8 mar 2026

Irán: El peligro de jugar a ser dioses con las fronteras

 Irán: El peligro de jugar a ser dioses con las fronteras

La historia tiene una memoria cruel, y Michael Burleigh lo sabe bien. Mientras los mapas en las oficinas de inteligencia en Tel Aviv y Washington se llenan de líneas rojas, la realidad en el terreno es mucho más frágil. Lo que hoy se presenta como una "estrategia de precisión", mañana podría ser el funeral de una región entera.

El tablero de Netanyahu

Benjamin Netanyahu ha conseguido finalmente la guerra que tanto ansiaba contra Irán. Pero, ante la imposibilidad física de ocupar una nación que es un gigante geográfico, la táctica ha dado un giro oscuro: si no puedes conquistar al enemigo, divídelo hasta que deje de existir. Israel y, peligrosamente, la administración de Trump, parecen estar coqueteando con la idea de "romper" Irán desde adentro, utilizando sus costuras étnicas como dinamita.

El plan es tan viejo como peligroso: seducir a las minorías para que se levanten.

Los Kurdos: Siempre usados, siempre olvidados. Se les incita al separatismo bajo la promesa de libertad, olvidando que ya antes fueron abandonados a su suerte por Occidente cuando dejaron de ser útiles.

Un mosaico en riesgo: Desde los baluchis en el este hasta los árabes en las zonas petroleras, el plan busca que el 40% de la población no persa haga el trabajo sucio. Pero las fronteras no se rompen con delicadeza; se rompen con sangre.

El efecto dominó de la soberbia

Burleigh lanza una advertencia que debería quitarle el sueño a los estrategas de escritorio. Balcanizar Irán no es solo un golpe a Teherán; es encender una mecha que llegará hasta las puertas de Europa:

El choque con Turquía: Ankara no se quedará de brazos cruzados viendo nacer un miniestado kurdo en su frontera. Jugar a la fragmentación es poner a la OTAN al borde de un abismo interno.

El costo humano: No hay "balcanización" sin limpieza étnica, sin el éxodo masivo de familias y sin un vacío de poder que los vecinos más voraces no dudarán en llenar.

La ironía del pacificador

Resulta paradójico que, mientras Donald Trump sueña con un Nobel de la Paz, permita que los "halcones" de siempre dicten una política que solo garantiza una guerra tras otra. Romper Irán no traerá la democracia ni la estabilidad; traerá un caos que ningún muro ni ningún tratado podrá contener. Al final del día, las "guerras de elección" terminan siendo las prisiones de quienes las inician.

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Romper Irán sería catastrófico/ Michael Burleigh 

Project Syndicate, Domingo, 08/Mar/2026 

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, finalmente ha conseguido su guerra con Irán, la única potencia regional a la que Israel realmente teme. Si bien Estados Unidos es nominalmente el socio principal en esta guerra ilegal de elección, es Netanyahu quien parece estar dictando las tácticas y los objetivos, comenzando con el asesinato selectivo de los principales líderes iraníes y una campaña de bombardeos que trata la muerte de decenas de colegialas como meros daños colaterales.

Israel utilizó el mismo enfoque contra Hamas, Hezbollah y los hutíes en los últimos años, al mismo tiempo que asesinaba a físicos e ingenieros iraníes en lo que equivalía a ataques terroristas orquestados por el Mossad. Pero dado que Irán es un país muy grande (aproximadamente del tamaño de Francia, Alemania y España juntas) con 93 millones de habitantes, se necesita algo más, porque Estados Unidos, y mucho menos el pequeño Israel, no puede concebiblemente invadirlo ni ocuparlo.

Por eso los halcones israelíes llevan mucho tiempo presionando para dividir a Irán en pequeños estados étnico-religiosos, y por eso sus agencias de inteligencia han estado seduciendo a los separatistas. Al no haber logrado idear un plan para el día después de que termine esta guerra, Estados Unidos también ha comenzado a jugar con esta “estrategia”. Según un informe de la CNN, “la CIA está trabajando para armar a las fuerzas kurdas con el objetivo de fomentar un levantamiento popular en Irán”.

No es difícil entender por qué esta estrategia resulta atractiva para algunos en Israel y Estados Unidos. Solo el 61% de los iraníes son de etnia persa. La minoría más numerosa (quizás el 24%) está compuesta por turcos azerbaiyanos -el grupo al que pertenecía el difunto líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei-, que se concentran en Ardabil, en el noroeste de Irán.

