Más
allá del túnel/RAFAEL
CRODA
Revista Proceso No 1930, 2013
BOGOTÁ.- El comandante de la guerrilla colombiana del M-19 Antonio Navarro Wolff sintió llegar la muerte mientras lo atendían en la unidad de terapia intensiva del Hospital Mocel de la Ciudad de México. Los médicos le suministraron mil miligramos de dipirona para reducir la fiebre y el dolor que lo aquejaban y una reacción alérgica le provocó un violento choque anafiláctico que colapsó su sistema cardiorrespiratorio.
BOGOTÁ.- El comandante de la guerrilla colombiana del M-19 Antonio Navarro Wolff sintió llegar la muerte mientras lo atendían en la unidad de terapia intensiva del Hospital Mocel de la Ciudad de México. Los médicos le suministraron mil miligramos de dipirona para reducir la fiebre y el dolor que lo aquejaban y una reacción alérgica le provocó un violento choque anafiláctico que colapsó su sistema cardiorrespiratorio.
“Me
metí en el túnel de la muerte –recuerda– y vi una luz que se iba alejando poco
a poco. Hay un umbral de angustia que uno pasa, el umbral de la muerte, digo
yo, y ahí después uno no siente nada, ni miedo ni angustia ni nada. Uno se
queda quieto, tranquilo, en paz.”
Era
el miércoles 29 de mayo de 1985. Tres semanas antes Navarro Wolff fue víctima
de un atentado con una granada en una cafetería de Cali, Colombia, mientras el
M-19 negociaba la paz con el entonces presidente colombiano Belisario Betancur
y en momentos en que regía una tregua entre las partes.
El
jefe guerrillero, cuarto comandante al mando del M-19 en esa época, se dice
convencido de que ese día estuvo muerto. “No sé cuánto duró eso. No debió ser
mucho tiempo… unos pocos minutos, pero entendí que la muerte no es tan mala”,
dice a Proceso.
Volvió
a la vida gracias a su primo, el médico Jaime Wolff, quien viajó con él de Cali
a la Ciudad de México para atenderlo de las graves heridas que le causó una
granada al estallar a unos centímetros de su pie izquierdo. En el Hospital
Departamental de Cali lo estabilizaron pero el riesgo de un nuevo atentado para
rematarlo era alto. Suiza, Cuba y México le ofrecieron asilo y ayuda médica.
Eligió México.
Llegó
al Mocel el martes 28 de mayo de 1985 por la noche, con agudos dolores en la
pierna izquierda y una fiebre de 42 grados centígrados. Pasada la medianoche y
sin realizar una prueba de alergia, los médicos le aplicaron dipirona –un
potente analgésico y antipirético de uso común en los hospitales– y lo dejaron
en la sala de cuidados intensivos.
Jaime,
quien nunca se separó de él, se percató del choque anafiláctico y les pidió a
las enfermeras de turno que llevaran mucho suero, el cual le aplicó él mismo
mediante una técnica conocida como “suero a chorro”, consistente en
suministrar, vía intravenosa, dos litros de esa solución en un lapso de media
hora.
Los
días siguientes fueron un martirio. Sin posibilidad de recibir medicamentos
para el dolor y la fiebre, fue sometido a largas sesiones sumergido en una
pequeña alberca repleta de cubos de hielo para bajarle la fiebre. La infección
en la pierna no cedía.
“Todo
eso –indica– ayudó a que yo tomara la decisión de pedirle a los médicos que si
me tenían que amputar la pierna me la amputaran, porque ¡imagínese!, yo me la
pasaba metido en una piscina bajo hielo para bajar la fiebre que me causaba la
infección. Era insoportable.”
Los
médicos hicieron una junta y decidieron amputarle la pierna izquierda debajo de
la rodilla. Cuando se lo comunicaron se descompuso. Pensó cómo sería su vida
sin una pierna. Le dieron náuseas y vomitó. Esa misma noche practicaron la
cirugía con una sierra circular. Cuando pasó la anestesia no soportaba el
dolor. Le inyectaron morfina pero el efecto duró poco. Pasó ocho horas de
tortura, en un grito, hasta que el dolor pasó.
