El polvorín de la Tarahumara: ¿Soberanía o concesión?
En los pliegues más profundos de la Sierra Tarahumara, donde el silencio suele ser la única ley, un estruendo en un barranco de Guachochi ha rasgado algo más que el metal de una camioneta: ha rasgado el velo de nuestra soberanía. Lo que el discurso oficial intentó empaquetar como un accidente de "instructores de drones", el Washington Post lo ha desnudado como una operación de la CIA en el corazón del Triángulo Dorado, lo mismo dice el Times.
No estamos ante un simple parte de novedades. La muerte de dos agentes estadounidenses y dos mandos locales revela una presencia que se mueve con sigilo entre nuestras barrancas. Mientras el Fiscal de Chihuahua intenta matizar la participación de los agentes en el desmantelamiento de un laboratorio histórico, la realidad es cruda: la seguridad nacional en México se está escribiendo con tinta extranjera.
La sombra de John Ratcliffe -director de la CIA-, y la presión de la administración Trump no son solo retórica de campaña; son botas sobre el terreno —o drones sobre el cielo—. El despliegue de agentes de inteligencia estacionados en Monterrey operando en la sierra sugiere que el control del territorio ya no pasa exclusivamente por los escritorios de la Ciudad de México, sino por los intereses estratégicos de Washington.
La pregunta para la presidenta Sheinbaum y para nosotros como sociedad no es solo cómo murieron, sino qué hacían ahí. Si eran espías y no instructores, estamos ante operaciones que el Gobierno Federal parece no querer —o no poder— explicar. ¿Es colaboración o es subordinación? El desmantelamiento de laboratorios es necesario, pero el costo de permitir operaciones unilaterales bajo el disfraz de "capacitación" es el vaciamiento de nuestras instituciones.
Entre el polvo del camino y los restos del incendio, queda una lección amarga: en la Tarahumara, el Estado mexicano comparte el mando. Mientras el discurso se aferra a la palabra "soberanía", los hechos nos hablan de una tutela silenciosa. Hoy, las barrancas de Chihuahua no solo guardan el eco de la tragedia, sino el testimonio de que, en la lucha contra el narco, las reglas del juego se dictan desde fuera, mientras los silencios oficiales siguen siendo nuestra única respuesta.
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