18 nov 2007

Surge nuevo partido en Italia

Silvio Berlusconi anunció la creación de un nuevo instituto político el 'Partido del pueblo italiano para la libertad'.
En una rueda de prensa improvisada en medio de la céntrica plaza San Babila milanesa, anunció su última iniciativa: "aquí nace oficialmente el nuevo gran partido del pueblo italiano, un partido abierto a todos y contra la vieja política".

La nueva formación política en la cual se fundirá su partido actual, Forza Italia.
El ex presidente del Gobierno deseó que "haya una gran adhesión, ninguno está excluido a esta nueva criatura", que añadió "será la protagonista de la democracia en los próximos decenios".
La sorprendente decisión de Berlusconi puede haberse acelerado después de los últimos ataques de sus aliados en la coalición, 'La Casa de las Libertades', que criticaron su estrategia para acabar con el Gobierno.
Además, la creación de esta nueva formación es la respuesta de Berlusconi al nacimiento del 'Partido Demócrata', que fusionó los partidos más importantes del centroizquierda, y a su líder, el alcalde de Roma, Walter Veltroni.
Berlusconi abrió hoy la puerta a todos para que formen parte de su nuevo proyecto pero sus principales aliados en las Casa de las Libertades ya habían manifestado su oposición a reunirse en un partido único.
Berlusconi anunció su desembarco en política con la creación de Forza Italia en diciembre de 1993 con una espectacular campaña mediática, y en pocos meses obtuvo una aplastante victoria frente al centroizquierda en las elecciones de marzo de 1994.
Ahora, para el nacimiento de su criatura ha elegido sorprendentemente una improvisada rueda de prensa, en medio de una plaza milanesa, rodeado de periodistas y con el fondo de los coros de sus aguerridos seguidores.
Berlusconi anunció que se han recogido 7 millones de firmas para acabar con el Gobierno y convocar elecciones anticipadas. Bajo el lema 'Firma también tú para volver a votar', Forza Italia instaló desde el pasado viernes 10.000 mesas en las principales ciudades italianas para la recogida de adhesiones contra el Gobierno

Íngrid vive; Chávez

Hugo Chávez asegura que Íngrid Betancourt está viva.
"Estoy seguro de que Ingrid está viva aun cuando no tengo una prueba material, un video, una grabación", dijo al ser preguntado por los periodistas, al margen de la cumbre de la OPEP en Riad, Arabia Saudita.
"Ayer recibí un mensaje de Marulanda -Jefe de las Farc- diciendo que confíe en su palabra", precisó Chávez.
El comandante venezolano aseguró que Marulanda (Tirofijo) le pidió "que le transmita lo que le voy a transmitir mañana al presidente (francés Nicolas) Sarkozy: Ingrid está viva y aspiramos a que pronto esté libre".

Betancourt, ex candidata presidencial colombiana de 45 años, fue secuestrada por las Farc en febrero de 2002. Sarkozy convirtió su liberación en una de las prioridades de su mandato, iniciado el pasado mayo.
Chávez había señalado varias veces que deseaba llevar una prueba de vida de la rehén en su viaje a París.
Las Farc exigen el canje de unos 45 rehenes -entre los cuales Ingrid Betancourt y tres estadounidenses- contra 500 rebeldes encarcelados.
Chávez partirá el domingo de Riad a Teherán y el lunes abandonará Irán con destino a Francia.

Como mediador, Chávez inició conversaciones con las Farc que podrían culminar en un encuentro con Marulanda. "Tengo muchas esperanzas de que se pueda concretar esa reunión y que sea el detonador de un vasto canje de prisioneros", dijo Chávez a Le Figaro.
Las Farc exigen la desmilitarización de los municipios de Florida y Pradera como paso previo a cualquier intercambio humanitario.

Los familiares de Ingrid han manifestardo “grandes esperanzas” de obtener una prueba de que ella está viva durante la visita que el presidente venezolano, Hugo Chavez, hará mañana a París.
Editorial de El Tiempo, 18/11/2007;
Ojo al Ecuador
18 de Noviembre de 2007. Redactor de EL TIEMPO.

