REVISTA R, Cd. de México (12 julio 2026)
Ucrania: una guerra distinta/Denise Dresser
En Kyiv, la guerra no se siente sólo cuando comienzan a sonar las sirenas cada noche. Se siente instalada como un estado permanente de ansiedad colectiva. Se percibe en la forma en que los habitantes de Kyiv interrumpen una conversación para mirar el teléfono celular cuando llega una nueva alerta del gobierno; en los hoteles donde, antes de entregarte la llave de la habitación, te explican dónde se encuentra el refugio antiaéreo; en las estaciones de metro que se han vuelto refugios improvisados. También se escucha en la recomendación que todos repiten apenas llegas a la ciudad: si no alcanzas a llegar a un refugio, procura permanecer detrás de dos paredes interiores, porque entre más concreto haya entre tu cuerpo y la calle, mayores serán tus probabilidades de sobrevivir si un misil o un dron impactan el edificio.
He llegado a Ucrania en uno de los momentos más difíciles desde el inicio de la invasión rusa. Durante las últimas semanas Moscú ha intensificado de manera dramática los ataques contra la población civil. En apenas un par de noches, cientos de drones Shahed, acompañados por decenas de misiles de crucero y misiles balísticos, fueron lanzados contra Kyiv y otras ciudades del país. Aunque Ucrania ha construido uno de los sistemas de defensa antiaérea más sofisticados del mundo, incluso esa red comienza a mostrar sus límites.
Los drones rusos suelen ser interceptados con relativa eficacia, pero los misiles balísticos, son mucho más difíciles de frenar. El resultado es visible en casi cualquier recorrido por la capital: edificios departamentales abiertos como si hubieran sido cortados por un cuchillo gigantesco, fachadas ennegrecidas por el fuego, iglesias dañadas, centros comerciales destruidos y decenas de civiles muertos, incluidos niños que dormían cuando los alcanzó la explosión.
La guerra nunca estuvo confinada exclusivamente al frente de batalla, pero algo parece haber cambiado en las últimas semanas.
Si antes Rusia concentraba buena parte de sus esfuerzos militares en el este del país, hoy la impresión es que existe una decisión deliberada de trasladar el terror al resto de Ucrania.
El objetivo ya no parece consistir únicamente en ganar territorio, sino en quebrar la voluntad de una sociedad exhausta después de más de cuatro años de conflicto. Convertir el sueño en un lujo. Convencer a la población de que ningún lugar es realmente seguro.
Lo comprendo con claridad cuando conozco a Artem. Hace apenas unos días un misil impactó el edificio donde vive con su esposa y sus hijos.
Caminamos juntos entre montañas de concreto pulverizado, ventanas arrancadas por la onda expansiva y muebles destrozados que todavía sobresalen entre los escombros. El departamento situado encima del suyo prácticamente desapareció; toda la estructura superior quedó reducida a una enorme cavidad abierta hacia el cielo. Artem señala después lo que quedaba de su propia recámara.
Ahí estaba la cama donde dormía con su esposa. Ahí estaba el techo que ya no existe. Si hubieran permanecido unos minutos más en ese lugar, me dice con una serenidad que sólo puede producir el shock, probablemente no estaríamos teniendo esta conversación.
Lo que les salvó la vida fue recorrer apenas unos metros hasta el pasillo interior del departamento. Cuando sonó la alarma hicieron lo que cualquier habitante de Kyiv ha aprendido a hacer casi de manera automática: alejarse de las ventanas y buscar un espacio protegido por dos paredes. Esa regla elemental de supervivencia —dos paredes entre uno y la calle— terminó marcando la diferencia entre la vida y la muerte.
Mientras conversamos, Artem no habla con rabia. Habla con incredulidad. Todavía le cuesta aceptar que una decisión aparentemente tan insignificante como caminar hacia un pasillo haya permitido que él, su esposa y sus hijos sigan vivos.
Durante los últimos días he empezado a incorporar esas mismas rutinas. Poco después de la medianoche suenan las alertas en todos los teléfonos celulares. La aplicación oficial del gobierno anuncia el ingreso de drones rusos al espacio aéreo ucraniano, señala la dirección desde la que avanzan y advierte cuáles podrían ser sus objetivos.
Entonces el hotel comienza a vaciarse lentamente. Los huéspedes descienden al refugio subterráneo, un espacio acondicionado con filas de catres, algunas almohadas, cobijas, café instantáneo y botellas de agua. Nadie conversa demasiado. Algunos intentan dormir; otros siguen la trayectoria de los drones en sus teléfonos mientras, a la distancia, comienzan a escucharse las explosiones provocadas por las interceptaciones o por los impactos que logran atravesar la defensa antiaérea.
