11 abr 2026

"¡Nunca más la guerra!" León XIV

El crepúsculo caía sobre la Plaza de San Pedro este 11 de abril, pero no era un atardecer cualquiera. Bajo la mirada de mármol de la columnata de Bernini, el Papa León XIV alzó la voz para nombrar lo que el ruido de las bombas intenta acallar: vivimos una «hora dramática» donde la tierra parece quedarse pequeña porque ya no bastan las tumbas para tanto horror. En vísperas de la Pascua, el Pontífice no habló desde la teoría, sino desde el dolor de quienes han visto morir a sus compañeros en Gaza, Irán y Ucrania. Denunció un mundo donde la muerte se planifica en mesas de oficina y se ejecuta con el frío zumbido de los drones.

 Con una claridad que corta el aire, León XIV fue directo al corazón del poder. Trazó una línea divisoria impecable: por un lado, quienes oran —conscientes de su fragilidad, incapaces de matar—; por el otro, quienes han convertido su poder en un «ídolo mudo, ciego y sordo». El Papa denunció el «delirio de omnipotencia» de los gobernantes y el sacrilegio de arrastrar el nombre de Dios a los discursos de guerra. Fue tajante: Dios no puede estar con quien masacra civiles; Dios está bajo los escombros, con quien sufre y con quien muere «sin derecho y sin piedad».

a Frente a la «cadena demoníaca del mal», el Papa propuso la oración no como una fuga espiritualista, sino como un dique de contención. Es un acto de rebeldía pura que nos recuerda que nada nos ata a un «destino ya escrito». Desde Ucrania, el eco de los niños secuestrados y liberados refuerza este mensaje: su fragilidad es hoy la fragilidad de Cristo. El Papa nos pide creer en la «buena política», esa que no tiene miedo a palabras como «tregua» o «negociación», y que apuesta por una paz que no sea solo silencio, sino justicia duradera.

 Haciendo eco de Juan Pablo II y Pablo VI, el mensaje culminó con un grito que es a la vez súplica y mandato: «¡Nunca más la guerra!». Porque en esta victoria desarmada del Príncipe de la Paz, la última palabra no la tendrá el estruendo de las armas, sino la voz de un pueblo que, unido en la esperanza, ya ha comenzado a resucitar.


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