1 mar 2026

Ataque a Iran por parte de EU e Israel, opinión de especialistas

Una página de la Historia, abierta en 1979 en Irán, acaba de pasarse/  Gilles Kepel

Le Figaro, Domingo, 1 de marzo de 2026 | Gilles Kepel | 

La liquidación del líder de la revolución islámica, Alí Jamenei, desde los primeros ataques efectuados el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel sobre Teherán, ha decapitado el régimen establecido cuarenta y siete años antes por el ayatolá Jomeini. Por supuesto, la infraestructura del poder permanece a través de los temibles Guardianes de la Revolución (o pasdaran), sobradamente armados y que han demostrado su crueldad masacrando a sus compatriotas que se manifestaron en enero contra el colapso de la economía —imputable a malversaciones financieras que permitieron el enriquecimiento de la jerarquía de estos mismos pasdaran—.

Pero esta represión sangrienta ha tocado por primera vez —a diferencia de la de 2022, que se dirigía a las mujeres y a las clases medias liberales que protestaban por el asesinato de la joven kurda Mahsa Amini y que, de todos modos, eran hostiles al régimen— a las capas sociales modestas que el poder había mimado durante cuatro décadas distribuyéndoles la renta petrolera a cambio de su sumisión. Es el pacto político fundador mismo de la República Islámica el que ha sido sacudido por este movimiento nacido en el bazar de Teherán, en un paralelo invertido con el que nació en los mismos lugares en 1978 para derrocar al Sah al año siguiente. En este sentido, el régimen está profundamente debilitado, y las escenas de júbilo popular que estallaron durante la noche en cuanto se confirmó la muerte del "dictador", traducen la materialización del eslogan coreado desde enero: "Marg Bar (muerte a) Jamenei, Marg Bar Diktator", al precio de miles de víctimas que serán otros tantos mártires cuya sangre ha corrido por esta liberación.

Es demasiado pronto, en el segundo día de la guerra librada por Donald Trump y Benjamín Netanyahu contra el régimen de los mulás, para especular si el fallecimiento del déspota religioso dará paso en Irán a un Estado democrático y liberal: los precedentes de la caída y liquidación de Sadam Husein en el vecino Irak, de Gadafi en Libia y la desilusión que siguió a las esperanzas nacidas de las "primaveras árabes", exigen prudencia. La resiliencia o no de los pasdaran, que conservan un arsenal destinado a masacrar a la población al menos tanto como a luchar contra "el sionismo y el imperialismo" más allá de la muerte del guía, es un desafío central para el futuro inmediato.

Y el pavor de que el corsé imperial, mantenido en su lugar por los mulás y que unió bajo la tutela persa a poblaciones ajenas tentadas por el irredentismo —baluches, kurdos, árabes, azeríes y otros—, estalle en una guerra civil mientras cientos de kilogramos de combustible nuclear han desaparecido, atormenta a todos los Estados de la región, especialmente a las petromonarquías del Golfo. La fragilidad militar de estas se ilustró con los ataques iraníes inéditos en represalia desde el primer día sobre Dubái y Abu Dabi, Qatar, Bahréin, Kuwait y Arabia Saudita: Omán, mediador de las conversaciones inconclusas entre estadounidenses e iraníes, fue el único Estado del Consejo de Cooperación del Golfo perdonado por los pasdaran, ¿quizás para preservar futuras negociaciones? Además, el bloqueo de facto del estrecho de Ormuz, por el cual transita el 20 % de las entregas mundiales de petróleo, es propicio para precipitar las tensiones económicas (aunque estos flujos se destinen sobre todo a China, rival de Estados Unidos, cuya maquinaria productiva sería la primera impactada).

Un sismo civilizatorio y sus herencias

Sin embargo, sean cuales sean las vicisitudes, hoy imprevisibles a medio plazo, que sigan a la liquidación del líder supremo y la decapitación de la República Islámica, se ha pasado una página; el mundo vive un momento histórico que tuerce el rumbo tomado en 1979. De hecho, la Revolución Islámica había establecido en la historia contemporánea el primer Estado "islamista", en el sentido de que movilizaba una ideología, el islam político, al servicio de una causa: la exacerbación de la ley religiosa (sharia) destinada a controlar las sociedades contra el liberalismo, recuperando al mismo tiempo la utopía socialista al pasarla bajo la tutela coránica.

Este sismo civilizatorio, encarnado por la clerecía de los mulás propia del chiismo, encontraba su origen en el movimiento de los Hermanos Musulmanes, nacido en el Egipto sunita de los años 20. Su dimensión panislámica y revolucionaria amenazaba a las monarquías conservadoras y pro-estadounidenses de la península arábiga, obligadas desde entonces a la puja para contrarrestarlo: ese fue el sentido de su apoyo financiero masivo a la yihad (sunita) en Afganistán, respaldando a la CIA para derrocar allí al régimen pro-soviético en 1979. Esa guerrilla entrenada por la CIA llevó a la derrota soviética en 1989, preludio del colapso del comunismo. Pero engendró, ante las narices de Estados Unidos, la difusión de un yihadismo sunita que sembró el terror durante tres décadas. Fue por la emulación del terrorismo de Estado puesto en marcha por la República Islámica que el yihadismo sunita prosperó.

La conexión con el "islamo-izquierdismo"

Pero existe también otra filiación, menos conocida y muy importante hoy en día, a la que la Revolución iraní dio origen: lo que ahora llamamos "islamo-izquierdismo", ilustrado por personajes como Tariq Ramadan o Jean-Luc Mélenchon. El movimiento que derrocó al Sah en 1979 tenía un componente marxista y antiimperialista importante. Fascinó a parte de la intelectualidad francesa post-68, encabezada por Michel Foucault, quien experimentó una suerte de éxtasis por el "hombre santo" (Jomeini), sin que a este militante de la causa homosexual pareciera preocuparle la suerte de los "corruptores de la tierra" que serían condenados a muerte por sodomía por el régimen...