Las noches se vuelven una larga espera. No es el estruendo lo que termina desgastando más, sino la incertidumbre. Nadie sabe cuánto durará el ataque ni dónde caerá el siguiente misil. Las horas transcurren lentamente hasta que finalmente aparece un nuevo mensaje del gobierno anunciando el fin de la alerta. Todos regresan entonces a sus habitaciones para intentar dormir unas cuantas horas antes de que amanezca. Hay un detalle que me sorprende desde la primera noche. Todos esos mensajes oficiales concluyen con la misma frase: May the Force be with you. Que la Fuerza esté contigo. La despedida tomada de Star Wars se ha convertido aquí en una forma de transmitir ánimo a una población que vive bajo bombardeos constantes. Al principio provoca una sonrisa. Después uno entiende que incluso el humor forma parte de las estrategias de resistencia.
Pero la pregunta inevitable es por qué. ¿Por qué esta nueva oleada de ataques precisamente ahora, cuando la guerra entrará ya en su quinto año? La respuesta comienza, paradójicamente, hace dos años, cuando vine por primera vez a la Conferencia sobre Seguridad Europea de Yalta. Entonces encontré a un Volodímir Zelensky exhausto, recorriendo foro tras foro para convencer a Europa y a Estados Unidos de que Ucrania necesitaba más armas, más municiones y más apoyo político. La gran esperanza era la contraofensiva destinada a romper el corredor terrestre que une a Rusia con Crimea y recuperar parte del Donbás ocupado. Esa ofensiva nunca produjo los resultados esperados. Las líneas del frente apenas se movieron y Rusia demostró que estaba dispuesta a seguir sacrificando hombres y recursos con tal de prolongar una guerra de desgaste.
A esa realidad militar pronto se sumó un cambio político igualmente decisivo. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca transformó por completo el cálculo estratégico de Kyiv.
Durante la campaña Trump prometió que pondría fin a la guerra en cuestión de días, pero una vez en el poder la presión se dirigió principalmente hacia Ucrania.
Zelensky fue instado repetidamente a aceptar concesiones territoriales, a negociar desde una posición de debilidad e incluso a vincular el apoyo estadounidense con acuerdos económicos relacionados con minerales estratégicos. La reunión confrontacional en la Oficina Oval, donde Trump lo reprendió públicamente asegurando que Ucrania "no tenía cartas" para negociar mientras J. D. Vance cuestionaba incluso su manera de vestir, fue interpretada aquí como mucho más que un incidente diplomático.
Representó el momento en que Ucrania comprendió que ya no podía depender del respaldo estadounidense como había ocurrido, aunque de manera insuficiente y tardía, durante la administración Biden. Y que tampoco podía seguir dependiendo del apoyo intermitente de Europa.
Fue entonces cuando comenzó a gestarse una transformación silenciosa. Si Ucrania no podía producir más tanques que Rusia, ni competir con su capacidad industrial, ni igualar la disposición del Kremlin para sacrificar decenas de miles de soldados en una guerra de desgaste, tendría que modificar las reglas mismas del conflicto. Tendría que encontrar una manera de compensar con innovación tecnológica aquello que le faltaba en hombres, recursos y tiempo. En lugar de seguir peleando la guerra que Rusia quería librar, decidió inventar otra.
Ese cambio es visible hoy en prácticamente todos los niveles de la defensa ucraniana.
No se trata únicamente de producir más drones, sino de reorganizar el ejército entero alrededor de ellos.
En muy pocos años Ucrania ha construido una industria militar que no existía antes de la invasión. Han surgido cientos de pequeñas empresas dedicadas a fabricar vehículos no tripulados, software, sistemas de navegación, sensores, radares, inteligencia artificial y plataformas robóticas.
El gobierno creó incluso una rama específica de las fuerzas armadas, las Unmanned Systems Forces, dedicada exclusivamente a coordinar operaciones con vehículos no tripulados en tierra, aire y mar. La guerra que comenzó pareciéndose a las trincheras de la Primera Guerra Mundial empieza ahora a parecerse a una película de ciencia ficción.
Comprendo el alcance de esa transformación cuando viajo a un campo de entrenamiento en las afueras de Kyiv. Esperaba encontrar una base militar convencional: hangares, columnas de vehículos blindados, filas interminables de soldados marchando.
En cambio, llego a un terreno rodeado de árboles donde un pequeño grupo de hombres trabaja alrededor de una camioneta adaptada como centro móvil de operaciones.
