22 abr 2007

Elecciones en Francia

Elecciones en Francia, entre el drama y la tragedia/Sami Naïr, catedrático de Ciencia Política, y profesor invitado en la Universidad Carlos III de Madrid.
Publicado en EL PAÍS, 21/04/2007;
Los electores franceses decidirán mañana quiénes serán los dos candidatos finalistas de las presidenciales. En la primera vuelta, los electores pueden elegir un candidato en función de sus preferencias más intensas; en la segunda, pueden apoyar al que les parece más cercano a estas preferencias, sin que por ello sea el mejor o el más seguro. Es el desistimiento republicano.
La primera vuelta tiene que ver con algo dramático, en el sentido teatral de la palabra. Todos los problemas de la vida común se exponen y se debaten, pero los electores saben que su elección tendrá una segunda oportunidad y que podrán rectificar su votación. Cada candidato(ta), defiende su identidad, los intereses de su bando, su ideología, las mayores aspiraciones de su electorado, incluso intenta ganar el electorado más extremo de su campo. Así, Nicolas Sarkozy ha desplegado antes de la primera vuelta un discurso extremista, para ganar los votos de la ultraderecha. Sus últimos ataques contra los inmigrantes, los ciudadanos cuya orientación sexual es diferente (”una enfermedad”, dice Sarkozy), los delincuentes (también presentados como “patológicamente enfermos”) demuestran su voluntad de robar votos al Frente Nacional de Le Pen.
Pero, al fin y al cabo, es un juego dramático de cada candidato para debilitar a los competidores en su propio bando, tanto en la derecha como en la izquierda.
Entre las dos vueltas (21 de abril-6 de mayo), la batalla cambia de formato: deviene trágica. No se trata de elegir al mejor, sino al menos malo. La decisión es trágica tanto para los votantes como para los dos candidatos que quedan en liza. Para los electores, la decisión es coaccionada por la estrechez de la opción: uno de los dos que quedan debe desaparecer. Alternativa sin término medio, comparable a la de los héroes de Racine.
El sistema electoral francés conllevaba estas dos dimensiones. Pero el problema nuevo, desde el fracaso de Jospin en 2002, es que el equilibrio entre izquierda y derecha que conformaba la batalla electoral se ha quebrado. Ahora el electorado ha situado la mayor incertidumbre en la primera vuelta. Y de ahí, el posible cambio del drama en tragedia. ¿Por qué?
Hay, al menos, tres razones de fondo. La primera es que si la elección solía hacerse en función de la división derecha-izquierda, ahora no se realiza de la misma manera. El electorado ha experimentado, desde hace 25 años, que, una vez alcanzado el poder, ni la derecha ni la izquierda han conseguido cambiar realmente sus condiciones de existencia. El francés medio tiene el sentimiento de que el sistema está bloqueado. De ahí el rechazo del argumento del “voto útil” desde la primera vuelta, en beneficio del candidato más fuerte. ¿Por qué “útil” si los principales candidatos van a hacer lo mismo?
Los candidatos refuerzan esta tendencia negándose cada vez más a aparecer como los aspirantes de un determinado partido. La personalización extrema de la campaña, amplificada por el sistema presidencial francés, hace que la dimensión individual se haya vuelto central. Sin embargo, en esta elección, ninguno de los candidatos parece tener una personalidad suficientemente carismática para convencer. Ya no hay De Gaulle desde hace mucho tiempo, ni tampoco Mitterrand. Y la cohabitación ha transformado el carácter sagrado del papel del presidente de la República, que se ha vuelto un político entre otros, sin aura particular.
Finalmente, y eso vale tanto para la derecha como para la izquierda, hay una dislocación sinuosa de las direcciones políticas de cada campo. Los centristas rechazan cada vez más la imposición de la derecha sarkosista (que ya no tiene nada que ver con el gaullismo tradicional). A la izquierda, la crisis en el seno del Partido Socialista le impide reunir una gran mayoría desde la primera vuelta. La crisis de confianza existe por todas partes. El drama de la elección puede transformarse, como en 2002, en una tragedia electoral.
Y el paso del drama a la tragedia estriba en esto: ya no son únicamente los pequeños candidatos los condenados a desaparecer desde la primera vuelta, sino que esa posibilidad amenaza también a los grandes candidatos, pues los electores ya no obedecen a los partidos, sean grandes o pequeños.