La ironía de la Historia quiso que el inicio del proceso que terminaría en la liquidación de Jamenei fuera la "razzia pogromista" desencadenada el 7 de octubre de 2023 por Hamás en el sur de Israel. Yahya Sinwar era un subordinado de Teherán, que le proporcionaba financiación y armamento. El 7 de octubre fue un momento de fusión para el islamo-izquierdismo contemporáneo; el apoyo a la acción de Hamás y la denuncia masiva de la represión israelí posterior unieron este pacto y le dieron resonancia mundial. La "papisa del woke", la académica Judith Butler, legitimó el 7 de octubre como un "acto de resistencia" en 2024. Ella no sospechaba que ese acto, sublimado por su verbo, terminaría el 28 de febrero de 2026 en el efecto inverso: la decapitación de la República Islámica por la acción conjunta de la "entidad sionista" y el "imperialismo estadounidense".

La página que se ha pasado ese día cierra un capítulo terrible de la Historia contemporánea abierto en febrero de 1979. El mundo que se despliega ante nuestros ojos no está menos lleno de amenazas: ¿esperemos que sepamos sacar las mejores lecciones de este episodio que termina?

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Irán: ¿fin de ciclo?/ Javier Gil Guerrero es investigador del ICS, Universidad de Navarra y autor del libro 'La sombra del ayatolá. Una historia de la República Islámica de Irán' (Ciudadela Libros).

EL MUNDO, Domingo, 01/Mar/2026 

Trump y Netanyahu han lanzado los dados. A la hora de aclarar el propósito de la campaña de bombardeos, los mandatarios estadounidense e israelí han enviado un doble mensaje. El primero incide en la necesidad de eliminar el programa nuclear y de misiles balísticos iraní. El segundo, más ambicioso e incierto, asegura que los bombardeos buscan erosionar la estructura de poder de la República Islámica y crear las condiciones que permitan a los iraníes lograr un cambio de régimen.

El primer objetivo plantea varias preguntas. La primera es por qué hace falta bombardear Irán de nuevo apenas ocho meses después de una campaña militar de bombardeos que, supuestamente, había neutralizado su programa nuclear. De ser así, ¿la nueva normalidad en la región serán los bombardeos periódicos para mantener a raya el programa nuclear iraní? ¿Un ciclo de destrucción-reconstrucción-destrucción? Netanyahu siempre se mostró más cauteloso que Trump tras la guerra de los 12 días del pasado junio. Israel es consciente de que los ataques compran meses o años de seguridad y paz, pero que, por sí mismos, no pueden acabar con los esfuerzos iraníes por relanzar sus ambiciones nucleares y de misiles balísticos. Aunque en los últimos meses no parece que Irán haya hecho grandes avances en la reanudación de su programa nuclear, las imágenes por satélite sí que evidencian una actividad frenética por reconstituir el programa de misiles balísticos. Irán era consciente de que, para su defensa, los misiles constituían un elemento más urgente y necesario. Mientras tanto, Israel no podía permitirse quedarse de brazos cruzados viendo cómo el arsenal iraní volvía a crecer. Desde el punto de vista de Tel Aviv, es preferible atacar Irán cuando tiene 2.000 misiles que esperar a hacerlo cuando tenga 8.000. Cuanto más tiempo pase, más alto será el precio a pagar en Israel por una guerra con Irán. Se trata de una lógica diabólica: Irán incrementa su arsenal de misiles balísticos con la idea de disuadir un ataque israelí; mientras que Israel, tras observar alarmado el creciente arsenal de misiles, llega a la conclusión de que no le queda más remedio que atacar Irán antes de que sea demasiado tarde.

En último término, Netanyahu es consciente de que la única forma de parar esta dinámica perversa es mediante un cambio de régimen. Mientras exista la República Islámica, Irán no cejará en sus empeños por enriquecer uranio o hacerse con el mayor arsenal de misiles balísticos en Oriente Medio. Solo la sustitución de la República Islámica por un régimen normal reintegrado plenamente en la comunidad internacional puede evitar la consolidación de un escenario en el que Israel se vea obligado cada cierto tiempo, como un jardinero con sus setos, a sacar la cuchilla para mantener a raya el programa nuclear y de misiles en Irán. En las mentes de Trump y Netanyahu, el cambio de régimen es la única solución definitiva al desafío iraní.

Trump es el primer presidente en 47 años que se ha atrevido tanto a lanzar una operación militar ofensiva conjunta con Israel (algo tabú para las administraciones estadounidenses hasta el año pasado) como a atacar directamente a la República Islámica de Irán en su propio territorio. Tras la fallida operación Garra del Águila de Jimmy Carter en 1980, destinada a liberar a los rehenes estadounidenses, ningún presidente, pese a las provocaciones y atentados auspiciados por Irán, se ha atrevido nunca a responder en suelo iraní. La teocracia de los ayatolás, con toda su parafernalia apocalíptica, logró establecer un escudo invisible en torno a sus fronteras, basado en la idea de ser un actor fanático e irracional, dispuesto a ir al martirio (y a llevarse a toda la región con él) si Washington osaba llevar a cabo el más mínimo ataque en sus dominios. Trump quitó la máscara de la propaganda iraní al eliminar al general Soleimani en 2020 y al atacar las instalaciones nucleares en 2025. En ambas ocasiones, Teherán no respondió a sangre y fuego con una orgía de misiles y atentados suicidas que asolaron la región, sino que respondió de forma calculada y simbólica para evitar una escalada militar con Estados Unidos. Lanzando los dados y negando los dogmas de una política exterior estadounidense vigente desde hacía décadas, Trump demostró que la República Islámica, pese a la imaginería mesiánica, era un actor racional y que, pese a la propaganda del martirio, Teherán tenía más miedo de entrar en guerra con Washington que Washington de entrar en guerra con Teherán.

