17 mar 2026

Habermas y Ratzinger

El legado de Habermas y Ratzinger

 Habermas y Ratzinger/ Julio L. Martínez (SJ), Universidad Pontificia Comilla en ABC; Lunes, 16/Mar/2026

El texto conmemora el fallecimiento de Jürgen Habermas (96 años), destacando su sintonía con Joseph Ratzinger en la defensa de una democracia deliberativa y la crítica al laicismo excluyente.  Ambos pensadores coinciden en que una "secularización descarrilada" debilita la solidaridad estatal. Habermas propone que la esfera pública debe ser un espacio de diálogo dialógico donde los ciudadanos religiosos traduzcan sus intuiciones a un lenguaje accesible, mientras que los seculares deben reconocer que la religión porta verdades racionales útiles para la sociedad.

El autor subraya la necesidad de una "sociedad postsecular" basada en la autolimitación. Esto implica rechazar tanto el fundamentalismo religioso como el laicismo radical, promoviendo procesos de aprendizaje mutuo.

 En su célebre debate de 2004, ambos cuestionaron el "naturalismo crédulo" y el cientificismo estrecho. Ratzinger abogaba por "ensanchar la razón", mientras que Habermas buscaba procedimientos argumentales "sensibles a la verdad" para legitimar los derechos humanos.

Aunque cercanos, Ratzinger sostenía que la razón "enferma" sin la fe; Habermas, en cambio, veía la religión principalmente como un recurso moral necesario para sostener los fundamentos normativos de la democracia.

 Habermas y Ratzinger/ Julio L. Martínez (SJ), Universidad Pontificia Comilla.

ABC; Lunes, 16/Mar/2026

Jürgen Habermas acaba de morir a los 96 años. Es uno de los grandes pensadores de nuestra época, como Ratzinger. Ambos alemanes, longevos y nacidos antes de que Hitler llegase al poder. Sus vidas y obras merecen el elogio de toda persona de bien. Entre los abundantes temas en que Habermas fue maestro, me centraré en las más significativas convergencias entre el filósofo y el Papa teólogo.

El republicanismo kantiano de Habermas articula una propuesta de democracia deliberativa que combina el universalismo ético kantiano y la participación discursiva a través de procedimientos comunicativos. Supone un avance nada despreciable sobre el liberalismo político de Rawls respecto al puesto de la religión en la vida pública, pues permite superar la separación en que incurre el filósofo norteamericano entre «razón política», «razón ética» y «razón religiosa» (R. Díaz-Salazar), así como su demasiado estrecha concepción de lo público. La esfera pública en la comprensión habermasiana abarca a todos los actores públicos que participan dialógicamente en las controversias políticas, sociales, culturales, éticas o religiosas, haciendo el esfuerzo comunicativo (traducibilidad) sin renunciar a su identidad. Todo ello tomó cuerpo en su libro 'Entre naturalismo y religión' (2005), donde afirma que «una secularización descarrilada» afloja los vínculos democráticos y consume la solidaridad de la que depende el Estado democrático, imposible de imponer por vía de obligación legal. Desde esa convicción que le costó décadas alcanzar, Habermas pidió devolver a las comunidades creyentes el reconocimiento que merecen, abrazando conjuntamente las mentalidades religiosas y seculares, para que ambas actúen reflexivamente en favor de los bienes sociales.

Aunque en una democracia las leyes y las sentencias judiciales tienen que ser formuladas en un 'lenguaje público' y justificadas de manera accesible a todos, es legítimo e incluso útil que, en las disputas públicas donde se forma la opinión y la voluntad común, todos puedan participar usando su propio lenguaje. Los ciudadanos religiosos han de esforzarse en traducir sus intuiciones en un lenguaje accesible. Pero los ciudadanos no religiosos deben convencerse de que estas intuiciones racionales puedan existir, que no todo lo que viene de la religión es irracional y políticamente inútil o ilegítimo. La filosofía tiene así la importantísima tarea de reflexionar sobre los límites de la razón y de no desconfiar más de las verdades reveladas que de las síntesis naturalistas de las ciencias. O como dice Ratzinger, la filosofía tiene la responsabilidad de facilitar una asimilación crítica de las conclusiones de las ciencias, enseñarles sus límites, mantener abierta la mirada a ulteriores dimensiones de la realidad que las ciencias sólo conocen parcialmente.

Ratzinger y Habermas han estado de acuerdo en muchas e importantes cosas. Concuerdan en la necesidad que los ciudadanos creyentes tienen de hacer el esfuerzo de traducción de sus motivaciones religiosas en términos racionalmente accesibles («ilustrados reflexivamente», dice Habermas), como la tradición católica sostiene y el Papa Benedicto XVI dijo en el Parlamento británico (2010): «La tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. En este sentido, el papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos». Efectivamente, en la sociedad postsecular necesitamos autolimitación por ambos lados (secular/religioso) y disponibilidad de todos a entrar en procesos de aprendizaje propio y compartido que exigen aceptación de la diversidad y actitudes de diálogo/conversación cívica. Esto es incompatible tanto con el fundamentalismo y el sectarismo religiosos, por un lado, como con el laicismo político, por otro.

En su célebre debate de 2004 en la Academia muniquesa, Habermas y Ratzinger convergen en que la formación de una sociedad mundial, junto al desarrollo de nuevas y enormes posibilidades de la humanidad para construir y destruir, plantea la cuestión del control jurídico del poder sobre bases de un ethos universal, que no pueden aportar las ciencias, porque no es ésa su competencia. Así se muestran contrarios a un concepto de razón cientifista y estrecho. El filósofo hablaba del «naturalismo crédulo», mientras que el teólogo pedía «ensanchar» tanto el concepto como el uso de la razón.

En la tarea de encontrar las fuentes de la legitimidad sobre la que asentar la dignidad y los derechos humanos, Habermas señala la participación política igualitaria de todos los ciudadanos y la «forma razonable» mediante la cual se resuelven los contrastes políticos, que no puede limitarse a la consecución de mayorías aritméticas, sino que debe articularse como «procedimiento argumental sensible a la verdad» («wahrheitssensibles Argumentationsverfahren»). Es cierto que Ratzinger mostraba más confianza en la búsqueda de la verdad en el debate filosófico y político, pero, al mismo tiempo, coincidía con su compatriota en lo difícil que era transformarlo en praxis política, dado que los representantes del «procedimiento argumental» público son sobre todo los partidos políticos y éstos necesitan construir mayorías para alcanzar el poder, viéndose abocados frecuentemente a satisfacer intereses no sólo generales sino particulares.

También hay en los análisis de Ratzinger y Habermas diferencias de cierto calado en torno al concepto mismo de razón moderna y en un punto no poco importante: Ratzinger es un pensador creyente y no sólo da la bienvenida a las tradiciones religiosas para motivar y favorecer un humus prepolítico, sino que considera que sin la fe religiosa la razón se empobrece e incluso enferma. Hasta ahí nunca llegó Habermas, pues, pese a su giro hacia una valoración positiva de la religión en las sociedades de Estado democrático y liberal, veía la religión sobre todo como un recurso moral para sociedades que ya no están en condiciones de desarrollar una base motivacional para alimentar sus propios fundamentos normativos.

Las conclusiones a las que llegan estos dos gigantes del pensamiento occidental son muy cercanas, aunque muy diferentes las tradiciones de las que provenían y los caminos recorridos por cada uno. Su inmenso legado es un gran bien común de la humanidad que merece reconocimiento, gratitud y compromiso.


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