Los espejismos del archivo y la sombra de un colega
Por Fred Alvarez Palafox
El suelo firme sobre el que caminamos los periodistas se siente hoy extrañamente movedizo, casi líquido. Atravesamos tiempos donde la realidad se disputa entre píxeles y algoritmos; lo que hoy nos venden como primicia suele ser apenas una pieza de orfebrería digital —un artilugio de la inteligencia artificial— diseñada para el engaño. ¡Cuidado!
Me llega información certera que desarma el cuento: la nota de Edmundo Cázarez existe, es real, un trabajo publicado en dos entregas aquel 3 y 4 de agosto de 1999. Pero el rigor manda: nunca fue portada. Y ese tal Edgar González, aunque tenga nombre y existencia —lo conozco—, es un espectro ajeno a la autoría de tales líneas. No es un error fortuito; es, sospecho, el preludio de una embestida sistemática.
Ante este panorama, no queda más que mirar con lupa, leer entre líneas y mantener la guardia en alto.
La reciente disculpa pública de El Universal hacia la familia de Carlos Monsiváis y sus lectores ha terminado por remover las aguas de mi propia memoria. Reconocer que aquella entrevista —que Cázarez sostuvo siempre como verdad absoluta— carece de sustento documental, es mucho más que un ajuste de cuentas editorial; es el diario sacudiéndose el polvo y descargando el peso de la responsabilidad sobre los hombros del reportero.
Sin embargo, la cinta existe. Ahí está la fotografía de Edmundo con Carlos, con la grabadora sobre la mesa, testigo mudo de un encuentro que hoy pretenden borrar. La entrevista, editada y publicada en El Sol de México, existió; he tenido ante mis ojos la evidencia impresa. Respeto la forma de entrevistar de Edmundo, pero yo, en lo personal, no hubiera publicado esos comentarios aunque me los hayan dicho y aunque tuviera las pruebas; los considero parte de la vida privada de las personas, es un asunto de ética.
Quienes hoy la tildan de invento absoluto se equivocan por omisión. El problema no es que la entrevista fuera inexistente, sino la sombra que ha terminado por devorarla. Edmundo, a pesar de tener la prueba, ha optado por el silencio. Hay miedo, hay amenazas de por medio y, desde ayer, el teléfono simplemente no contesta.
Conozco a Edmundo desde hace un par de años, y en todo este tiempo, lo que me ha confiado ha sido siempre la verdad. Conozco bien su paso por las aulas de la Carlos Septién y su cercanía intelectual con el maestro Alejandro Avilés; guardo en la memoria aquella historia de cuando concursó por el premio de los 64 mil pesos en los años 70. Logró llegar a los 32 mil, y aunque el premio mayor se le escapó, a cambio se ganó la amistad de Luis Echeverría Álvarez. La historia es interesante.
Hoy, a Edmundo lo han borrado; lo han dejado prácticamente fuera del periodismo. Me pregunto qué habitará hoy en su silencio, en ese rincón donde descansan los registros que probablemente nunca verán la luz.
¿Se asoma acaso el fin de una trayectoria, o habrá espacio para una disculpa genuina? Queda la duda de si la familia buscará la reparación del daño ante los tribunales, o si esto quedará, como tantas historias en nuestro México, sepultado por el peso de un silencio impuesto.
La raza es dura, dicen. Y en este oficio, a veces, la dureza es lo único que nos queda para no desaparecer entre tanto ruido digital.
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