Tanta dedicación a Venezuela no debe descuidar la manera como nuestro vecino del sur padece los efectos del conflicto colombiano.
Mientras la atención nacional se concentra en Venezuela -en su histriónico líder, las reuniones del intercambio humanitario, el paso de las Farc y del Eln por Caracas y el futuro del comercio bilateral- una declaración del Ministro de Defensa ecuatoriano ha venido a recordar que, al sur, Colombia tiene un vecino que amerita mucha más atención y cuidado que los que hasta ahora se le han dedicado.
"El Ecuador no limita al norte con Colombia, sino con las Farc y el Eln." La frase del ministro Wellington Sandoval es fuerte, poco diplomática y parece no tener en cuenta que en esa frontera hay apostadas cerca de cinco mil unidades militares colombianas y permanentes operaciones aéreas y fluviales. Pero tampoco se puede negar una realidad inocultable: el hermano país no linda con un vecino normal, sino con uno sacudido en la frontera por un conflicto armado de inmensos costos humanitarios.
La evidencia más prominente son las 250 mil personas, casi todas colombianas, que el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) considera en la órbita de su agencia. Compatriotas que han cruzado la frontera, en Putumayo y Nariño, huyendo de la violencia. Para una nación de escasos 14 millones de habitantes, este flujo tiene hondas y traumáticas dimensiones.
* * * *
Desde el año 2000, unos 50.000 se han registrado como refugiados (la mayoría no lo hace, por temor o desconocimiento) y casi 15.000 han sido reconocidos por el gobierno ecuatoriano. Solo en Lago Agrio, población en el otro lado del río San Miguel, se registran 230 por mes. La seguridad habrá mejorado; el Putumayo habrá pasado de 60 mil a 8 mil hectáreas de coca entre el 2001, cuando empezó el Plan Colombia, y el 2007; parte de los paramilitares se habrá desmovilizado, pero el costo de ese esfuerzo por recuperar la soberanía en la frontera ha sido, en parte, el flujo de refugiados. Y el conflicto es guerra abierta en zonas del Putumayo y Nariño, donde Farc, Eln y nuevos 'paras' hacen de las suyas contra la población.
Este drama es la punta del iceberg del inmenso fenómeno del desplazamiento interno en Colombia. En un reciente informe, Acnur calcula que desde el 2004 ha habido una media de 200 mil desplazados cada año. Parte se convierten en refugiados, al cruzar una frontera internacional. La crisis de refugiados de Colombia en Ecuador es la mayor del hemisferio occidental. Pero llegan también a Panamá y Venezuela, a Costa Rica y otros países. En Colombia, son quizá las víctimas más invisibles. Poco se habla de ellos; no son preocupación prioritaria del gobierno colombiano, y en el país a donde llegan son los parias de los parias. Y no se puede desconocer que Ecuador ha tenido la conducta más consistente con la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados, al destinar presupuesto y una oficina especial de la Cancillería para atenderlos.
* * * *
Pero los refugiados del conflicto no son los únicos colombianos en Ecuador. Cientos de miles de compatriotas han migrado hasta allí en busca de mejor vida. Montan panaderías en Ibarra y tiendas en Santo Domingo; se rebuscan en Quito. Algunos cometen delitos y no pocas mujeres se ven obligadas a prostituirse. Pero, a diferencia de los que se han ido a Estados Unidos y Europa, son muy pobres, que llegan a un país pobre, con todas las tensiones que eso supone.
Y ya no es como antes. El término "hermano colombiano" ha dado paso a una discriminación creciente. Aunque se está lejos de hechos de xenofobia como los protagonizados recientemente contra una joven ecuatoriana en Barcelona, los síntomas están ahí. Y nada los agudiza más que tensiones entre los dos gobiernos como las que han marcado los últimos años.
Cruces de la frontera 'en caliente' por parte de militares colombianos; disputas por la fumigación aérea de coca en la franja limítrofe; acusaciones sobre campamentos de las Farc en suelo ecuatoriano y contrabando de explosivos; cruces masivos de colombianos que decían huir de las fumigaciones y llevaron al límite los recursos de Lago Agrio (octubre) y San Lorenzo (agosto), en ambos extremos de los 590 kilómetros de la raya fronteriza... son apenas algunos de los elementos de tensión en la relación bilateral. Es comprensible que el gobierno colombiano vea con preocupación la movilidad de las Farc a través de la frontera. Pero no es muy realista exigir a este vecino que participe en la lucha contra la guerrilla o culparlo por la porosidad de esos ríos y selvas.
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Lo más honesto y productivo para una buena relación ante tales dificultades es aceptar que el problema se origina en Colombia y no en Ecuador. El conflicto armado, la coca, el narcotráfico, los desplazados que acaban refugiados, son todos de aquí, no de allá. Y el vecino ha tenido hasta ahora una actitud tolerante con migrantes económicos y refugiados. Ha diseñado el llamado Plan Ecuador, para atender las urgentes necesidades de desarrollo en su lado de la frontera, en la que mantiene un pie de fuerza de 7 mil hombres.
En suma, el Ecuador es víctima de los efectos del conflicto armado, y el gobierno colombiano no pierde nada con reconocerlo y traducirlo en una diplomacia acorde. Sin hablar de casi 250 mil compatriotas, por los cuales está todo por hacer.
editorial@eltiempo.com.co

