El encuentro de las periferias: Francisco ante la tumba del Tatic
Por: Fred Alvarez Palafox
Aquel 30 de noviembre de 2015, a diez mil metros de altura, el papa Francisco soltó una de esas noticias que sacuden el tablero. De regreso de la República Centroafricana, a bordo del avión papal, confirmó que su próximo destino era México. Su brújula marcaba el Tepeyac, pero su corazón jesuita ya dibujaba una ruta hacia los márgenes: “Iré a Chiapas, al sur, en la frontera con Guatemala... y casi seguro a Ciudad Juárez, Chihuahua”.
Francisco nunca mencionó explícitamente que iría a San Cristóbal de las Casas, y mucho menos que visitaría la tumba de Samuel Ruiz García (1924-2011). Pero, conociendo al Papa de las "periferias existenciales", seguro lo traía en el pensamiento. Si alguien le hubiera preguntado el porqué de Chiapas, quizá habría confesado su deseo de honrar al obispo número 35 de esa diócesis.
Una sorpresa en la "frontera"
La decisión fue, sin duda, un gesto personalísimo. El primer sorprendido fue el propio anfitrión, Monseñor Felipe Arizmendi. En una entrevista con el periodista José Manuel Vidal, Arizmendi confesó que, aunque enviaron la petición a la CEM, no tenían esperanzas de que se aceptara. Para él, la confirmación fue "una caricia de Dios hacia los indígenas", una señal de que el Papa es coherente con su discurso de estar en los límites.
Sin embargo, no todos celebraron. El propio Arizmendi dejó entrever que hubo sectores en México —políticos y eclesiales— que aún miran a San Cristóbal con recelo y desconfianza. Pero la voluntad del Papa fue inamovible: él quería estar donde la realidad quema.
Los hilos invisibles entre Bergoglio y Ruiz
No sabemos con certeza si se conocieron personalmente. Quizá sus caminos se cruzaron en Buenos Aires, o tal vez el hilo conductor fue un amigo común: Adolfo Pérez Esquivel, el Nobel de la Paz que tanto promovió la figura del obispo guanajuatense. Lo que es seguro es que Jorge Mario Bergoglio siguió con atención el trabajo pastoral de Ruiz García desde el sur del continente.
Aquel 15 de febrero de 2016 fuimos testigos de un hito: un Papa jesuita presidiendo una liturgia donde los textos se cantaron en lenguas originarias y los ornamentos —incluida la mitra— fueron tejidos por manos indígenas. San Cristóbal es un caso atípico: una diócesis donde el 75% de la población pertenece a pueblos originarios. Tzeltales, tzotziles, ch'oles y tojolabales no solo llenaron las calles; ocho de ellos compartieron la mesa con el Sucesor de Pedro.
La reivindicación del "Tatic"
La nota más alta de este viaje fue el silencio. Cuando Francisco se detuvo ante la tumba de Samuel Ruiz en la catedral, su oración fue un acto de justicia histórica. Reivindicó a aquel "Caminante" que fue idolatrado por muchos y aborrecido por otros; el hombre que sobrevivió a 14 gobernadores y que hizo de la opción por los pobres una forma de vida.
Recordemos lo que dijo Arizmendi al morir "El Tatic": Samuel Ruiz impulsó la promoción integral del indígena, la libertad para denunciar injusticias y la "Teología India". Eran temas de frontera, incómodos para quienes juzgan a miles de kilómetros de distancia.
Un soldado rebelde que vuelve a casa
Don Samuel nació en Irapuato en 1924 y fue ordenado por el "Papa Bueno", Juan XXIII. A los 35 años, ya era el obispo más joven de México. El Concilio Vaticano II le cambió la vida y él, a su vez, cambió la vida de Chiapas. Remó contracorriente frente a la Santa Sede y frente a sus propios hermanos obispos que no entendían su mediación con el EZLN o su pasión por la Teología de la Liberación.
Curiosamente, cuando Don Samuel falleció en 2011, el papa Benedicto XVI no envió ni un telegrama. Cinco años después otro Papa viene a rendirle tributo. Aquel "soldado rebelde", como lo llamé en una crónica publicada en la revista Código Topo (Excélsior, 07/02/11), finalmente tuvo su encuentro con Roma. Francisco no solo visitó Chiapas; visitó una memoria viva que, tras años de ser marginada, hoy se sienta a la mesa principal de la Iglesia.
El reconocimiento y la mesa compartida
Este lunes vimos en San Cristóbal una ceremonia de reconocimiento que a Don Samuel le hubiera gustado ver en vida. En el interior de la catedral, el Papa jesuita oró frente a su tumba y la bendijo, elevándolo, al menos para el sentir indígena, a los altares. Cuando los presentes se dirigieron a Francisco, lo hicieron con el mismo título de cariño: Tatic (Padre).
El tiempo terminó dando la razón, pero tuvo que llegar un nuevo Papa para destrabar la historia. Hay que recordar que, desde aquel conflicto, Roma había cancelado la ordenación de diáconos casados. Fue la insistencia de Monseñor Arizmendi la que logró que Bergoglio levantara el veto.
Tras la liturgia, la fraternidad se trasladó a la mesa. El Papa comió arroz blanco, pollo con champiñones y verduras al horno —preparados por María Socorro Arizmendi, Flor Reyes y el obispo Enrique Díaz— junto a representantes de la comunidad: el sacerdote tzotzil Sebastián López; Aída Pérez, religiosa tzeltal; el seminarista Teófilo Pérez; la joven Victoria Ruiz; y los catequistas Carlos Aguilar y Dominga Sántiz.
Las cosas cambian, el mundo cambia. Como bien les dijo el Papa a los obispos de la CEM: “No den viejas respuestas a las nuevas demandas. Vuestro pasado es un pozo de riquezas... ¡Ay de ustedes si se duermen en los laureles!”. Francisco vino a Chiapas a excavar en ese pozo y a iluminar el futuro con la herencia del Tatic.
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