Aquí está la novedad radical de la situación francesa. De ahí el increíble espectáculo de que, a sólo unos días de la primera
vuelta, exista un número nunca visto de indecisos, más del 40% declara no saber a quién votar. Francia no es Estados Unidos, sino un país politizado y de fuerte tradición ciudadana. Si esto ocurre, es que hay algo podrido en el aire, como diría Hamlet.
Jamás el desfase entre partidos y ciudadanos ha sido tan visible, jamás la crisis de confianza entre el pueblo y los partidos ha sido tan evidente. Tradicionalmente, las dos últimas semanas de campaña constituían un viraje: era el momento de la famosa “cristalización” del voto, en el sentido de Stendhal, quien describía en De l’Amour como éste se solidifica y se vuelve, después de un cierto tiempo, una unidad agregada y dura como el diamante. Pues hoy en día ya no hay cristalización, todo queda incierto hasta el último momento, los electores juegan al escondite con los encuestadores y al verdugo con los candidatos.
Es verdad que todo sorprende en esta campaña. La confusión es máxima. Los dos principales candidatos, Nicolas Sarkozy et Ségolène Royal, han construido su campana sobre la idea del cambio. Pero ninguno de los dos consigue convencer a la gente de que lo encarna decididamente. Sarkozy no llega a granjearse la simpatía de la gente, incluso muchos le consideran peligroso. Eso explica que, en la derecha, una parte del electorado moderado se incline por François Bayrou.
Royal, por su parte, es una figura original, simpática al pueblo, pero que, en el transcurso de esta campaña, ha sufrido dos obstáculos mayores: primero, es una mujer, lo que disminuye la confianza del electorado “macho” (existe, ¡y no solamente entre los hombres!); luego, la guerra interna del Partido Socialista, que no ha acabado. La rabia de ciertos dirigentes que le han visto vencer en las primarias socialistas es muy fuerte. El partido de los militantes se ha movilizado bien a favor de ella, el aparato del partido mucho menos. Es cierto también que ella ha desconfiado del partido: de ahí una gran improvisación en la organización de su campaña, una ausencia de armonía con la dirección del partido, lo que ha contribuido a generar una atmósfera de escepticismo y de incertidumbre entre los militantes y hasta los simpatizantes. Resultado: la indecisión.
François Bayrou ha jugado, por su parte, el papel del agitador en esta campaña. Es un hombre de derechas, pero como la confusión es general, ha logrado hacer pensar a una parte del electorado que no es ni de derechas ni de izquierdas, lo que es el sueño de todo político derechista. Al mismo tiempo, representa algo más profundo: la voluntad de superar unas discrepancias que los franceses consideran más y más paralizantes. En realidad, Bayrou sueña con una unión nacional de geometría variable: ¡hace creer al electorado de izquierda que será una unión nacional en torno a la izquierda y al de derecha, que lo será en torno a la derecha! Un verdadero cuento de hadas. Sin embargo, no es seguro que Merlín el Encantador obtenga la aprobación de las urnas. Pero nunca se sabe, hasta tal punto la confusión está extendida.
Queda Le Pen: es su última campaña, es viejo pero piensa en su hija, a quien ha puesto en órbita para las próximas elecciones presidenciales. Sin duda, ha pactado secretamente con Sarkozy, a favor del cual votará en la segunda vuelta si él mismo ya no está en liza. Y, aunque el trauma de 2002 es potente en el electorado, no cabe descartar que siga en liza.
Entre estos cuatro se juega la tragedia desde la primera vuelta: cada uno puede ser eliminado, aunque Sarkozy con menos probabilidades que los otros.
Una cosa es segura: es imposible apostar por la configuración de la Francia electoral del 22 de abril. La crisis francesa, expresada en las presidenciales de 2002, confirmada en el referéndum sobre la Constitución Europea de mayo de 2005, espectacularmente recordada por las revueltas de los suburbios de noviembre de 2005 y luego por las movilizaciones de 2006 contra los contratos para jóvenes, trastorna todos los datos del análisis político. El pueblo está enfadado, la polarización social es fuerte, la desconfianza aguda, la confusión generalizada. El domingo acabará el primer acto de la obra. Veremos entonces si se trata de un drama electoral tradicional o bien de una tragedia política

