El peso de las sillas vacías en Palacio
Por: Fred Alvarez Palafox
@fredalvarez
Hay ausencias que retumban en los muros de Palacio Nacional con más fuerza que el más estruendoso de los discursos. En los pasillos de la alta diplomacia, donde cada gesto se calibra con la precisión de un cirujano, el cuerpo presente es el verdadero termómetro del respeto. Por eso, contemplar dos sillas vacías en una misma semana —las de Sara Carter, zarina antidrogas, y Jamieson Greer, el hombre clave del comercio de Donald Trump— no es un simple tropiezo de agenda. Es un mensaje directo, frío y fríamente calculado desde Washington.
Ayer, cuando las preguntas de la prensa sobre el desplante de Greer flotaron en el aire del Salón Tesorería, de Palacio Nacional la presidenta recurrió al clásico manual de resistencia institucional: cobijarse en la estructura. Mencionó el inicio del diálogo, arropó a su equipo —Lazzeri, Alarcón, Berdegué, Gómez— y recalcó la llegada de empresarios. Desplegó, en suma, una narrativa de "aquí no pasa nada, la maquinaria sigue marchando".
Sin embargo, el punto de quiebre se hizo evidente cuando intentó minimizar el encuentro que ya no fue:
"No era en particular para tener un acuerdo específico, sino era de mi parte un gesto para recibirlo aquí en Palacio Nacional, darle la bienvenida... él tuvo otras cosas que hacer".
El silencio posterior casi se podía palpar. Reducir un encuentro con el Representante Comercial de EU —el guardián absoluto del futuro del T-MEC— a una mera visita de cortesía es un intento transparente de amortiguar el golpe político. En los altos círculos de la Casa Blanca, a los enviados de ese calibre no les "surgen pendientes" de último minuto cuando hay un jefe de Estado esperándolos, a menos que la intención sea enviar una señal de enfriamiento selectivo.
Dos vertientes, una misma tormenta
Detrás de esas ausencias consecutivas se tocan las fibras más sensibles de la relación bilateral. Washington parece haber fusionado, de golpe, dos frentes que México insistía en mantener en carriles separados:
i) El cerco de seguridad: La paciencia al otro lado del río respecto a la estrategia mexicana se ha evaporado. Las sombras que pesan sobre figuras como Rubén Rocha y otros funcionarios locales ya no son vistas desde la Casa Blanca como folclor político regional, sino como redes fácticas de protección. Para EU, la frontera entre la economía y la seguridad nacional dejó de existir; el comercio ya no se negocia con variables macroeconómicas, se negocia con órdenes de aprehensión cumplidas.
ii) El ultimátum comercial: Jamieson Greer lo había dejado claro antes de cancelar su vuelo: el libre comercio es un privilegio, no un derecho adquirido. Es decir, la Casa Blanca no le otorgará a México un trato preferencial en su guerra arancelaria con Beijing si los precursores químicos del fentanilo siguen desembarcando en los puertos del Pacífico bajo la complacencia, u omisión, de las autoridades locales.
El costo de la ambigüedad
El salvavidas narrativo que ofreció ayer la presidenta, asegurando que Greer "va a tener una reunión por Zoom con el secretario Marcelo Ebrard", confirma que el hilo diplomático no se ha reventado, pero evidencia una dolorosa degradación en las formas. Sustituir la majestuosidad de Palacio Nacional y el peso de un apretón de manos por el frío de una pantalla de videollamada es un sutil pero contundente golpe de timón; estamos ante una degradación deliberada del nivel de interlocución.
Mientras tanto, la maquinaria estadounidense avanza. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, aceita el "Escudo de las Américas" contra el narcoterrorismo, y México insiste en un aislamiento que termina por debilitarnos. Al autoexcluirnos de la coalición militar de la región, dejamos ir una carta vital de negociación institucional.
Tampoco se pueden ignorar las palabras del secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien colocó al cártel de Sinaloa en el mismo escalón que a Hezbolá. Apenas ayer, insistió en que los países de la región deben "hacer cumplir sus propias leyes" para desmantelar a quienes lucran con la ilegalidad.
Seamos claros: Greer no vino a negociar el T-MEC porque las condiciones ya no se dictan en una mesa de comercio exterior, sino en el Consejo de Seguridad Nacional en Washington.
La ambigüedad del discurso oficial funciona hoy como un escudo frágil frente a una presión que ya se respira densa en los pasillos del poder. Pensar que se puede encapsular la crisis de seguridad en una burbuja para salvar la relación comercial es una ingenuidad que el país puede pagar muy caro. Afuera, la terca realidad geopolítica nos está rebasando, y esas sillas vacía en Palacio Nacional ya no son un olvido de oficina; es el prólogo silencioso de una tormenta que apenas comienza.
Para la historia inmediata!
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