14 abr 2026

Hipona: el reencuentro entre la Historia y la Esperanza

Hipona: el reencuentro entre la Historia y la Esperanza

 Bajo un cielo de plomo y una lluvia tenaz que parecía empeñada en lavar las cicatrices del tiempo, el Papa León XIV caminó hoy sobre el barro y la memoria de Hipona, . No fue un viaje cualquiera. Al llegar al noreste argelino, el Pontífice no solo visitaba una antigua sede episcopal; regresaba a casa. "Yo soy un hijo de San Agustín", dijo al mundo el día de su elección, y este martes, como el primer Papa agustino, cumplió la promesa de volver a las raíces de su padre espiritual. En esta segunda jornada de su periplo africano, que lo llevará también a Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial, el protocolo cedió su lugar a la intimidad.

En ese yacimiento donde el viento del Mediterráneo aún musita fragmentos de La Ciudad de Dios (De civitate Dei contra paganos,  obra escrita en 22 libros de San Agustín). León XIV realizó un gesto que desafía la fugacidad del presente: plantar un olivo. Es un árbol que hunde sus fibras en suelo argelino pero busca la eternidad; un recordatorio de que la paz no es un concepto inerte, sino un organismo vivo que exige el pulso diario del cuidado. Lo que presenciamos hoy no fue arqueología de ruinas, sino una "arquitectura del espíritu" que rescata una voz urgente. En pleno siglo XXI, el mundo parece desmoronarse en fragmentos, tal como ocurrió en aquel siglo V que le tocó habitar a Agustín.

Al citar la paz como "el fin de nuestro bien", León XIV huyó de la abstracción. Al saludar con un "As-salamu alaykum" y rodearse de coros que trenzaban el bereber, el árabe y el latín, transformó el silencio de las piedras en un diálogo polifónico. Fue la Iglesia que abandona el ornamento para buscar la proximidad en la casa de las Hermanitas de los Pobres. Allí, al definir una residencia de ancianos como el lugar donde "Dios habita", el Papa lanzó una bofetada de realidad frente a la soberbia del poder. Nos recordó que la esperanza no se grita en grandes anfiteatros, sino que se teje en el servicio callado desde la fragilidad.

Pero, ¿quién era ese Agustín? Antes del mármol, fue un hombre de tormentas. Un joven de intelecto voraz que buscó la plenitud en los excesos de Cartago y en un amor que lo hizo padre a los diecinueve años. Un retórico de éxito habitado por un vacío que ni la fama ni la lógica lograban colmar. Su vida fue una fuga perpetua hasta que un llanto en un jardín fue interrumpido por la voz de un niño: "Tolle et lege", toma y lee. Al abrir las cartas de Pablo, el hombre de las palabras complejas se rindió ante la luz. Hoy, Robert Francis Prevost, hijo de esa misma orden, dejó en Hipona un olivo joven y una lección: no importa qué tan profundas sean nuestras ruinas, la Verdad siempre nos espera en el umbral de casa


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