Emboscada de la belleza: Neruda y el asalto de la palabra
La poesía no llega como una invitación cortesana; llega como un asalto. Así lo sintió Neruda: "Y fue a esa edad... llegó la poesía a buscarme". No sabía de dónde salía, si del invierno o del río, pero lo cierto es que lo llamaba desde las ramas de la noche, sin rostro, tocándolo en el silencio de una calle cualquiera.
Era 1924. Pablo Neruda apenas tenía 19 años y ya cargaba con el peso de haber escrito los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Allí, en el centro de su juventud, se gestaba el duelo de la identidad más famoso de nuestra lengua: "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos".
Esta es, quizás, la línea más demoledora de su obra. Neruda no solo lamenta la ausencia de la amada, sino la pérdida de quienes eran cuando el amor los habitaba. Nos confiesa que el tiempo no solo marchita el sentimiento, sino que transmuta nuestra propia esencia. Al decir que ya no son los mismos, nos advierte que el "yo" que amaba también ha muerto con la despedida.
A lo largo de sus versos, el poeta intenta convencerse de su desapego: "Ya no la quiero, es cierto". Pero el poema es una contradicción viva, un forcejeo constante contra lo inevitable. Lo que no dice explícitamente es que el olvido no es una decisión de la voluntad, sino un proceso lento y doloroso que no admite decretos. Cuando admite que "tal vez la quiero", rompe su propia máscara de frialdad. Es el testimonio de alguien que intenta, desesperadamente, poner un punto final que su corazón se niega a trazar.
En esta geografía del dolor, el paisaje es el espejo del alma. Los astros no tiritan por frío físico; es el poeta quien tiembla de soledad. El rocío no solo moja el pasto; el verso "cae al alma" con ese mismo peso silencioso y natural. Neruda escribe para soltar, para que el dolor no lo ahogue, aunque el último verso suene más a una promesa frágil que a una certeza definitiva.
Al final, nos queda esa sentencia que es ley física y emocional: "Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido". Neruda descubre que la memoria es un territorio mucho más vasto que la experiencia vivida. El amor es apenas un destello, un relámpago, pero la cicatriz es un mapa que se recorre durante años. Es la crónica de una ausencia que, gracias a la palabra, se vuelve una presencia eterna.
Poema # 20
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guerdarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y estos sean los últimos versos que yo le escribo.
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