30 may 2010

El velo

La libertad y el velo/Francesc de Carreras
Publicado en LA VANGUARDIA, 27/05/10;
La prohibición de cubrirse las mujeres con el velo en las escuelas u otros edificios públicos, como manifestación de profesar la religión musulmana, ¿vulnera el derecho a la libertad religiosa? El problema, desde hace bastantes años, es recurrente.
Ahora mismo, en Francia se debate una ley que pretende prohibir el velo integral, es decir, el que cubre total o parcialmente el rostro de la mujer. A su vez, en Pozuelo de Alarcón, la joven Najwa Malha fue expulsada recientemente del instituto Camilo José Cela por no renunciar al uso del velo en dicho recinto. Hace unas semanas precisamente se celebraron en la Universitat Autònoma de Barcelona unas muy interesantes jornadas sobre Libertad religiosa y ciudadanía musulmana, organizadas por ÁlexSeglers, profesor de dicha universidad y reconocido especialista en la materia. Así pues, estos problemas aún no resueltos preocupan a los gobiernos, a la gente de la calle y a los medios académicos. Para solucionarlos suelen mezclarse confusamente cuestiones identitarias, respeto a las tradiciones y políticas de género, cuando en realidad, a mi parecer, se trata simplemente de un problema de libertad y de sus límites.
En efecto, la cuestión no se debe enfocar como un problema en defensa de la igualdad de la mujer ni de la identidad cultural. Este es, según mi parecer, el mal planteamiento que está llevando a cabo el Gobierno francés. “Somos una vieja nación unida alrededor de cierta idea de la dignidad de la persona y en particular de la dignidad de la mujer, alrededor de cierta idea de la vida en común…”, ha manifestado el presidente Sarkozy. Por su parte, Eric Besson, ministro francés de la Inmigración, de la Integración y de la Identidad Nacional, ha declarado: “El velo integral no es el principal problema de Francia en este momento, eso es evidente. Pero afecta a los principios mismos de la identidad francesa y de la identidad occidental”. Dignidad de la mujer, identidad francesa y occidental: no creo que estos sean argumentos para prohibir el velo.
El ámbito en el cual hay que situar el problema es, a mi entender, el derecho a la libertad religiosa que implica, a su vez, la idea de Estado laico o no confesional, reconocidos en el artículo 16 de la Constitución española. Efectivamente, Estado laico significa que sus instituciones, fines y actividades no deben reflejar ninguna preferencia religiosa entre las varias existentes: todos los poderes públicos deben ser neutrales en esta materia. Por ejemplo, el crucifijo como signo religioso cristiano no debe estar presente, como tal signo, en las escuelas públicas o en otros edificios de este mismo carácter. En cambio, no hay inconveniente en que ocupen un lugar preferente en las escuelas privadas con ideario religioso cristiano.
Posición distinta al Estado y a los poderes públicos en general es la que ocupan los ciudadanos, personas libres a los que la Constitución les da el derecho a la libertad religiosa, es decir, la posibilidad de optar por una religión u otra, o bien por ninguna, así como a manifestarlo frente a los demás e, incluso, a hacer proselitismo, siempre que se respeten los derechos de los demás y la seguridad pública. El Estado, al ser laico, está sujeto a la neutralidad religiosa; pero los ciudadanos son libres y por ello pueden adoptar la ideología, religión y creencias que prefieran, siempre que se atengan a los límites señalados.
Sentadas estas premisas: ¿se puede prohibir a las mujeres la utilización del velo musulmán en el ámbito público argumentando que el Estado es laico y, en ese ámbito, se debe prescribir toda manifestación religiosa? Es evidente que no: las personas, sujetos del derecho a la libertad religiosa, pueden manifestar frente a los demás sus creencias religiosas y el uso del velo es un signo de ellas, protegido, precisamente, por este derecho fundamental. Ahora bien, si este velo no permite la identificación de la persona que lo usa se puede poner en riesgo la seguridad pública y, naturalmente, en este supuesto su utilización se puede prohibir al exceder el ámbito de la libertad religiosa.
La ley que se tramita en Francia prohíbe el velo integral, es decir, el burka, que oculta por completo el rostro de la mujer, y el niqab, que sólo permite ver sus ojos. Tal prohibición respeta el derecho a la libertad religiosa no por los argumentos que alegan Sarkozy y su ministro Besson, es decir, la dignidad de la mujer o la identidad francesa y occidental, sino por razones de seguridad pública, un límite general al ejercicio de las libertades fundamentales.
En el caso de la joven de Pozuelo Najwa Malha las circunstancias son distintas porque no utilizaba ningún velo integral. Se la expulsó del instituto, en virtud de su reglamento disciplinario interno, simplemente por usar el hiyab, es decir, el velo que sólo cubre la cabeza y que no ofrece ningún riesgo para la seguridad de los demás al ser su rostro perfectamente identificable. Najwa Malha, al usar el hiyab, ha ejercido su derecho a la libertad religiosa, un derecho fundamental que debe prevalecer sobre cualquier ley, más aún sobre cualquier reglamento. Su expulsión del instituto es, por tanto, nula al no ser conforme a derecho.

