La ilusión de la "extracción": El Ajedrez de Cristal en el Caribe
Andrés Velasco, exministro de Hacienda chileno, ha lanzado desde las páginas de Project Syndicate una advertencia que resuena como un eco de las viejas intrigas caribeñas. Sostiene que Washington, con Marco Rubio como arquitecto, intenta replicar en La Habana una vieja quimera: la "teoría de la extracción". Es la misma fórmula que alguna vez pretendió descabezar al chavismo en Venezuela, bajo la premisa de que basta con extirpar la figura presidencial —en este caso, Miguel Díaz-Canel— para que el resto del sistema caiga por su propio peso. Sin embargo, Velasco identifica grietas insalvables en ese espejo que la Casa Blanca pretende proyectar.
El Petróleo frente al Resort
La primera diferencia es de naturaleza visceral: Cuba no tiene petróleo. Mientras que en Venezuela el pulso era energético y extractivo, la mirada de la era Trump parece posarse sobre el potencial idílico de la isla para el turismo de lujo. Pero hay una contradicción intrínseca: los complejos hoteleros y los resorts no florecen en el caos; exigen una estabilidad y una paciencia que un simple cambio de nombres en el palacio no puede garantizar. El capital es cobarde ante la incertidumbre, y Cuba, hoy, es pura incertidumbre.
Velasco introduce una distinción fascinante entre la "fisiología" y la "ideología". Define al chavismo como un organismo movido por intereses económicos y necesidades orgánicas; en cambio, describe al régimen cubano como una estructura sostenida por un fervor revolucionario que mutó en dinastía. Bajo la sombra persistente de Raúl Castro y el ascenso de su nieto, "Raulito", la figura de Díaz-Canel se vuelve casi ornamental. En la isla, el poder real no se extrae con una firma ni se negocia en una mesa; corre por el ADN de una familia que ha hecho del control una herencia biológica.
El Faro Apagado
El análisis subraya una realidad cruda: Cuba ha dejado de ser el faro que guiaba a la izquierda latinoamericana. Las nuevas generaciones progresistas, hijas de la era digital, ya no encuentran épica en el autoritarismo ni mística en la restricción de libertades. Incluso los gobiernos de Brasil, México y Colombia mantienen hoy una distancia pragmática, reconociendo entre susurros el agotamiento de un modelo que se quedó sin respuestas y sin baterías.
El Fantasma de Graham Greene
Al final, Velasco se muestra escéptico y nos transporta a la atmósfera de las novelas de Graham Greene. Evocando Nuestro hombre en La Habana, advierte que la política exterior actual corre el riesgo de alimentarse de informes de inteligencia ilusorios y castillos de naipes.
El peligro latente es que, en lugar de abrir finalmente las puertas a la libertad que el pueblo cubano merece, estas presiones externas terminen por consolidar nuevas formas de represión o, peor aún, se traduzcan en acuerdos vacíos. Al terminar la lectura, queda la sensación de que estas estrategias solo prolongan la agonía de una isla que lleva seis décadas aguardando, bajo el sol, la llegada de su mañana.
Traducción de Ana María Velasco.
Project Syndicate, Viernes, 27/Mar/2026
En la década de 1960 la CIA trató de asesinar a Fidel Castro utilizando puros envenenados, conchas marinas que explotaban, y trajes de buceo contaminados, como si deshacerse del líder pudiera arreglarlo todo en Cuba. Hoy día el presidente estadounidense, Donald Trump, intenta algo parecido, aunque empleando métodos menos extravagantes. La táctica no funcionó entonces, ni va a funcionar ahora.
Un impávido Miguel Díaz-Canel, actual presidente de Cuba, hace poco reconoció que el régimen negocia con los denostados gringos. Lo que no dijo fue lo que todo el mundo sabe: el objetivo de las conversaciones con Estados Unidos, lideradas por el secretario de Estado, Marco Rubio, es su propia remoción. El régimen puede seguir, pero Díaz-Canel tiene que desaparecer. Se trata de la “teoría extracción de Nicolás Maduro” acerca del cambio político en América Latina.
Pero, Cuba no es Venezuela. Lo que “funcionó” en Caracas en enero, cuando soldados estadounidenses se llevaron al presidente, no va a funcionar en La Habana.
En Caracas, Trump accedió a mantener en su lugar al matonesco régimen chavista, vendiendo a la oposición democrática y poniendo fin a las esperanzas de un regreso de la democracia, porque Venezuela tiene algo que él quiere: petróleo. Cuba carece de petróleo. Tiene playas, y quizás Trump quiera construir Resorts Trump en ellas, devolviendo a Cuba a los tiempos prerrevolucionarios, cuando los mafiosos de Nueva Jersey manejaban los casinos de la isla.
Pero a diferencia del petróleo, ganar dinero con el turismo requiere mucho tiempo y trabajo. Para sobrevivir, el régimen de Caracas primero traicionó a Maduro y luego accedió a hacer lo que Trump quería, depositando el dinero proveniente de envíos de petróleo venezolano en cuentas bancarias en Qatar controladas por el gobierno estadounidense, sin que nadie sepa a ciencia cierta dónde termina ese dinero.
