11 abr 2026

El silencio y el Tatic: #Francisco ante el corazón de la teología india"

A diez mil metros de altura, donde el cielo se vuelve un lienzo infinito, el papa Francisco decidió sacudir el tablero de la geopolítica vaticana. Era el 30 de noviembre de 2015. De regreso de África, entre el zumbido de los motores y el tintineo de las tazas de café, soltó la noticia que México esperaba: la brújula de su pontificado finalmente apuntaba al Tepeyac.

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El silencio y el Tatic: #Francisco ante el corazón de la teología india" 

No era una decisión al azar, sino una deuda de honor. “No se puede visitar México de a pedacitos”, había sentenciado meses antes ante Valentina Alazraki. Francisco no buscaba una escala técnica, sino un encuentro digno. Fiel a su corazón jesuita, su mirada ya se posaba en los márgenes, allí donde la realidad duele y la fe se vuelve resistencia: desde la selva de Chiapas hasta el muro de Ciudad Juárez. No venía solo a ver a la "Madre"; venía a caminar con sus hijos más olvidados.

Aunque nunca lo mencionó explícitamente, quienes lo conocíamos sabíamos que traía en el pensamiento la tumba de Samuel Ruiz. La confirmación del viaje a San Cristóbal fue, en palabras de Monseñor Arizmendi, “una caricia de Dios hacia los indígenas”. Era la coherencia de un Papa que prefiere los límites donde la realidad quema.

Aquel 15 de febrero de 2016 fuimos testigos de un hito histórico: un Papa jesuita presidiendo una liturgia con cantos en lenguas originarias y ornamentos tejidos por manos indígenas. En una diócesis donde el 75% de la población pertenece a los pueblos originarios, Francisco no solo llenó las calles; sentó a su mesa a los diáconos y catequistas de las comunidades.

Pero la nota más alta del viaje fue, sin duda, el silencio. Tal como inició su pontificado —con aquel silencio sepulcral en la Plaza de San Pedro—, Francisco parecía traer en la mente los versos del poeta Leopoldo Marichal, como un ruego para no romper el hechizo con frases gastadas ni canciones devoradas por el tiempo:

"Prefiero tu silencio absoluto... ese que habita en el fondo de los ojos... una verdad que solo existe mientras los labios permanecen sellados".

Bajo ese mismo sortilegio, cuando Francisco se detuvo ante la tumba de Samuel Ruiz en la catedral, su oración fue un acto de justicia histórica. Reivindicó al "Caminante", al Tatic, aquel obispo que sobrevivió a catorce gobernadores y que hizo de la opción por los pobres una forma de vida, a pesar de la incomprensión de la propia Santa Sede.

Curiosamente, cuando Don Samuel falleció en 2011, el Vaticano guardó un frío silencio; no hubo ni telegrama papal. Cinco años después, otro Papa vino a rendirle tributo. Francisco elevó al Tatic a los altares del sentimiento indígena y, de paso, levantó el veto que pesaba sobre las ordenaciones de diáconos casados en la región.

Tras la liturgia, la solemnidad dio paso a la fraternidad de la mesa: arroz blanco, pollo con champiñones y el calor genuino de la comunidad. Era el eco de un mundo que se transforma, como bien cantaba la "Negra" Sosa. Francisco lo resumió con claridad meridiana ante la jerarquía mexicana: “No den viejas respuestas a las nuevas demandas”.

Es, en esencia, la parábola de Jesús: nadie vierte vino nuevo en odres viejos. Para el Papa, el mensaje fue directo: los nuevos tiempos requieren odres nuevos; exigen una mentalidad renovada y no el refugio en estructuras obsoletas. En Chiapas, Francisco no solo compartió el pan y excavó en el pozo del legado del Tatic; nos recordó que la fe, para seguir viva, debe saber fermentar en recipientes capaces de resistir la fuerza de la esperanza. Fue la iluminación de una Iglesia que, por fin, se siente de todos.



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