Trump ahora ha vuelto a lanzar los dados en una operación más arriesgada si cabe. Hasta hoy en día no hay muchos ejemplos de casos exitosos en los que se haya podido lograr un cambio de régimen mediante una campaña de ataque aéreo. Al contrario que en Irak en 2003, los aviones estadounidenses no van a ir seguidos de tropas sobre el terreno. Trump deja en manos de los ciudadanos iraníes hacerse con el poder y cambiar el régimen una vez que la polvareda por los bombardeos estadounidenses se haya disipado. Que esto pueda materializarse dependerá en gran medida del éxito de la campaña de decapitación del régimen, así como de la destrucción de todo su aparato represor y propagandístico. La oposición en Irán no está armada ni organizada. La única forma en la que puede hacerse con el poder es si las instituciones de la República Islámica quedan completamente en ruinas. Es cierto que el régimen se encuentra en su momento de mayor vulnerabilidad desde la invasión iraquí ordenada por Sadam Hussein en septiembre de 1980. Pero no es menos cierto que la República Islámica, en las últimas décadas, ha demostrado una gran capacidad de absorber los golpes y reponerse. La economía ahora mismo está en caída libre y el país acaba de salir del mayor período de contestación social desde la Revolución islámica de 1979. Las del pasado enero fueron unas protestas que pusieron al régimen contra las cuerdas y que se saldaron con la muerte de miles de manifestantes ante la pasividad de la comunidad internacional. Seguramente Trump y Netanyahu esperan que sus bombardeos, en estas circunstancias tan delicadas, supongan un jaque mate que haga innecesario el despliegue de tropas terrestres para lograr el cambio de régimen.

Nos encontramos, por tanto, ante la posibilidad de que tras casi medio siglo de guerra fría entre Estados Unidos y la República Islámica, que desde el año pasado se ha tornado en guerra caliente, culmine en un cambio de régimen. En su discurso anunciando el comienzo de las operaciones militares, Trump hizo un repaso a esta traumática historia desde el secuestro de 52 diplomáticos estadounidenses durante 444 días en 1979 hasta el ataque contra los barracones de los marines desplegados en Beirut en 1983 que se saldó con cientos de muertos y las miles de muertes y mutilaciones de soldados estadounidenses en Irak entre 2003 y 2011 a causa de los dispositivos explosivos improvisados facilitados por Teherán a la insurgencia chií iraquí. Trump y la mayoría de estadounidenses han crecido viendo en las noticias estos golpes y afrentas a la vez que recordaban un pasado dorado en el que Irán, bajo la monarquía Pahlevi, constituía el aliado de Estados Unidos más cercano, junto con Israel, en Oriente Medio. «Make America Great Again» alude a la inclinación nostálgica de Trump por restaurar épocas pasadas que el paso del tiempo ha teñido de romanticismo. La campaña militar en Irán deja claro que esta visión no solo se limita a la política doméstica. Trump persigue conjurar un fantasma omnipresente desde hace décadas y retornar a un escenario desaparecido desde 1979. El tiempo dirá si lo logra o si, por el contrario, al igual que con Jimmy Carter, su presidencia acaba secuestrada por el espectro iraní.

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Trump y Netanyahu abren la caja de Pandora en Irán/ Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

El País, Domingo, 01/Mar/2026

Son muchos los motivos por los que se puede criticar al régimen iraní, pero eso no impide entender que el ataque lanzado nuevamente por Estados Unidos e Israel es un acto de agresión que viola el derecho internacional. No cabe entenderlo, como argumentan sus promotores, como un ataque preventivo para neutralizar amenazas inminentes antes de que se materialicen, no solo porque ese supuesto no se ajusta a las reglas vigentes del uso de la fuerza (legítima defensa y mandato del Consejo de Seguridad), sino porque la actual debilidad de Teherán hacía descartable cualquier acción ofensiva por su parte ante el temor de un castigo insoportable. Y menos aún se puede calificar de intervención humanitaria, como sostiene hipócritamente el heredero del último shah, Reza Pahlevi.

A diferencia de la denominada “Guerra de los Doce Días” (junio de 2025), la operación Furia Épica (para EE UU) o Rugido de León (para Israel) va mucho más allá de desbaratar el programa nuclear iraní, limitar su capacidad para fabricar misiles balísticos de largo alcance y cerrar el grifo por el que alimenta a sus peones regionales. Pretende, en línea con un plan que tiene más que ver con Benjamin Netanyahu que con Donald Trump, redibujar el mapa regional, echando abajo un régimen que cuestiona el statu quo vigente. Se confirma así que no se buscaba realmente un nuevo acuerdo (ya había uno que Irán cumplía escrupulosamente hasta que Trump lo invalidó en mayo de 2018), sino la eliminación de un enemigo. Para ello, aprovechando la debilidad de Teherán tras los golpes recibidos en su propio territorio y a través de Hezbolá, Hamás y Ansar Allá, ahora ambos mandatarios han decidido desarrollar una campaña general de acoso y derribo.


El extraordinario despliegue aeronaval estadounidense ya indicaba que en esta ocasión no se trataba de realizar un golpe quirúrgico como elemento adicional de presión para forzar al tándem Alí Jamenei-Masud Pezeshkian a que firmaran un nuevo acuerdo. Daba igual, por tanto, que Teherán estuviera dando claras señales de ir aceptando los términos que se le imponían en la mesa de negociaciones ―como el abandono del programa nuclear, incluyendo el enriquecimiento de uranio―, aunque solo fuera para garantizar su propia supervivencia, tratando de revertir el malestar social a través del alivio de las sanciones internacionales.

Con un grupo de combate aeronaval en el Golfo liderado por el portaviones Abraham Lincoln ―encargado del ataque junto a los aviones israelíes― y otro en el Mediterráneo oriental, encabezado por el portaviones Gerald Ford ―más centrado en la interceptación de los misiles iraníes contra Israel― estamos ante la repetición de la táctica de “conmoción y pavor”. La eliminación de líderes, políticos y militares, y la destrucción de instalaciones nucleares y de fabricas de misiles, suprimiendo de paso las defensas antiaéreas y todos los medios ofensivos posibles, pretende crear una situación caótica que impida al régimen mantener el control de la situación, mientras se estimula a la población (crecientemente crítica con sus gobernantes) a que se atrevan a movilizarse para bloquear el país.

