4 sept 2008

Si hay algo que celebrar es la vida misma

La inmortalidad y los cumpleaños/Manuel Cruz, catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona y director de la revista Barcelona Metrópolis
Publicado en EL PAÍS, 03/09/2008;
A la memoria de Maria-Mercè Marçal
Hay gente que dispara su tristeza contra todo lo que se mueve, al igual que hay personas que regalan su amargura con generosidad, sin preocuparse gran cosa por los destinatarios de su regalo. Me ocurrió hace algún tiempo, al terminar eso que en la jerga profesional se suele denominar un almuerzo de trabajo. Llegado el momento del café, y una vez despachadas las cuestiones laborales que nos habían convocado, mi interlocutor, a quien acababa de conocer ese mismo día, me formuló, distraídamente, la pregunta: “Oye, y tú ¿cuántos años tienes?”. El diálogo continuó por donde suele ser habitual: tras mi respuesta, él comentó, cortés, “ah, pues no los aparentas en absoluto; yo te hubiera echado unos cuantos menos”. A lo que añadió la apostilla: “A ti te pasa como a Enrique, que también aparentaba ser más joven”. Enrique era un amigo común, fallecido prematuramente -para las expectativas de vida que empiezan a ser hoy habituales- algunos años atrás. Ya es mala pata, pensé para mis adentros, que no haya encontrado este hombre nadie mejor con quien compararme al respecto de la edad que con un difunto.

La inmortalidad y los cumpleaños/Manuel Cruz, catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona y director de la revista Barcelona Metrópolis
Publicado en EL PAÍS, 03/09/2008;
A la memoria de Maria-Mercè Marçal
Hay gente que dispara su tristeza contra todo lo que se mueve, al igual que hay personas que regalan su amargura con generosidad, sin preocuparse gran cosa por los destinatarios de su regalo. Me ocurrió hace algún tiempo, al terminar eso que en la jerga profesional se suele denominar un almuerzo de trabajo. Llegado el momento del café, y una vez despachadas las cuestiones laborales que nos habían convocado, mi interlocutor, a quien acababa de conocer ese mismo día, me formuló, distraídamente, la pregunta: “Oye, y tú ¿cuántos años tienes?”. El diálogo continuó por donde suele ser habitual: tras mi respuesta, él comentó, cortés, “ah, pues no los aparentas en absoluto; yo te hubiera echado unos cuantos menos”. A lo que añadió la apostilla: “A ti te pasa como a Enrique, que también aparentaba ser más joven”. Enrique era un amigo común, fallecido prematuramente -para las expectativas de vida que empiezan a ser hoy habituales- algunos años atrás. Ya es mala pata, pensé para mis adentros, que no haya encontrado este hombre nadie mejor con quien compararme al respecto de la edad que con un difunto.
Pero la apostilla de mi comensal -inocente o malévola: tanto da a los efectos de lo que pretendo plantear- me siguió persiguiendo durante un rato. No pude evitar que viniera a mi mente la obviedad: nuestro amigo común había muerto antes de tiempo pero, eso sí, aparentando juventud. Escaso consuelo, debió de pensar él en sus horas finales: sin duda, si le hubieran dado la oportunidad de escoger, hubiera cambiado con gusto su envidiada apariencia por longevidad real. No cabe engaño al respecto: la promesa de vida que parece venir avalada por un buen aspecto a menudo no deja de ser otra cosa que una piadosa proyección estadística.
Pero hasta las obviedades tienen su recorrido discursivo si uno es capaz de analizarlas con el necesario detenimiento. Y la pregunta que me surgía, al analizar mi propia obviedad, era: ¿tan evidente resulta que constituya un valor en sí mismo ese extendidísimo anhelo por permanecer aquí -en el mundo de los vivos- a cualquier precio, hasta el extremo de que se ha convertido en la fantasía generalizada de nuestra época la inminencia de la inmortalidad? ¿Es obvio que la fuente, el origen de nuestra infelicidad, se encuentra en nuestra finitud, en nuestra -al menos hasta ahora- insoslayable limitación temporal?