Ibsen con Moisés Naím en Letras Libres


Tomado de Letras Libres NOVIEMBRE DE 2007; http://www.letraslibres.com/
Una conversación con Moisés Naím/Ibsen Martínez
El escritor y periodista venezolano Ibsen Martínez, dialoga con su paisano, el director de Foreign Policy sobre su libro Ilícito, (El profesor Ibsen además es dramaturgo y articulista de El Nacional de Caracas y colaborador regular de Letras Libres, El Malpensante, El País y Foreign Policy).
1
Un domingo, a fines de marzo de 1989, Moisés Naím, por entonces el joven ministro de Fomento en el gabinete del segundo mandato de Carlos Andrés Pérez, invitó a un grupo de amigos a un almuerzo en su casa de Caracas.
Justo un mes antes, cuando el nuevo gobierno aún no cumplía tres semanas en funciones, habían estallado los motines callejeros y saqueos conocidos desde entonces como el “Caracazo” y que duraron casi tres días con sus noches. La cifra de muertos, como en casi todo episodio de anomia destructiva en nuestras grandes ciudades, nunca podrá saberse con certeza.
Las muertes de las que, al cabo de un difícil proceso, la Corte Interamericana de Derechos Humanos responsabilizó directamente al gobierno venezolano suman unos cuarenta casos documentados. Fueron, en su mayoría, víctimas de la indiscriminada violencia represora por parte del Ejército y otros organismos de seguridad del Estado ante una contingencia que rebasó cualquier previsión.
Los informes oficiales de la época calculan 276 bajas, algunas ONG estiman alrededor de setecientas y otras versiones, ostensiblemente interesadas, hablan de hasta mil quinientos muertos.
En los años que siguieron, el Caracazo fue para los venezolanos algo así como nuestro caso Dreyfus: un inquietante y divisivo episodio del cual nunca llegó a ofrecerse un relato clarificador y que rompió el consenso nacional en torno a la perfectibilidad de nuestra democracia representativa que se pensaba modélica y alentó a los voceros de la antipolítica.
Esto último fue, a la larga, el factor decisivo para la insurgencia de Hugo Chávez al frente de la intentona militar de 1992 con que se instaló en la desencantada imaginación popular como el gran vengador salido de un cuartel para enderezar entuertos civiles.
Mirando hacia atrás, y sin ánimo de ofrecer una zanjadora explicación de aquellos acontecimientos, creo que lo justo sería decir que el Caracazo fue ni más ni menos que una espontánea jacquerie, muy sangrienta en verdad, pero en modo alguno una insurrección popular contra el FMI, el Consenso de Washington y la globalización.
Sin embargo, y aun sin líderes visibles ni consignas inflamantes ni más propósito que desfogar un descontento colectivo larvado entre los más pobres durante dos décadas de frustración, el Caracazo fue mostrado por los medios y los “analistas” como la prueba reina del fracaso de toda la clase política y como un veredicto de culpabilidad de la democracia representativa venezolana.
Poco faltó para que a los saqueadores de automercados, tiendas de electrodomésticos y licorerías se les asignara el rango de expertos en macroeconomía y derecho constitucional.
Lo sé bien porque en aquel entonces yo mismo formaba parte importante del coro: fue en tiempos de “Pérez, segunda parte” cuando escribí una telenovela que alcanzó gran audiencia nacional, algunos de cuyos personajes más recordados no hacían sino llevar agua al molino de la antipolítica.
En aquella telenovela todos los políticos eran cínicos, todos los empresarios estaban por el “Estado pequeño”, y por ello mantenían funcionarios corruptos en su nómina, y todas las transgresiones de la ley por parte de la “lumpenpobrecía” marginada estaban justificadas.
Durante la semana, como libretista de Por estas calles –que así se llamaba el culebrón–, yo hacía de agitador callejero; los domingos, en mi columna semanal de El Nacional, citaba a Alain Touraine o a Pierre Bourdieu al tiempo que atacaba sañudamente el desempeño de los miembros del gabinete económico de Pérez, muchos de ellos, como Naím, amigos personales.
Nunca fue tan fácil ser un “intelectual público” en Venezuela como en los años noventa. Pero volvamos al almuerzo en casa de Naím.
Me apresuro a decir que fui invitado a comer en calidad de amigo de la casa y no como parte del cotolengo de opinadores. El gabinete económico en pleno, el ministro de la Defensa, el ministro de la Secretaría de la Presidencia y no recuerdo ya quién más estuvieron presentes. Recuerdo, sí, que hablaban consternadamente de lo ocurrido en las semanas que siguieron al sorpresivo estallido social.
Cinco años atrás, Moisés Naím había coeditado con su colega Ramón Piñango una colección de trabajos que mostraban el agotamiento de nuestro modelo populista y la parvedad de ideas que había detrás de un quebradizo dispositivo de concertación de élites sindicales y privadas subsidiado por el petroestado.
El ensayo introductorio, un texto brillante que lleva la impronta inconfundible de Naím, dio título al libro que muy pronto se convirtió en best seller: El caso Venezuela: una ilusión de armonía (Caracas, 1984). En él se anticipaba un inexorable colapso político, económico y social que cobraba cuerpo por aquellos días.
El Caracazo y todo lo que siguió, incluyendo desde luego el vociferante populismo radical y autoritario de Chávez, vino a ser su corolario demostrativo de El caso Venezuela.
