…¿Volverá
Cuba a ingresar en el FMI?/ James M. Boughton
Project
Syndicate | 9 de enero de 2015
El
restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos
desbloquea nuevas perspectivas para la economía de la isla. Algunas medidas,
incluida la revocación del embargo comercial por parte de los Estados Unidos,
están prohibidas por la Ley Helms-Burton, aprobada por el Congreso de ese país
en 1996, pero la renovación de la adhesión de Cuba al Fondo Monetario
Internacional es una posibilidad real.
Cuba
fue uno de los cuarenta miembros originales del FMI. Participó en gran parte de
la planificación preliminar para la conferencia de Bretton Woods de 1944 y tuvo
una delegación en ella. En fecha tan temprana como 1941, Cuba colaboró con
otros países latinoamericanos en un intento fracasado de establecer un papel
monetario para la plata, junto con el oro. Más adelante, contribuyó a aumentar
los derechos de voto para Estados pequeños y un estatuto especial para los
países latinoamericanos en el Directorio Ejecutivo del FMI.
Después
de que Cuba se adhiriera al FMI (y al Banco Mundial) en 1946, desempeñó un
papel positivo en el Fondo durante los doce años siguientes. En 1954, fue el
décimo país que aceptó las obligaciones plenas del artículo VIII del Fondo, por
el que se abstendría de recurrir a restricciones de divisas en el comercio
internacional. En 1956, obtuvo un préstamo habitual del Fondo y lo saldó en el
año siguiente. Y después comenzaron los problemas.
En
1958, el gobierno del Presidente Fulgencio Bautista solicitó un préstamo
pequeño al FMI: 12.500 millones de dólares, equivalente al 25 por ciento de la
cuota de Cuba. Las condiciones del préstamo obligaban a Cuba a saldarlo al cabo
de seis meses; sin embargo, en aquel momento el Gobierno estaba a punto de
desplomarse.
Después
de que las fuerzas de Fidel Castro derribaran el régimen de Batista en enero de
1959, el nuevo Gobierno procuró repetidas veces aplazar la amortización, pero,
cuando el saldo debido seguía pendiente en 1963 (y los interese seguían
acumulándose), las normas del FMI requerían que su Director Gerente adoptara
medidas que prohibieran una nueva utilizacion de los recursos del Fondo. El
proceso se prolongó durante varios meses, hasta que Cuba renunció a su adhesión
en 1964. No obstante, durante los cinco años siguientes, el gobierno de Castro
amortizó gradualmente toda la cantidad debida, incluidos los intereses.
Después
de que los EE.UU. impusieran el embargo comercial en 1960, Cuba pasó a depender
en gran medida del apoyo económico de la Unión Soviética. Cuando ésta se
desplomó en 1991, el fin del comercio fiable y del respaldo financiero hundió
la economía cubana en una grave recesión, que sólo remitió después de que el
Gobierno relajara algunas restricciones de la empresa privada. En un intento de
fortalecer las relaciones económicas con un mayor número de países, el gobierno
de Castro empezó entonces a tantear el terreno con vistas al FMI.
En
1993, Cuba invitó a un funcionario del FMI, el Director Ejecutivo Jacques de
Groote, a visitar La Habana para celebrar reuniones secretas con Castro y otros
funcionarios superiores. De Groote, que tenía buenas relaciones con varios
países comunistas, ofreció asesoramiento con carácter personal y documentos y
otras informaciones sobre el funcionamiento del Fondo y lo que podía ofrecer. A
continuación, hubo otro contacto, en un nivel inferior, y en su momento una
solicitud de asistencia técnica del FMI. El Fondo, en vista de la oposición de
los EE.UU., no atendió la solicitud y así quedó el asunto.
No
es posible saber si el gobierno de Castro estaba interesado en reingresar en el
FMI en el decenio de 1990. Sin embargo, lo que está claro es que cualquier
intento en esa dirección habría sido fútil. La aprobación de una solicitud de
adhesión requiere una votación con mayoría simple por la Junta de Gobernadores
del FMI. La oposición por parte de los EE.UU., que controla el 17 por ciento,
aproximadamente, del voto, no habría sido en sí decisiva, pero muchos países
–incluso algunos que normalmente habrían sido receptivos a una solicitud de
Cuba– se habrían mostrado renuentes a oponerse a los EE.UU. Cuando la Polonia
comunista solicitó el reingreso en el FMI en 1981, por ejemplo, la oposición de
los EE.UU. indujo al Director Gerente del Fondo a no presentar el asunto a la
Junta; hasta que los EE.UU. retiraron su objeción, no se celebró una votación.
Desde
luego, Cuba podría en un primer momento decidir no presentar la solicitud. La
adhesión al FMI le daría acceso a informaciones, asesoramiento y préstamos en
divisas fuertes, pero también requeriría que el Gobierno divulgara datos sobre
la economía cubana.
Sin
embargo, es probable que en algún momento Cuba desee renovar su adhesión,
momento en el que el resultado dependerá de la posición de los EE.UU. La Ley
Helms-Burton obliga al Secretario del Tesoro de los EE.UU. a “ordenar al
director ejecutivo de los Estados Unidos en cada una de las entidades
financieras internacionales que utilice la voz y el voto de los Estados Unidos
para oponerse a la admisión de Cuba como miembro hasta que el Presidente
demuestre, conforme al inciso c) del apartado 3) del artículo 203, que en Cuba
ocupa el poder un gobierno democráticamente elegido”, pero, aunque la ley
requiere que los EE.UU. voten contra la adhesión de Cuba, aquéllos no tienen
capacidad de veto. Sin la presión de los EE.UU. a otros para que sigan su
ejemplo, nada habría que impidiera al resto de la Junta aprobar la solicitud de
Cuba.
Con
la presidencia de Barack Obama, los EE.UU. han dejado constancia de que son
partidarios de la reintegración de Cuba en la economía mundial. Ese país podría
facilitar aún más la consecución de ese objetivo, si hiciera saber
diplomáticamente que no pondría objeción a que otros permitieran a Cuba
regresar al FMI.
James
M. Boughton, a senior fellow at the Center for International Governance
Innovation (CIGI), is a former historian of the International Monetary Fund.
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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