de la sociedad, irreconciliables entre sí: la primera, a la que él llamaba 'sociedad abierta' y que era su preferida, debía conducir a la democracia liberal. La sociedad abierta se basa en la libre elección de los individuos, en la ciudadanía, en la interacción civil entre los ciudadanos y también entre sociedades de diferentes culturas. En la época en que escribe, el mundo occidental –Europa y Estados Unidos– está en guerra contra el nazismo, que encarna la sociedad cerrada; este elogio de la sociedad abierta y el libro de Popper era una obra de combate, que sigue siendo de actualidad. En contraposición a la sociedad abierta, la llamada 'sociedad cerrada', según Popper, se basa en una visión restrictiva de las elecciones personales, que se supone que deben quedar relegadas tras las elecciones colectivas. Estas elecciones colectivas, comunitarias y nacionales, son decididas desde arriba por un dictador al que se desea iluminar. En un principio, ese era el deseo de Platón, padre del totalitarismo según Popper. Platón imaginaba que el mejor gobierno posible era el de un rey filósofo y no la democracia. Por desgracia, los filósofos rara vez son reyes y los reyes rara vez son filósofos; los dictadores tienden a no ser nada ilustrados. Sin embargo, más allá del análisis filosófico de Popper, su planteamiento sigue siendo esencialmente acertado y esclarecedor.

En Europa vivimos en sociedades abiertas o relativamente abiertas: aceptamos con mayor o menor tolerancia las opiniones contrarias a las nuestras, siempre y cuando se respeten las nuestras. Nuestros gobiernos gobiernan poco y, en general, respetan los derechos de la oposición que, tarde o temprano, tomará el poder. Nuestra política exterior no es agresiva: su principal utilidad es desarrollar las relaciones entre las naciones y, en la medida de lo posible, evitar los conflictos militares. Por supuesto, nuestras sociedades abiertas están fragmentadas, ya que algunos de nosotros prefieren una sociedad cerrada dirigida por un hombre o una mujer con mano dura en nombre de una determinada definición de la identidad nacional. Pero ¿definida por quién? ¿Por el dictador? La división entre sociedad abierta y sociedad cerrada divide al mundo, al igual que fragmenta nuestros propios países.

Esta distinción entre sociedad abierta y sociedad cerrada es hoy en día mucho más significativa que la oposición entre la derecha y la izquierda: el año pasado fue especialmente revelador de esta sustitución del debate entre la derecha y la izquierda por la alternativa entre sociedad abierta y sociedad cerrada. Me parece claro que hoy el mundo se divide entre estas dos visiones: en nuestras democracias, muchas elecciones enfrentan a quienes cuestionan una identidad fija e inmutable y a quienes defienden una identidad restrictiva, contraria a los cambios culturales, al feminismo y a la inmigración. Desde la perspectiva de la sociedad abierta, quienes apuestan por un mundo plural prestan mayor atención a las minorías y a la diversidad. La fractura es aún más evidente si miramos el mapa del mundo: las guerras no solo enfrentan a naciones, sino también a ideologías.

El conflicto en Ucrania, en este sentido, es el más revelador, ya que los ucranianos, a pesar suyo, encarnan la sociedad abierta, mientras que Putin es la representación casi perfecta del dictador que pretende defender una identidad cerrada e inmutable: la identidad de la Rusia eterna. Por eso Putin cuenta con aliados en el mundo occidental entre aquellos que sueñan con una sociedad cerrada como la rusa. ¿Qué opinan los rusos? No lo sabemos, ya que no se les consulta. La oposición entre sociedad abierta y sociedad cerrada también explica alianzas internacionales a veces inesperadas; se ve claramente que se está formando en este momento histórico un conjunto barroco de partidarios de la sociedad cerrada que incluye tanto a Rusia, China, Corea del Norte e Irán, con una simpatía apenas disimulada de Trump y los trumpistas hacia este iliberalismo impermeable a cualquier debate. Un iliberalismo que prefiere el pasado nacionalista, idealizado, soñado, a un futuro globalista.

Cada uno de nosotros, por temperamento, cálculo o razón, se alineará con uno u otro bando. Para ser perfectamente claros, los liberales son militantes de la sociedad abierta basándose en la razón. Presentamos argumentos concretos y poco discutibles a su favor. La principal razón para apoyar la sociedad abierta es que, a diferencia de la sociedad cerrada, asegura mejor la paz, tanto dentro de un país como entre países. Acepta el mestizaje cultural, considerando que ningún pueblo posee por sí solo la verdad. La sociedad abierta también permite la coexistencia entre religiones, mientras que la sociedad cerrada solo apoya una religión frente a todas las demás. Los partidarios de la sociedad abierta aceptan de buen grado las incertidumbres del futuro, considerando que este será una fuente de sorpresas no necesariamente buenas, pero siempre interesantes. La sociedad cerrada también tiene sus argumentos: es comprensible que algunas personas estén visceralmente apegadas a su identidad nacional, cultural o religiosa, que consideran absolutamente verdadera e indiscutible. Esto les lleva no a reproducir el pasado, sino a idealizarlo. Lamentablemente, las sociedades cerradas, al no cumplir nunca sus promesas económicas y culturales, tarde o temprano se inclinan hacia la guerra. Rusia, China e Irán son naciones en guerra o al borde de la guerra; la India, que era pacifista, se está rearmando a medida que se cierra.

El poder de atracción de las sociedades cerradas reside en su ausencia de dudas. Actúan mediante afirmaciones indiscutibles y apelan a nuestras pasiones más que a nuestra razón. La sociedad abierta, por el contrario, está plagada de contradicciones, lo que contribuye a nuestra debilidad retórica. De hecho, los liberales partidarios de la sociedad abierta tienen grandes dificultades para defender sus incertidumbres, cuando, paradójicamente, son precisamente la incertidumbre, la vacilación, la autocrítica y la modestia las que constituyen nuestra fuerza.


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