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La de Fernando Benítez, biblioteca de trabajo

La de Fernando Benítez, biblioteca de trabajo
Rafael Vargas
Revista Proceso # 1837, 15 de enero de 2012
El miércoles 10 se cumplieron 100 años del nacimiento de Fernando Benítez, quien se consideraba sobre todo periodista, pero fue también uno de los grandes autores mexicanos del siglo XX. Su biblioteca acaba de ser inaugurada en Monterrey, a donde la trasladó la Fundación Dr. Ildefonso Vázquez Santos, Biblio-Red. Aquí se presentan dos textos: uno donde se escarba en los temas principales de Benítez como lector y escritor; y otro donde se especifica la composición del acervo. Además, se reproduce una carta inédita que le envió Julio Cortázar.
I
MONTERREY, N.L.- “Por sus frutos los conoceréis”, dice Mateo en uno de los evangelios de la Biblia, refiriéndose a los falsos profetas. Frase perfectamente parodiable para referirse a los escritores: “Por sus libros los conoceréis.” Pero estas palabras pueden aplicarse no sólo con relación a los libros que ellos escriben y publican –que por supuesto constituyen el rostro con que han decidido presentarse ante el mundo–, sino también a los libros de los que ellos se han nutrido, a los que común y puntualmente se puede llamar “sus fuentes”, a los libros que conforman su biblioteca.
Toda biblioteca es un proyecto de vida, y la biblioteca de un escritor forma parte de su biografía tanto como las imágenes fotográficas que de él se captaron en el curso de los años. Y es quizá aún más reveladora, pues la fotografía admite la pose, pero los libros que un escritor poseyó dejan ver, a través de subrayados, notas, comentarios, el parecer íntimo, espontáneo, a veces impensado, de quien es no sólo su lector, sino también su interlocutor, su exégeta.
Las inscripciones diversas (signos de admiración o de interrogación, asteriscos), las frases o párrafos que el lápiz o la pluma han destacado, dicen tanto de un escritor como un epistolario –son, en primer término, pequeños mensajes que el escritor-lector se envía a sí mismo, recordatorios, citas por cumplir, puntos de partida.
Es inevitable pensar en estas cosas mientras se recorre la biblioteca de Fernando Benítez, espléndidamente instalada en dos pisos de una casa del barrio de San Pedro Garza García, y se abren al azar, y se examinan algunas de las obras que él leyó a lo largo de su vida.
Se trata, sobre todo, de una biblioteca de trabajo, que refleja de manera precisa el amplio campo de sus intereses –la historia, la antropología, la política, la economía y, por supuesto, la literatura y el arte– y el grado de hondura con que estudiaba y se documentaba para tratarlos. Si Morelos es el objeto de uno de sus más hermosos libros (“La mayor figura política y militar de la independencia es José María Morelos y Pavón. Desde joven tuve una gran admiración por Morelos y todo lo moreliano”), lee, por lo menos, tres docenas de volúmenes sobre el inmenso prócer, y las marcas que éstos guardan indican mucho más que una simple consulta.
Es inevitable, también, sentir emoción al “asomar por encima del hombro” del escritor para ver lo que llamó su atención en tal o cual volumen, y mirar el apunte hecho con admiración –son muchos los casos– o con socarronería –un divertido ejemplo de esto último, en un margen del primer tomo de Historia moderna de México, de Daniel Cosío Villegas: “Luis Cabrera resume el porfirismo en 10 líneas mejor que dcv en 10 mil páginas”.
Gracias a sus libros –los escritos por él y los que forman hoy su biblioteca– Benítez desapareció sólo en cuerpo, no en alma. Entre sus páginas habita todavía, de puño y letra, uno de los principales periodistas mexicanos del pasado siglo.
II
Sin ser jamás un “pirata bibliófilo” –como lo habría llamado el poeta Gilberto Owen– Benítez atesoraba, sí, algunos libros. Por ejemplo, sus amados códices.
Tenía ediciones facsimilares de los 17 códices prehispánicos que se conservan. Entre ellos, el Codex Fejévary-Mayer, una obra singular por su extraordinaria calidad de impresión, lograda gracias a la técnica de autocromía, inventada a finales del siglo XIX (fue impreso en 1901), capaz de captar hasta los más finos trazos hechos con un lápiz.
Benítez apreciaba esos libros como objetos, por supuesto, pero los veía, ante todo, como instrumentos de consulta. Le importaba más el contenido que el continente.
Tenía asimismo ejemplares de todos los códices novohispanos, y en general su acervo sobre el pasado indígena es muy completo.
Muchos antropólogos han mirado el trabajo de Benítez sobre los indios de México con recelo. (Mantuvo un largo pleito con la academia, a cuyos miembros, en general, veía como perezosos y acaparadores de “la verdad”.) Y muchos han argumentado que carece de metodología, que no acusa sus fuentes, que su investigación de campo es insuficiente. Es difícil tomar partido en tal polémica. Pero a través de su biblioteca es fácil constatar que había leído mucho al respecto, y que tenía todos sus libros bien leídos y bien trabajados; que era un lector muy analítico y sabía dialogar con las obras que llegaban a sus manos.
Ahora bien, su interés principal es la historia de México. Tal vez tampoco escribió con el rigor que exige la historiografía, pero a través de las páginas de Benítez México palpita con una fuerza, una belleza y una pasión que no suelen encontrarse en las obras de los especialistas. Para constatarlo basta leer el segundo libro que dio a la imprenta a la edad de 38 años: La ruta de Hernán Cortés, que también permite constatar sus enormes cualidades como autor literario.
III
La literatura fue siempre su otra gran pasión.
De sí mismo solía decir, modesta, erróneamente, que se consideraba un autor de segunda fila. Afirmaba que frente a los libros de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes nada tenía que hacer. Se equivocaba. El rey viejo, su breve e intensa novela sobre el asesinato de Venustiano Carranza, no sólo se lee con gusto; aun hoy puede servir como pauta para abordar, desde la imaginación, ese haz de tragedias shakespeareanas que fue la revolución mexicana.
Desde joven, su ambición fue escribir gran literatura. Lo consiguió de una manera en que él mismo no esperaba: recorriendo los caminos de la historia, haciendo reportajes en los que él mismo es actor y testigo. En ellos empleó, no la fantasía sino, como lo ha subrayado José Emilio Pacheco, la más estricta realidad.
De la lectura de la obra de Fernando Benítez se obtienen muchos datos fidedignos, dolorosos y hasta escalofriantes. Y nadie puede poner en duda la veracidad de su información. Pero de la lectura de su obra, por paradójico que parezca, también se obtiene un gran placer, una alegría que tiene que ver con la manera en que se hacen resonar las palabras, un lirismo que sólo ocurre cuando hay amor por el lenguaje, un gusto que no se puede definir con otro término que no sea literario.

