La sabia virtud de Monreal: El reloj que venció al dictamen..
Por Fred Alvarez Palafox.
En los laberínticos pasillos de San Lázaro, donde la prisa y la presión suelen dictar el ritmo frenético de las votaciones, este jueves vimos cómo se jaló, de golpe, el freno de mano. Y seamos claros: no fue un accidente. Ricardo Monreal, operando con la cautela del viejo lobo que conoce al dedillo los engranajes de la maquinaria legislativa, decidió que era el momento exacto para pausar el reloj.
Con un movimiento táctico y calculador, bajó de la orden del día uno de los pesos pesados: el debate sobre la ley de medios de impugnación. La justificación formal —entregada mediante oficio a Kenia López Rabadán— apelaba a esos nobles ideales que tanto adornan el quehacer parlamentario: "generar un espacio de diálogo, análisis y construcción de consensos". Un discurso impecable, diseñado, por supuesto, para la tribuna y para apaciguar las aguas de la opinión pública.
Pero la lente crítica de la crónica nos revela una realidad mucho más pragmática. El hecho, puro y duro, es que San Lázaro estaba a punto de cometer el clásico error del mal arquitecto: intentar construir el techo sin haber echado los cimientos. No se puede aprobar una regulación secundaria cuando la colegisladora, el Senado de la República, todavía no da luz verde a la reforma constitucional que le da soporte y sentido. Avanzar de esa forma habría sido dar un salto al vacío jurídico; era, en pocas palabras, parir un dictamen que nacería cojo.
Y es justo aquí donde el sistema bicameral muestra sus humanas, humanísimas fallas de sincronía. Del otro lado del tablero, la oposición observa cómo el calendario se convierte en su aliado más leal y efectivo. Kenia López Rabadán, con la frialdad matemática que exigen los reglamentos, puso el dedo en la llaga temporal: los días, sencillamente, ya no alcanzan.
Pero detengámonos un momento en el verdadero saldo de esta pausa. Lo que se mandó a la congeladora no es un simple trámite burocrático. Se puso en pausa la reglamentación del Artículo 41, que busca tipificar la injerencia extranjera como causal directa para anular una elección.
Y más grave aún, como lo advirtió la propia diputada: dejamos ir, otra vez, una oportunidad histórica para fijar una postura constitucional firme que impida, de una vez por todas, que el crimen organizado y el narcotráfico metan las manos en nuestras elecciones. Ese sigue siendo el gran elefante en la sala legislativa.
Es la gran ironía de nuestra política. Un tema clave para blindar la democracia no fue frenado por fuerzas oscuras ni amenazas externas, sino por la llana y simple falta de coordinación interna entre nuestras propias cámaras.
Este episodio nos deja una lección clarísima de anatomía política: en el Congreso, los llamados a la "reflexión y el diálogo incluyente" suelen ser, la inmensa mayoría de las veces, el elegante ropaje diplomático con el que se viste la urgencia de ganar tiempo para evitar un choque de trenes.
La política, amigos, está hecha de tiempos... y esta vez, el tiempo se agotó. Ya lo decía el gran Renato Leduc: sabia virtud de conocer el tiempo
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