Sobre varias mesas descansan lo que a primer vista parece juguetes de niños.
Se asemejan a aparatos recreativos, el tipo de artefactos que cualquiera compraría para tomar fotografías aéreas durante unas vacaciones. Resulta difícil creer que objetos tan pequeños estén modificando el equilibrio estratégico de una guerra que definirá el futuro de Europa.
El instructor comienza a explicar el ejercicio del día. La misión consiste en entrenar operadores capaces de detectar y derribar drones Shahed, de fabricación iraní, que Rusia utiliza masivamente para atacar ciudades ucranianas. Los participantes observan varias pantallas donde aparecen mapas, radares, trayectorias de vuelo y datos transmitidos en tiempo real. El operador recibe información sobre la ubicación aproximada del objetivo y, a partir de ella, guía un dron interceptor hasta encontrarlo en el aire. Todo ocurre a una velocidad extraordinaria. Los ojos apenas alcanzan a seguir el movimiento de las manos sobre los controles mientras en la pantalla aparecen nuevos datos, nuevas coordenadas y nuevas instrucciones.
Lo que más me sorprende no es la sofisticación tecnológica, sino el ambiente que rodea al entrenamiento. No hay solemnidad. No hay rigidez militar. Mientras unos revisan algoritmos de navegación y calibran sensores, otros reparten barras de Snickers, y rebanadas de pizza. Se hacen bromas constantemente.
Alguien lanza un comentario irónico sobre la puntería del operador. Otro responde con una carcajada. Durante unos minutos parecería que se trata de un grupo de ingenieros preparando una competencia universitaria y no de soldados entrenándose para defender una ciudad bombardeada casi todas las noches.
Después llega el momento del despegue. Uno de los drones es lanzado manualmente hacia el cielo con un movimiento que recuerda más al lanzamiento de un avión de papel que al inicio de una operación militar.
Los operadores siguen su trayectoria desde las pantallas instaladas dentro de la camioneta mientras el aparato desaparece rápidamente entre las nubes. Cuando concluye la práctica, despliegan un pequeño paracaídas que permite recuperarlo para reutilizarlo en el siguiente ejercicio. Todo está pensado para ahorrar recursos. Aquí cada dron cuenta. Cada batería cuenta. Cada minuto de entrenamiento cuenta.
Mientras observo la operación pienso en el enorme contraste entre esta escena y las imágenes tradicionales de la guerra que todos llevamos en la cabeza. Durante décadas asociamos el poder militar con portaaviones, cazabombarderos, divisiones acorazadas y enormes complejos industriales. Aquí el poder adopta otra forma. Cabe dentro de una mochila. Se fabrica en pequeños talleres distribuidos por todo el país. Puede modificarse en cuestión de horas gracias a una impresora 3D. Incorpora programas de inteligencia artificial que reciben actualizaciones constantes porque la tecnología cambia casi al mismo ritmo que cambian las tácticas del enemigo.
Uno de los comandantes me explica que la evolución ocurre a una velocidad difícil de imaginar para cualquier ejército convencional. Un modelo de dron puede volverse obsoleto en apenas unas semanas porque Rusia logra desarrollar nuevos sistemas de interferencia electrónica; inmediatamente los ingenieros ucraní modifican el software, cambian la frecuencia, sustituyen componentes y vuelven a probar el aparato. Días después Rusia responde con otra respuesta ante el nuevo armamento ucraniano. Entonces el ciclo comienza nuevamente.
"Es una competencia permanente entre cerebros", me dice. "Quien deja de innovar durante un día, pierde."
Empiezo a entender que esta guerra ya no puede medirse únicamente por kilómetros conquistados o perdidos en el mapa del Donbás.
También se libra en laboratorios improvisados, en pequeños talleres, en universidades, en empresas tecnológicas que colaboran directamente con el ejército y en lugares como éste, donde un puñado de jóvenes con computadoras portátiles intenta resolver, mediante algoritmos y sensores, problemas que antes requerían escuadrones completos de aviación.
No es casual que muchos de los hombres y mujeres que hoy entrenan aquí hayan trabajado antes como programadores, diseñadores de videojuegos, ingenieros, emprendedores tecnológicos, o simplemente voluntarios de cualquier profesión, deseosos de participar e innovar.
La inteligencia artificial dejó de ser únicamente una herramienta para mejorar motores de búsqueda o recomendar películas. Aquí decide quién detecta primero al enemigo, quién intercepta un misil, quién sobrevive hasta el día siguiente.
Mientras los veo trabajar recuerdo algo que varios funcionarios ucranianos me repetirán durante esta visita. Rusia todavía posee superioridad numérica en soldados, artillería y misiles. Pero Ucrania apuesta a otra ventaja: convertirse en el laboratorio donde está naciendo la guerra del siglo XXI. Y quizás esa sea la paradoja más inquietante de todas. El país que lucha desesperadamente por resistir la agresión rusa está terminando por enseñar al resto del mundo cómo serán las guerras del futuro. Innovar significa sobrevivir.
El hombre que dirige el entrenamiento rompe de inmediato con cualquier imagen convencional de un instructor militar.
No es un oficial de carrera ni un veterano formado en alguna academia castrense. Durante el día construye casas. Es contratista, dirige obras, supervisa albañiles, calcula materiales y entrega proyectos. Cuando termina su jornada, maneja hasta este campo en las afueras de Kyiv y dedica prácticamente todas las noches a entrenar, de manera voluntaria, a pequeños grupos de soldados para operar drones interceptores. No recibe un salario por hacerlo. Tampoco busca reconocimiento.
Cuando le pregunto por qué invierte tantas horas en una actividad que exige paciencia, disciplina y una enorme responsabilidad, me responde como si la respuesta fuera obvia. "Porque éste es mi país."
Su historia termina siendo una metáfora de la Ucrania que encuentro en este viaje. La defensa del país se ha convertido en un ecosistema donde todos cumplen una función distinta pero complementaria. El Ministerio de Defensa identifica necesidades operativas; cientos de empresas privadas diseñan y producen drones, sensores y programas de inteligencia artificial; universidades desarrollan nuevas tecnologías; fundaciones recaudan recursos para financiar proyectos que el Estado no alcanza a cubrir; voluntarios organizan campañas para comprar equipo; ingenieros abandonan temporalmente sus empleos para resolver problemas técnicos del frente, y ciudadanos como este constructor entregan sus noches para transmitir el conocimiento acumulado a quienes, unos días después, estarán intentando derribar drones rusos sobre Kyiv o protegiendo alguna ciudad cercana al frente.
La guerra ha terminado por difuminar la línea entre lo civil y lo militar. Defender a Ucrania ya no es únicamente tarea del ejército. Es una responsabilidad distribuida entre miles de personas que continúan viviendo vidas aparentemente ordinarias mientras, al mismo tiempo, participan en un esfuerzo colectivo extraordinario.
Mientras observo al instructor corregir con paciencia la posición de las manos de uno de los operadores, explicar por qué un cambio de apenas unos grados puede determinar el éxito o el fracaso de una intercepción, pienso que esa capacidad de movilizar el talento disperso de toda una sociedad quizá sea una de las razones más profundas por las que Ucrania ha logrado resistir mucho más tiempo del que casi todo el mundo anticipaba en febrero de 2022.
Rusia posee más soldados, más misiles y una capacidad industrial incomparablemente superior. Ucrania, en cambio, ha aprendido a convertir a programadores, arquitectos, diseñadores, constructores, empresarios y universitarios en piezas de una misma red de innovación. Y es precisamente esa red, tan descentralizada como resiliente, la que hoy está cambiando la naturaleza de la guerra.
Al salir del campo de entrenamiento entiendo que no he asistido únicamente a una práctica militar. He presenciado el nacimiento de una manera distinta de hacer la guerra. Mi amiga, la extraordinaria periodista ucraniana Nataliya Gumenyuk, la llama en el libro que está escribiendo La revolución de los drones: cómo Ucrania cambió la guerra en el mundo. El nombre es preciso. Lo que está ocurriendo aquí no consiste simplemente en incorporar una nueva arma al campo de batalla. Supone una transformación completa de la manera de concebir el combate, de organizar un ejército y de relacionar la tecnología con la supervivencia de un país.
Durante décadas las guerras se definían por la capacidad de producir más tanques, más aviones, más artillería y más soldados que el adversario. Ucrania comprendió muy pronto que jamás podría competir con Rusia bajo esas reglas. Lo único que podía hacer era cambiarlas. Sustituir la masa por la inteligencia, la lentitud burocrática por la innovación permanente, la rigidez de las jerarquías militares por estructuras mucho más horizontales y flexibles.
"Los robots deben pelear las guerras, no los humanos", me dice una de las dirigentes de una fundación dedicada al desarrollo tecnológico para la defensa. No lo plantea como una aspiración futurista, sino como una necesidad inmediata. Cada dron que intercepta otro dron representa un soldado menos expuesto, una vida menos perdida, una familia que quizá no tendrá que recibir la noticia de una muerte en el frente.
