E Capitán, su máscara y la hormiga de acero
Hay poemas que nacen con nombre y apellido, y otros que necesitan el refugio del secreto para no herir. "Si tú me olvidas" es uno de ellos. Aunque hoy lo declamamos sabiendo que es de Pablo Neruda, durante años fue el misterio mejor guardado de la poesía latinoamericana.
La historia nos traslada a la Italia de 1952. Allí, el editor Paolo Ricci imprimió una joya para coleccionistas: Los versos del capitán. El libro no llevaba la firma de Neruda; en su lugar, un prólogo aseguraba que los versos pertenecían a un excombatiente republicano que los había escrito para una tal Rosario de la Cerda. ¡Mentira genial! Aquello era un escudo de papel para proteger el corazón de Delia del Carril, la esposa legítima, mientras Pablo vivía su volcánico romance clandestino con Matilde Urrutia.
Hablar de Delia, "La Hormiguita", es hablar de una aristócrata argentina que cambió la opulencia por las causas perdidas. Veinte años mayor que Neruda, nunca fue su sombra; al contrario, fue la arquitecta de su madurez. Ella no solo editaba sus versos con honestidad brutal, sino que fue el motor político detrás del Winnipeg, el barco de la esperanza que salvó a miles de refugiados españoles. Sin la disciplina y el roce internacional de Delia, el Neruda que conocemos hoy sería, probablemente, un hombre mucho más pequeño.
Sin embargo, la lealtad tiene límites. Al descubrir la doble vida de Pablo, el poeta le propuso un pacto de apariencias, un "matrimonio burgués" para salvar las formas ante el mundo. Pero Delia, con una dignidad de acero, le respondió: "Si no hay amor, no hay matrimonio". Lo expulsó de su vida y de la mítica Casa Michoacán. En ese momento, donde otras se habrían hundido, ella renació: retomó el grabado y la pintura, volcándose a retratar esos caballos monumentales que hoy son tesoro del arte chileno.
Delia sobrevivió a Pablo y sobrevivió a Matilde, muriendo casi a los 105 años en 1989. Nos enseñó que nunca es tarde para soltar amarras.
Fue hasta 1963, en su refugio de Isla Negra, cuando el poeta finalmente se quitó la máscara y admitió la autoría de aquel libro secreto. Recuerdo haber escuchado alguna vez al entrañable Jaime Sabines —el sobrino de "Chofi"— leyendo estos versos. Había algo en su voz, una cadencia pausada y casi carnal, que desnudaba el poema quitándole lo literario para volverlo pura confesión. Sabines leía como quien conoce bien el peso de una traición y el fuego de una pasión escondida.
Así, entre el engaño piadoso y la dignidad de "La Hormiga", nacieron Los versos del capitán. Y así comienza el poema que Sabines leía como nadie:
"Quiero que sepas
una cosa.
Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.
Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.
Si de pronto
me olvidas
no me busques,
que ya te habré olvidado.
Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida
y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.
Pero
si cada día,
cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.
Buenas Noches….
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