13 feb 2010

Haiti

Un país que ya no existe/SERGIO RAMÍREZ
El País Semanal, 7/02/2010;
Sergio Ramírez, escritor y político nicaragüense, estuvo en Haití hace un año de la mano de ‘El País Semanal’ con la misión de tomarle el pulso a esa tierra pobre, dura y difícil. El país que vio ya no existe. Su gente nunca será la misma. A través de aquellas impresiones, Ramírez traza hoy el retrato de una nación convulsa. Un pueblo con el que ni la naturaleza ni la historia fueron nunca generosas.
Desde las alturas de Ti Bois, el barrio lleno de cuestas y vericuetos que amontonaba sus casas precariamente construidas al borde del abismo, el panorama de la ciudad tendida al lado de la bahía se abría en la planicie multiplicando otras inmensas barriadas, Carrefour, Martissant, La Saline, Cité Soleil, y el ojo no podía perder las blancas cúpulas simétricas del palacio presidencial que fulguraban en la lontananza bajo la resolana. Hoy, tras el terremoto que arrasó Puerto Príncipe, el panorama ha cambiado abruptamente y la ciudad no existe más tal como podía contemplarse desde aquel mirador que era a su vez un botadero de basura, como lo hice yo una tarde de marzo del año pasado.
El martes 19 de enero de 2010, los damnificados del terremoto se aglomeran junto a las verjas del palacio descalabrado sin remedio para ver aterrizar en los prados que lo rodean los helicópteros de la 82ª División Aerotransportada de Estados Unidos de los que descienden decenas de paracaidistas. "Es una ocupación. El palacio es el país, representa nuestro poder, es nuestro rostro, nuestro orgullo", protesta Feodor Desanges, uno de los ciudadanos junto a la verja, según relatan los despachos de prensa.
Construido en el año 1918 bajo el diseño del arquitecto haitiano Georges Baussan, graduado en la Escuela de Arquitectura de París, el palacio, que imitaba los domos del Petit Palais, era realmente imponente, un rostro hermoso para una ciudad con poco que enseñar, y digno de orgullo como proclama este hombre que a lo mejor ha perdido a su familia y su propia casa, y que contempla, atónito, el desembarco de los marines llegados bajo la autorización del presidente René Préval en medio del inconmensurable desastre que se ha llevado el poder y se ha llevado el palacio y se ha llevado todo.
Esa construcción representó no sólo el poder, como bien dice Desanges en su desesperanza, sino también las luchas por el poder, luchas que han estremecido a Haití desde mucho antes que la hermosa construcción neorrenacentista fuera erigida al lado de las imponentes explanadas del Campo de Marte y de la Plaza de la República en el corazón mismo de la ciudad, donde los sobrevivientes de la catástrofe se hacinan ahora en campamentos improvisados y se han instalado centros de atención médica bajo carpas.
El palacio, que a los ojos de quienes pretendían trasponer sus puertas para instalarse en él parecía encendido en un brillo sobrenatural en su blancura, ejerció un encantamiento imperioso sobre sus inquilinos hasta la llegada de Préval. Los presidentes se sintieron allí siempre indefensos, y para conjurar todo peligro de perder el poder, siempre frágil y huidizo con su caudal de asonadas y golpes de Estado, buscaron concentrarlo todo en sus manos para librarse de la maldición que significaba hallarse dentro de sus recintos.
Busco entre mis notas del año pasado, y encuentro las de mi conversación una noche en la terraza del hotel Ibo Lele, en las alturas de Pétion Ville, con el novelista Lyonel Trouillot y el poeta Jorge Castera, quienes me hablaban de los vicios del poder ejercido desde los salones y los sótanos del palacio por los presidentes de turno, el más prolongado de esos turnos el de Françoise Papa Doc Duvalier, el médico rural que se proclamó presidente vitalicio de Haití y heredó el trono a su hijo, un adolescente de 300 libras de peso, Baby Doc Duvalier, fríos asesinos ambos que mataron a miles utilizando a su banda de sicarios, los Tonton Macutes.
Papa Doc escribió él mismo un Catecismo de la Revolución con oraciones que debían ser rezadas a él y a su mujer Simone. Para su esposa, una Salutación angélica, como si fuera la Virgen María. Para él, un padrenuestro, y Trouillot lo recitó: "Doctor nuestro que está para siempre en el Palacio Nacional, alabado sea tu nombre por las presentes y futuras generaciones. Que se haga tu voluntad así en Puerto Príncipe como en el resto de las provincias. Danos hoy nuestro nuevo Haití, y no perdones nunca las ofensas de los antipatriotas que escupen cada día sobre nuestra patria. Déjalos caer en tentación bajo el peso de sus babas venenosas, y no los libres de ningún mal, amén".
Extraño, les dije, que Duvalier creyera que estaba haciendo una revolución. Una revolución negra, respondió Castera, para él la raza fue siempre un sustento filosófico. La supremacía negra, como a lo largo de la historia de Haití, desde la independencia. La filosofía convertida en crimen, y las creencias religiosas manipuladas a su antojo.
Papa Doc creía, o dejaba que se creyera, que él mismo era la encarnación del loa del barón Samedi, el dios de la muerte del panteón vudú, invisible y ubicuo, que recorre de noche los cementerios, siempre vestido de negro riguroso, como él mismo se vestía, y celebraba ritos nocturnos con los cadáveres de sus enemigos. A un militar antiguo aliado suyo, alzado en rebelión, una vez capturado ordenó cortarle la cabeza, que fue transportada hasta el Palacio Nacional conservada en hielo, y la colocó sobre su escritorio para hacerle consultas de ultratumba sobre el destino de su poder.
Jean Bertrand Aristide, Tití, el humilde y popular sacerdote salesiano que sucedió al último Gobierno militar duvalierista, dos veces presidente y dos veces derrocado, y exiliado ahora en Suráfrica, surgió en la conversación como un fantasma inquieto entre las sombras de sus quimeras, las bandas juveniles que organizó en los barrios como fuerzas de choque para defenderse y defender su poder. Ya había caído la noche que se llenaba con el canto de los coquíes, las pequeñas ranitas melodiosas que entonan su coro en la oscuridad caribeña.
"El autoritarismo, la concentración de poder bajo un solo hombre que termina creyéndose predestinado, ha sido un mal constante para Haití desde la independencia", me dijo Trouillot. "Hay frases de Duvalier y de Aristide sacadas de sus discursos, que vienen a ser iguales. Ambos vieron lo mismo desde las ventanas del palacio, la inmensa pobreza y el desamparo, pero sus respuestas fueron mesiánicas, y equivocadas".
Detrás de cada líder que surge en la historia están siempre los loas para encumbrar su destino, o despeñarlo, en un país nutrido de la tradición mágico-religiosa. El 11 de septiembre de 1988 el padre Aristide decía misa en su humilde iglesia de San Juan Bosco cuando entraron los Tonton Macutes en su busca, y asesinaron a decenas de feligreses pero él logró escapar. La mano de la divinidad estaba ya sobre su cabeza para protegerlo, y luego, para perderlo con sus dualidades, su discurso esotérico, sus artes de manipulación, hasta que terminó purgando el largo exilio en Suráfrica, aunque su sombra esquiva ejerce siempre influencia en el país, sobre todo sobre los jóvenes de las brriadas organizados inicialmente en las quimeras.
Busco de nuevo en mis notas. La visión que me transmitió de Puerto Príncipe el cineasta Arnold Antonin, la ciudad de la que no quedarán siquiera las ruinas una vez que terminen su trabajo las máquinas dedicadas a remover los escombros y a aplanar manzana tras manzana derruida, es la de una brillante metrópoli luego lumpenizada y arruinada, de la que tenía envidia el generalísimo Leónidas Trujillo, también dictador vitalicio de la vecina República Dominicana. Quería un palacio presidencial como el de Puerto Príncipe, sus plazas, sus avenidas. Ciudad de exposiciones internacionales, donde recalaban los artistas de Hollywood, Puerto Príncipe conservó su esplendor hasta los años sesenta del siglo pasado, y su transformación en el inmenso gueto que llegó a ser, empezó precisamente en la era de Papa Doc Duvalier.
Acarreaba a los campesinos para que le rindieran pleitesía en inmensas manifestaciones congregadas frente al palacio, me decía Antonin, y así empezó el éxodo rural hacia la capital, pues muchos de ellos se fueron quedando con sus familias. Cité Soleil, hoy una de las inmensas barriadas de la ciudad, entre las más miserables y superpobladas, a la que bautizó Cité Simoine Duvalier en homenaje a su esposa, fue uno de los resultados de este éxodo que desde entonces empezó a crecer de manera imparable, empujado luego por la deforestación, la instalación de maquilas, y por la ociosidad en el campo cuando los tratados de libre comercio arruinaron lo que quedaba de agricultura y empujaron a más campesinos hacia la ciudad en una marea incontrolable.
Recuerdo ese esplendor caduco de la ciudad rodeado por el olor y la visión de la pobreza, y que enseñaba sus símbolos republicanos, el palacio presencial en su albura total, premio y castigo, los ministerios vecinos, las plazas con sus monumentos a los héroes que crearon la primera república negra en el mundo, y la primera república independiente en América Latina, un entorno urbano que conservaba algo de ese glamour perdido de que me habló Antonin en su despacho sin luz, entre los carteles de sus películas; y recuerdo también los barrios caóticos y miserables hasta donde llegué para visitar los centros de salud de Médicos Sin Fronteras: el centro de emergencias de MSF-Bélgica en el populoso barrio Martissant, vecino al no menos populoso de Carrefour, que sumaban ambos medio millón de habitantes; el hospital materno infantil de MSF-Holanda en las cercanías de la vía al aeropuerto; la humilde clínica de mujeres de MSF-Bélgica en La Saline, frente a un mercado popular vecino al puerto de cabotaje; el centro hospitalario Sainte Catherine Labouré (Choscal) en Cité Soleil, donde trabajaba una brigada de médicos cubanos.
El centro de emergencias de Martissant se vino abajo, y lo mismo cayó el hospital materno infantil, que ha traslado sus heridos y equipos que se pudieron rescatar al Choscal en Cité Soleil, uno de los barrios de mayor conflicto potencial en la ciudad debido a la presencia de las pandillas juveniles armadas y en donde, para el tiempo de mi visita, acababa de inaugurarse la primera estación de policía en años, un flamante edificio que también se vino al suelo y que representaba un nuevo avance en el difícil plan de seguridad ciudadana.
En la clínica de mujeres en la Saline me encontré a la joven doctora Irene Abotou, que había llegado desde Costa de Marfil para prestar servicios voluntarios. Conversamos mientras recorríamos a pie el barrio tan pobre y desamparado como todos los demás, y me habló de la ola más reciente de refugiados campesinos que llegaba a engrosar esa constante inmigración a la que se había referido Antonin, una composición de la población de Puerto Príncipe por capas y capas a través de las décadas y de los años. Ahora se trataba del turno de las víctimas de los cuatro huracanes, Fey, Gustav, Hanna e Ike, que en el año 2008 habían golpeado de manera consecutiva la isla a lo largo de un mes, las costas, pero principalmente la región central de Gonaives. Desgracias consecutivas, por capas y por etapas, hasta componer la situación de tragedia constante en que vive el pueblo haitiano. Los huracanes, si sumamos las inundaciones del año 2004, causaron miles de muertos y centenares de miles de desplazados que perdieron sus hogares y sus cosechas, para dar un total de un millón de afectados, y se llevaron puentes y carreteras.