¿Se puede para el Tiempo?

¿Se puede parar el Tiempo?/JULIA LUZÁN
El País Semanal, 23/05/2010;
Harold Edgerton lo logró. Supo apresar el tiempo en milésimas de segundo en sus fotos. Inventor y científico, capturó detalles que el ojo humano es incapaz de percibir. Sus obras se exponen por primera vez en España.
Mitad científico, mitad fotógrafo, mitad inventor. Harold E. Edgerton (Nebraska, 1903; Boston, 1990), un ingeniero electrónico cuyos logros no hubieran traspasado los archivos de la biblioteca del Massachusetts Institute of Tecnology (MIT), donde estudió e impartió clases hasta su muerte, fue un hombre con la habilidad de avanzar un paso por delante de sus contemporáneos hasta capturar el tiempo. Lo logró con extraños artilugios de su cosecha, como el estroboscopio, un innovador sistema de iluminación que sustituyó al flash convencional, y con fotografías tan espectaculares como el momento en que la bota del jugador de rugby deforma el balón, o cuando una bala atraviesa el corazón de una manzana produciendo una explosión de su jugo. Un pionero de la ciencia-ficción aplicada.

El día de la "Nakba"

El día de la ‘Nakba’ y del engaño/Ben Dror Yemini es analista israelí. Una versión más extensa de este artículo se publicó en el diario Maariv el pasado 15 de mayo Publicado en EL PAÍS, 27/05/10;
Los palestinos ostentan el título de refugiados desde hace más de seis décadas. Se las han ingeniado para crear su propia narrativa histórica peculiar. Este mito se ha ido inflando como una burbuja, por lo que se hace necesario explotar dicha burbuja y presentar los hechos fehacientes: la población palestina era escasa antes de la primera aliá (ola de inmigración judía sionista), cientos de miles de judíos fueron expulsados también de los países árabes y en ningún lugar del mundo hay precedente alguno sobre el derecho de retorno.
La Nakba, la historia de los refugiados palestinos, es el mayor éxito de la historia moderna. Un éxito que es una absoluta impostura. Ningún otro grupo de “refugiados” del mundo disfruta de una cobertura mediática global tan amplia. No hay semana en que no haya una conferencia, otra conferencia, en que se trate la triste situación de los palestinos. No hay campus occidental que no dedique innumerables eventos, conferencias, publicaciones, cada año, o cada mes, para recordar a los refugiados palestinos. Se han convertido en la víctima por antonomasia. Desde que los árabes, y entre ellos los palestinos, declararon una guerra de aniquilación contra Israel, el mundo ha sufrido un millón de calamidades, injusticias, separaciones, movimientos de población, actos de genocidio y masacres así como guerras, pero la Nakba de los palestinos ocupa un lugar privilegiado. Un habitante de otra galaxia que visitara el planeta Tierra podría pensar que esta es la mayor injusticia del universo desde la Segunda Guerra Mundial. Por lo tanto, hay que reventar esta mentira. Hay que presentar los hechos tal y como son. Hay que desvelar el engaño.
Los judíos llegaron a la Tierra de Israel, que formaba parte del Imperio Otomano, en sucesivas olas de poca envergadura, incluso antes de la primera aliá. Cabría preguntarse: ¿expulsaron realmente a millones de árabes? Nadie discute que en aquellos años no había “palestinos”, ni “Palestina”, y tampoco existía una “identidad palestina”. Y sobre todo, no existía una frontera real entre los árabes de Siria, Egipto o Jordania. Había un movimiento constante de personas. En los años en que Muhamad Ali y su hijo conquistaron estas tierras, desde 1831 hasta 1840, enviaron a muchos árabes de Egipto a Gaza, a Jaffa y a otras ciudades. Los judíos que llegaron también en aquellos años a Jaffa dieron lugar al desarrollo de la ciudad.
Existe una polémica entre los historiadores sobre el número de árabes que habitaban en esos años en Palestina, que agrupaba de hecho, varios distritos sujetos a Damasco o Beirut, formando parte del Imperio Otomano. La prueba más importante de la situación antes de la primera aliá es un testimonio que ha caído en el olvido, quizá no por casualidad. Se trata de una delegación de investigadores británicos (The Palestine Exploration Fund), que recorrió la parte occidental de Israel entre 1871 y 1878 y publicó un mapa exacto y auténtico de la población, según el cual el número total de habitantes era de aproximadamente 100.000 personas.
Otra cuestión también controvertida reside en la envergadura de la inmigración árabe a Israel a raíz del sionismo. Winston Churchill dijo en 1939: “A pesar de no ser perseguidos, los árabes fluyeron masivamente hacia esas tierras y se multiplicaron de tal manera que la población árabe creció más de lo que habrían podido sumar todos los judíos del mundo a la población judía”.
Durante los años que duró el mandato británico había aquí dos poblaciones: la judía y la árabe. El territorio del mandato original, en virtud de la Declaración Balfour, incluía la ribera oriental del Jordán.La zona, como se ha señalado, estaba escasísimamente poblada. El establecimiento de un hogar para el pueblo judío no representaba injusticia alguna, porque no había aquí un Estado ni había aquí un pueblo. Este era el verdadero fundamento de la Declaración Balfour.
Al mismo tiempo que la ONU se pronunciaba sobre la propuesta de partición, los Estados árabes declararon una guerra de aniquilación contra Israel. El resultado es conocido por todos. La declaración de la guerra implicó que cientos de miles de árabes se vieran obligados a marchar a los países vecinos. Muchos de ellos huyeron. Muchos testificaron que se vieron obligados a salir bajo la presión de los dirigentes. Hubo también quienes fueron expulsados en el fragor de las batallas y la guerra. Unas 600.000 personas se convirtieron en refugiados.
La experiencia vital por la que pasaron los árabes se convirtió en la Nakba, cuya historia se fue inflando con los años. Se convirtieron en los únicos expulsados de todos los países y conflictos. Y no hay mayor mentira que esta. En primer lugar, porque al mismo tiempo sucedía también la Nakba judía: con el mismo telón de fondo, el mismo enfrentamiento, más judíos de países árabes, más de 800.000, fueron desposeídos y expulsados. Ellos no declararon una guerra de aniquilación contra los países de los que procedían. En segundo lugar, y lo que es más importante, más de 50 millones de personas han pasado por la experiencia de los movimientos de población como consecuencia de conflictos nacionalistas o al crearse nuevos Estados-nación. No hay ninguna diferencia entre los árabes de Palestina y los demás refugiados, incluidos los judíos. Solo en la década posterior a la Segunda Guerra Mundial, y solo en Europa, fueron más de 20 millones las personas que pasaron por la experiencia de un movimiento de población. Esto ha sucedido también posteriormente, durante el conflicto entre griegos y turcos en Chipre, entre Armenia y Azerbaiyán, entre los países que se crearon como consecuencia del desmembramiento de Yugoslavia, y en muchas otras zonas de conflicto en el mundo.
Ahora, son solo los palestinos, los únicos entre todos esos grupos, los que ostentan el título de refugiados desde hace más de seis décadas. Ellos han conseguido crear su propia narrativa histórica peculiar. Este mito crece progresivamente incluso con la ayuda de UNRWA, un órgano dedicado exclusivamente a tratar la cuestión de los refugiados palestinos, por separado del resto de los refugiados del mundo. La tragedia es que si los palestinos hubiesen recibido el mismo trato que los otros refugiados por parte de la comunidad internacional, su situación hoy por hoy sería mucho mejor.
En muchos de los debates en los que he participado, he preguntado a mis colegas, defensores de la narrativa palestina, ¿desde cuándo los expulsados que han declarado la guerra, y la han perdido, pueden beneficiarse del “derecho de retorno”? ¿Hay algún grupo de las decenas de grupos, alguna de las decenas de millones de personas que han pasado por la experiencia de la expulsión durante el siglo pasado, que se haya beneficiado del “derecho de retorno” causando con ello la destrucción política de un Estado-nación? Hasta hoy no he recibido respuesta. Porque ese derecho no existe.
La referencia más seria sobre la cuestión del derecho de retorno la encontramos en el Acuerdo de Chipre, a instancias del anterior secretario general Kofi Annan. El acuerdo no reconoce el derecho de retorno, a pesar de que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos reconoció los derechos de los peticionarios griegos de la parte turca al retorno y a la devolución de sus bienes. Es decir, no todo precedente legal se puede convertir en una realidad política o de Estado. El acuerdo recibió el beneplácito de la comunidad internacional en general y de la Unión Europea en particular. No es casualidad que los palestinos no mencionen el precedente de Chipre. La razón reside en que el derecho de retorno fue limitado en ese caso, de manera que la mayoría turca se mantuviera siempre en un mínimo del 80%.
Es importante recordar también la Resolución 194 de la ONU, en la que se basan los palestinos. La resolución establece las siguientes condiciones: reconocimiento del Estado judío, que deben producirse las condiciones apropiadas y que los que solicitan regresar deben aceptar vivir en paz con sus vecinos. No hace falta recordar que los palestinos insisten en no reconocer al Estado judío, cosa que deja claro que las condiciones apropiadas no se cumplen.
Una de las alegaciones palestinas es que para resolver el conflicto hay que reconocer la Nakba palestina, y sobre todo la responsabilidad de Israel con respecto al problema de los refugiados. Todo lo contrario: la exageración del mito de la Nakba es lo que retrasa una solución al conflicto. Los palestinos están ocupados en magnificar el problema, inflarlo, exigiendo algo que no tiene precedentes internacionales. Fueron ellos los que se opusieron a la partición. Fueron ellos los que incitaron a la aniquilación. Fueron ellos los que declararon la guerra.
Mientras sigan con el mito de la Nakba, haciendo caso omiso de los hechos fundamentales, no hacen sino eternizar su propio sufrimiento. Y a pesar de todo esto, los palestinos merecen respeto, libertad y también independencia. Pero al lado de Israel. No en lugar de Israel. Y no a través de la Nakba que no es más que un fraude político y un fraude histórico.