2
En marzo de 2006, justo 17 años después del Caracazo, visité a Naím en su casa de Bethesda, Maryland, y conversamos un buen rato sobre la familia de temas de que se ocupa en su libro Ilícito (Debate, 2006), y también de muchas otras cosas.
La nuez argumental de Ilícito es la de que en las décadas por venir “las actividades de las redes –ilícitas– del tráfico global y sus socios del mundo ‘legítimo’, ya sea gubernamental o privado, tendrán muchísimo más impacto en las relaciones internacionales, las estrategias de desarrollo económico, la promoción de la democracia, los negocios, las finanzas, las migraciones, la seguridad global; en fin, en la guerra y la paz, de lo que hasta ahora ha sido comúnmente imaginado”.
Ilícito comenzó a cobrar la forma de libro un día, en Milán, en que Naím entabló conversación con un vendedor callejero que pretendía venderle una cartera Prada de imitación. Quienes conocen personalmente a Naím saben cuán lejos puede llegar una vez puesto a hacer preguntas.
“El hombre estaba pagando una deuda contraída con quienes lo habían ingresado ilegalmente desde Camerún –narra Naím–. Días más tarde, en Nueva York, topé con otro emigrante ilegal africano que ofrecía una cartera idéntica.”
La complejidad de la operación saltaba a la vista: robar los diseños de Prada, obtener el cuero, producir masivamente las carteras y reclutar un ejército de trabajadores esclavos para venderlas a lo largo y ancho del planeta. Cada eslabón de la cadena era ilegal y no podía darse sin connivencia de muchos gobiernos.
“Mi interés en el comercio ilícito proviene de décadas de trabajo centrado en las sorpresas que ofrece la globalización. Este interés profesional se trocó en una fascinación personal por estos temas.”
Naím, que ostenta un doctorado por el Instituto Tecnológico de Massachusetts, abordó por primera vez esta familia de temas en su ensayo “Las cinco guerras de la globalización”, publicado en 2002 por Foreign Policy, la influyente revista que Naím dirige desde hace una década.
Dichas guerras son, según él, la guerra contra el narcotráfico y la guerra contra el tráfico ilícito de armas, la que se libra por la defensa de la propiedad intelectual, el combate contra el tráfico ilegal de seres humanos y la lucha contra el lavado de capitales. Han sido hasta ahora guerras perdidas por todos los gobiernos.
Los años noventa trajeron consigo, además de la revolución tecnológica en las comunicaciones y una ola de reformas macroeconómicas en todo el mundo, muchas de ellas acometidas a trancas y barrancas o, simplemente, dejadas a medio hacer, la incorporación al mercado global de sociedades hasta entonces cerradas como, por ejemplo, las naciones de Europa Oriental y de la desaparecida Unión Soviética. Lo hicieron con todo lo que tenían dentro: excedentes de sofisticado equipo militar, por supuesto, pero también un capital humano a menudo especializado en “sortear reglas” para sobrevivir y seguir funcionando en el “socialismo real”.
Ilícito logra poner en una perspectiva geopolítica sucesos tan aparentemente disociados entre sí como pueden serlo la red de importación-exportación de insumos y tecnología capaces de producir un artefacto nuclear “casero”, el cultivo de la mariguana transgénica y el contrabando de donantes vivos de riñones humanos, desde Brasil o África del sur, hasta el destino final: un paciente alemán asistido por corredores de órganos israelíes que comercian anónimamente en internet.
Mucho de lo que falla es la concepción que los gobiernos del mundo han adoptado para combatir un comercio estuporosamente real y exitosamente activo en ámbitos y jurisdicciones en los que conceptos como “frontera” y “soberanía” carecen ya de sentido.
La lectura del libro de Naím persuade al más renuente de que la globalización está ocurriendo cada día, que no es subproducto “reversible” de las prescripciones macroeconómicas del llamado Consenso de Washington ensayadas, bien o mal, por muchos países en los años noventa.
La mejor demostración de su existencia es el mero hecho de que las cinco grandes guerras contra el comercio ilícito se estén librando ferozmente allá afuera, mientras usted lee este texto. Y “los buenos” las siguen perdiendo.
3
Quise, en una de las vueltas de la conversación, conocer su idea de Washington, donde hoy día se tiene a Naím como una de las personalidades más influyentes del poblado. ¿Cuán cínica y encallecida puede ser esa ciudad de burócratas federales y sabiondos profesionales del cabildeo? “Ésa es una percepción sumamente extendida pero falsa –responde Naím–. La verdad es que en Washington funcionan decenas de think tanks que congregan a las mejores cabezas del mundo y no todas, ¡en absoluto!, hablan con la voz del Washington oficial. Eso hace de ella un lugar en extremo estimulante en el plano intelectual. Ha sido así para mí y lo sigue siendo.
”Otra idea muy extendida, sobre todo en Latinoamérica –prosigue–, es la de que todos los males que nos aquejan son ‘manufacturados’ en Washington. La verdad es que buena parte de nuestros problemas tienen que ver con decisiones tomadas por latinoamericanos en América Latina. Hay gente que aún cree que las crisis financieras mexicanas o argentinas tuvieron origen en decisiones tomadas en Washington.
