Terror en Teotihuacán, en la Ciudad de los Dioses
El silencio milenario de Teotihuacán, ese que ha resistido el paso de los siglos, se quebró ayer con el estruendo seco de 27 disparos. Apenas a 52 días de que el mundo ponga la mirada en México por la justa mundialista, un hombre armado caminó con libertad por las faldas de la Pirámide de la Luna, recordándonos que incluso nuestro suelo más sagrado se ha vuelto frágil.
Julio César Jasso, de apenas 27 años, decidió convertir el centro del cosmos prehispánico en un escenario de pesadilla. Vestía una playera que invocaba el fantasma de Columbine —“Disconnect and self destruct”— y cargaba una imagen distorsionada por inteligencia artificial, como si su propia realidad estuviera ya irremediablemente rota. Allí, donde los antiguos pedían por la vida, mantuvo cautivos a treinta turistas. El saldo es desgarrador: una mujer canadiense que no volverá a casa y siete heridos, entre ellos un niño de seis años cuya infancia, de ahora en adelante, estará marcada por el plomo.
Fueron quince minutos de un desamparo absoluto en el primer descanso del monumento. Tras el intercambio con la Guardia Nacional, el agresor terminó con su propia vida, dejando tras de sí un vacío que las cancillerías de Estados Unidos y el Reino Unido ya intentan llenar con alertas de viaje. Sin embargo, en el aire flota una pregunta que no admite respuestas burocráticas: ¿Cómo pudo un arma burlar la vigilancia del sitio más emblemático de nuestra historia?
La fiscalía se refugia en el lenguaje frío de los peritajes; habla de protocolos y de casquillos calibre .380 esparcidos entre las piedras. Pero la realidad es más cruda que cualquier reporte. En la estampida, el miedo hermanó a visitantes de Colombia, Rusia y los Países Bajos; algunos huyendo de las balas, otros sufriendo fracturas en el caos de una huida desesperada sobre el polvo antiguo.
La tragedia de ayer no solo dejó víctimas; dejó una grieta profunda en la confianza de un país que se prepara para la fiesta, pero que hoy despierta con el luto expuesto ante los ojos del mundo. Al final de esta jornada aciaga, queda la amarga sensación de que, en la Ciudad de los Dioses, lo único que quedó desprotegido fue precisamente lo más sagrado: la vida humana.#
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