Lo previsible es que este primer ataque sea seguido por nuevas oleadas, en una dinámica que irá acompañada por represalias iraníes no solo contra Israel sino también contra los intereses estadounidenses en la región. A partir de ahí, se multiplican las incógnitas no tanto sobre la voluntad política ―los atacantes ya han mostrado que van a por todas y los atacados saben que se juegan su propia existencia―, como sobre las capacidades. Y en este plano Irán está inicialmente en desventaja. Sometido a sanciones desde hace tiempo y capitidisminuido militarmente por los ataques ya recibidos, Teherán parece menos capacitado para mantener el pulso con unos enemigos más dotados y con más músculo industrial para plantear una campaña prolongada.

Mientras Trump y Netanyahu pueden concentrar toda su atención en un solo país, Jamenei-Pezeshkian ya han lanzado misiles no solo contra Israel, sino también contra Arabia Saudí, Bahréin, EAU, Jordania, Kuwait y Qatar (países que habían pedido contención a Trump para evitar una confrontación regional que ahora parece ya declarada). Y por muchos problemas que puedan tener los primeros para disponer de un arsenal voluminoso y diversificado de drones, aviones y misiles, muchos más son lo que tendrán los segundos (contando con que nada parece indicar que ni Rusia ni China estén dispuestos a ir más allá de algunos apoyos puntuales). Esto lleva a pensar que, sumido en una guerra existencial, el régimen iraní empleará todo lo que tiene en sus manos para evitar su derribo, aunque eso quizás no lo libre de tener que aceptar más adelante un acuerdo aún más abusivo. Y, del mismo modo, los agresores seguramente optarán por reiterar esfuerzos hasta doblegar la resistencia de su oponente. Un panorama que apunta más a la apertura de la caja de Pandora, con consecuencias incalculables, que a un Oriente Próximo estable.

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Israel y EEUU están librando una guerra ineludible/ Jana Beris es periodista.

El Español, Domingo, 01/Mar/2026 ;

El ataque que Israel ha lanzado este sábado por la mañana contra Irán, conjuntamente con Estados Unidos, no es una aventura militar producto de una decisión tomada a la ligera.

Desde el punto de vista de Israel se trata de una iniciativa ineludible, imprescindible para garantizar su seguridad.

Pensar que, hiciera lo que hiciera el régimen de los ayatolás, Israel no debía iniciar un ataque preventivo para socavar las capacidades iraníes habría sido una falta absoluta de responsabilidad nacional.

La situación en la que no hay guerra en la práctica no equivale necesariamente a una situación de paz.

Está claro que no es bueno estar en guerra.

Pero Israel sabía que, mientras no se neutralizara la amenaza iraní sobre Israel, esta perduraría como una espada de Damocles sobre su tierra y su gente.

El grueso del pueblo israelí siente hoy que la tensión de vivir bajo alarmas y en refugios es un precio que hay que pagar para poner fin a una situación insostenible con la que lidia Israel desde hace mucho.

En Israel se ha acumulado en los últimos meses información de Inteligencia precisa sobre los planes iraníes y el esfuerzo militar que el régimen estaba desplegando tanto para reanudar el programa nuclear como para acelerar la fabricación de misiles balísticos, que constituyen una amenaza estratégica para Israel.

Según ha revelado el teniente coronel Nadav Shoshani, portavoz internacional de las Fuerzas de Defensa de Israel, Irán estaba haciendo todo lo necesario para llegar a tener 8.000 misiles balísticos operativos antes de fin de año. Misiles con los que asfixiar la defensa antiaérea israelí, matar a una enorme cantidad de israelíes y causar una enorme destrucción.

Para entender la dimensión del problema, cabe recordar que, antes de la guerra de los doce días, en el mes de junio, tenía 3.000.

La percepción clara en Israel era que Irán volvía a cruzar las líneas rojas.

Israel no podía por tanto esperar a que fuera demasiado tarde para eliminar las capacidades militares de los ayatolás.

Tal como recordaron tanto el presidente Donald Trump como el primer ministro Benjamín Netanyahu, el régimen de los ayatolás en Irán, instaurado con la revolución islámica hace cuarenta y siete años, se ha juramentado para la destrucción de Israel.

El grito de "muerte a Estados Unidos" y "muerte a Israel" fue acompañado siempre de acciones concretas para causar muerte y destrucción.

Pero, si bien han muerto no pocos norteamericanos en ataques iraníes en distintas partes de Oriente Próximo a lo largo de las últimas décadas, la amenaza contra Israel siempre ha sido única: una amenaza de exterminio total, de destrucción del Estado judío.

Prueba de ello es la gran cantidad de recursos que el régimen fundamentalista de Irán, incluso a expensas de las necesidades de su propio pueblo, destina desde hace muchos años a las organizaciones terroristas a las que financia y arma para que sirvan de piezas letales en el "anillo de fuego" alrededor de Israel.

"Esto no es para el presente, es para el futuro", dijo Trump.

En realidad, para ambos.

Si se logra eliminar al régimen iraní (lo cual no sucederá en días ni en semanas, ni tampoco será posible sin protestas en Irán y sin que la Guardia Revolucionaria y la milicia Basij decidan cambiar de lado y apoyar al pueblo) se sentarán las bases para un nuevo Oriente Próximo.

No habrán desaparecido todos los terroristas de la región, ni todos los extremistas. Pero sin Teherán apoyándolos, financiándolos y armándolos, todo será diferente.

El mundo libre entero debe apoyar el ataque contra el régimen de los ayatolás.

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Trump no es Esther y Jamenei no es Amán/ Alberto Priego Moreno,  profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia de Comillas.

El Español, Domingo, 01/Mar/2026 
Los concilios de Charroux y de Clermont establecieron la prohibición de combatir durante el Adviento y la Cuaresma.