La historia

¿Se puede entender la Historia?/Gabriel Tortella, profesor emérito en la Universidad de Alcalá. Sus últimos libros son Los orígenes del siglo XXI y Para comprender la crisis, con Clara E. Núñez
EL MUNDO, 27/05/10;
En Alicia en el País de las Maravillas, libro que ha tenido un resurgir con motivo de la reciente película, hay un pasaje que revela la aversión de su autor por la Historia. Lewis Carroll era matemático y consideraba la Historia como una narración de hechos sin ilación lógica; así, para secar a Alicia tras un baño, la mejor receta que se le ocurre a su amigo el ratón es contar la historia de Guillermo el Conquistador y su relación con el Papado, porque es lo más seco y aburrido que se puede imaginar.
Ésta es una visión muy general: historia es para muchos sinónimo de crónica, una simple narración enumerativa de los hechos de reyes y príncipes. Casi podríamos llegar así a aplicar a la Historia la definición de la vida que Shakespeare nos da en MacBeth: un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada. ¿Es esto la Historia? ¿Un cuento que no significa nada, que, todo lo más, resulta divertido como una gran revista del corazón, un gran culebrón lleno de batallas, traiciones y heroísmos, que nos ilustra sobre las vidas de ricos y famosos, sin mucho trasfondo? Ésta es (quizá expresada con menos crudeza) la opinión de muchos, incluidos historiadores ilustres, alguno de los cuales ha escrito recientemente en estas páginas.
No es, ciertamente, la mía. Yo creo que la Historia es inteligible, interpretable, que nos enseña mucho no sólo como magistra vitae, es decir, como una serie de fábulas ejemplificantes, sino como ciencia social que estudia el comportamiento de las sociedades humanas. El hombre es un ser mucho menos racional de lo que se dice; pero sí es un animal pensante, y su comportamiento social opera con arreglo a una cierta lógica: por ejemplo, está muy afectado por las variables económicas y también por los condicionante históricos: la Historia explica la Historia, lo cual nos indica que ésta, al menos hasta cierto punto (en la medida en que el ser humano puede entenderse a sí mismo), es inteligible.
Otro obstáculo para la comprensión de la Historia es el del enfoque. Ocurre con la Historia como con la fotografía: si no enfocamos la lente a la distancia adecuada, el cuadro queda borroso. La Historia no nos permite comprender todo lo que pasa, porque el azar tiene un papel importante. Por ejemplo: si Hitler hubiera muerto en la Gran Guerra, ¿hubiera existido el III Reich y todos los horrores anejos? O, si las carabelas de Colón se hubieran hundido en mitad del Atlántico en 1492, ¿hubiera sido diferente la Historia de América? Un historiador británico afincado en Estados Unidos intentó hace unos años, con éxito dudoso, popularizar la Historia contrafactual. En mi opinión, fue un proyecto fallido. Pero la Historia contrafactual, que es lo más parecido a un experimento de ciencia física que puede hacerse en Historia, es lícita, aunque raramente deba salir del gabinete del especialista (el primer contrafactual lo hizo ya Heródoto en su Historia).