–¿Cómo
fue el golpe anímico? –se le pregunta.
–Eso
da miedo, susto. Después de que uno no tiene la pierna, termina por adaptarse.
Hoy me siento muy bien; no me acuerdo de cuando tenía dos piernas.
Receso
en México
En
1974 Navarro Wolff dejó una promisoria carrera académica –es ingeniero
sanitario con especialidad en medio ambiente en la universidad inglesa de
Loughborough y fue becario de la Fundación Rockefeller– para incorporarse a la
guerrilla del M-19.
Pasó
casi una década en el monte y estuvo preso un par de años en la cárcel La
Picota, en Bogotá, por el delito de rebelión. Dice que fue un alivio llegar a
esa prisión tras 19 días seguidos de tortura en una guarnición militar. Luego
vino el atentado en Cali, del que aún le quedan 20 esquirlas en el cuerpo, una
pierna incompleta y dificultad para hablar, pues una esquirla le desgarró el
nervio hipogloso izquierdo y la mitad de la lengua le quedó inutilizada.
–¿Su
prótesis es de alta tecnología?
–No.
En amputaciones debajo de la rodilla no existe ni se requiere de alta
tecnología. Eso ha variado muy poco desde tiempos de los piratas y sigue siendo
bastante parecido a una pata de palo. Mi prótesis me permite caminar y eso es
lo que me interesa.
En
julio de 1985 viajó a Cuba, a donde llegó en muletas y silla de ruedas para
recuperarse. Del Mocel salió pesando 37 kilogramos, la mitad de su peso
habitual. Con su 1.90 de estatura, era un fantasma encorvado, quijotesco. Los
cubanos dijeron que podían haberle salvado la pierna; “pero eso no me sirve de
nada: ya se perdió y no volverá a crecer”.
Instalado
en el hotel Rivera, de La Habana, se hartó de comer moros con cristianos y
carne de cerdo. En la capital cubana le hicieron su primera prótesis, de fibra
de vidrio. Cuando se la puso se sintió feliz. Caminó 40 cuadras alrededor del
hotel, hasta que el muñón le sangró. Meses después esta prótesis se le rompió.
Hoy utiliza una de poliuretano que le hicieron en Miami hace 23 años y la cual
le parece tan cómoda como un par de zapatos viejos.
A
comienzos de 1986 volvió de Cuba a México, donde se estableció. Aprendió a
comer chile y viajó por todo el país. A mediados de 1989 regresó a Colombia
para coordinar las negociaciones de paz del M-19 con el gobierno del presidente
Virgilio Barco (1986-1990). Un año después, ya desmovilizado, era uno de los
hombres más custodiados de Colombia.
Para
entonces ya se sabía que el atentado en su contra fue perpetrado por militares
interesados en descarrilar el proceso de paz de aquella época. Además, era
objetivo de los paramilitares, quienes en abril de 1990 asesinaron a Carlos
Pizarro, máximo dirigente y candidato presidencial del desmovilizado M-19, a
quien sucedió en ambas posiciones.
Incluso
en sus reuniones privadas permanecía junto a él un joven escolta de su entera
confianza, exguerrillero, con un subfusil automático Uzi al pecho y el dedo
índice pegado al gatillo. “Eran tiempos muy difíciles”, afirma.
Hoy
tiene un esquema de seguridad “liviano”, con cuatro escoltas, y vive una de las
etapas menos ajetreadas desde que volvió de su exilio obligado en México, hace
ya 24 años. En noviembre próximo volverá a las intensidades de la política
electoral, pues iniciará una precampaña para convertirse en el candidato
presidencial de la centroizquierdista Alianza Verde.
De
México no sólo guarda buenos recuerdos; considera que tiene más raíces
mexicanas que los propios mexicanos “porque yo tengo un pedazo de pierna
enterrado allá, en su país, es un trozo de mi cuerpo”, dice en tono jocoso.
–¿Y
dónde quedó exactamente enterrado ese pedazo de pierna?
–Qué
sé yo. En algún basurero o a lo mejor lo metieron en un horno crematorio. No sé
exactamente y no me iba a poner a preguntar dónde estaba.
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