El Corán, si bien no establece claramente que prohíbe la violencia durante el Ramadán, sí habla de "una desincentivación moral del uso injustificado de la violencia".

El judaísmo prohíbe el trabajo, el porte de armas y, por supuesto, el uso de la violencia durante el Shabat.

A pesar de todos estos elementos, el ataque de Estados Unidos y de Israel a Irán parece estar teñido de una simbología religiosa. No es extraño: Donald Trump suele recurrir a ella debido a esa vocación mesiánica que impregna sus administraciones.

El lunes, los judíos de todo el mundo celebran Purim, una festividad que se ha secularizado y convertido en "el carnaval judío".

Purim conmemora la acción de Esther, quien denunció a Amán ante el rey y salvó a los judíos de una muerte segura en Persia, la actual Irán.

Aunque Trump y Netanyahu quieran presentarse ante sus respectivas poblaciones como sus salvadores, están muy lejos de serlo. El ataque conjunto de Washington y Jerusalén a Irán esconde oscuros intereses que están muy lejos de hacer de la región de Oriente Medio, en particular, y del mundo en general un lugar más seguro.

La Operación Rugido del León, que es como se ha denominado en Israel, tiene por objetivo un cambio de régimen.

Supuestamente, la población iraní debería levantarse en armas contra los ayatolás, provocando un cambio de régimen.

Si bien es cierto que esto sería un objetivo deseable, Irán es un Estado sultanístico. Las lealtades se pagan con dinero y las deslealtades, con la cárcel o la muerte.

Se calcula que cerca del 10% de la población de Irán (9,3 millones) vive directamente del Estado, ya sea mediante un empleo o mediante transferencias directas del gobierno.

Además, el pueblo de Irán es profundamente orgulloso de su historia y de su identidad.

El mejor ejemplo lo encontramos en la guerra de Irán-Irak. Cuando las tropas de Sadam Husein entraron en la región iraní de Juzestán para liberar a los "hermanos árabes" del yugo persa, muchos de sus habitantes se rebelaron contra el invasor.

El ataque conjunto de Israel y Estados Unidos contra Irán, en caso de tener éxito y de acabar con el régimen de los ayatolás, tiene pocos visos de convertirse en un cambio de régimen exitoso.

En primer lugar, porque la República Islámica de Irán lleva muchos años echando raíces en su población y muchos iraníes se han convertido en una parte fundamental del régimen.

En segundo lugar, porque los iraníes pueden interpretar estos ataques no como una ayuda, sino como una amenaza a lo que son y, lejos de conseguir ese cambio, pueden reforzar las posiciones más radicales.

Además, el mismo nombre de la operación, Rugido del León, nos indica cuál es la intención final: la restauración del sha. En la cultura persa, el León se identifica con Alí y, sobre todo, con las dos últimas dinastías reinantes: la Kayar y la Pahlevi.

El sha de Persia, antes de su huida del país, atesoraba un importante historial de represión en diferentes hitos históricos, entre los que podemos destacar la Revolución Blanca (1963), las protestas de Qom y de Tabriz (1978) o el fatídico Viernes Negro en el que las fuerzas de Mohammad Reza Pahlavi abrieron fuego contra las personas que se manifestaban en la plaza Yalé (hoy Shohada), asesinando al menos a ochenta y ocho civiles, según las estimaciones más conservadoras.

Además, Irán es un animal herido que no dudará en hacer todo el daño posible antes de morir. Por lo pronto, ha atacado Kuwait, Emiratos, Bahréin, Arabia Saudí y Qatar.

Si bien es cierto que el hecho es una catástrofe para las poblaciones de estos países, puede ser un punto de salvación para Netanyahu y Trump.

El primero se encuentra acorralado por la corrupción y por las acusaciones de crímenes internacionales.

El segundo ha sufrido un gran varapalo por parte del Tribunal Supremo, que ha anulado su principal arma: los aranceles.

Si consiguen reactivar el fantasma del enemigo iraní, se podría descongelar la acción más exitosa de ambos en política exterior: los Acuerdos de Abraham. Si lograra que Arabia Saudí reconociera a Israel y normalizara sus relaciones diplomáticas, Netanyahu podría presentarse ante sus electores como el líder que acabó con Hamás, con Hezbolá y con los ayatolás.

Al mismo tiempo, habría normalizado las relaciones con Arabia Saudí.

Por su parte, Trump cerraría su círculo mesiánico defendiendo que habría acabado con las guerras en el Congo, Azerbaiyán y Oriente Medio, además de haber encarcelado a Maduro.

A pesar de estos posibles logros, lo que Trump no sabe es que Esther acabó ocupando un rol secundario, de reina, al servicio de Mardoqueo, un hecho que Trump no está dispuesto a asumir.

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Por qué apoyo la intervención estadounidense e israelí en Irán/ Manuel Valls es ex primer ministro de Francia.

 El Español

Este sábado 28 de febrero, Estados Unidos e Israel han lanzado un ataque contra Irán.

La operación conjunta Furia épica y León rugiente es, sin lugar a dudas, de una gran envergadura; el presidente Trump anunció ese mismo día la eliminación del Guía Supremo, Alí Jamenei.

Representa incluso un giro histórico en Oriente Medio, por sus consecuencias posibles o imprevisibles.

Deseaba esta intervención desde hace tiempo, aunque menos que los propios iraníes, que llevan semanas escrutando el cielo con la esperanza de ver aparecer los aviones de combate que los librarán de un régimen criminal.

Ahora es necesario observar el desarrollo de las operaciones y las reacciones de Irán, que ha decidido golpear a los países del Golfo.

Nos encontramos ante dos opciones: o bien un cambio de régimen, que parece ser la opción principal con la eliminación del Guía Supremo y de otros dirigentes; o bien una fuerte presión ejercida sobre las negociaciones entre iraníes y estadounidenses en torno a la cuestión nuclear y al enriquecimiento de uranio iraní.

¿Fueron sinceras estas negociaciones?