”Desde luego, hay una larga historia de malhadadas intervenciones estadounidenses en nuestro continente, como lo fue el despropósito cometido contra el gobierno de Allende, o el inconducente embargo económico a Cuba. Es, de verdad, sumamente fácil elaborar una lista de estupideces y de decisiones contraproducentes tomadas en Washington. Pero ni siquiera esa lista de tonterías puede explicar la magnitud de los fracasos de América Latina. Muchos de los problemas, si no todos, de la región son ‘hechos’ en Caracas, en Buenos Aires o São Paulo por latinoamericanos con poder decisorio.”
Fundada en 1970 por Samuel Huntington y Warren Demian Manshel, su formato original, de diseño avanzado y elegante, estaba a mitad de camino entre una libreta y un libro de bolsillo. Desde 1980 su editor jefe fue el distinguido Charles William Maynes, quien llevó a Foreign Policy a indiscutidos niveles de excelencia y prestigio. En 1996, tras la renuncia de Maynes, el Carnegie Endowment for International Peace, propietario de la revista, decidió abrir concurso para cubrir la plaza del editor. Se nombró un exigente comité de selección en que figuraban personalidades como Thomas Friedman y Stephen Wolf. Los postulantes debían enviar un memorando respondiendo a la pregunta: “¿Qué haría usted con esta revista si fuese su director?”
“Yo había sido miembro de la junta directiva del Banco Mundial durante dos años –recuerda Naím–, y para 1996 era asesor de la presidencia del banco. Fue entonces cuando me enteré de la apertura del concurso de Foreign Policy.”
Naím no fue nunca un buen alumno en la secundaria, aunque sí un lector voraz. “Leía todo lo que se pusiera a mi alcance: hasta los avisos que publican en la prensa las directivas de las juntas de condominio. Desde aquella época mi cabeza está llena de textos de publicidad, de datos extravagantes leídos en cualquier parte, de la letra pequeña de los envases de los productos farmacéuticos. Tengo tanta trivialidad acumulada que ya no me sorprende que emerja de pronto, mientras pienso o escribo, algún dato irrelevante que creía olvidado. También leía literatura. Casi exclusivamente literatura. Fue sólo mucho después que me acerqué a los textos técnicos.”
En el colegio Herzl-Bialik, de Caracas, fue donde Naím dio con su vocación de escritor y editor: el diario escolar estaba a su cargo y dirigirlo era, quizá, lo único que le importaba. El concurso abierto por Foreign Policy obró como un llamado de la vocación.
“Una mañana, mientras trotaba, me dije: ‘¿Por qué no?’ Hice una llamada telefónica al Carnegie Endowment y pregunté si habría alguna objeción a que alguien que no fuera estadounidense dirigiera la revista. ‘En ninguna parte dice que no es posible’, fue la respuesta. Entonces me senté a escribir un memorando que aún conservo.”
Lo esencial del memorando de Naím era esto: el mundo se está globalizando; allá afuera hay un mercado potencial de lectores informados que nunca se describirían a sí mismos como gente interesada en la diplomacia y los tratados internacionales, pero sí en la manera en que el mundo está cambiando y en cómo eso afecta sus vidas. Un creciente número de personas forzosamente mostraría interés en los temas de la globalización en la medida en que ésta tocase a sus familias, sus empleos, sus carreras.
Propuso una revista que se alejara de la formulación habitual de, digamos, Foreign Affairs, y que pensara más allá, en esos lectores que no eran especialistas, lectores informados pero que todavía tenían interés por saber más. El resultado fue que lo pusieran en la lista corta de candidatos junto con notabilidades de las relaciones internacionales.
Luego de los encuentros personales, el comité de búsqueda se quedó con dos candidatos: un notable intelectual estadounidense y Naím. Pero había un problema con Naím: el mandato no era cambiar drásticamente el producto editorial, sino encontrar un director. “Consideren también a Naím”, fue la respuesta de la presidencia al comité de búsqueda. Al cabo, Naím obtuvo la plaza.
4
Adelanto el tema de las sabidurías convencionales porque, en casi todo lo que habla, escribe o pregunta Naím, se advierte una propensión a navegar a contracorriente de lo aceptado. Un ejemplo es el primer libro de Naím que alguna vez leí: Multinacionales: La economía política de las inversiones extranjeras (Caracas, Monte Ávila Editores, 1982). Un libro surgido de su disertación doctoral en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. “A fines de los setenta prosperaban ideas que propugnaban que los países en desarrollo debían limitar la entrada de las multinacionales porque ello tenía más consecuencias negativas que positivas.
”Mi tesis afirmaba, primero, que limitar la entrada de las multinacionales era, en sí mismo, una mala idea y, segundo, que aunque fuera una buena idea, los países en desarrollo no tenían capacidad de hacerlo. Unas burocracias estatales que a duras penas logran organizarse para recoger la basura o repartir el correo difícilmente podrían regular las complejas, intangibles operaciones financieras de una sofisticada red de empresas interconectadas y movidas por el lucro. Que sólo lograrían espantar la inversión extrajera, crear más corrupción y quedarse con todos los costos de las regulaciones.