Repárese en que el vínculo entre ambos planos -en definitiva: la confianza en que, sorteando la muerte, alcancemos la felicidad- viene indisociablemente ligada a una determinada expectativa de futuro, de signo optimista-progresista. Si, en efecto, los tiempos venideros están llamados a depararnos todo tipo de alegrías y satisfacciones, superando dolores, injusticias y cualquier forma de sufrimiento o incluso malestar concebibles, se encuentra plenamente justificada la esperanza en que, aguantando todo lo posible en este mundo, alcanzaremos por fin ese añorado horizonte de plenitud. Ahora bien, la contrapartida de semejante planteamiento va de suyo: en un momento como el actual, en el que, tras el final del sueño emancipatorio, también parece haber entrado en crisis el de los que creían que la actual organización del mundo representa el final, insuperable, de la historia, ¿qué contenido atribuirle a aquella esperanza?
Pero la hipótesis de que pudiéramos estar viviendo el fin no de éste o de aquél, sino de todos los sueños -de cualquier expectativa de paraíso en la tierra bajo cualquier de los formatos concebibles- acaso introduzca una modificación sustantiva en la estructura del imaginario colectivo del que nos hemos venido sirviendo durante largo tiempo. Los trazos mayores con los que cada vez más tendemos a dibujar nuestra realidad vienen representados por una gradación de temores, miedos y pavores de diverso tipo, cuya relación resulta de todo punto innecesario -por reiterada- evocar aquí (terrorismos, catástrofes medioambientales, guerras totales…). Poco a poco, la expectativa, antes tan acariciada, de inmortalidad habría cambiado de signo: no nos colocaría a salvo de los males del presente, sino que nos condenaría sin remedio a padecerlos en el futuro. El sueño habría ido virando, de esta forma, en dirección hacia la pesadilla: de una situación en la que la muerte constituía una amenaza de inexorable cumplimiento habríamos ido transitando a otra, en la que la vida habría terminado por ser concebida como una condena. Una condena a cadena perpetua, para ser exactos.
Pero no se trata de anticipar el detalle de lo que se nos avecina. Tal vez (¿cómo saberlo?) en ese hipotético mundo infeliz aumente espectacularmente la tasa de suicidios y -de manera análoga a lo que sucedía en la novela de Henrik Stangerup El hombre que quería ser culpable- los individuos se vean obligados a organizarse clandestinamente para acabar con sus propias vidas. O tal vez simplemente suceda que se extienda como una mancha de aceite el sentimiento de decepción ante la expectativa insatisfecha: ahora que podíamos empezar a pensar en prolongar de manera indefinida nuestra estancia aquí, se dirán muchos, resulta que ya no vale la pena quedarse.
En cualquiera de los casos, se impone volver sobre los propios pasos y reconsiderar aquella identificación, a la que al comenzar hicimos referencia, entre inmortalidad y felicidad. Quizá el breve experimento mental esbozado en los párrafos anteriores baste para comprobar que el anhelo de inmortalidad, la fantasía de una vida sin fin, si no va acompañado de una idea lo más clara posible de lo que se quiere hacer con esa vida sólo puede ser fuente de insatisfacción y malestar, en la medida en que deja sin pensar lo que realmente importa.
Acaso lo que esté en juego aquí sea algo, en el fondo, muy simple, extremadamente simple: una de esas verdades imposibles de aceptar sin sentirse requerido a estar a su altura. Lo afirma el protagonista de la fascinante y perturbadora novela de Philip Roth, El animal moribundo: “Uno es inmortal mientras está vivo” (afirmación muy próxima, por cierto, a aquella otra del poeta simbolista francés Henri de Régnier: “El amor es eterno mientras dura”). El contenido de la felicidad -el recurrente vivir la vida en el que nunca dejamos de estar enredados- pasa por afrontar esa inmortalidad que tenemos a nuestra disposición, no por aplazar su cumplimiento a la espera de un hipotético futuro sin dolor ni límite. Lo que es como decir: si hay algo que celebrar es la vida misma. No porque sea todo lo que tenemos, sino porque es lo más importante de lo que tenemos (el auténtico trascendental, como diría un filósofo con ínfulas kantianas). En cuanto a las velas y las tartas evocadas en el título, despreocúpense de ellas: nunca merecieron la pena. Definitivamente, vivir no es durar. Aunque, eso sí, por si acaso cuídense.