¿Se trataba, por parte del régimen de los mulás, de ganar tiempo?

¿No estaba más bien Donald Trump preparando a una opinión pública reacia a una intervención?

Sabíamos que los iraníes se negaban a abordar la cuestión crucial de los misiles en el ciclo de negociaciones. En el momento del acuerdo JCPOA, hace diez años, sólo se hablaba entonces del riesgo nuclear.

Pero la proliferación misilística de Irán, cuyas ojivas pueden alcanzar Israel, se ha convertido en un asunto central.

En paralelo a estas discusiones, Estados Unidos llevaba semanas desplegando una armada considerable en Oriente Medio: 50.000 hombres, dos portaaviones, doscientos aviones de combate en el mar y en las bases aéreas de la región.

En la práctica, es raro desplegar semejante dispositivo para no intervenir.

Así que aquí estamos.

La caída del régimen de los mulás debe ser una prioridad estratégica

Seamos claros. Si queremos un Oriente Medio estable y un mundo más seguro, entonces la caída del régimen iraní debe ser una prioridad estratégica.

Lo sabemos: es difícil, complejo, arriesgado. Escucho la inquietud de las opiniones públicas en este mundo ya de por sí muy brutal.

Si el conflicto se prolonga, las consecuencias económicas (cierre de ciertas rutas marítimas, aumento del precio del petróleo y del gas) pueden ser graves.

En Europa ya nos enfrentamos a la guerra en Ucrania.

Leo las declaraciones de los dirigentes europeos y del presidente de la República. Evocan, impotentes, la necesaria "desescalada", el regreso a un "diálogo de buena fe".

Pero ¿quién puede creer realmente en ello?

¿Es que no se han sacado las lecciones de la historia?

No repetir los errores del pasado

En 1979, en nombre de un romanticismo revolucionario siempre engañoso, una parte de la intelligentsia de izquierdas creyó ver en Jomeini y en el derrocamiento del sha, abandonado por la administración Carter, la posibilidad de que emergiera en Irán un régimen anticolonialista y antiimperialista.

En realidad, se estaba poniendo en marcha una contrarrevolución teocrática y totalitaria.

Se ensalzó la alianza con los islamistas, convencidos de que no eran más que una fuerza transitoria.

Grave error. El islam político no fue un compañero de ruta, sino el corazón del proyecto.

La República Islámica, apoyada también en la pasividad de las potencias occidentales, se construyó metódicamente: eliminando a sus aliados de ayer, aplastando a la izquierda y a los demócratas, tomando el control de las instituciones, blindando el Estado en torno a la religión y a la violencia.

En 1989, mientras caía el Muro de Berlín y la historia parecía abrirse a la democracia, Teherán lanzaba la fatua contra Salman Rushdie. Un acto fundador del islamismo globalizado, que proclamaba que la ley religiosa podía golpear en cualquier parte, por encima de los Estados y de las libertades.

Desde entonces, Irán no ha dejado de perfeccionar este modelo, combinando visión apocalíptica y antisemitismo, represión interna y proyección ideológica hacia el exterior, hasta convertirse en uno de los polos centrales del islamismo contemporáneo.

Esta estrategia se ha extendido mediante el recurso sistemático a proxies armados, que permiten al régimen exportar la violencia y desestabilizar Estados.

Irán ha financiado y armado a Hezbolá en Líbano, a las milicias chiíes iraquíes, a los hutíes en Yemen, a Hamás y a otros grupos palestinos.

Hasta el final, ha apoyado al sanguinario régimen de Bashar.

Sus redes han estado implicadas en ataques contra occidentales en la región (secuestros, atentados contra objetivos franceses y estadounidenses en Líbano), pero también mucho más allá.

Irán ha ordenado una serie de atentados con bomba en París en 1985-86 y el asesinato de opositores iraníes en todo el mundo hasta el día de hoy.

Un pueblo masacrado que implora nuestra solidaridad

Los iraníes pagaron con sangre su levantamiento de enero. Ya entonces esperaban la intervención estadounidense anunciada imprudentemente por Trump.

Medimos el grado de horror de un régimen que masacra desde hace años a su propio pueblo, a su juventud, a las mujeres. Pero la represión del último mes supera lo imaginable. Más de 30.000 muertos en cuarenta y ocho horas.

Los francotiradores dispararon contra los manifestantes, en decenas de ciudades del país, para matar.

Las milicias del régimen irrumpieron en los hospitales para impedir la atención médica o rematar a los heridos, atacando a los propios médicos.

Numerosos iraníes llevan semanas reclamando una intervención exterior, terrible pero necesaria frente a un pulpo al que cuarenta y siete años de poder han moldeado contra cualquier resistencia interna.

Una parte de la diáspora iraní (entre ellos Reza Pahlavi, el hijo del sha) asegura que el día después no será el caos de Irak o Libia para este pueblo de tres mil años de antigüedad, educado, culto, que lucha por acceder a la libertad, que constituye una nación plenamente formada.

El fin de la República Islámica de Irán no supondría únicamente un cambio de régimen de un alcance histórico para el pueblo iraní. Sería también, frente a la violencia y el oscurantismo, un choque saludable, un giro geopolítico e ideológico de primer orden para Oriente Medio y para el mundo.

El mapa de la región se está redibujando poco a poco

El mapa de la región se está redibujando poco a poco. Todo comenzó con los Acuerdos de Abraham, firmados entre Israel y varios Estados árabes, entre ellos los Emiratos Árabes Unidos y el Reino de Baréin, en la región.

Luego, todo cambió tras los atentados terroristas de Hamás el 7 de octubre de 2023 en Israel.

Frenado en las negociaciones de normalización con Arabia Saudí, arrastrado de nuevo a la guerra tras las masacres, Israel consideró que su existencia volvía a estar en juego y que Irán era más que nunca la verdadera amenaza.

Enfrentado a una guerra en cinco frentes (Gaza, Líbano, Siria, Yemen, Irán), el Estado hebreo ha obtenido importantes victorias militares y estratégicas.