”Desde luego, se trata de una idea que iba contra la sabiduría convencional de aquel entonces. Creo que, cuando uno escribe, el primer deber es no aburrir, y una manera muy potente de lograrlo es mirar cuáles son las ideas más queridas por los lectores... y reventarlas. Es lo que hago en la columna que publico en Foreign Policy. En ella siempre trato de mostrar con cifras, datos y lógica alguna conexión que presumo no es obvia. En esto tiene mucho que ver el estar consciente de que casi nadie lee. Y de que la poca gente que lee a menudo carece de tiempo para hacerlo y eso la hace cada vez más selectiva al utilizar su tiempo de lectura. A menos que los provoques argumentando agresivamente, pero con propiedad, contra ideas que esos lectores ‘quieren’ mucho, no van a leerte. Si eres aburrido o repites lo que otros han dicho no van a leerte. Siento la obligación de agregar valor.”
Le pregunto entonces si esa inclinación a aguar la fiesta de la sabiduría convencional es innata o adquirida. Responde que debe mucho a su paso por el mit. “El agresivo estilo del mit –responde–, donde, cuando afirmabas algo, otras diez personas le caían a palos a tu idea hasta demostrar que era falsa. O demostrar que era al menos sostenible. Sólo una idea que sobreviviera a tan enérgico proceso de disección y cuestionamiento tenía algún chance de ser buena. Aquello fue un shock para mí porque en nuestros países prevalece el hábito social de inhibir el choque de ideas. Lo que ocurre entre nosotros es que prevalecen ideas ‘polares’; ideas que no se hablan entre sí. Y con ello quiero referirme también a partidos políticos, grupos académicos, capillas literarias, universidades, etcétera. En su ‘polaridad’, las ideas no se dignan a confrontarse. Esto crea un ambiente que encuentro a la vez complaciente y bipolar: o bien unas ideas son rechazadas de plano por la tribu opuesta, o bien la tribu acoge y entabla ‘diálogo’ sólo con quien comparte de antemano las suyas.”
Con lo que llegamos a las preguntas sobre Latinoamérica. Hace un par de años escuché a Naím decir que al pensar en su país le acomete siempre una mezcla de “arrechera [‘coraje’] y tristeza”.
“Tristeza porque eso de que los pueblos se merecen los gobiernos que tienen es una gran mentira. No hay nada que los venezolanos hayan hecho que los haga merecedores de lo que hoy padecen. Si alguna vez cometieron un crimen, la desproporción entre el crimen y la pena es terrible. Siento arrechera de que Venezuela no sea mejor de lo que puede ser y siento nostalgia al no poder estar en mi país. Mis raíces son venezolanas, yo no me siento norteamericano. Me siento venezolano, latinoamericano.”
Le pregunto: ¿Cuánto pesa en tu modo de ver el mundo la experiencia de haber formado parte de un gobierno latinoamericano que intentó una reforma?
“Fue una experiencia fracasada. La idea de que el Estado subsidie plantas industriales que dan pérdidas y no disponga de dinero para medicinas no debió ser tan fácil de rechazar. Privatizar empresas ineficientes que procuran pocos empleos y ofrecen pésimos productos para dejar entrar al mercado mejores productos y que ello beneficie a muchos consumidores, en lugar de a dos o tres empleados y dos o tres accionistas de esa empresa, sigue siendo una idea en la que creo.
”Sin embargo –prosigue–, ni la sociedad venezolana ni el propio gobierno abrazó esas ideas. Articulistas influyentes escribieron en contra de todo ello y hasta se produjeron telenovelas denunciando la perversidad de aquello que intentábamos hacer. Aquel gobierno fracasó, pero junto con él fracasó una generación y una sociedad.
”El estallido [se refiere al Caracazo] fue llamado ‘social’. En Tigres de papel y minotauros muestro cómo hoy día pagamos en Venezuela más bien las consecuencias de una sociedad viciada por el petróleo y dirigida por élites políticas, mediáticas y académicas absolutamente miopes. Aquel gobierno ciertamente cometió errores garrafales, pero es bueno pensar que en aquel fracaso hubo también factores muy influyentes en los bancos, el sector privado y los sindicatos. El partido del gobierno fue el gran opositor a lo que se intentaba hacer.
”En el plano continental, constatamos la desintegración del continente respecto del resto del mundo. Un índice de globalización que hemos urdido en Foreign Policy mide los lazos que unen a unos países con otros. Toma en cuenta, desde el número de minutos de llamadas de larga distancia que salen y llegan a un país dado, hasta el número de visitantes extranjeros que llegan a él anualmente y por qué lo hacen. Es un indicador múltiple de vínculos globales que va más allá del comercio. El índice de FP muestra que cada año disminuye el número de vínculos de América Latina con el resto del mundo. Esto sólo en lo que atañe al nivel estadístico agregado; puedo ofrecer indicios más inmediatos: con frecuencia me llaman organizaciones que sostienen actividades mundiales. Becas, por ejemplo. Y se quejan de que los candidatos de América Latina son pocos y no competitivos.
”En el orden global, la región está subrepresentada en los doctorados de las universidades de primer orden, en el área de periodismo y en lo que atañe a libros publicados con impacto mundial. Quizá el latinoamericano más leído fuera de su esfera lingüística sea Paulo Coelho. Los organismos multilaterales se quejan de lo mismo: América Latina se está desconectando del mundo.
”Ni a ellos les interesa venir, y pronto nosotros no sabremos cabalmente quiénes son ellos.”

