22 jun 2026

¿PARA QUÉ SIRVE EL FÚTBOL?/ Guy Sorman

¿PARA QUÉ SIRVE EL FÚTBOL?/ Guy Sorman

ABC, 22 de junio

El deporte colectivo y su principio fundador fue y sigue siendo una forma de expulsar las pasiones nacionalistas y proyectar el impulso de violencia que todos llevamos dentro

Cuando las multitudes aclaman a sus equipos de fútbol en Norteamérica no nos preguntamos lo suficiente por el carácter mitológico de estos torneos. Nos parece natural que el fútbol sea una fiesta popular, cuando en realidad se trata de un fenómeno esencialmente cultural: hay que remontarse a la Antigüedad para redescubrir los orígenes del deporte como acontecimiento colectivo. Los Juegos Olímpicos, en los que los atletas competían desnudos para que no se conociera su origen ni su afiliación, eran una forma de garantizar, al menos temporalmente, la paz entre las ciudades griegas. El atletismo, desde sus orígenes, fue una aportación de la civilización occidental, un sustituto de la guerra. El deporte colectivo y su principio fundador, aunque no siempre lo consiga, fue y sigue siendo una forma de expulsar las pasiones nacionalistas y proyectar el impulso de violencia que, en mayor o menor medida, todos llevamos dentro.

No se conciben unos Juegos Olímpicos en la China confuciana o la India budista: el fútbol es un deporte absolutamente europeo, aunque muchas naciones que no pertenecen a Occidente se hayan sumado a él por imitación, también en este caso para sustituir la guerra por la competición deportiva. Se me objetará –el episodio es único en la historia del fútbol– que ciertos partidos pueden conducir a la guerra. Así ocurrió durante la clasificación para el Mundial de 1970, cuando en el estadio Azteca de México, El Salvador se enfrentó a Honduras y los hondureños, descontentos con su derrota, provocaron un conflicto militar real entre ambos países. Esta guerra, conocida como 'del fútbol', solo duró cien horas, pero se cobró 3.000 muertos; en realidad, la hostilidad entre El Salvador y Honduras era mucho mayor que el estadio de México, y el partido no había sido más que un pretexto para resolver un conflicto territorial. Se menciona esta excepción por su carácter insólito; por regla general, las inmensas concentraciones que se registran en torno a los mundiales de fútbol son extraordinariamente pacíficas, teniendo en cuenta la multitud reunida y su diversidad cultural. Los aficionados y los espectadores se desgañitan, pero no se matan entre sí. La norma adquirida, interiorizada en nuestra cultura, es aclamar a nuestro equipo e identificar su éxito con el nuestro, aunque no juguemos y, en el mejor de los casos, seamos espectadores en un estadio o, más aún, delante del televisor. Se trata de un fenómeno bastante misterioso que entra en el ámbito del psicoanálisis de grupo y ciertamente no en el de la lógica pura.

Los observadores que no son aficionados y que se muestran demasiado racionales ante los partidos de fútbol no comprenden, por otra parte, su naturaleza metafísica. Para ilustrar mi argumento propondré aquí dos recuerdos personales que revelarán, creo, hasta qué punto el fútbol es más un misterio sociológico que una cuestión de pura razón. Hace unos años, en París, tuve la oportunidad de llevar al eminente filósofo Jean-François Revel al Parque de los Príncipes, que es el principal estadio de la capital, para asistir a una final que ya no recuerdo muy bien. Revel, que era un pensador ultrarracional, sin duda en exceso, no entendía qué podía tener de mítico el fútbol. Observaba con incomprensión que los aficionados, prácticamente todos franceses, aclamaran a un equipo denominado nacional, pero compuesto por jugadores procedentes de los cuatro rincones del mundo, en particular del África negra y del norte de África, y además vestidos con la camiseta de su club, que estaba patrocinado por Catar. En resumen, un jugador senegalés que lucía la camiseta de Catar representaba a Francia y era aclamado por los aficionados franceses. Todo esto superaba la comprensión de Revel, que no se daba cuenta de que, más allá de su camiseta y del color de su piel, los jugadores encarnaban mitos y que los espectadores se identificaban con esos mitos más que con la realidad étnica. Otra aventura: con motivo del Mundial de 2002, fui invitado a la final de Seúl por el entonces presidente surcoreano. Este estaba descubriendo el fútbol, su naturaleza y sus reglas; el partido al que asistí a su lado enfrentaba a la selección de Francia contra la de Senegal. Sin embargo, la selección de Senegal había sido reclutada en su totalidad entre jugadores franceses, mientras que la selección francesa, como sigue siendo el caso, reclutaba esencialmente a jugadores de origen africano y árabe. Cómo la selección francesa podía representar a Francia y la selección de Senegal a Senegal dejó al presidente Kim Dae-jong extraordinariamente perplejo. Me hizo observar que, al fin y al cabo, ese partido enfrentaba a Francia contra Francia y que, en ambos casos, ganaba Francia. Una vez más, la dimensión mítica del fútbol se le escapaba por completo, ya que no procedía de la cultura occidental y, en Corea, el origen étnico es esencial.

¿Sigue siendo el fútbol un sustituto de la guerra que permite a las multitudes emocionarse y desahogarse como en la época de los Juegos Olímpicos de la Antigua Grecia? Uno duda en responder de manera totalmente afirmativa, dado que el fútbol está ahora corroído por el dinero y el capitalismo. Tanto si nos alegramos como si lo lamentamos, el capitalismo se infiltra en todas las redes de nuestra sociedad. Me imagino fácilmente que, a la larga, este capitalismo invasivo acabará destruyendo todo espíritu deportivo. De hecho, estados que no tienen ninguna tradición histórica en el fútbol, como Catar o Arabia Saudí, compran equipos para promover su nacionalismo y no el entendimiento entre las naciones en torno a un campo de juego. El fútbol, cooptado por los oligarcas del petróleo, se parece al fútbol, pero no es fútbol; ya no es un sustituto de la guerra: es la guerra, aunque sea económica.

Esta degeneración del deporte colectivo como espectáculo y catarsis, bajo el influjo del dinero y la corrupción, no es inevitable, pero me parece muy probable. Si desapareciera la función mítica y pacificadora del fútbol habría que sustituirla por algún otro espectáculo colectivo globalizado que pudiera canalizar las pasiones sin violencia en todas las civilizaciones. Ese sustituto futuro aún no existe. ¿Quizás sea el MMA, las artes marciales mixtas, esa nueva forma de combate de gladiadores en jaula, tan apreciada por el presidente Trump? Lo convirtió en su regalo de cumpleaños en forma de espectáculo frente a la Casa Blanca. No estoy seguro de que esta salvajería, que evidentemente recuerda al Coliseo romano en tiempos de Nerón, sea la alternativa adecuada a la no violencia del fútbol. Pero quién sabe. El mundo no se está pacificando; hemos entrado en una era en la que resurge la violencia pura, sustituyendo a las artes, las reglas del juego y la estética.

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