El poder de Hezbolá ha quedado considerablemente degradado. Bashar ha caído. La República Islámica de Irán, ya debilitada, lo ha sido aún más por la "guerra de los doce días" llevada a cabo por el Tsahal y Estados Unidos el pasado mes de junio.

Francia debe estar al lado del pueblo iraní

Sin embargo, el régimen de los mulás se ha lanzado hacia adelante en una huida desesperada por su supervivencia. Reprime a su propio pueblo, constituye un peligro existencial para Israel, apoya a Putin en su guerra contra Ucrania, nos amenaza.

Por eso apoyo la intervención estadounidense e israelí. Me parece necesaria y justa.

La posición diplomática francesa, inclinada por naturaleza a emitir reservas ante cualquier intervención militar exterior, en nombre del respeto a un Derecho internacional desnaturalizado que protege a los tiranos y condena a las democracias, no es digna.

La historia se está escribiendo ante nuestros ojos. Sufro por nuestra retirada.

Espero que mi país salga de sus ambigüedades y asuma sus responsabilidades participando en la coalición que devolverá la libertad al pueblo iraní.

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Domingo, 1 de marzo de 2026 | Ali Vaez | Foreign Affairs

Por segunda vez en ocho meses, Estados Unidos e Israel han llevado a cabo ataques militares en Irán. En junio pasado, el enfoque de Washington se centró casi por completo en el programa nuclear iraní; los ataques estadounidenses alcanzaron tres de las instalaciones nucleares clave de la República Islámica, mientras que Israel golpeó un conjunto más amplio de objetivos estratégicos, incluyendo comandantes militares, instalaciones de producción y lanzamiento de misiles e infraestructura nuclear.

Esta vez, Estados Unidos e Israel realizaron una operación militar conjunta de gran envergadura contra el liderazgo y las capacidades iraníes. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha hecho un llamado al "cambio de régimen" después de que los manifestantes iraníes fueran reprimidos con saña por su propio gobierno a principios de este año. El sábado 28 de febrero, los ejércitos de EE. UU. e Israel atacaron cientos de sitios en todo el país y apuntaron a varios líderes de alto rango, incluido el líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, quien murió junto con miembros de su familia y asesores clave.

Sin embargo, las probables próximas fases del conflicto son significativamente más complicadas que las que enfrentó Washington tras los ataques del año pasado. La "Operación Martillo de Medianoche" (Operation Midnight Hammer), como se denominó a aquel ataque, fue audaz pero limitada, y la respuesta de Irán —atacar una base estadounidense evacuada en Qatar— fue anunciada con antelación. Los objetivos eran claros, los sitios resultaban familiares para los planificadores militares y ambas partes evitaron una espiral de escalada.

Por el contrario, el ataque reciente, bautizado como "Operación Furia Épica" (Operation Epic Fury), ha abierto una caja de Pandora, sin un objetivo claro al alcance ni una ruta evidente hacia la desescalada. Antes de los ataques, Irán había advertido que tomaría represalias, lo que ahora lo acorrala y eleva el nivel de riesgo general. Incluso en su estado debilitado, el régimen aún posee un poder letal formidable. Desde junio pasado, se ha movido para reconstruir su arsenal de misiles balísticos a lo que una evaluación militar israelí describió como un "ritmo rápido". Puede disparar cientos de misiles contra bases, intereses y aliados de EE. UU., y puede activar los remanentes de su red regional de socios y delegados (proxies).

"Cuando hayamos terminado, tomen las riendas de su gobierno", exhortó Trump al pueblo iraní al anunciar los ataques. "Será suyo para tomarlo". Pero el camino hacia un levantamiento popular que desaloje con éxito al régimen está lejos de ser claro. Las bombas pueden degradar la infraestructura. Pueden debilitar capacidades y eliminar líderes. Pero no fabrican alternativas políticas organizadas. El público iraní está desarmado, fragmentado y enfrenta a uno de los estados más militarizados de la región. Incluso un régimen debilitado conserva instituciones coercitivas —la Guardia Revolucionaria, los servicios de inteligencia, las fuerzas de seguridad interna— que están construidas precisamente para momentos como este.

El giro de la protesta

Trump fijó un hito temprano para este ataque después de que los manifestantes iraníes inundaran las calles a finales de diciembre. El enojo se centró inicialmente entre los comerciantes consternados por el colapso de la moneda nacional, pero se expandió rápidamente por todo el país con gritos que pedían el fin del régimen. Lo que siguió fue una campaña intensamente sangrienta por parte del régimen para sofocar las protestas: al menos varios miles murieron. Con el aumento de la cifra de muertos, Trump advirtió el 2 de enero que Estados Unidos estaba "listo y cargado" para apoyar a los manifestantes.

Aunque el gobierno iraní ha enfrentado y reprimido repetidos levantamientos en años recientes, esta amenaza de Estados Unidos representó un cambio marcado. Las respuestas estadounidenses pasadas habían girado en gran medida en torno a declaraciones de apoyo a los derechos de los manifestantes, retórica de condena contra el gobierno y sanciones contra los involucrados en la represión. Por el contrario, Trump —quien ya había demostrado su voluntad de cumplir sus amenazas contra Irán en la operación de junio— planteaba ahora la perspectiva de una intervención directa de EE. UU.

Aun así, la primera reacción concreta de Trump fue económica, anunciando aranceles del 25 por ciento a quienes comercian con la República Islámica y, posteriormente, añadiendo sanciones estadounidenses contra las redes de "banca en la sombra" iraníes y funcionarios del régimen. La segunda fue involucrar personalmente a Elon Musk para ayudar a contrarrestar el apagón de internet en Teherán y, según se informa, enviar miles de unidades Starlink a Irán. Un tercer paso fue rechazar, aunque brevemente, la continuación del compromiso diplomático con el régimen mientras continuara la represión. (Antes de eso, se informó que el ministro de exteriores de Irán había estado en contacto con el enviado especial de Trump). Todo esto fue acompañado por el llamado de Trump a los iraníes para que "sigan protestando, tomen las instituciones".