La transformación va mucho más allá de la tecnología. También ha cambiado la manera de tomar decisiones. Varios de los responsables del ecosistema de defensa me explican que al inicio de la invasión una decisión operativa podía tardar entre siete y veinticuatro horas en recorrer la cadena de mando.
Hoy, gracias a la integración entre operadores, ingenieros, inteligencia artificial y sistemas digitales, muchas de esas decisiones se toman en cuestión de minutos. La velocidad se ha convertido en un arma. También el bajo costo, la capacidad de adaptar un diseño de un día para otro, de modificar un algoritmo en cuestión de horas, de responder así a cada agresión rusa.
En esta guerra, quedarse inmóvil equivale a quedarse atrás.
Por eso cada vez son más los estrategas militares occidentales que miran hacia Ucrania no sólo con solidaridad, sino también con humildad.
Durante la más reciente reunión de la OTAN varios participantes comentaban que la pregunta ha dejado de ser si Ucrania necesita a la Alianza Atlántica. La interrogante empieza a invertirse: ¿hasta qué punto la OTAN necesita aprender de Ucrania? Oficiales ucranianos han participado en ejercicios conjuntos con ejércitos occidentales y su experiencia acumulada en combate real ha sorprendido incluso a militares con décadas de entrenamiento.
Ningún país aliado ha peleado una guerra de esta intensidad utilizando de manera tan masiva drones, inteligencia artificial, guerra electrónica y sistemas autónomos. Ucrania, obligada por las circunstancias, se ha convertido en el laboratorio donde se está escribiendo buena parte del manual de los conflictos del siglo XXI.
Ese cambio también empieza a modificar la posición internacional del país. Cuando recientemente Irán lanzó drones y misiles contra varios países del Golfo, Ucrania ofreció compartir la experiencia acumulada durante años interceptando precisamente drones Shahed, desarrollados en Irán y utilizados sistemáticamente por Rusia. El país que durante tanto tiempo fue visto únicamente como una víctima comenzó a ser percibido también como un exportador de conocimiento estratégico. No sólo pide ayuda. También tiene algo que enseñar. La paradoja resulta extraordinaria.
Cuatro años de guerra, destrucción y sufrimiento han obligado a Ucrania a innovar más rápido que casi cualquier otro ejército del mundo.
Lo ha hecho porque no tenía alternativa. Porque cada error cuesta vidas. Porque cada agresión rusa obliga a encontrar una respuesta distinta.
Mientras tanto, Rusia continúa enviando miles de soldados al frente, a un costo cada vez mayor. Un estudio reciente del historiador Peter Frankopan, publicado en la revista Foreign Policy, advierte sobre la extraordinaria vulnerabilidad de soldados rusos que son desplegados a las zonas de combate más intensas, donde la combinación de drones, sensores y municiones de precisión ha reducido drásticamente la expectativa de vida: de 20 a 35 minutos.
Esa nueva realidad ayuda a explicar —según varios analistas con los que converso— la creciente decisión del Kremlin de intensificar la guerra hacia la población civil. Si el frente se ha vuelto más costoso y más difícil, y Ucrania ya ha comenzado a bombardear infraestructura dentro de Rusia, el terror sobre las ciudades aparece como otra forma de represalia, de terror.
Mientras termino de escribir estas líneas vuelve a sonar la alerta en mi teléfono. El mensaje anuncia la aproximación de un nuevo ataque masivo sobre Kyiv.
Casi al mismo tiempo comienzan a escucharse las sirenas. Cierro la computadora, tomo la mochila que ya permanece lista junto a la cama y desciendo otra vez al refugio subterráneo del hotel. Sé que pasaré otra noche intentando dormir sobre un catre improvisado, esperando el mensaje oficial que anuncie el final del peligro. Pienso entonces que, para mí, esta incomodidad terminará en unos días, cuando aborde el avión de regreso a México. Para los ucranianos, en cambio, constituye la normalidad desde hace más de cuatro años.
Y, sin embargo, en ninguna de las personas con las que he hablado encuentro resignación. Encuentro cansancio, sí. Dolor. Incertidumbre. Pero también una determinación difícil de describir. Nadie desarrolla drones, perfecciona algoritmos, organiza fundaciones o dedica todas las noches a entrenar voluntarios por entusiasmo tecnológico. Lo hace porque sabe que detrás de cada innovación hay algo infinitamente más importante: la supervivencia.
Como me dijo uno de los ingenieros antes de despedirnos: "Estoy peleando esta guerra ahora de forma distinta porque no quiero convertirme en un refugiado. Estoy diseñando drones porque no me quiero quedar sin país".
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