Elecciones en EE UU

Los líderes pueden permitirse audacias/Paul Krugman, es profesor de Economía en la Universidad de Princeton.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. © The New York Times, 2007
Tomado de EL PAÍS, 22/04/2007;
Normalmente, los políticos tienen que hacer complicados equilibrios entre las posturas que deben adoptar para satisfacer a la base de su partido y la necesidad de captar a la población en general. Podemos ver cómo les está ocurriendo a los republicanos de Estados Unidos: para tener una posibilidad de ser los candidatos oficiales de su partido, los aspirantes tienen que asumir posturas de ultraderecha sobre Irak y en temas sociales que, en las elecciones generales, les costarán muchos votos.
Sin embargo, en el bando demócrata ha ocurrido algo curioso: las bases del partido parecen estar mucho más próximas al estado de ánimo del país que muchos de los dirigentes. Y el resultado es interesante: en las cuestiones fundamentales, los políticos demócratas se están viendo obligados, muy a su pesar y arrastrados por las bases, a adoptar posturas que gozan de gran popularidad.
Irak es el ejemplo más llamativo. Por extraño que parezca, los estrategas demócratas, al principio, se resistían a hacer de Irak un tema fundamental en las elecciones de mitad de mandato. Incluso después de su contundente victoria, que demostró que las tácticas de difamación e intimidación del Partido Republicano han dejado de funcionar, tuvieron miedo de que cualquier intento de controlar la expansión de la guerra propuesta por el Gobierno de Bush se presentara como una traición a las tropas y un acto de deslealtad en menoscabo del poder del comandante en jefe.
Los grandes expertos de Washington, que todavía no parecen darse cuenta de hasta qué punto se ha vuelto la opinión pública en contra del presidente Bush, alimentaron ese miedo. Por ejemplo, cuando los demócratas empezaron, con gran nerviosismo, a enfrentarse al Gobierno por la financiación de la guerra de Irak, David Broder declaró que Bush estaba “listo para su reaparición política”.
Fue necesaria la presión de unas bases furiosas para que los demócratas se decidieran a adoptar una postura más dura en las elecciones al Congreso. E hizo falta otro empujón de esas bases -que se indignaron cuando pareció que Barack Obama había dicho que estaba dispuesto a apoyar una ley de financiación sin necesidad de calendario fijo- para que se enfrentaran a Bush por los dineros de la guerra (Obama asegura que no quiso insinuar que hubiera que dar “carta blanca” al presidente).
Pero la opinión pública odia esta guerra, ya no confía en absoluto en el liderazgo de Bush y no se cree nada de lo que dice la Administración. Irak contribuyó de forma crucial a la victoria de los demócratas en las elecciones de medio mandato. Y el enfrentamiento a propósito de la financiación no sólo no ha sido una medida política arriesgada, sino que cuenta con un apoyo popular abrumador: según un nuevo sondeo de CBS News, sólo el 29% de los votantes cree que el Congreso debe aprobar los fondos de guerra sin ningún límite de tiempo, mientras que el 67% quiere recortar los fondos o imponer un plazo.
La sanidad es otro ejemplo en el que las bases del Partido Demócrata están más próximas a los deseos del país que sus dirigentes políticos. Salvo por John Edwards, que ha reclamado explícitamente un sistema de seguro universal de salud financiado con una reducción de los recortes fiscales a las rentas más altas, los principales líderes demócratas, con el recuerdo aún presente del fracaso del plan de salud de Clinton, se han mostrado precavidos y reservados a la hora de presentar proyectos que cubran a los que carecen de seguro.
Ahora bien, los aspirantes a candidatos presidenciales del Partido Demócrata -en especial Obama- se han encontrado con enormes presiones de las bases, que les exigen que concreten sus propuestas. Y las bases están haciéndoles un favor.
Ha pasado mucho tiempo desde la derrota del plan de Clinton y la opinión pública está exigiendo que se haga algo. Un reciente sondeo de The New York Times y CBS News mostraba un apoyo rotundo a que el Gobierno de EE UU garantice el seguro de salud para todos, aunque dicha garantía signifique subir los impuestos. Incluso entre los que se declaraban republicanos había opiniones divididas sobre el tema.
Si todo esto parece indicar una situación en la que a los demócratas pueden aguardarles grandes victorias en los próximos años, es porque es así.
Los republicanos, al menos durante un tiempo, van a estar atrapados en posiciones impopulares debido a unas bases que viven en el pasado. La aparición de Rudy Giuliani como favorito a la candidatura republicana tiene más que ver con el partido que con el candidato. Como dijo de forma muy certera el semanario satírico The Onion, Giuliani quiere ser “presidente del 11-S”.
Los demócratas no tienen ese problema. No hay ninguna contradicción entre cultivar las bases y mantener posturas que permitan ganar las elecciones de 2008, porque lo que quieren las bases -el fin de la guerra de Irak, una garantía de seguro de salud para todos- es lo mismo que desea el país en su conjunto. El único riesgo que corre ahora el partido es un exceso de cautela por parte de sus políticos. O, por utilizar una frase conocida, lo único a lo que deben tener miedo los demócratas es al miedo mismo.