Hoy, bajo los efectos del terremoto, la gente de Puerto Príncipe que un día vino de lejos buscando mejor fortuna ya no tiene adónde más ir, ni ninguno de sus habitantes tampoco, a no ser como refugiados temporales en campamentos, pero no para trabajar en labores productivas. Regresar al campo, a la agricultura, sería una ilusión vana, en un país donde las áreas agrícolas se han reducido al mínimo, con los suelos víctimas de los deslaves provocados por la deforestación inclemente en las áreas montañosas, lo que hace, a su vez, que los efectos de los huracanes se multipliquen haciendo que las aguas despeñadas arrastren todo consigo. Desde el año 2001, según datos del International Crisis Group, los huracanes y las inundaciones han causado cerca de veinte mil muertos, la destrucción de 200.000 casas, y pérdidas por 5 billones de dólares. Ya había una tercera parte de la población del país necesitada de ayuda alimentaria como consecuencias de los cuatro últimos huracanes.
Una población permanentemente damnificada, sin recursos para subsistir lejos de la ayuda internacional. Un estado sin posibilidades de garantizar la seguridad de los ciudadanos, tarea que hasta la hora del terremoto estaba confiada a las fuerzas internacionales de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), instalada en el hotel Christopher, donde visité al jefe de la misión, el diplomático tunecino Hédi Annabi, muerto junto a decenas de sus colaboradores al derrumbarse el edificio.
El antiguo hotel de turistas se había convertido en una fortaleza resguardada por barricadas, y por dentro reinaba el orden silencioso de un reducto burocrático. Desde los ventanales de la cafetería, limpia y aséptica, se divisaba la piscina de aguas serenas sin bañistas, y en los pasillos se repetían los carteles con avisos de prevención al personal acerca de los tratos sexuales, por el riesgo de las enfermedades contagiosas. Mientras yo subía a entrevistarme con Hannabi, que tenía su despacho en el último piso, sus asistentes habían facilitado que el fotógrafo Juan Carlos Tomasi pudiera acompañar a una de las unidades militares en su patrullaje por las calles.
Annabi, un hombre de trato afable y con una larga experiencia en misiones de paz, dedicó al menos dos horas a nuestra conversación. Seguro de sus afirmaciones, se comportaba a mis ojos más como un funcionario internacional dedicado a cumplir de manera estricta su mandato, que como un hombre de poder, que realmente lo era, y a cada paso se preocupaba de advertirme que sus iniciativas frente al Gobierno haitiano eran meras propuestas y siempre se cuidaba de no ir más allá porque frente al celo de las autoridades nacionales se exponía al rechazo.
Había llegado a cumplir su misión en el año 2007, me dijo, en una situación de anarquía, con la institucionalidad del país perdida, la policía colapsada, incapaz de enfrentar las pandillas juveniles ni de ejercer la vigilancia fronteriza, con las cárceles en descontrol. Debía, por tanto, ayudar a restituir el papel de la ley bajo el Gobierno del presidente Préval, electo el año anterior.
Y a pesar del retroceso que significó la crisis del año 2008, con los huracanes en serie, la falta de energía, la crisis política cuando el Parlamento dio un voto de censura al primer ministro y se negaba a nombrar a otro, sentía que su misión había progresado, que se habían incrementado los niveles de seguridad del país, se había reducido el número de secuestros, las pandillas juveniles se hallaban bajo mejor control, y la policía nacional participaba cada vez más en sus funciones. El cuartel recién inaugurado en Martissant era un ejemplo.
Nada fácil restablecer la institucionalidad y la armonía democrática en un país donde había decenas de partidos, más preocupados por las reglas del juego político que por las condiciones de vida de la población, y donde el recelo del Parlamento para cederle poderes al presidente se hallaba cimentado en el temor a una nueva dictadura, como la de Duvalier, o el autoritarismo singular de Aristide. Era necesaria una mejor clase política, más competente, mejor preparada, aunque la realidad conspiraba contra esta aspiración, cuando el 80% de la gente calificada se había ido a Estados Unidos y Canadá.
Y aunque Préval debía caminar sobre la cuerda floja, la gran ventaja de tenerlo a la cabeza del Gobierno, pese a las debilidades provocadas por las circunstancias, era que por primera vez en mucho tiempo no había un presidente corrupto.
Tras las elecciones de 2011, cuando habría de escogerse un nuevo presidente, la esperanza de Annabi era que la misión pudiera llegar a su fin, una vez conseguida una situación razonable de seguridad. Irse para no tener que regresar. Hoy, tras el terremoto, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó aumentar en 2.500 el número de hombres que tiene la misión, lo que hará cerca de 15.000 entre soldados y policías, mientras tanto Estados Unidos ha desplegado otros 15.000. La soberanía parece así una sombra lejana de conseguir sustancia.
La seguridad razonable en que pensaba Annabi se ha evaporado. Pasarán años seguramente en los que habrá presencia de tropas extranjeras en Haití, y las carencias y necesidades de la población, con su capital derruida, no han hecho sino multiplicarse.
La piedra en el agua no sabe nada de la piedra bajo el sol, dice el viejo proverbio haitiano. Hoy la piedra bajo el sol ha sido remecida.