Yo argüiría, por ejemplo, que ni la muerte temprana de Hitler ni el naufragio de Colón hubieran cambiado mucho las cosas. Las técnicas de navegación en el siglo XV hacían inevitable la travesía del Atlántico: en 1500, Cabral descubrió Brasil accidentalmente. Lo mismo ocurre con el nazismo: en la Alemania de 1930 abundaban los partidos de extrema derecha, y el fascismo estaba inventado ya por Mussolini. Los detalles pueden haber variado, pero el descubrimiento de América y el triunfo de la extrema derecha en Europa central durante la Gran Depresión eran ineluctables.
Evidentemente, hay mucho de impredecible en la Historia. Pero hoy podemos explicar una parte considerable de sus grandes contornos y podemos también señalar cuáles son los principales elementos de imprevisibilidad. En una novela de la serie Foundation, Isaac Asimov nos pinta un sabio que predice el futuro con arreglo a un sistema de ecuaciones, y lega sus predicciones para ilustración de futuros gobernantes. Esto es ciencia ficción de la buena, pero es inconcebible que pueda ocurrir, porque existe un gran elemento de imprevisibilidad histórica: la propia ciencia. No podemos saber qué derroteros va a tomar la ciencia y, como ésta determina en gran parte la evolución económica, que a su vez es el gran sustrato de la Historia, no podemos predecir el futuro ni siquiera a medio plazo. Pero sí podemos explicar el pasado racionalmente.
Dicho de otro modo, las cosas que ocurren no son totalmente previsibles o explicables, pero sí pueden establecerse gradaciones de probabilidad. La Guerra Civil española, por ejemplo, no era inevitable, digamos, a finales de 1935, pero era muy probable, y de eso eran conscientes muchos contemporáneos. Tenía España una serie de condiciones en aquellos momentos que la hacían proclive al conflicto fratricida. En primer lugar, la guerra civil (carlista y otras) había sido endémica en el siglo XIX. En segundo lugar, estaba en plena transición económica, periodo muy propenso a revoluciones y guerras civiles. En tercer lugar, la Gran Depresión agudizó las tensiones sociales interiores. En cuarto lugar, la Depresión causó el triunfo del nazismo y un resurgir del fascismo, lo que también ejerció un fuerte impacto social sobre la derecha y la izquierda: la convicción de que no había solución democrática se extendió a capas cada vez mayores de la población. En quinto lugar, acababa de tener lugar una insurrección revolucionaria en Asturias y en Cataluña. Y en sexto lugar, España tenía un ejército con una tradición golpista, tradición que se había acentuado por las tensiones de la guerra en Marruecos y la insurrección de 1934. Hubo muchas responsabilidades personales en el estallido de la conflagración; sin embargo, muy posiblemente, de no haber existido todos esos elementos explosivos, los conspiradores no hubieran triunfado.
La Historia probabilística puede parecer menos excitante que la que adopta un enfoque puramente narrativo (aunque no lo creyera Lewis Carroll). Ahora bien, si lo que queremos es comprender, más que juzgar (y condenar), el método probabilístico y el contrafactual serán de más ayuda que las historias de buenos y malos. La verdad científica acostumbra a ser más aburrida que los culebrones; pero más cierta.