20 abr 2007

Cooperación para combatir al crímen organizado

Se aprueban reglas de cooperación para combatir la delincuencia organizada.
Mediante un bolen tín 172/07, fechado este 19 de Abril de 2007, la PGR, informa:
"En un esfuerzo más por establecer mecanismos efectivos de colaboración, a fin de combatir el crimen organizado, los Procuradores Generales de Justicia de los estados, de Justicia Militar, del Distrito Federal y el Procurador General de la República acordaron hoy, como resultado de la XVIII Reunión Nacional de Procuración de Justicia, adoptar un Procedimiento de Colaboración en Materia de Delincuencia Organizada, que establece reglas más claras de operación y coordinación entre procuradores.
El Procurador Medina Mora, "celebró que con la participación de las procuradurías generales de justicia de los estados, se haya logrado establecer un marco normativo que articule de mejor manera el esfuerzo de los órdenes de gobierno en contra de la delincuencia organizada y refuerce las capacidades de las diferentes instancias de procuración de justicia del país.
"Entre los principales compromisos adoptados destaca la necesidad de reforzar los mecanismos de coordinación y colaboración, fortalecer la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada y reestructurar las modalidades de despliegue territorial de la Procuraduría General de la República.
El Procurado, quien presidio la reuníon, "reiteró el compromiso de todos los procuradores del país de estar unidos por un mismo fin: hacer eficiente la investigación y la persecución de los delitos, sin distinguir competencias, sumando esfuerzos entre las procuradurías para enfrentar al crimen con la fortaleza que la unión les proporciona.
"Afirmó que la procuración de justicia exige coordinación y la suma de capacidades mediante políticas públicas que contribuyan a generar en los ciudadanos, la confianza de castigar los delitos con justicia y legalidad."