Un Dios cruel

Un dios cruel
MARTÍN CAPARRÓS
El País Semanal, 7/02/2010;
Desastres como éste o el terremoto de Lisboa de 1755 llevan a plantearse cuestiones sobre la justicia divina, sobre la propia existencia de Dios. El escritor argentino retoma el debate histórico.
Es de mañana, y en Port-au-Prince, en las calles de Port-au-Prince, hay una cacofonía sostenida de gritos, músicas, bocinas y un calor imposible. En esas calles, que alguna vez fueron asfalto y ahora son barro negro maloliente, hay hombres que se lavan la cabeza con el agua servida que las cruza, mujeres que despulgan sobre sus faldas a chiquitos muy flacos, mujeres que dormitan bajo un sol como espadas, mujeres que se pasan el día entero de rodillas ante 10 guayabas o un montoncito de maní. Hay hombres que llevan sobre el hombro maderos grandes como cuatro hombres, hombres que miran lo que más hombres hacen, hombres que miran a esos hombres que miran, hombres que ni siquiera se interesan, mujeres que llevan sobre sus cabezas baldes de agua o fardos despiadados y muchos chicos que corren chapoteando del barro a la basura. En una esquina, una mujer con camiseta de Batman cuenta por cuarta vez su fortuna de 14 aguacates y, a su lado, otra casi desnuda toma agua muy sucia de una taza, a sorbitos, y grita con los ojos en blanco: la cabalga un espíritu farsesco. En esa esquina, un chancho gris y grande como un trueno come basura sobre una montaña de basura y un cabrito en la punta de una soga espera que alguien lo compre para llevarlo al sacrificio. Un negro blanqueado por la enfermedad lava un auto de antes del diluvio, y otro parte con una pica sobre el barro negro una barra de hielo. Lo miro, y él cree que tiene que excusarse: en creole me dice que su pica no es buena, que él sabe que en los países extranjeros las hay mucho mejores. Gente que pasa recoge del barro negro los pedacitos que le saltan, y los rechupa con alivio. No hay viento, y en el aire pesado se mezclan los olores del mango, la basura, la mierda y la canela con ese frito intenso de un aceite que hierve desde siempre. En esas calles, la miseria es ese olor inconfundible, una mirada de odio, la cara con que te piden todo el tiempo una moneda. Detrás, en las casitas de madera o de cartones, pintadas de colores, familias se amontonan en seis metros cuadrados, sin luz ni agua ni esperanza de nada. A veces llueve. Otras diluvia”, escribí, hace ya muchos años, cuando fui a Puerto Príncipe –que ahora, además, famosamente, es una ruina.
Una ruina peor que la que siempre fue, más wagneriana; de pronto, el mundo mira lo que no quiso ver por tanto tiempo. La muerte sirve cuando es súbita, bruta; la muerte lenta no da bien en las fotos. Cuando es súbita, bruta, la muerte trae, incluso, entre otras cosas, ideas nuevas: así, los terremotos. Hace dos siglos y medio, en la mañana del 1 de noviembre de 1755, día de Todos los Santos, otro temblor tremendo devastó Lisboa. La ciudad quedó destruida y unos 60.000 cristianos murieron en sus ruinas: miles, aplastados por las iglesias donde escuchaban misa. Pero el sismo también sacudió Europa: voces y más voces se alzaron contra la crueldad de un dios que daba tanta muerte a sus amantes seguidores. Voces y más se preguntaban quién era ese amo que se cargaba a sus súbditos tan fácil, y para qué servía. La existencia –la insistencia– del mal hacía que ese dios fuera un ineficiente o un vicioso: o lo hacía a voluntad y era el mayor canalla, o no podía evitarlo y era un perfecto inútil. La duda se hizo más honda, corrosiva.
El caballero Voltaire, faltaba más, lideraba el debate. En su muy filosófico Poema sobre la destrucción de Lisboa, el caballero anunció que jamás podría volver a creer en la benevolencia de un dios tan cruel, ni en la idea de que el mundo estaba hecho desde el bien e iba hacia el bien. Y que creía que este mundo era “un desorden eterno, un caos de desdicha” y descreía de cualquier optimismo: “El pasado no es más que aquel triste recuerdo. / El presente es horrible si no hay un porvenir…”.
Rousseau, su amigo y enemigo, le contestó defendiendo a su señor con argumentos leguleyos: “Entre tantos hombres aplastados bajo las ruinas de Lisboa, sin duda, muchos evitaron desdichas mayores; y pese a lo que la descripción de su fin tiene de conmovedora, y lo que puede aportar a la poesía, no es seguro que uno solo de esos infelices haya sufrido más que si, según el curso original de las cosas, hubiera esperado su muerte en medio de largas angustias. ¿Hay un final más triste que el de un moribundo al que se abruma de cuidados inútiles, que un notario y sus herederos no dejan respirar, que los médicos asesinan en su cama?”.
Dicho lo cual, Rousseau explicaba por qué seguía creyendo en ese dios: “Se trata de la causa de la providencia, de la cual lo espero todo. (…) He sufrido demasiado en esta vida como para no esperar otra…”. La confesión rousseauniana era conmovedora; el golpe volteriano, muy feroz. El caballero negaba la posibilidad de esperar algo de Dios: ni otra vida ni nada bueno en ésta. El tema estaba lanzado: el terremoto de Lisboa fue decisivo en la historia de nuestra cultura. Tiempo después, tras tanta prédica y tantas peleas, el famoso materialismo ateo se hizo fuerte en las conciencias de Occidente. Pero la religión no ha muerto, ni mucho menos, porque tantos siguen esperando con Rousseau –y porque la razón llenó el mundo de monstruos–. Por eso, entre otras cosas, es probable que el terremoto haitiano no produzca los mismos resultados que aquel, antiguo, de Lisboa.
