5 ago 2026

Concepción de la Llata y Acevedo: la Madre Conchita

 Concepción de la Llata y Acevedo: la Madre Conchita 

Concepción de la Llata y Acevedo nació en Querétaro el 2 de noviembre de 1891. Desde muy joven se inclinó por la vida religiosa y, a los 19 años, ingresó a la Orden de las Capuchinas Sacramentarias. Hacia 1924, asumió como superiora del convento de las Hijas de María, adquiriendo notoriedad pública como la madre Conchita.

Su destino quedó fatalmente entrelazado con los acontecimientos políticos más convulsos del México postrevolucionario cuando, junto con el padre Miguel Agustín Pro, S.J., y Luis Segura Vílchez, fue señalada como una de las autoras intelectuales del asesinato del presidente reelecto Álvaro Obregón. El autor material del magnicidio fue José de León Toral.

El atentado en "La Bombilla"

Aquel 17 de julio de 1928, la diputación federal guanajuatense ofreció una comida en honor a Obregón en el restaurante La Bombilla, ubicado en el sitio donde hoy se levanta el monumento al caudillo (en Insurgentes Sur y San Ángel). Mientras el conjunto musical entonaba su canción preferida, "El Limoncito", José de León Toral se acercó con el pretexto de mostrarle una caricatura y le disparó a quemarropa, cegando la vida del llamado "Héroe de Celaya".

Tras un juicio profundamente irregular, Toral, Luis Segura Vílchez y el padre Pro fueron condenados a la pena de muerte y fusilados. La madre Conchita, por su parte, fue sentenciada a 20 años de prisión en las Islas Marías.

  • La captura: El 18 de julio —apenas un día después del magnicidio—, Acevedo fue detenida, interrogada y sometida a tormento. Meses más tarde, se le dictó sentencia condenatoria y el 14 de mayo de 1929 fue trasladada al penal insular.

  • El indulto: El 29 de mayo de 1932 abandonó temporalmente la Ciudad de México y contrajo matrimonio, aunque dos años después regresó a las Islas Marías, formalizándose la boda civil el 20 de octubre de 1934 en el propio archipiélago. Años más tarde, tras recibir diversos beneficios por órdenes del presidente Manuel Ávila Camacho, fue liberada el 9 de diciembre de 1940, ocho años antes de purgar la totalidad de su condena.

Cuando Concepción Acevedo de la Llata abandonó los hábitos religiosos, superaba los 40 años de edad y no tuvo descendencia.

Una dispensa y un refugio vitalicio

Para proteger su integridad física y moral, la Santa Sede le concedió una dispensa de sus votos religiosos y la autorizó para contraer nupcias con otro reo político: Carlos Castro Balda, cuyo delito había consistido en colocar un petardo en los sanitarios de la Cámara de Diputados en mayo de 1928, sin causar daños mayores.

Dicho matrimonio se celebró por pura apariencia, con el fin de otorgarle a la madre Conchita las garantías y la protección social de una mujer casada. Durante su estancia en el penal de las Islas Marías, gozó de privilegios extraordinarios bajo la mirada benévola del gobernador de la prisión, el general Francisco J. Múgica, con quien entabló una estrecha relación de amistad.

Al recuperar la libertad, el gobierno del general Manuel Ávila Camacho les dispuso una vivienda a perpetuidad y les asignó una pensión vitalicia para su manutención, beneficios que ambos conservaron hasta el final de sus días. El hogar asignado fue un departamento en un pequeño edificio de tres plantas, situado en lo que entonces era la calle Jalisco y que hoy —en una irónica pirueta de la historia— lleva precisamente el nombre de Avenida Álvaro Obregón.

 Encuentro con la historia viva

A veces, la gran historia nacional —la de los magnicidios, las sotanas clandestinas y las descargas de fusilería— descansa de pronto sobre la anécdota doméstica, íntima y casi secreta. Así me lo hizo ver J. Jesús López Herrera, un entrañable amigo michoacano a quien conocí en las redes sociales, al compartirme un testimonio que raya en el asombro.

Me relata que en los años 70, en el marco de sus responsabilidades laborales como coordinador de nuevas industrias en el gobierno de Michoacán (1976-1982), tuvo la oportunidad de relacionarse profundamente con gentes de San José de Gracia, población ubicada en los límites con Jalisco, sobre la ruta Jiquilpan-Mazamitla. Se trata de una comarca dedicada a la ganadería lechera y famosa por sus quesos, una región que vivió con intensidad la Guerra Cristera y que pagó su cuota de sangre con sus propios mártires.