China, el nuevo modelo económico

El nuevo modelo económico de China/Koseph Stiglitz, es premio Nobel de Economía.
Publicado en EL PAÍS, 19/04/2007;
El éxito de China desde que comenzó su transición a una economía de mercado se ha fundado en unas estrategias y políticas adaptables: a medida que se resuelven unos problemas, surgen otros nuevos, y hay que elaborar políticas y estrategias nuevas para ellos. Este proceso incluye la innovación social. China ha reconocido que no podía limitarse a trasladar las instituciones económicas que habían funcionado en otros países; como mínimo, había que adaptarlas a sus problemas específicos.
Hoy, China debate un “nuevo modelo económico”. Desde luego, el modelo económico anterior ha tenido un éxito indiscutible, puesto que ha producido un crecimiento anual de casi el 10% a lo largo de 30 años y ha sacado a cientos de millones de chinos de la pobreza. Los cambios se ven no sólo en las estadísticas, sino, todavía más, en los rostros de la gente que se ve en el país.
Hace poco visité una remota aldea Dong en las montañas de Quizho, una de las provincias más pobres, a kilómetros de distancia de la carretera asfaltada más próxima; sin embargo, tiene electricidad y, con ella, tiene no sólo televisión sino internet. Algunas rentas han subido gracias a las remesas de familiares que emigraron a las ciudades costeras, pero también los agricultores están más desahogados, con nuevos cultivos y mejores semillas: el Gobierno les vende a crédito semillas de alto grado, con un índice de germinación garantizado.
China sabe que necesita cambiar para tener un crecimiento sostenible. Existe en todos los niveles una conciencia de los límites ambientales y de que las pautas de consumo que utilizan muchos recursos, como las aceptadas hoy en Estados Unidos, serían un desastre para China y para el mundo. A medida que una proporción cada vez mayor de la población china se traslade a las ciudades, éstas tendrán que ser más habitables, lo cual exigirá un urbanismo bien pensado que se ocupe también de sistemas de transporte público y parques.
Resulta también interesante que China esté tratando de abandonar la estrategia de crecimiento basado en las exportaciones que había seguido hasta ahora. Dicha estrategia defendía la transferencia de tecnologías, que ayudaba a cerrar la brecha de conocimientos y mejoraba rápidamente la calidad de los bienes manufacturados. El crecimiento basado en las exportaciones hacía que China pudiese producir sin preocuparse por desarrollar el mercado interior.
Pero ya ha surgido una reacción mundial en contra. Incluso los países aparentemente partidarios de los mercados competitivos son reacios a que les venzan en su propio terreno y, muchas veces, inventan acusaciones de “competencia desleal”. Además, cosa más importante, aunque los mercados no estén totalmente saturados en muchas áreas, será difícil lograr que las exportaciones sigan teniendo una tasa de crecimiento de dos cifras.
De modo que algo tiene que cambiar. China se ha dedicado a lo que podría llamarse “financiación del vendedor”, a proporcionar el dinero que ayuda a financiar los gigantescos déficit fiscal y comercial de EE UU y permitir que los estadounidenses compren más bienes de los que venden. Pero es un acuerdo peculiar: un país relativamente pobre está ayudando a subvencionar la guerra de EE UU en Irak y un inmenso recorte fiscal para los habitantes más ricos del país más rico de la tierra, mientras que, dentro de sus propias fronteras, tiene enormes necesidades que dejan pensar que habría margen de sobra para la expansión interior del consumo y las inversiones.
De hecho, para abordar el reto de reestructurar la economía China tiene que estimular el consumo. Mientras el resto del mundo lucha para aumentar el ahorro, China, con una tasa de ahorro superior al 40%, lucha para conseguir que su población consuma más. Unos servicios públicos de más calidad (sanidad, educación y programas de jubilación) disminuirían la necesidad de tener ahorros “preventivos”. También sería útil que las pequeñas y medianas empresas tuvieran más facilidad de financiación. Y unos “impuestos verdes” cambiarían las pautas de consumo al tiempo que eliminarían incentivos a las exportaciones con uso intensivo de la energía.
A medida que China se aleje del crecimiento basado en las exportaciones, tendrá que buscar nuevos motores en su mundo empresarial, cada vez más amplio, y eso exige el compromiso de crear un sistema de innovación independiente. Lleva mucho tiempo invirtiendo en la enseñanza superior y la tecnología, y ahora se ha propuesto crear instituciones de categoría internacional.
Pero, si desea tener un sistema de innovación dinámico, tiene que resistirse a las presiones occidentales para que apruebe unas leyes de propiedad intelectual tan descompensadas como las que se le exigen. Debería, al contrario, tratar de implantar un régimen de propiedad intelectual “equilibrado”: dado que el elemento más importante en la producción de conocimiento es el propio conocimiento, un régimen de propiedad intelectual mal diseñado puede asfixiar la innovación, como ha ocurrido en EE UU en algunos campos.
La innovación tecnológica occidental se ha interesado poco por reducir las consecuencias ambientales negativas del crecimiento y demasiado por ahorrar mano de obra, algo que China posee en abundancia. De modo que es lógico que China centre sus avances científicos en lograr nuevas tecnologías que empleen menos recursos. Pero es importante contar con un sistema de innovación que garantice un buen aprovechamiento de los avances en el conocimiento. Para ello pueden ser necesarios métodos nuevos, muy distintos a los regímenes de propiedad intelectual basados en la privatización y el monopolio del conocimiento, con los altos precios y los beneficios limitados que de ahí se derivan.
Demasiada gente cree que la economía es un juego a todo o nada y que el éxito de China se ha logrado a costa del resto del mundo. Sí, es verdad que su rápido crecimiento plantea retos a Occidente. La competencia obligará a algunos a esforzarse más, volverse más eficientes o aceptar menores beneficios. Pero la economía, a la hora de la verdad, es un juego de sumas. Una China cada vez más próspera no sólo recibe más importaciones de otros países, sino que suministra bienes que han ayudado a mantener los precios más bajos en Occidente, pese a la brusca subida del petróleo en los últimos años. Esa presión a la baja sobre los precios ha permitido que los bancos centrales de Occidente llevaran a cabo políticas monetarias expansivas, que han servido de base para tener más empleo y crecer.
Debemos confiar en que el nuevo modelo económico de China triunfe. Si lo logra, todos saldremos ganando.