Los haitianos del mundo todavía prefieren pensar que hay un dios, aunque ese dios los condene a la pobreza sostenida y les mande, de vez en cuando, desastres espantosos; les sigue dando a cambio la ilusión de que hay un orden, un viso de justicia y, sobre todo, una opción de otra vida. Para salvar esa última esperanza aceptan un amo que los maltrata más allá de lo pensable: que los mata a miles, mezclados, sin sentido, pura cólera ciega. La ecuación es curiosa. El miedo no sólo no es zonzo; es, sobre todo, tan despiadadamente poderoso. Y esa forma de la religión, una metáfora precisa.
Así que, a pesar del mal despendolado –a pesar de terremotos y de hambrunas, matanzas y tsunamis–, millones siguen arrodillándose ante un dios que lo hace o lo permite. Y, para más inri, lo proclaman; no deja de extrañarme. Si yo creyera que ese dios existe –si creyera que en algún lugar del infinito pulula un ente todopoderoso que no usa su todopoder para impedir estos desastres–, si yo creyera que hay un dios tan hijo de puta como para matar de un golpe a cien mil muertos de hambre, y si ese dios fuera mi dios, mi amo, intentaría protegerlo: me pasaría la vida negándolo, diciendo a todo el mundo que no hay tal cosa, que cómo se le ocurre, ¿dios?, ¿un dios?, ¿eso qué significa? Frente a desgracias como ésta, el verdadero creyente no tiene más remedio que fingirse ateo –y, quizá, viceversa. Así que hay que dudar de casi todo, como siempre.
1755
Lisboa. El temblor fue espantoso. Alcanzó 8,7 grados y duró 10 terroríficos minutos. Murieron en torno a 100.000 personas. Aparte de la enorme tragedia humana, se abrió un boquete en la historia de Occidente. Los intelectuales debatieron a fondo sobre cómo era posible que un dios bienintencionado permitiera tanto dolor. Hasta los filósofos Voltaire y Rousseau entraron en discusión. Voltaire dijo que jamás podría volver a creer en la benevolencia de un dios tan cruel; “este mundo es un desorden eterno, un caos de desdicha”.
2010
Haití. Cuando la naturaleza se revuelve con tal ira y se ensaña con las poblaciones que ya arrastran una historia de miseria e injusticias, el planeta vuelve a preguntarse dónde está Dios… Aun así, es difícil entregarse al ateísmo. Los haitianos del mundo todavía prefieren pensar en un dios que les da la ilusión de que hay un orden y, sobre todo, una opción de otra vida. Para salvar esa última esperanza aceptan un amo que los maltrata más allá de lo pensable.

Catástrofes

Diez grandes catástrofes en la memoria
LUIS MGUEL ARIZA
El País Semanal, 07/02/2010;
Desgraciadamente, Haití no está solo en las páginas más negras de la historia. Repasamos los peores desastres naturales, desde las inundaciones de China en 1931, que causaron más de tres miilones de muertos, hasta el "tsunami" de 2004 en el Índico
El mundo se estremece ante la tragedia ocurrida en Haití, pero lo cierto es que más de un millón de terremotos sacuden anualmente el planeta, algunos tan nimios que sólo son registrados por los instrumentos. Cada año se contabilizan entre 50 y 60 volcanes activos, auténticas gargantas profundas al interior de la Tierra. Los grandes desastres naturales, como huracanes, maremotos, erupciones volcánicas, inundaciones y seísmos llevan matando a seres humanos desde tiempos inmemoriales. En los últimos cien años, los terremotos se han llevado la vida de más de un millón de personas, mientras que los desbordamientos de los ríos se han cobrado nueve millones de almas. Los huracanes y ciclones son particularmente letales y matan rápidamente. La energía que pueden desencadenar en un solo día –se han llegado a medir ráfagas que superan los 320 kilómetros por hora– equivale a 500.000 bombas atómicas como la que se arrojó sobre Nagasaki. Las cifras no son sólo estadística; hablan de una relación que los seres humanos venimos estableciendo con los dioses de la destrucción, los cuales deciden cuándo y cómo la desgracia se abatirá sobre nuestras cabezas. Sin embargo, las muertes se concentran en un 95% de los casos en los países del Tercer Mundo. ¿Casualidad? A largo plazo, la perspectiva de este hecho deprimente cobra un giro inesperado cuando se investigan las razones. “Si observas las zonas que son volcánicamente más activas, descubrirás que son las que poseen el suelo más fértil”, asegura Leslie Newson, escritora y doctora en Psicología por la Universidad de Exeter en Reino Unido. “Toda esa cantidad de cenizas y lavas que los volcanes escupen a la atmósfera están repletas de nutrientes que regeneran los suelos. Por tanto, no es casualidad que los volcanes activos y los terremotos ocurran en zonas bastante ocupadas. La gente acude allí a cultivar esos magníficos suelos, mantener a su familia, tener hijos, pero se colocan en una situación de riesgo. A largo plazo, el ser humano sale ganando”.
