El tabasqueño sigue jugando al doble juego: si las cosas le favorecen, las apoya; si son adversas, las repudia.
Excélsior, 11 de junio de 2012
Conforme se acerca la elección, López Obrador comienza a hablar de un posible fraude electoral. La semana pasada lo dijo en un mitin público: “Cuando vean que tampoco les funcionó la guerra sucia, ¿a qué se van a ir? Al fraude.” Luego, en otra reunión con el grupo de ciudadanos “preguntones”, María Elena Morera le preguntó si estaría dispuesto a firmar un pacto en el que se comprometa a respetar las reglas, al árbitro y los resultados de la elección. AMLO se negó: “No se puede repetir lo del 2006. Pónganse en mi lugar, si se hace un fraude cómo se va a aceptar, es un acto de traición a la democracia. Es traicionarnos a nosotros mismos. Entonces si ustedes ayudan a que la elección sea limpia y libre, esto permite a todos aceptar las reglas, pero si se usa dinero a raudales para favorecer a un candidato, no hay equidad en los medios, si hay guerra sucia y todavía (dicen) ‘pero respetas, porque si no te voy a acusar que eres un ambicioso de poder’”.
Héctor Aguilar Camín le recordó lo que ha avanzado el país en materia democrática. Argumentó que si el IFE es incapaz de frenar irregularidades, como piensa AMLO, la democracia no sirve, por lo que estaríamos frente a un “absoluto fracaso, que habríamos que refundacionar todo. Y es lamentable que todos han aceptado estas reglas. Se me cae el alma a los pies con pensar que tenemos que empezar de nuevo”.
El tabasqueño le contestó: “Lamento decirte que hay que
empezar de nuevo, porque se requieren cambios profundos; ya no funciona este
modelo. En lo político se requieren cambios, cada seis años se reforma, pero
aquí estamos constantemente porque no existe una vocación democrática, desde
los consejeros del IFE, no son ciudadanos, en cuanto a sus posturas.
Necesitamos avanzar, se ha retrocedido”.
Curioso, este discurso de un candidato que también dice
que va a ganar la elección. Creo, sin embargo, que en el fondo AMLO sabe que no
va a ganar y ya prepara lo siguiente: un conflicto poselectoral para negarle la
legitimidad al nuevo presidente. En este sentido, la estrategia de López
Obrador no ha cambiado en estos años: sigue por la ruta de la semilealtad con
las instituciones democráticas.
El politólogo Juan Linz clasificó las posibles
oposiciones que puede haber en un régimen político. La oposición leal son
aquellos partidos que se oponen al gobierno pero no al régimen. La desleal es
la oposición ferviente, a menudo violenta, al régimen y al gobierno. Finalmente
se encuentra la semileal, caracterizada por la ambigüedad: generalmente
comienzan siendo leales al régimen pero, por distintas circunstancias
históricas e ideológicas, cada vez actúan más con deslealtad. A ratos parecen
estar dispuestos a jugar con las reglas establecidas, pero luego anuncian que
no están de acuerdo con éstas y que podrían salirse del juego.
Eso ha sido y seguirá siendo el movimiento de AMLO: una
oposición semileal al actual régimen democrático.
En 2006, estaban dispuestos a respetar las instituciones
de la democracia siempre y cuando ganaran. Como pensaban que iban a ganar,
dijeron que confiaban en el IFE y que respetarían los resultados. Cuando éstos
les fueron adversos, cuestionaron la legitimidad y la eficacia de este
Instituto, típica reacción de una oposición semileal.
Lo mismo ocurrió con el Tribunal Electoral. Presentaron
en 2006 una demanda donde impugnaron alrededor de 40 mil casillas. En las
calles, sin embargo, insistieron en que el Tribunal debía contar todos y cada
uno de los votos de las 130 mil casillas. ¿Por qué no solicitaron, entonces,
esta demanda por la vía jurídica? Por una razón: sabían que el recuento total
no les favorecería y que era mejor que el Tribunal no abriera todos los
paquetes, de tal suerte que, al final del día, pudieran “desenmascarar” la
“podredumbre” del Tribunal y de las instituciones democráticas.
Lo mismo sucedió en 2006 con el Congreso. Los diputados y
los senadores de la izquierda tomaron posesión y negociaron con las otras
fuerzas políticas recursos públicos para su partido y los gobiernos estatales
que controlaban. Promovieron incluso algunos cambios legislativos incluida una
nueva reforma electoral. Sin embargo, desde afuera, el movimiento
lopezobradorista siempre puso en tela de juicio la legitimidad de las
instituciones, incluido el Congreso.
En suma, usan a las instituciones cuando les conviene y
las cuestionan también cuando les conviene. Y ahí vamos de nuevo en 2012 a
menos, desde luego, que gane AMLO.
La pregunta es qué tanto puede una oposición mantenerse
en la ambigüedad inherente a la semilealtad porque, como reza el dicho, “no se
puede mamar y dar topes al mismo tiempo”. O se transita a la lealtad o a la
deslealtad con el régimen democrático. Por lo pronto, AMLO y su movimiento
siguen jugando al doble juego: si las cosas les favorecen (encuestas, cobertura
mediática, resultados electorales, demandas judiciales), las apoyan; pero si
son adversas, las repudian.
Twitter: @leozuckermann
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