Furia xenófoba

Educación como antídoto de la ignorancia xenófoba/Juan A. Herrero Brasas, es profesor de Etica y Política Pública en la Universidad del Estado de California
Publicado en EL MUNDO, 16/11/2007;
Llama la atención que una serie de incidentes xenófobos ocurridos en los últimos meses han sido protagonizados por gente muy joven, y muy en particular los dos más recientes: el ataque a una menor ecuatoriana en Barcelona y el asesinato de un adolescente en el Metro de Madrid, tras una reyerta que se produjo en paralelo a la manifestación que habían convocado grupos de ultraderecha y neonazis en contra de los inmigrantes. Parece, además, que buena parte de quienes iban a la mencionada manifestación estaban en torno a los 15 o 16 años. ¿Cuál es el origen de semejante furia xenófoba en una gente tan joven?
No me cabe duda de que las causas de este fenómeno son múltiples, pero aun a riesgo de caer en un indebido reduccionismo quiero llamar la atención sobre lo que me parece una causa determinante: el desconocimiento por parte de esos jóvenes de nuestra Historia más reciente. No es cuestión de caer en la socrática ingenuidad de pensar que la raíz y explicación de todo crimen está exclusivamente en la falta de conocimiento (principio éste, por otra parte, en que parece basarse nuestro sistema jurídico, particularmente cuando el delincuente es un menor), pero pienso que en el caso concreto de la xenofobia de algunos jóvenes españoles un cuidadoso repaso en las aulas, o en los medios de comunicación, a la Historia social de España -particularmente en la segunda mitad del siglo XX- tendría positivos efectos terapéuticos.
Los jóvenes y adolescentes que se dejan arrastrar por la xenofobia pertenecen todos a la generación de la España rica. Muchos de ellos ni siquiera habían nacido cuando nuestro país entró en la Unión Europea, con la inmensa reticencia de muchos de nuestros vecinos, y ahora socios, que se temían que aquella España de Felipe González, con una elevadísima tasa de paro, les iba a inundar sus países de inmigrantes sureños. A España se le impuso inicialmente un periodo de siete años (que después quedaría ligeramente reducido) para el libre movimiento de trabajadores. Compárese eso con los dos años impuestos a países como Rumanía o Bulgaria.
Hablemos claro -a veces es necesario hacerlo, por duro que resulte-: los españoles no éramos precisamente objeto de deseo o admiración por parte de la Europa rica con que ahora tan complacientemente nos codeamos. Durante buena parte del siglo XX, el español era el inmigrante procedente de un país pobre y subdesarrollado, el sudaca de Europa, con la diferencia de que los latinoamericanos que vienen a trabajar a España ahora tienen un nivel educativo incomparablemente superior al de nuestros compatriotas que emigraban hace tan solo unas décadas. Y, por favor, que nadie me diga que el desprestigio de España se debía al régimen franquista, idea ésta muy extendida. Ello demuestra un tremendo desconocimiento de la Historia. España ha sido siempre un país comparativamente pobre, un país al que otros europeos ha mirado tradicionalmente con desprecio, casi diríase que como algo ajeno a la cultura europea. A Napoleón se le atribuye la famosa frase de que Africa empieza en los Pirineos.
Como extranjero -inmigrante-, muchas veces he tenido que soportar la mirada despectiva de tanto ignorante en Estados Unidos que piensa que todo lo spanish es tercermundista y de segunda categoría. Por ello me preocupa pensar que también en España puedan estar germinando actitudes similares.
El nuestro dejó de ser un país pobre y un país de emigrantes hace relativamente poco tiempo. La existencia en España de grupos neonazis que claman contra la inmigración me causa casi el mismo grado de estupefacción que la aparición de grupos neonazis en Israel que atacan a los judíos. Sin duda, el contagio de esas ideologías enfermizas entre los sectores más jóvenes de la población no se debe únicamente al desconocimiento de datos históricos, pero también es cierto que el conocimiento de los mismos contribuiría a moderar los aullidos de la arrogancia.
Los incidentes xenófobos que vienen teniendo lugar, al parecer muchos más de los que se publican en la prensa, algunos de ellos gravemente violentos, son, me temo, sólo la punta del iceberg, el síntoma ocasionalmente visible de un fenómeno que subterráneamente puede estar adquiriendo una fuerza insospechada. Por ello, es importante atajarlo cuanto antes.
Es necesario, por ejemplo, dejar de referirse a la inmigración como uno de los «problemas» que preocupan a los españoles. ¿Cómo puede considerarse un problema algo que ha beneficiado a nuestra economía tan extraordinariamente en la última década? ¿Qué actitudes o presunciones subyacen a semejante expresión?
Los economistas que trabajan en organismos de Naciones Unidas, así como los de importantes instituciones financieras españolas, coinciden en que nuestro país requiere un continuo flujo masivo de inmigrantes para mantener el actual ritmo de crecimiento económico. El auténtico problema para nuestra economía sería que dejaran de venir inmigrantes. Esta es la realidad, y es el mensaje que se debe airear vigorosamente para contrarrestar la influencia de las ideologías xenófobas.
Globalmente hablando, la inmigración hace una magnífica contribución a nuestra sociedad en todos los aspectos. Se trata de un fenómeno de dimensiones históricas que va a ayudar a situar a España en primera línea del mundo desarrollado. El inmigrante es un elemento dinámico, con ansias de prosperidad y generalmente con una enorme capacidad de sacrificio. Esa combinación de elementos es la fórmula del progreso.
Una idea de que los grupos xenófobos suelen hacer bandera es que el inmigrante quita puestos de trabajo a los españoles. El hecho es, sin embargo, como demuestran los numerosos estudios que se han realizado en los últimos años, que la inmigración genera superávit en el mercado de trabajo. Sin necesidad de entrar en explicaciones técnicas, basta ver el espectacular descenso de la tasa de paro que se ha producido en la última década en paralelo a la entrada masiva de inmigrantes.
El inmigrante, directa e indirectamente, genera puestos de trabajo -en última instancia, más de los que ocupa- porque desde el momento en que pone pie en España es, primero y ante todo, consumidor. Y es, además, un consumidor de primera categoría porque a España llega sólo con su maleta, y, por tanto, necesita establecer su hábitat partiendo de cero, es decir, tiene que comprarlo todo. Y también porque el inmigrante está ávido por mejorar rápidamente su calidad de vida, ávido de poseer todo aquello que era objeto de su deseo y que ahora está en condiciones de adquirir. A medio y largo plazo, todo eso constituye un poderoso empujón hacia delante para la economía.
La xenofobia no tiene justificación racional, y mucho menos el racismo. No hay país que no haya sido, históricamente hablando, construido por inmigrantes y por gentes de diferentes razas. Basta con que los españoles nos miremos al espejo. Sólo desde la más extraordinaria miopía o, en el caso de la gente más joven, la ignorancia y la cerrazón se puede sostener el discurso xenófobo.
El trabajo de grupos como el Movimiento contra la Intolerancia, liderado por Estaban Ibarra, es un excelente antídoto contra la ideología xenófoba que parece ir tomando cuerpo entre algunos sectores de la juventud. Conviene, por tanto, dar cuanta más cabida mejor a su discurso en los medios de comunicación y en el sistema educativo.
El objetivo es tener un país de personas tolerantes. Es decir, inteligentes.