Newson es autora de documentales para la televisión de la BBC y varios libros, entre ellos, un atlas sobre desastres naturales (Devastation! Dorling Kindersley). Vierte gotas de optimismo entre tanto dramatismo y muerte. Los terremotos “forman parte de la presión que levanta montañas, cuya erosión arrastra nutrientes para fertilizar los valles”. Las inundaciones tienen también este efecto regenerador de suelos, al rellenar las llanuras de inundación de los ríos. Además, con cada catástrofe, los medios de comunicación proyectan un impacto emocional positivo, algo comprobado en Haití. “Gracias a la televisión, comprendes que ellos son como nosotros. Puedes ver sus esperanzas, su tristeza y miedo. Cuando los medios de comunicación nos traen esos desastres logran que nuestra humanidad traspase las fronteras locales”. Newson cita el terremoto de Armenia ocurrido en 1988, que dejó 25.000 víctimas mortales y destruyó la ciudad de Spitak. El líder ruso, Mijaíl Gorbachov, estaba visitando Estados Unidos en un ambiente donde aún persistía la guerra fría, e interrumpió su viaje para volar al lugar de los hechos. “Todos los periodistas que cubrían su gira le siguieron hasta Armenia con sus cámaras de televisión”. El mundo occidental pudo ver en directo el sufrimiento de los armenios. Gorbachov pidió ayuda humanitaria a los norteamericanos –algo que no se producía desde el final de la II Guerra Mundial– y eso “terminó con la guerra fría”. La imagen de Rusia como el imperio del mal cayó hecha pedazos. “En la década de los ochenta, los americanos creían que los rusos tenían cuernos. El terremoto cambió la manera en que veían a los rusos”.
Lo que sigue es una recopilación de los 10 desastres más letales ocurridos en la historia moderna.
1 Terremoto de Lisboa
1755. 100.000 muertos.
Día de Todos los Santos, 1 de noviembre, nueve y media de la mañana. El caos se abate sobre Lisboa. El temblor, de 8,7 grados, se hace sentir durante 10 terroríficos minutos. El epicentro ocurre a unos 200 kilómetros del Cabo de San Vicente, en el Atlántico. La belleza de una de las ciudades más bonitas queda borrada. “El terremoto hizo que la gente cuestionase a la propia Iglesia católica”, dice Newson. “Mucha gente estaba reunida en las catedrales cuando llegó el seísmo y fueron destruidas. ¿Como podía Dios organizar algo así, el día de honrar a los muertos?”.
2 Huracán de San Calixto
1780. Caribe. 27.500 víctimas.
Con vientos de más de 321 kilómetros por hora, el Gran Huracán de 1870 o San Calixto II sigue siendo el más poderoso y letal. Arrasó el Caribe (Antillas Holandesas, Islas de Martinica, Santa Lucía, San Eustaquio y Barbados) entre el 9 y el 20 de octubre de 1780. Los testigos hablan de daños “que no se pueden escribir con una pluma”, según documentos de la Universidad holandesa de Leiden, como si se uniera el “tiempo espantoso de los truenos, rayos, vientos y lluvias”. En la retina de la memoria reciente queda el huracán Mitch, que asoló Centroamérica en 1998 y dejó 18.000 víctimas.
3 Erupción del Tambora
1815. Indonesia. Más de 90.000 víctimas.
Entre el 10 y el 11 de abril, el volcán Tambora, de la isla de Sumbawa, explotó, lanzando a la atmósfera 50 kilómetros cúbicos de magma y cenizas. Los estruendos se oyeron a 1.400 kilómetros: la erupción más letal de la historia. La cultura local, el pueblo de Tambora, desapareció sepultada entre ceniza. Y esa misma ceniza hizo que la temperatura de la Tierra bajara tres grados. En 1816 Europa conoció un “año sin verano”, algo que pudo inspirar a la escritora Mary Shelley para realizar su obra maestra, Frankenstein, dice Newson. “Shelley y sus amigos se fueron a Suiza de vacaciones. Pensaban pasar el tiempo fuera, pero debido a la erupción del Tambora, llovió todo el tiempo, decidieron escribir y leer historias, y ella compuso Frankenstein”.
Hay otras erupciones terribles. El volcán de la isla indonesia de Krakatoa estalló en agosto de 1883, provocando maremotos que mataron a 36.000 personas. El monte Pelée, en 1902, en Martinica, mató a 29.000 personas, y en 1985, el volcán Nevado del Ruiz, en Colombia, arrojó toneladas de lodo de un glaciar y sepultó a 25.000 personas en Armero.
4 Terremoto de Tokio
1923. Más de 142.000 víctimas.
1 de septiembre. El seísmo que afectó a Tokio y el área de Yokohama originó incendios que quemaron 381.000 viviendas, matando a un número altísimo de personas y originando riadas de refugiados. Una elevación de dos metros en el fondo marino de la bahía de Sagami originó olas de maremoto de hasta 12 metros. La magnitud del temblor fue de 7,9 grados en la escala de Richter. Los distritos industriales y de negocios quedaron reducidos a escombros.
5 Inundación del río Amarillo
1931. China. Entre 3,7 y 4 millones de muertos.
Tras dos años de sequía, las lluvias torrenciales de julio causaron un desbordamiento del río Amarillo el 18 de agosto que anegó pueblos y asentamientos urbanos. Se ahogaron unas 300.000 personas, se inundó una zona de 1.300 kilómetros cuadrados, y la ruina de las cosechas, la falta de arroz y las epidemias acabaron a la postre con casi cuatro millones de almas, especialmente en las ciudades de Nanjing y Wuhan. Newson sugiere que el río facilitó una infección de peste bubónica a través de las ratas.
6 Terremoto de Perú
1970. Entre 30.000 y 50.000 muertes.
El 31 de mayo, domingo, un formidable seísmo de 7,9 grados se produjo a unos 35 kilómetros al oeste de Chimbite, un pueblo pesquero. El terremoto desencadenó una formidable avalancha de hielo desprendida de la cumbre del nevado Huascarán; millones de toneladas de hielo y rocas siguieron el cauce de la quebrada y sepultaron el pueblo de Yungay. Los testigos afirman que la ola de barro alcanzó los 60 metros de altura. De 20.000 habitantes, apenas se salvaron 400.
