La Luna a cucharadas: el regreso a casa de un viaje histórico
Por: Fred Alvarez Palafox
Dice el poeta Sabines que la luna se puede tomar a cucharadas o como una cápsula cada dos horas. Pero hoy, mientras la cápsula Orión emprende su regreso a casa, nos damos cuenta de que la luna ya no es solo un sedante para los intoxicados de filosofía. Hoy es una dirección, un destino, un pedazo de roca que cuatro seres humanos han guardado en el bolsillo de su memoria para siempre.
Tras décadas de una nostalgia que nos pesaba en los pies, la misión Artemis II nos ha devuelto el cielo. No es solo el regreso de una nave; es el retorno del hombre a ese silencio absoluto donde —como dice Sabines— uno puede ser rico sin que nadie lo sepa. Christina Koch, Victor Glover, Reid Wiseman y Jeremy Hansen han habitado ese silencio. Durante cuarenta minutos, en el lado oscuro del satélite, estuvieron solos. Sin radio, sin Tierra, sin nosotros. Fue entonces cuando Koch nos regaló la dosis precisa de humanidad: "Siempre nos elegiremos los unos a los otros". Porque, al final, uno va tan lejos solo para confirmar que el verdadero milagro está aquí abajo.
Esta misión ha roto récords de distancia, superando los 400 mil kilómetros que impuso el Apolo 13 hace más de medio siglo. Pero la verdadera distancia que se acortó fue la del corazón. Lo vimos cuando propusieron nombrar un cráter como “Carroll”, en honor a la difunta esposa del comandante Wiseman, a quien el cáncer le arrebató la vida. Pusieron un nombre amado en la geografía del cielo. Así, el cráter Carroll es ahora esa "hoja tierna de luna debajo de la almohada" para que el comandante pueda mirar, por fin, lo que siempre quiso ver.
El geólogo Gordon Osinski, testigo del estruendo en el Centro Espacial Kennedy, confesó que tuvo miedo. Y es que detrás de las 2,600 toneladas de fuego y acero del cohete SLS, habita la fragilidad. Están las lágrimas de un hijo que despide a su padre y está una tripulación que representa a toda la especie: la primera mujer, el primer hombre afroamericano, el primer canadiense. Ya no hay fronteras; solo hay ojos asombrados ante esa "canica azul" que se observa por la ventana a miles de kilómetros de distancia.
Hoy, la cápsula Integrity navega de vuelta. Traen con ellos un frasquito de aire de luna para cuando nos ahogue la rutina. Traen la llave para los desencantados. Porque la ciencia nos da los datos y la potencia de los motores, pero son estos pioneros —estos locos condenados a la vida— quienes nos devuelven la capacidad de asombro.
La luna sigue ahí. Sigue siendo buena para los ancianos y para los niños que no se duermen. Pero a partir de hoy, gracias a Artemis, la luna es también un espejo donde la humanidad se ha vuelto a reconocer. Bien lo sabía Borges cuando le escribió a María Kodama:
Hay tanta soledad en ese oro.
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humana la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.
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