Los límites del crecimiento

Prospectiva
Si los países con mayor tasa de fecundidad no impulsan políticas de planificación familiar, la población mundial podría superar los 13,000 millones de habitantes en 2050, dijo en una entrevista con la agencia EFE la directora del departamento de Población de la ONU, la mexicana Hania Zlotnik.
Esa cifra supone, según Zlotnik, 4,000 millones más que las previsiones actuales, por eso es "absolutamente necesario" que países con una fecundidad alta, con ratios de unos "cinco hijos por mujer" -como muchos países africanos al sur del Sahara y algunos de Asia y de Centroamérica- descienda, como mínimo, a dos hijos por mujer.

Todo esto para recoemendar el texto del profesor Fischer
Una revisión de "los límites del crecimiento/Joschka Fischer
Traducción de Mª Luisa Rodríguez Tapia
Publicado en EL PAÍS, 16/11/2007;
Desde el final de la guerra fría, se han venido abajo barreras de todo tipo y la economía mundial ha cambiado de manera fundamental. Hasta 1989, el mercado mundial comprendía entre 800 y mil millones de personas. Hoy es tres veces mayor, y sigue creciendo. De hecho, estamos presenciando una de las revoluciones más radicales en la historia moderna. La “sociedad de consumo occidental” está pasando de ser un modelo válido para una minoría de la población mundial a ser el modelo económico dominante en el mundo. A mitad de este siglo, sus leyes podrían tal vez regir las vidas de 7.000 millones de personas.
Occidente se ha convertido en el modelo económico del siglo XXI y casi todos los países y regiones tratan de igualarlo a cualquier costa. Cuando el Club de Roma, en los años setenta, dio a conocer su famoso informe sobre Los límites del crecimiento, la reacción fue de inquietud. Sin embargo, a medida que la economía mundial ha seguido creciendo de forma ininterrumpida, las sombrías predicciones del Club de Roma se han convertido, cada vez más, en objeto de ridículo. Y, sin embargo, su análisis fundamental -que vivimos y trabajamos en un ecosistema mundial finito- ha vuelto a convertirse en un tema de actualidad.
Al mundo, hoy, no le preocupan los “límites del crecimiento”, pero cada vez somos conscientes de las consecuencias del crecimiento en el clima y el ecosistema. Por ejemplo, China necesita un crecimiento anual del 10% para mantener controlados sus inmensos problemas económicos, sociales y ecológicos. Eso no tendría nada de particular si China fuera un país como Luxemburgo o Singapur. Pero China tiene 1.300 millones de habitantes. La demanda mundial de energía, materias primas y alimentos depende, cada vez más, del crecimiento de la demanda en China e India, con una población total, entre los dos, de 2.500 millones de personas. La constante subida de los precios de las materias primas, los productos agrarios y la energía refleja ya los temores a que haya escasez en el futuro.
China va camino de sobrepasar a EE UU, este año o el que viene, como máximo emisor mundial de CO2, pese a que sus emisiones per cápita no son más que la quinta parte o menos de las estadounidenses. ¿Qué aspecto tendrá el mundo cuando China reduzca esa diferencia a la mitad? ¿Podrá el ecosistema global absorber todo ese volumen añadido de contaminantes sin que se produzcan cambios importantes en la ecosfera? Es evidente que no. Hace mucho tiempo que se conocen estos datos esenciales, y son muy pocos los que niegan que estamos experimentando un cambio climático cada vez más rápido, provocado por el hombre. Sin embargo, podría llegarse a la conclusión de que lo que necesita el mundo es un cambio de actitud política y psicológica, más que una profunda transformación social y económica. A pesar de toda la retórica grandilocuente, a la hora de la verdad se hace muy poca cosa. Los países emergentes crecen año tras año. EE UU se ha apartado casi por completo de la lucha mundial contra la contaminación y, con su crecimiento descontrolado, consolida su posición como primer contaminante mundial. Lo mismo ocurre con Europa y Japón, aunque a menor escala.
Ante este reto mundial, los países del G-8 han tomado una decisión heroica: los ocho países industrializados más ricos -que son los mayores contaminantes- han prometido “examinar seriamente” la posibilidad de reducir sus emisiones a la mitad antes de 2050. Este heroísmo retórico es como para quedarse sin habla. Está por ver si, para empezar, la UE podrá hacer realidad su promesa de reducir las emisiones de CO2 en un 20-30% antes de 2020.
Pero la solución al problema del cambio climático es muy sencilla. La única posibilidad de mejorar es separar el crecimiento económico del consumo de energía y las emisiones. Tienen que hacerlo los países emergentes y, todavía más, las viejas economías industriales. Dicha separación sólo será posible si abolimos la idea engañosa de que la contaminación es gratis. No podemos seguir subvencionando nuestro crecimiento económico a expensas del medio ambiente. Para acabar con esa idea es preciso crear un mercado de emisiones mundial, un objetivo aún muy lejano. También es necesaria una mayor eficacia energética, lo cual significa disminuir los residuos tanto en la producción como en el consumo de energía. La subida de los precios energéticos ya es un paso en esta dirección. Por último, es necesario un gran adelanto tecnológico y político-económico en favor de la energía renovable, que evite el regreso a la energía nuclear o el carbón. En resumen, tenemos ante nosotros el triple desafío de una nueva revolución industrial verde. La tarea de abordar este desafío global ofrece además una gran oportunidad futura de prosperidad y justicia social que debemos aprovechar. Por supuesto, a medida que cambiemos las cosas, habrá muchos perdedores poderosos, que no aceptarán su “impotencia” sin presentar batalla. Por ahora, parecen estar saliéndose con la suya, puesto que todo se queda en palabrería, sin que se pase a la acción. Eso es precisamente lo que tiene que cambiar.

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