En el complejo tablero donde se cruzan la crueldad de la guerra y los tentáculos del crimen transnacional, la inteligencia rusa lanzó recientemente un dardo: acusó a Ucrania de tejer alianzas con los cárteles de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación para inundar Europa de drogas y reclutar mercenarios. Sin embargo, al rasgar el velo de esta narrativa, la acusación se desmorona por completo.
Hoy, en las páginas de Milenio, una nota enviada desde Roma por el periodista Diego Enrique Osorno - con apoyo de Angel Hernández-, arroja luz sobre este laberinto. Osorno documenta cómo voces que conocen de cerca las entrañas de las mafias —como el fiscal antimafia italiano Nicola Gratteri y el investigador Antonio Nicaso—, junto con agencias europeas y plataformas de verificación, coinciden en una realidad innegable: no existe ni una sola prueba judicial o investigativa que sostenga esta conexión. En paralelo, la embajada ucraniana en México desmintió el relato, calificándolo de mera propaganda bélica; una cortina de humo diseñada para ocultar cómo las redes transnacionales rusas sí proveen armamento de alto poder a los cárteles mexicanos.