7 Ciclón Bhola
1970. Pakistán Este. 500.000 muertos.
El Centro Nacional de Huracanes en Coral Gables (Florida, EE UU) lo calificó como el ciclón más mortífero de la historia. Aparte de las vidas humanas, las pérdidas fueron aterradoras: 400.000 casas, 280.000 vacas, 90.000 barcas de pesca… El ciclón irrumpió el 12 de noviembre en Pakistán Este (hoy Bangladesh) con ráfagas de hasta 222 kilómetros por hora. Poco después, la oposición política ganaría las elecciones por el descontento popular de la gestión gubernamental de la crisis. Tras una guerra civil, esa región se convertiría en Bangladesh un año después.
8 Terremoto de Tangshan
1976. China. Entre 242.000 y 655.000 muertes.
Los 16 segundos más terribles sacudieron la vida de un millón de chinos mientras dormían, justo a las 3.42 del 28 de julio de 1976, en Tangshan, una ciudad industrial situada unos 140 kilómetros al sureste de Pekín. La magnitud del temblor fue de 7,5 grados. Todo quedó reducido a escombros en un área de máxima destrucción de 47 kilómetros cuadrados. Las autoridades chinas reconocieron 242.000 víctimas, aunque la cifra pudo ser más del doble.
9 Terremoto de Irán
1990. Más de 40.000 muertes.
Poco después de la medianoche del primer día del verano, un temblor de magnitud 7,7 azotó las costas noroccidentales del mar Caspio, asolando las provincias de Zanjan y Gilán, en Irán, donde no quedó un solo edificio en pie. En algunos pueblos, el terremoto exterminó a todos sus habitantes. La réplica del seísmo destruyó la presa de Rash, que provocó una avalancha de barro que sepultó a muchos supervivientes. El Gobierno iraní aceptó la ayuda de EE UU, pero no la de Israel y Suráfrica. Además, se contabilizaron 400.000 desplazados sin hogar y 135.000 heridos.
10 ‘Tsunami’ del Índico
2004. Alrededor de 275.000 muertes.
Al día siguiente de Navidad, un terremoto de magnitud 9 con epicentro cerca de la costa de Sumatra hizo que el fondo del océano Índico se desnivelara varios metros, originando una ruptura a lo largo de una falla de más de 1.500 kilómetros. Las olas del maremoto llegaron a alcanzar 30 metros al tocar tierra. Algunas islas se sumergieron parcialmente y otras doblaron su tamaño al elevarse. Las olas barrieron las costas de Indonesia, Sri Lanka, Tailandia, Malaisia, India, Myanmar y Sumatra y llegaron incluso hasta el cuerno de África, en Somalia. La energía desprendida se calcula en 23.000 bombas atómicas como la de Nagasaki.

En busca de otros mundos

Le Clézio, en busca de otros mundos
Un volumen de relatos protagonizados por niños muestra la condición del Nobel francés como aventurero de la literatura. Se trata de su libro más vendido desde su publicación en 1978 y se edita por primera vez en España
JOSÉ MARÍA GUELBENZU
El País Semanal, 13/02/2010;
Cuando en 1963 se publica en Francia El atestado, nadie hubiera podido imaginar el rumbo que tomaría la carrera literaria de Jean-Marie Gustave Le Clézio. Sus tres primeras novelas estaban en la onda del experimentalismo iniciado por los representantes de la "escuela de la mirada" y Le Clézio aparecía como un epígono de aquel grupo, con especial referencia a Michel Butor. Sin embargo, tras El diluvio (primera novela suya publicada en España, de la mano de Carlos Barral) y La fiebre cambió la dirección del viento. Hasta entonces su escritura estaba ceñida al mundo urbano-tecnológico y su peso sobre el hombre contemporáneo. La objetivización del punto de vista practicado por aquel grupo parecía un aliado perfecto para expresar esa sociedad, que Le Clézio detestaba, con la ayuda de elementos añadidos a la escritura, desde la tipografía hasta la fragmentación (que, por cierto, hoy se presenta en España como de la gran invención del momento) e, incluso, la utilización del collage, otra técnica bien experimentada ya en las vanguardias de comienzos del siglo XX.
La dirección del viento cambió para Le Clézio en 1969, cuando decide huir de esa civilización en busca de horizontes más puros. La veleta que marca el nuevo rumbo es El libro de las huidas. Nuestro autor se convierte en un errabundo que viaja de un continente a otro en busca de otros espacios y otras formas de vida, lo que le llevará por un camino que podríamos definir como iniciático hacia una búsqueda de sabiduría cósmica, un encuentro del hombre con su exterioridad a través de la Naturaleza que lo devuelva a sí mismo, a su esencia. En cierto modo, una especie de misticismo panteísta que puede incluso llevarle a planteamientos cercanos a la utopía. Todo ello, sin concesiones a la simpleza que amenaza a menudo a estos planteamientos: las fuerzas de la Naturaleza con las que trata son hermosas, vitales, pero también terribles.
Mondo y otras historias reúne una serie de relatos que tienen por común denominador el que sus protagonistas sean niños. Los niños, como los animales o las tormentas, pertenecen simbólicamente a la Naturaleza en la medida que están apenas contaminados por el proceso de civilización. Los de estos cuentos pertenecen a su vez a espacios abiertos o ciudades de otro tiempo. Los lugares donde transcurren las historias son abiertos y elementales, descarnados, con preferencia por el desierto, que es una constante en su obra. De hecho, Le Clézio es mauriciano y aunque criado en buena parte en Francia, el relato El africano, donde habla de su padre y su vivencia africana, deja bien a las claras el origen de sus preferencias por el paisaje selvático, desértico o de la sabana.