Es poco probable que esto se repita en Cuba. Para entender por qué, el leguaje político de otro país de América Latina resulta útil: los brasileños distinguen entre los políticos “ideológicos” y los “fisiológicos”. A pesar de todos sus alardes sobre el “socialismo del siglo XXI”, los chavistas siempre fueron fisiológicos: interesados, por sobre todo, en emplear su poder para llenarse los bolsillos.
En La Habana existe mucha injusticia y corrupción; por ejemplo, todos los nuevos hoteles de lujo son administrados por un grupo llamado GAESA, que está bajo el control de las fuerzas armadas. Pero la revolución cubana siempre se trató de mucho más que la mera avaricia. El fervor revolucionario ayuda a explicar por qué el régimen castrista ha durado 67 años, a pesar de que todas estas décadas de control centralizado, rigidez burocrática y hostilidad hacia la empresa privada llevaron al país a la bancarrota.
Quizás exista una Delcy Rodríguez cubana, quien, al igual que la vicepresidenta que traicionó a Maduro, esté dispuesta a olvidar el fervor revolucionario y a llegar a un acuerdo con Trump. Pero esa persona todavía no ha aparecido; mientras tanto, los cuadros leales a la revolución continúan en el poder. Quien lleva a cabo las negociaciones con Estados Unidos, según dicen, no es otro que Raúl Guillermo Rodríguez Castro – “Raulito”, como se lo conoce en Cuba– un nieto de Raúl Castro.
Esto nos lleva a la razón principal por la cual deshacerse de Díaz-Canel no producirá grandes cambios: el tipo nunca tuvo poder de verdad. Díaz-Canel ha sido presidente de Cuba desde 2018, cuando Raúl, el hermano menor de Fidel, supuestamente se jubiló. Pero, según la mayoría de los informes, Raúl, ahora de 94 años de edad, y sus descendientes, siguen tomando las decisiones.
Las revoluciones suelen derrocar a una oligarquía para terminar creando una nueva. Pero esta traición caribeña a los ideales revolucionarios seguro que rompe todos los récords: después de casi siete décadas de una revolución que tenía por objeto dispersar el poder político, Cuba, de facto, sigue administrada por una sola familia, cuyo único logro reciente es tener el apellido Castro.
Esta consolidación del control dinástico es una de las razones por la que pocos en América Latina derraman lágrimas sobre la situación actual de Cuba. El diario The New York Times se pregunta si la región está “lista para abandonar a Cuba”, pero el supuesto tras esa pregunta es errado. Unos pocos revolucionarios entrados en años recuerdan con cariño a Fidel en su uniforme verde oliva y con un puro en la boca, pero la generación más joven hace tiempo que abandonó a Cuba como la inspiración para el cambio. ¿Cuántos jóvenes progresistas pueden admirar a un régimen que hostiga a los gays y restringe el acceso a la internet?
Evidentemente, los gobiernos derechistas de Argentina, Chile, Ecuador o El Salvador no quieren nada con Cuba. Pero los tres países más populosos de América Latina –Brasil, México y Colombia– tienen gobiernos de izquierda que, fuera de repetir lugares comunes sobre la autodeterminación, no han movido un dedo ayudar a que el régimen cubano sobreviva. El temor a una represalia por parte de Trump no es el único motivo. En privado, los izquierdistas latinoamericanos reconocen que un régimen que ha conseguido oprimir y empobrecer a su propio pueblo, no puede durar para siempre.
Es posible que Trump no entienda esto, pero Rubio, hijo de emigrantes cubanos, sí lo comprende. Como dice Quico Toro, del Anthropocene Institute, Rubio “capta el comunismo caribeño, y lo odia”. El mejor escenario para Cuba es que Rubio impulse la democracia cuando Trump se distraiga. Esto no es del todo imposible, y me gustaría poder creerlo.
Pero si la democratización encubierta también es el plan que tiene Rubio para Venezuela, dicho plan no parece estar funcionando. La semana pasada, Rodríguez reemplazó al ministro de Defensa, Vladimir Padrino, un antiguo aliado de Maduro, con el General Gustavo González, quien fuera el director del SEBIN, la infame agencia de inteligencia venezolana. Su experiencia no incluye la liberalización política, sino que se reduce a la represión y la tortura.
En la novela de Graham Greene Nuestro hombre en La Habana, el expatriado vendedor de aspiradoras Jim Wormold, se convierte en espía británico, pero como no tiene acceso a información de inteligencia, entrega dibujos de piezas de las aspiradoras como si fueran bocetos para armas secretas. Cuando su plan se descubre, los jefes de la inteligencia británica, temiendo un bochorno, le otorgan honores a Wormlod, y lo envían a su casa con una cómoda pensión.
Quizás algún día Rubio también reciba honores por sus esfuerzos. Pero como van las cosas, en lugar de lograr la libertad que quieren y se merecen, los cubanos solo van a obtener planes falsos.
Copyright: Project Syndicate, 2026.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario