Traducción de M. Sampons.
El País | 15 de mayo de 2012
La elección presidencial ha revelado algo latente en Francia: una profunda crisis de confianza de la mayoría del pueblo ante las elites que lo representan. Más allá de la victoria de François Hollande, que no es una victoria del programa del Partido Socialista, y de la derrota de Nicolas Sarkozy, que es sobre todo un rechazo a su persona, debemos extraer tres lecciones. En primer lugar, la emergencia, en la primera vuelta, de un voto de protesta, tribunicio, que recuerda a los años 50, 60 y 70 del siglo pasado, cuando el Partido Comunista Francés representaba a toda una parte de las clases populares explotadas sin esperanza alguna de acceder al poder. Esta vocación fue utilizada con mucha inteligencia política por François Mitterrand con el proyecto de Unión de la Izquierda, que permitió, a la vez, reconstituir el Partido Socialista, integrar al electorado del Partido Comunista en una perspectiva realista de acceso al poder y, a continuación, destruir la influencia ideológica y política comunista tras la victoria de la izquierda en 1981. Es útil recordar esta experiencia para comprender, en un contexto del todo diferente, lo que probablemente sucederá ahora con el Frente Nacional.