Ficción a tiempo completo

Ficción a tiempo completoELISA SILIÓ
Babelia, El País, 29/05/2010;
El escritor y académico José María Merino (A Coruña, 1941) compara su vida matutina con la de un funcionario. "A las ocho y media me siento, consulto el correo electrónico y, si estoy con algo, empiezo a tomar notas. La escritura es un continuo ensayo. Tienes que ponerte a trabajar como la bailarina, que vuela porque entrena ocho horas", sostiene. Las tardes, cuando tiene entre manos relatos cortos, las dedica al ocio. Pero si anda absorto con una ficción larga no existen los horarios. "Me levanto de la cama a apuntar algo". La liberación la consigue alternando los dos géneros: "El cuento es chas, la iluminación. Tengo que verlo entero aunque cambie el final. Y en la novela entras con el machete en un territorio muy frondoso y suceden cosas. Se van creando lógicas sin saber muy bien adónde vas". Estas semanas el funcionariado es escaso. Viaja para promocionar Historias del otro lugar (Alfaguara), una recopilación de los cuentos que fue publicando en diferentes títulos entre 1982 y 2004.
La supervisión de esta nueva edición ha sido muy leve: "De sustancia no he cambiado nada. Algunas erratas, algunos leísmos que me chirrían con los años...". Y, desde luego, sin ningún afán de revisar los textos para ajustarlos a lo políticamente correcto. "Ahora existe la idea de que hay que renovar los cuentos populares. Mis hijas se criaron escuchándolos y son unas ciudadanas hechas y derechas. A usted nunca le han contado un cuento en su infancia y por eso ahora encuentra cosas raras. ¡Qué me está contando!", se indigna. Reconoce una evolución narrativa en estos veintidós años de minificciones. "A veces me sorprenden los primeros: ¡qué frescura! Seguramente he perdido júbilo, pero me sigue encantando escribir cuentos. Cada vez tiendo a hacerlos más realistas, pero en un contexto en el que se pueden leer de forma fantástica".
"Ahora estoy leyendo cuentos para el concurso La Hucha de Oro y hay un nivel estupendo", se felicita Merino, quien ya no ejerce de profesor en talleres de cuentos. "Terminaba exhausto", se justifica rodeado de unos libros que engullen el cuarto, pese a regalar muchos y trasladar otros a su casa de León. Los apila por temática, pero encontrar el que interesa es una odisea. Así que oír la palabra "obra" o "mudanza" le produce urticaria. Tiene hasta un plan trazado ante la trágica idea de tener que cambiar un día el suelo algo desgastado. "Cuando vaya a los países árabes voy a ir comprando alfombras y algún día lo tapizaré todo", desvela satisfecho.

Pietro Parolin en México: ¿un anuncio de visita papal?

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