Día de San Marcos en Acolman, Estado de México.
Por Fred Alvarez Palafox, @fredalvarez
Este domingo 26 de abril, en Acolman, el tiempo pareció recobrar su verdadera dimensión. A la sombra del imponente Convento Franciscano y con el perfil milenario de las pirámides de Teotihuacán custodiando el horizonte, la festividad de San Marcos trascendió el calendario litúrgico para convertirse en el refugio necesario para el reencuentro.
Fuimos convocados por la generosidad de Don Lupe Ribera, un anfitrión de la vieja escuela que entiende una verdad fundamental: la política más noble, la de la amistad, no se redacta en despachos ni se dicta en tribunas; se ejerce con la sencillez de quien comparte el pan y la sal. En ese rincón del Estado de México, el aire se volvió denso y dulce con el aroma del maguey y la tierra abierta. Fuimos privilegiados testigos del ritual de una barbacoa que, lejos de cualquier hipérbole, se sitúa ya entre los recuerdos más exquisitos del paladar. No era solo la carne en su punto exacto; era la consciencia de que en ese sabor reside la historia viva de un pueblo.
En la compañía de amigos entrañables —Pepe Gómez, Andrés Pineda y Tere Porrúa— la palabra fluyó con esa naturalidad que solo otorgan los años. Compartimos la certeza de que el tiempo es el único lujo que no admite prórrogas, pero que puede honrarse mediante la conversación pausada. Entre el humo sutil que ascendía del horno de tierra, recordamos que nuestra identidad no se improvisa: se cocina a fuego lento, con la paciencia y el rigor que la tradición impone.
Al ver la puerta abierta de par en par, era inevitable evocar la figura mítica de Alberto Puig Palau, aquel "Tío Alberto" que Serrat inmortalizó por su espíritu bohemio y su mano siempre tendida. Don Lupe, sin necesidad de palabras, personificó ayer esa estirpe de generosidad que parece decirnos, como en la canción:
"Da todo lo que puede dar, su casa está de par en par. Quien quiere entrar tiene un plato en la mesa."
Sirvan estas líneas como un ejercicio de gratitud. Gracias a Don Lupe por su hospitalidad en un día de tanta carga simbólica, y gracias a la vida por concedernos estos paréntesis de humanidad. Son breves estaciones que nos permiten detener el vértigo del análisis cotidiano y redescubrir lo esencial: la buena mesa, el respeto a la raíz y la calidez de los afectos compartidos. En Acolman, ayer, el alma no solo se alimentó; encontró su propio festín.
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