El rastro del petróleo y la mancha de la mentira
Hay manchas que el mar no puede disolver, y la más persistente en nuestras costas no es de hidrocarburo, sino de cinismo. Tuvieron que pasar 69 días de incertidumbre en el Golfo de México para que Pemex admitiera lo que los satélites y los ambientalistas ya gritaban: el desastre no fue culpa de un buque fantasma ni de una "chapopotera" natural. Fue una fuga en el oleoducto de Cantarell.
Pero lo más grave no es solo el daño ecológico, sino la arquitectura del silencio. Según el propio director de la paraestatal, sus subalternos lo supieron desde febrero y lo ocultaron. En un acto de negligencia criminal, dejaron abierto un ducto marino durante diez días. Diez días en los que el crudo asfixió el océano mientras, en los escritorios, se fabricaban mentiras.
El colapso de la palabra oficial
¿Dónde queda la palabra de nuestras instituciones? ¿Dónde queda el compromiso de la Gobernadora, de la Presidenta y de la Secretaria del Medio Ambiente ante este atropello? En marzo, el Secretario de Marina sostenía la hipótesis de descargas ilegales; hoy, la ciencia y la realidad lo dejan en evidencia.
Nos dicen que hay tres ejecutivos denunciados ante la Fiscalía, pero la pregunta es obligada: ¿Cómo es posible que la empresa más estratégica del país sea operada por mandos que apagan las alarmas y engañan a su propia dirección? Aquí no hay medias tintas: si el director no sabía, el pecado es de incompetencia por omisión; y si sabía, es de absoluta complicidad.
El espejo de Tula
Y como si la mentira fuera ya un manual de operaciones, la historia se repitió ayer en tierra firme. En la refinería de Tula, el estruendo y las columnas de humo negro aterrorizaron a la población. Mientras el Gobernador de Hidalgo activaba protocolos de emergencia, Pemex publicaba en sus redes que el incendio era "falso".
Llamar "incidente menor" a una explosión que moviliza al Ejército y a Protección Civil no es optimismo, es un insulto a la inteligencia de quienes están respirando el humo. Es el intento sistemático de borrar la realidad con un tuit.
El veredicto: La urgencia de la verdad
Gestionar una industria de alto riesgo requiere integridad mecánica, pero sobre todo, integridad ética. El petróleo en las playas de Veracruz y el estruendo en Tula son síntomas de una cultura del ocultamiento que pone en riesgo la vida humana.
Hoy, tres funcionarios enfrentan a la justicia, pero el daño a la confianza pública es un derrame que no se detiene con barreras de contención. En cualquier democracia funcional, ante tal desgobierno y opacidad, la responsabilidad debe asumirse en lo más alto. Por dignidad institucional y por respeto a los ciudadanos, el director de Pemex debe renunciar. Porque en el sector energético, la mentira es el combustible más peligroso.
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