En esa comunidad conoció a don Bernardo González Cárdenas, un hombre mayor, excombatiente cristero, hermano de Gaudencio y del casi legendario padre Federico, un auténtico patriarca de la región cuya memoria honra hoy una estatua de tamaño natural. Gaudencio había muerto como mártir en combate contra las fuerzas federales: arrinconado junto con otros veinte combatientes en el interior de la iglesia de Jiquilpan, pereció calcinado cuando el templo fue incendiado por las tropas federales.

Don Bernardo era descendiente directo de los fundadores de la villa —una historia magistralmente retratada por don Luis González y González en su clásico Pueblo en vilo (don Luis era, además, sobrino carnal de los González Cárdenas)—. Entre charlas largas y tendidas, forjaron una amistad muy natural, apuntalada por convicciones católicas y por sus antecedentes como alumno interno en las casas jesuitas.

La visita a la Abadesa

Un buen día, con motivo de un viaje de trabajo a la Cd de Mx., don Bernardo le hizo una revelación que lo dejó atónito:

"Mire, licenciado, ahora que vamos a la capital, lo voy a llevar a que conozca y vea a la madre Conchita..."

Confiesa que la noticia lo sacudió. Pensó de inmediato que debía rebasar el centenar de años, pero la emoción lo embargó; sintió que estaba a punto de rozar con las manos un fragmento viviente de la Cristiada.

Al caer la tarde, tras concluir sus asuntos de negocios, se encaminaron hacia el edificio de la avenida Álvaro Obregón. Con paso solemne, don Bernardo le advirtió en el umbral:

"Va a tener la oportunidad de verla y podrá saludarla, pero no intente hacerle mucha plática; ella es anciana y está muy delicada. ¿De acuerdo, licenciado?" "De acuerdo, don Berna..."

Subieron las escaleras y tocaron en el departamento número 2. Les abrió la puerta el mismísimo Carlos Castro Balda. Lo observó con curiosidad mientras escudriñaba el interior: una vivienda austera, pulcra, extraordinariamente limpia y decorada con sobriedad, donde abundaban las imágenes religiosas, los arreglos florales y un gran retrato de Pío XII.

Tras unos minutos de espera en la sala, don Bernardo le hizo una seña para que ingresara.

Me comenta mi amigo que a madre Conchita yacía postrada en su lecho, impecablemente arreglada con una pequeña capa de encajes, sábanas de una blancura impoluta y un gran crucifijo presidiendo la cabecera. Era una anciana de rostro apacible y aire maternal.

La impresión fue profunda. Estaba contemplando a una figura de leyenda, alguien cuyo nombre parecía pertenecer únicamente a los libros de texto, y sin embargo allí estaba, mirándolo con gentileza y pidiéndole que se acercara. Le preguntó su nombre, si era casado, si educaba a sus hijos en la fe católica y si rezaba el santo rosario. Finalmente, lo encomendó a la Santísima Virgen y le impartió su bendición.

Con suma discreción, don Bernardo dio por concluida la visita y se retiraron. Ya en la banqueta, camino al hotel, le preguntó con una sonrisa:

"Licenciado, ¿pudo usted percibir un perfume especial al subir las escaleras? Es el aroma de los ángeles que custodian a la madre."

Le respondió afirmativamente, aunque la verdad sea dicha, no percibió ninguna fragancia extraordinaria (lo cual, desde luego, no invalida la presencia invisible de los celestiales custodios).

Pocos meses después —casi año y medio más tarde— falleció don Bernardo, y casi de forma simultánea partieron la madre Conchita y don Carlos Castro Balda. El deceso de la histórica abadesa no ocupó las ocho columnas de los diarios; a lo sumo, mereció una esquela o un comentario breve y discreto en la prensa.

Como testimonio de aquellos años y de su entrañable amistad, don Bernardo González Cárdenas tuvo a bien regalarle a mi amigo J. Jesús una auténtica bandera de combate del último tercio del siglo XIX, estandarte que portó el regimiento de Los Josefinos. En aquellos días aciagos no existía una enseña propiamente cristera; los alzados echaban mano de lo que tenían en casa o al alcance, y solo con el tiempo algunos regimientos lograron confeccionar estandartes más específicos.

Fin de la historia.

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