Después de estos «azeríes» se encuentran los kurdos iraníes, que suman entre 7 y 14 millones, y residen principalmente en las provincias fronterizas del noroeste, adyacentes al Kurdistán iraquí autónomo. La proximidad al Kurdistán iraquí le brinda un punto de entrada y salida relativamente sencillo a Irán, lo que convierte a los kurdos en el foco de los esfuerzos del Mossad y la CIA para incitar al separatismo. Si lograran reunir una gran fuerza armada capaz de atacar a las ya asediadas fuerzas de seguridad iraníes, probablemente obtendrían un apoyo adicional de sus hermanos kurdos al otro lado de la frontera.

Otro grupo es la minoría baluchi, que vive principalmente en el este de Irán, a lo largo de la frontera de 900 km con la inestable provincia pakistaní de Baluchistán, desde donde Jaish al-Adl, un grupo terrorista designado por Estados Unidos, lleva mucho tiempo lanzando ataques contra el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y la milicia Basij de Irán. Y, por último, hay entre 5 y 7 millones de árabes ahwazíes en la provincia occidental de Juzestán, rica en petróleo, donde llevan una vida miserablemente oprimida, similar a la de los chiítas que dominan la provincia oriental de Arabia Saudita, también rica en petróleo.

Todas estas minorías iraníes se ven obligadas a utilizar el farsi en las comunicaciones oficiales y todas han sido objeto de una violenta represión por parte de las fuerzas de seguridad, siempre activas, de la República Islámica. Los kurdos, por ejemplo, solo representan entre el 8% y el 17% de la población, pero constituyen un porcentaje desproporcionadamente grande de las personas ejecutadas o encarceladas por motivos políticos.

El problema, por supuesto, es que Estados Unidos tiene un historial muy deficiente en lo que se refiere a fomentar el malestar separatista, como descubrieron los árabes de las marismas y los kurdos iraquíes tras la Operación Tormenta del Desierto en 1991. Una y otra vez, los “pequeños pueblos valientes” han sido incitados y luego abandonados, librados a su suerte -para ser fusilados y gaseados después de que sus patrocinadores occidentales desviaran su atención hacia otros lugares-. De hecho, eso es exactamente lo que ha hecho el presidente Donald Trump con los kurdos sirios, que ayudaron a Estados Unidos a derrotar al Estado Islámico durante su primer mandato, pero ahora los ha abandonado y se ha acercado al joven presidente sirio, Ahmed al-Sharaa, excomandante de Al Qaeda.

Puede que a Israel le convenga balcanizar todo Oriente Medio, y eliminar a todos los poderes capaces de desafiar su hegemonía regional. Ahora bien, ¿ese objetivo beneficia a los intereses de Estados Unidos o del resto de la región?

Por si Trump lo ha olvidado, su otro amigo “duro” en la región, el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, lleva décadas luchando contra el separatismo kurdo. Tras desplegar su propio poderío militar para hacer retroceder a los kurdos sirios y aplastar al Partido de los Trabajadores del Kurdistán en su propio país, Turquía, miembro de la OTAN, no se va a quedar de brazos cruzados mientras el Partido por una Vida Libre del Kurdistán iraní (PJAK) -una rama del PKK- establece un miniestado en su frontera. Y si Turquía decidiera actuar contra esa entidad, ¿qué haría Israel al respecto?

En este caso, también podría convenirles a los israelíes librar otra guerra de agresión contra un vecino hostil, pero sin duda esto no le convendría a Estados Unidos, ni a Turquía ni al resto de la OTAN. Lo último que desean, además de la ruptura probablemente fatal de la OTAN que provocaría cualquier ataque contra Turquía, es otra ola de refugiados que huyen hacia Europa como resultado de un conflicto totalmente evitable.

Estos son solo los problemas más predecibles. Pero también habría incógnitas desconocidas. Un Irán balcanizado sería sumamente inestable, sujeto no solo a episodios de limpieza étnica, sino también a la depredación de vecinos codiciosos o nerviosos. Trump no tiene poder para decidir si Irán regresa a una monarquía “constitucional” o a una autocracia bajo un “Sha” que ha vivido en Estados Unidos desde 1985, o termina siendo una república centralizada o confederal, como Canadá o Australia.

Dada la obsesión de Trump por ganar el Premio Nobel de la Paz, muchos imaginaron que haría caso a quienes en su coalición política le aconsejaban moderación. Pero una minoría de neoconservadores residuales parece haber llenado el vacío en su conocimiento de la región, con la ayuda de un primer ministro israelí cuya visión del futuro de su país evidentemente implica una guerra tras otra, sin importar las vidas perdidas ni el daño económico que suframos los demás.

Michael Burleigh, a senior fellow at LSE Ideas at the London School of Economics, is the author of Small Wars, Faraway Places: The Genesis of the Modern World 1945-65 (Macmillan, 2013) and The Best of Times, The Worst of Times: A History of Now (Macmillan, 2017).


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