11 may 2026

La memoria se busca bajo la tierra

La memoria se busca bajo la tierra

Por: Fred Alvarez Palafox

"Lo que no se nombra, no existe". Esa premisa, tan antigua como el lenguaje mismo, dejó de ser teoría para convertirse en un grito de resistencia. Ayer domingo, mientras México se volcaba en el ritual del 10 de mayo, las calles de la capital y de tantas otras ciudades no olían a flores, sino a una realidad punzante que ningún festejo pudo maquillar.

En la Décimo Cuarta Marcha por la Dignidad Nacional, el Monumento a la Madre y el Ángel de la Independencia dejaron de ser hitos de piedra y bronce. Se transformaron en piel y llanto; en un foro donde decenas de colectivos le recordaron al Estado una cifra que asfixia el pecho: para ellas no hay "día de las madres" mientras falten 133,910 personas. En sus pechos no colgaban medallas, sino las fichas de búsqueda de hijos que el tiempo se niega a devolver.

El reclamo a la Presidenta Sheinbaum fue un eco de desesperación y lucidez: reconocer la crisis y aceptar que México necesita los ojos del mundo, la intervención de la ONU. Las buscadoras fueron tajantes: a solo 32 días de que el balón ruede en el Mundial de la FIFA, el Gobierno parece más empeñado en "administrar" la tragedia y retocar los censos para no afear la foto de la inauguración, que en hundir las manos en la tierra para encontrar la verdad. En este México de contrastes, el fútbol se acerca con su brillo, pero la justicia sigue en un fuera de lugar perpetuo.

La geografía del vacío

Hoy, 11 de mayo, las cifras intentan ponerle nombre al abismo desde el escritorio. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha publicado su informe sobre la desaparición en el país. https://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/2026/informe_desapariciones_mx_spa.pdf 

 Los números, aunque fríos en el papel, queman al leerlos: 128 mil ausencias y más de 70 mil cuerpos que, aun bajo la custodia del Estado, habitan el limbo de lo anónimo en los servicios forenses.

Más allá del rigor técnico de Washington, lo que el informe describe es una geografía del dolor. Nos habla de un territorio donde el crimen organizado dicta sentencias de invisibilidad, a veces bajo la mirada cómplice —o el brazo ejecutor— de quienes juraron protegernos. La CIDH es contundente: la desaparición forzada no es un mal recuerdo de los años setenta; es una herida que supura hoy mismo sobre los más vulnerables: el migrante que se pierde en la ruta, la mujer que no vuelve a casa, el periodista silenciado y el joven arrancado de su futuro.

La pala como único mazo de justicia

Resulta trágico que, bajo una narrativa de "atender las causas", la impunidad siga siendo la piedra angular del sistema. Las sentencias son excepciones; las carpetas de investigación, en cambio, se apilan como lápidas de papel en oficinas polvorientas. La CIDH lo confirma: el peso de la búsqueda lo cargan las familias. Son las madres quienes, con la pala por ley y el instinto por brújula, hacen el trabajo que las fiscalías evaden. Una labor que cuesta la vida: 43 buscadores han sido asesinados desde 2010 por el "delito" de querer enterrar a sus muertos.

La Comisión deja sobre la mesa 40 recomendaciones que suenan a sentencia: identificación masiva, coordinación real y que el Ejército —de una vez por todas— abra sus archivos sin regateos ni simulaciones.

El grito del 10 de mayo: Si no pueden, renuncien

El mensaje de las madres ayer y el diagnóstico de la CIDH hoy son el mismo espejo. El Estado mexicano ha sido rebasado por el horror. Pedir ayuda internacional no es una afrenta a la soberanía, es un acto de humildad ante una incapacidad institucional que ya no se puede ocultar tras discursos oficiales.

Al final, este informe no es solo un documento; es el recordatorio de que, mientras la política se pierde en presupuestos y calendarios deportivos, miles de hogares mexicanos tienen una silla vacía que no admite más esperas. Porque en México, la memoria no es un lujo intelectual; es un derecho elemental que todavía se busca —y se encuentra— rascando la tierra con las uñas.

Una ausencia que no calla... y una herida que ya no acepta más maquillaje.

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