Aunque no vienen fechados, deduzco que todos los cuentos son posteriores a la aparición de uno de ellos, 'Lullaby', de 1970. De hecho, la comparación entre éste y 'Mondo' da la tónica del volumen, irregular, pero que contiene al menos tres relatos magistrales. Digo irregular porque el riesgo que corre permanentemente el autor con estos textos es el de idealizar el mundo de los niños. En 'Mondo', por ejemplo, el niño que aparece como por arte de magia en un poblado vive en la calle y es un dechado de pureza, resulta finalmente tan candoroso como cargado de buenas intenciones el autor. En cambio, Lullaby, Alia o Pequeña Cruz son personajes mucho más interesantes. De hecho, Le Clézio los utiliza para saltar del mundo real al mundo imaginario, y esta doble visión a veces puede resultar un tanto forzada. Cuando el personaje soporta el salto, el relato brilla a gran altura, como es el caso del espléndido 'Lullaby' o de la historia de Daniel Simbad, cuyo acierto soberbio es el de encerrarla entre dos momentos de realidad: los de los compañeros del colegio que se preguntarán siempre por él, tanto al comienzo como al final, creando un contraste expresivo excelente. Este sistema de inserción de un núcleo en otro lo repite en 'Hazarán', con la historia de Trébol dentro del relato de Alia.
La presencia de la Naturaleza es constante y su descripción, tanto en la realidad como en lo imaginario y en la ensoñación, está cargada de color, de rudeza, de austeridad y de sensualidad, de accidentes geográficos, colores y sensaciones que, salvo en los casos en que la idealización de los mundos soñados o intuidos los dirige hacia la abstracción, muestran una presencia poderosísima. Ejemplo de poderío es el relato último, 'Los pastores', una verdadera obra maestra en la que se resume lo mejor de esta segunda etapa literaria del escritor errante y viajero en busca de otros mundos, otras culturas, otros espacios de vida que oponer al modo de conocimiento obligado por la civilización occidental. Pero todos estos relatos tienen otro punto en común, aún más interesante: el deseo primordial del autor de captar el mundo con ese golpe de asombro con que el niño abre los ojos a lo que le rodea.
De resultas de su actitud, puede pensarse que Le Clézio es un autor titubeante que acaba por no definir su campo de acción. Craso error: Le Clézio es un buscador y un aventurero de la literatura. Su diversificación es producto del deseo de saber, el más poderoso estímulo de un escritor; desde la itinerancia (Viaje a Rodríguez) a lo biográfico (La música del hambre, El africano), desde la fascinación por las culturas perdidas u olvidadas (Desierto) al relato utópico (Urano), Le Clézio nunca ha dejado de ser fiel a sí mismo a través de la diversidad.

Intentan descarrilar al Metro

Frustran intento por descarrilar al Metro
Milenio Diario, 2010-02-12
Llamar la atención y hacer una protesta contra las autoridades llevó a Adrián Magdaleno González a preparar explosivos, que intentó accionar en la Línea 2 del Sistema de Transporte Colectivo Metro.
El integrante del grupo anarquista Frente de Liberación Animal abordó el pasado 4 de febrero un vagón del tren que cubría la ruta Cuatro Caminos-Taxqueña con una mochila, en la que cargaba latas de gas butano y un explosivo.
Reportes de la Policía Bancaria e Industrial señalan que, al llegar a la última estación, el estudiante universitario intentó descarrilar el vagón del Metro colocando las latas de gas, pero los mismos usuarios accionaron el sistema de alarma.
Los primeros en llegar fueron policías bancarios, quienes detuvieron a Magdaleno González cuando se daba a la fuga, por lo que lo remitieron a la oficina de vigilancia del STC en Taxqueña.
El jefe de la estación fue quien presentó al presunto responsable ante el Ministerio Público de la Agencia Especial para Delitos en el Metro de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.
De acuerdo con la averiguación previa, el presunto atentado ocurrió a las 10:30 horas del jueves pasado, sin que se hayan registrado personas lesionadas debido a que los artefactos explosivos no se activaron correctamente.
El movimiento del convoy en la curva que hay entre las estaciones General Anaya y Taxqueña pudo haber provocado una afectación en la bomba de fabricación casera, por lo que sólo detonó una de las latas de gas butano.
Magdaleno González tiene 21 años, es estudiante de la Facultad de Estudios Superiores Aragón y ante las autoridades ministeriales aceptó que forma parte del grupo radical.
Además, mencionó que también colaboró en la planeación y ejecución del atentado a una sucursal bancaria ubicada en el centro de la delegación Milpa Alta, en septiembre de 2009.
Aquella ocasión la explosión causó la ruptura de vidrios en el área de cajeros automáticos de Banamex de la calle de Constitución 13, colonia Villa Milpa Alta.
Elementos de Fuerza de Tarea de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina encontraron tres tanques de gas butano y uno más a unos 10 metros del banco.
Las autoridades judiciales también involucraron a este grupo anarquista con las explosiones a diversos vehículos estacionados en la colonia Lomas de Padierna, en Tlalpan, en diciembre pasado.
En un principio sostuvieron que se trataba de manifestaciones violentas de este frente; sin embargo, los dos menores de edad y otro sujeto rechazaron pertenecer al Frente de Liberación Animal.
México • Leticia Fernández

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