Erdogan

El dilema de Erdogan; editorial
El País, 19/04/2007
El primer ministro turco, el conservador islamista Erdogan, está sopesando si ser él mismo candidato a presidente de la República, cargo que elige el Parlamento, presentar a uno de los suyos en su lugar o anticipar cinco meses las elecciones generales. Los militares, por boca del jefe del Estado Mayor, se han mostrado públicamente contrarios a la candidatura de Erdogan por temor a que su victoria les prive de un bastión tradicional del laicismo kemalista. El pasado sábado, una masiva manifestación en Ankara apoyó esta opinión.
Esta crisis política se ve agravada por las sugerencias de los militares de atacar en el Kurdistán iraquí las bases del PKK, el partido de los trabajadores kurdos; y las tensiones fundamentalistas en sectores de la población, con consecuencias tan lamentables y preocupantes como el asesinato ayer de tres empleados de una imprenta que producía biblias. La democracia en Turquía no puede avanzar bajo tales amenazas, y si Erdogan no se presenta por miedo será un retroceso. La democracia ganará en Turquía si este político, que no ha perdido una sola batalla electoral en su vida -pero que fue condenado por unas palabras de contenido islamista-, llega a jefe del Estado sin someter a discusión, tal como promete ahora, la laicidad del Estado.
Aunque el cargo de presidente tiene un contenido en principio simbólico, en estos momentos tiene una fuerte carga política: es, junto al Ejército, el último reducto de los kemalistas. Tiene algunos poderes reales: nombra a los miembros del Tribunal Constitucional, a los rectores de las universidades, a los presidentes de las fundaciones importantes y, con la mayoría en el Parlamento, podría forzar un cambio de la Carta Magna. La decisión de Erdogan puede demorarse hasta el último minuto, el próximo martes, cuando termina el plazo, pero la dirección de su partido (AKP) entró ayer en la estrategia a seguir ante esta nueva oportunidad.
Los críticos de Erdogan le acusan de tener una agenda islamista oculta. Él insiste en que respetará la laicidad de Turquía, pilar de la república, junto a la democracia y el Estado de derecho. Es verdad que bajo su mandato han avanzado las escuelas islámicas y que intentó penalizar el adulterio. Pero también que, en un giro paradójico, el AKP se ha convertido en un partido más europeísta que la derecha laica. La experiencia de un islamismo democrático, como en su día la conjunción de tradiciones simbolizada en la expresión democracia cristiana en algunos países de Europa occidental, podría ser una fórmula válida no sólo para Turquía, sino tal vez para el conjunto del mundo musulmán.

Mañanera del lunes 3 de agosto de 2026

 Conferencia de prensa de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo del 03 de agosto de 2026 Presidencia de la República | 03 de agosto de 2026 ...