IV

Se aprende mucho acerca del lugar de Fernando Benítez en la cultura hispanoamericana del siglo XX a través de las dedicatorias que ostentan buena parte de sus libros. Más de 600 ejemplares de su biblioteca están firmados por notables escritores e intelectuales de América (incluidos los Estados Unidos) y de Europa. A lo largo de medio siglo, brindó en sus magníficos suplementos espacio a muchos escritores y artistas, muchos le quedaron permanentemente agradecidos. Uno de ellos, el colombiano Álvaro Mutis, quien el 1º de noviembre de 1960 le dedica así su Diario de Lecumberri: “Para Fernando Benítez, con gratitud por su solidaridad y admiración por su obra magnífica.” Otro, el gran crítico de arte Paul Westheim (en un ejemplar de Arte antiguo de México): “Para el fantástico FB, grande y muy querido amigo, con la admiración de PW, 1950”. Uno más: “Para el Lic. FB, que con clara inteligencia y fina atención se sirvió conceder importancia a la investigación que hoy presento, cuando ella no era sino un apunte anticipatorio”, de Jesús Sotelo Inclán, en un ejemplar de Raíz y razón de Zapata (1943).
Benítez cultivó una generosidad inteligente, de la misma manera en que supo prodigar su amistad inteligente. Se le quiso en México y en Europa. Octavio Paz le dice, el 16 de agosto de 1986, al frente de un ejemplar de Hombres en su siglo: “A FB, bien plantado en su siglo. Con un saludo.” Carlos Fuentes escribe, en la portadilla de El naranjo: “A Fernando y Georgina, príncipes de las islas y tierra firme, de su súbdito leal y hermano, 1993”. Rodolfo Usigli le dice en 1947, en un ejemplar de Itinerario del autor dramático: “Para FB, con afecto invariable, y con el deseo de que caiga en el sueño del teatro”. (En el sueño del teatro cayó, en efecto, y su Colón: misterio en un prólogo y cinco escenas, también hizo caer en el sueño a los espectadores que llenaron la función inaugural, gracias a lo cual –así lo decía el propio Benítez– no quemaron el Palacio de Bellas Artes.)
Edgar Morin le dedica su Journal de Californie con la siguiente inscripción: “A Fernando, nuestro Quetzalcóatl y a Georgina, su –nuestra– diosa.”. Hay libros dedicados por muchos autores célebres –Enrique González Martínez, Reyes, Neruda, Rulfo, Revueltas, Sabines, Zaid, Cardoza y Aragón, Agustín Yánez, Alejo Carpentier, José María Arguedas, Ángel Rama, Max Aub, José Agustín, Juan Gustavo Cobo Borda… Hay algunos insospechados, como el del filósofo polaco Leszek Kolakowski en un ejemplar de Marxism and Beyond (“A los muy queridos Georgina y FB, con amistad y toda mi gratitud”, firmado el 20 de febrero de 1971), o el del Dr. Atl en la primera página de Volcanes de México: “Mi querido amigo y compañero Benítez, este es el único ejemplar que pude obtener y aunque está un poco maltratado se lo envío con un cordial apretón de manos –9 de abril de 1947.”
V
Es curioso constatar que en la biblioteca de Benítez no existe una sola colección de ninguno de los suplementos culturales que dirigió entre 1947 y 1990. Ya no digamos completa, ni siquiera fragmentaria. Esa ausencia indica que también, a lo largo de su vida, debe haberse desecho de innumerables libros. Y tampoco parece haber sido muy cuidadoso con su archivo personal. Hay muchas cartas, pero menos de las que uno calcula que debe haber recibido. Y es claro que si no hubiese vivido la mayor parte de su vida en pequeños departamentos su biblioteca tendría el doble de volúmenes.
Lo que sí se preocupó por conservar son decenas y decenas de cuadernos y libretas, hasta sumar centenares, llenas de su menuda letra de molde, clara y firme (no obstante de difícil lectura a simple vista) que muestran su impresionante capacidad de trabajo. Hay que desentrañar esa montaña de páginas para ver qué proporción de ellas ya fue trasvasada a un libro y qué proporción pertenece sólo al ejercicio preparatorio.

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