Bajo el sol de Morelos, en el municipio que invoca la memoria de Emiliano Zapata, la Presidenta Claudia Sheinbaum lanzó un mensaje que no admite matices: el rumbo de su administración es innegociable. Con la entrega de certificados agrarios y la condonación de deudas del Fovissste como telón de fondo, la mandataria respondió a las críticas con una frase que ya retumba en el tablero político: "Gobernamos así, pésele a quien le pese". Es la reafirmación de un mandato que se siente blindado por el origen de su legitimidad: el voto popular.
Llama la atención cómo la narrativa presidencial se volcó, casi con urgencia, hacia la revisión histórica. Sheinbaum no solo defendió su presente; diseccionó los sexenios de Fox, Calderón y Peña Nieto como si fueran el espejo de lo que México no debe volver a ser. Al hablar de la producción petrolera, admitió una realidad compleja: hoy se produce casi la mitad que en los tiempos de la bonanza del crudo. Sin embargo, su argumento no fue técnico, sino moral. El cuestionamiento no fue cuánto se extrae hoy, sino a dónde fue a parar el dinero de ayer.
Pero la jornada en Morelos no fue solo de retórica, sino de símbolos financieros. Sheinbaum celebró la estocada final a las "pensiones doradas". Al elevar a rango constitucional que ningún exfuncionario de alto nivel —especialmente de sectores como Pemex o la CFE— gane más que la Presidenta, Sheinbaum no solo aplica la austeridad republicana; está cobrando una vieja factura social. "Ya no más jubilaciones de un millón de pesos mensuales", sentenció, conectando ese ahorro directamente con el financiamiento de sus programas sociales.
En el terreno habitacional, la Presidenta cambió el escritorio por el campo de fútbol para anunciar una meta ambiciosa: un millón 800 mil viviendas. Para Sheinbaum, la vivienda no es una mercancía, sino un derecho que busca sanar las heridas de créditos que calificó como "impagables". Al condonar deudas a cinco millones de familias, la mandataria busca cerrar el capítulo de la "angustia financiera" que, según su visión, heredaron los modelos neoliberales.
Incluso la Reforma Electoral, que llegó al Congreso disminuida por las resistencias de sus propios aliados, fue presentada como un triunfo de la lógica local: menos regidores para que haya más dinero para pavimentar calles. Es una política de símbolos donde el "antinepotismo" y el fin de la reelección municipal para el 2030 actúan como promesas de una purificación política que aún está por verse.
En Emiliano Zapata, vimos a una Presidenta que se siente cómoda en el contraste. Que utiliza las sombras del pasado —desde el Fobaproa hasta los negocios de la familia Fox— para iluminar sus propias decisiones. El mensaje para México hoy es de una continuidad absoluta. No habrá cambios de timón ni concesiones a la crítica, porque para Claudia Sheinbaum, el camino no lo traza la oposición, sino un pueblo que, según sus palabras, ya decidió el destino de la nación.
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