Por su parte, Teherán buscó disuadir la intervención de EE. UU. con sus propias amenazas. Los líderes del régimen dejaron claro que tratarían cualquier ataque a la República Islámica, grande o pequeño, como algo que requería una respuesta mayor, sugiriendo que las tropas y activos de EE. UU. (y los de sus socios de seguridad) en toda la región estarían en la mira.

Si el liderazgo de Irán estaba preocupado por Trump, sin embargo, se alarmó más inmediatamente por la intensidad de la ira que enfrentaba en las calles. Incluso bajo los estándares de un régimen despiadado, se movió con una celeridad alarmante para matar tanto a miles de su propia gente como al creciente impulso del movimiento. De hecho, precisamente porque las amenazas de Trump no fueron respaldadas de inmediato por una preparación de postura militar, pudieron haber servido como un incentivo perverso para que el régimen restableciera el control, a cualquier costo, antes de que Estados Unidos pudiera desplegar activos militares en la región.

Impulso creciente

A medida que aumentaban las tensiones, los aliados y socios de EE. UU. en la región suplicaron a Washington que no actuara demasiado rápido, ya que quedarían expuestos a cualquier represalia iraní. A mediados de enero, entonces, Estados Unidos reforzó sus activos militares en la zona, incluyendo dos grupos de portaaviones y decenas de aviones, un despliegue de escala y alcance no visto desde la guerra de Irak hace más de dos décadas. Mientras el poder de fuego estadounidense tomaba posición, Trump agudizó un ultimátum a Teherán: la fuerza acumulada podría lanzar un ataque "mucho peor" que el de junio, a menos que Teherán aceptara un "trato justo y equitativo" que incluyera, como mínimo, el abandono de su programa nuclear y, de forma más ambiciosa, su desarrollo de misiles balísticos y el apoyo a aliados regionales no estatales.

Una ráfaga de llamadas y gestiones entre intermediarios regionales buscó reactivar una diplomacia que había estado mayormente estancada desde la guerra de 12 días del año pasado. En febrero, hubo tres rondas separadas de conversaciones en Omán y Suiza. Si bien estas lograron reducir algunas brechas, persistieron puntos de divergencia obstinados, especialmente sobre las concesiones nucleares iraníes y el alivio de las sanciones de EE. UU. Los esfuerzos de Irán por dejar de lado los temas no nucleares, incluyendo su programa de misiles y el apoyo a aliados no estatales, tampoco cumplieron con las expectativas de Washington.

Los pasos incrementales resultaron insuficientes frente al impulso que marchaba hacia la confrontación, con voces belicistas tanto en Estados Unidos como en Israel presionando por la guerra. El propio presidente expresó su insatisfacción con el desarrollo de las conversaciones. En su discurso del Estado de la Unión, Trump afirmó que los iraníes estaban "en este momento persiguiendo nuevamente sus siniestras ambiciones" en el frente nuclear y "trabajando para construir misiles que pronto alcanzarán a los Estados Unidos de América".

Ninguna de estas amenazas, sin embargo, era inminente. Aunque Teherán ha negado a los inspectores internacionales el acceso a sus instalaciones nucleares dañadas, Estados Unidos ha evaluado que actualmente no se está llevando a cabo ningún enriquecimiento de uranio, y mucho menos de calidad militar. Del mismo modo, después de que los ataques de junio obstaculizaran significativamente las capacidades convencionales de Irán, la perspectiva de un misil balístico intercontinental iraní capaz de golpear el territorio estadounidense está a años de distancia. No obstante, el 28 de febrero, Trump aprobó los ataques.

Una lucha por la supervivencia

Mientras Irán lanza salvas de represalia contra Israel y las bases de EE. UU. en los estados del Golfo, su lógica no es difícil de entender. Cualquier ataque que le cueste a Estados Unidos vidas y recursos podría ser un golpe político potencialmente significativo para Trump, dado que se postuló basándose en parte en evitar enredos militares. Irán también parece creer que la preferencia de Trump es por lo limitado y espectacular, más que por campañas sostenidas y abiertas. Teherán puede estar esperando que, si demuestra el potencial de una escalada ilimitada, logre disuadir a Trump de continuar con su campaña, tal como este cortó el flujo a una guerra costosa e invencible contra los hutíes en Yemen el año pasado.

Eso podría ser un error de cálculo costoso. Desde el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás atacó a Israel, Irán ha sobreestimado repetidamente su propia capacidad y ha subestimado la resolución y el apetito por el riesgo de sus adversarios. A largo plazo, es muy posible que Trump pague un precio político por esta guerra, pero a corto plazo, el riesgo de escalada sigue siendo muy alto. De hecho, una retirada de EE. UU. parece menos probable en respuesta a los contraataques iraníes, para que una gran apuesta no parezca haber salido mal. Y si la República Islámica cree que los ataques extranjeros le ayudarán a apuntalar el sentimiento popular internamente —el efecto de "unión en torno a la bandera"— podría estar profundamente equivocada, dado que el propio régimen acaba de derramar la sangre de miles en suelo patrio.

Aun así, si la apuesta de EE. UU. es que los ataques aéreos terminen el trabajo desde arriba mientras los iraníes lo completan desde abajo, esa apuesta no se apoya en ningún modelo histórico claro e ignora la resiliencia de los sistemas autoritarios arraigados bajo presión externa. Otros escenarios parecen más fáciles de imaginar: por ejemplo, un control más abierto por parte de una Guardia Revolucionaria que ya se ha convertido en un actor político y económico preeminente bajo Jamenei, o una lucha civil prolongada entre quienes buscan derrocar los restos del sistema contra quienes se aferran para preservarlo.

Por supuesto, con la República Islámica en una lucha por su supervivencia, es imposible predecir qué sucederá a continuación con confianza. Independientemente de la forma que tomen los eventos, sin embargo, el cambio será profundo.

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