Por Manuel Cruz, catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona y director de la revista Barcelona Metrópolis (EL PAÍS, 03/09/08): A la memoria de Maria-Mercè Marçal Hay gente que dispara su tristeza contra todo lo que se mueve, al igual que hay personas que regalan su amargura con generosidad, sin preocuparse gran cosa por los destinatarios de su regalo. Me ocurrió hace algún tiempo, al terminar eso que en la jerga profesional se suele denominar un almuerzo de trabajo. Llegado el momento del café, y una vez despachadas las cuestiones laborales que nos habían convocado, mi interlocutor, a quien acababa de conocer ese mismo día, me formuló, distraídamente, la pregunta: “Oye, y tú ¿cuántos años tienes?”. El diálogo continuó por donde suele ser habitual: tras mi respuesta, él comentó, cortés, “ah, pues no los aparentas en absoluto; yo te hubiera echado unos cuantos menos”. A lo que añadió la apostilla: “A ti te pasa como a Enrique, que también aparentaba ser más joven”. Enrique era un amigo común, fallecido prematuramente -para las expectativas de vida que empiezan a ser hoy habituales- algunos años atrás. Ya es mala pata, pensé para mis adentros, que no haya encontrado este hombre nadie mejor con quien compararme al respecto de la edad que con un difunto. Pero la apostilla de mi comensal -inocente o malévola: tanto da a los efectos de lo que pretendo plantear- me siguió persiguiendo durante un rato. No pude evitar que viniera a mi mente la obviedad: nuestro amigo común había muerto antes de tiempo pero, eso sí, aparentando juventud. Escaso consuelo, debió de pensar él en sus horas finales: sin duda, si le hubieran dado la oportunidad de escoger, hubiera cambiado con gusto su envidiada apariencia por longevidad real. No cabe engaño al respecto: la promesa de vida que parece venir avalada por un buen aspecto a menudo no deja de ser otra cosa que una piadosa proyección estadística. Pero hasta las obviedades tienen su recorrido discursivo si uno es capaz de analizarlas con el necesario detenimiento. Y la pregunta que me surgía, al analizar mi propia obviedad, era: ¿tan evidente resulta que constituya un valor en sí mismo ese extendidísimo anhelo por permanecer aquí -en el mundo de los vivos- a cualquier precio, hasta el extremo de que se ha convertido en la fantasía generalizada de nuestra época la inminencia de la inmortalidad? ¿Es obvio que la fuente, el origen de nuestra infelicidad, se encuentra en nuestra finitud, en nuestra -al menos hasta ahora- insoslayable limitación temporal? Repárese en que el vínculo entre ambos planos -en definitiva: la confianza en que, sorteando la muerte, alcancemos la felicidad- viene indisociablemente ligada a una determinada expectativa de futuro, de signo optimista-progresista. Si, en efecto, los tiempos venideros están llamados a depararnos todo tipo de alegrías y satisfacciones, superando dolores, injusticias y cualquier forma de sufrimiento o incluso malestar concebibles, se encuentra plenamente justificada la esperanza en que, aguantando todo lo posible en este mundo, alcanzaremos por fin ese añorado horizonte de plenitud. Ahora bien, la contrapartida de semejante planteamiento va de suyo: en un momento como el actual, en el que, tras el final del sueño emancipatorio, también parece haber entrado en crisis el de los que creían que la actual organización del mundo representa el final, insuperable, de la historia, ¿qué contenido atribuirle a aquella esperanza? Pero la hipótesis de que pudiéramos estar viviendo el fin no de éste o de aquél, sino de todos los sueños -de cualquier expectativa de paraíso en la tierra bajo cualquier de los formatos concebibles- acaso introduzca una modificación sustantiva en la estructura del imaginario colectivo del que nos hemos venido sirviendo durante largo tiempo. Los trazos mayores con los que cada vez más tendemos a dibujar nuestra realidad vienen representados por una gradación de temores, miedos y pavores de diverso tipo, cuya relación resulta de todo punto innecesario -por reiterada- evocar aquí (terrorismos, catástrofes medioambientales, guerras totales…). Poco a poco, la expectativa, antes tan acariciada, de inmortalidad habría cambiado de signo: no nos colocaría a salvo de los males del presente, sino que nos condenaría sin remedio a padecerlos en el futuro. El sueño habría ido virando, de esta forma, en dirección hacia la pesadilla: de una situación en la que la muerte constituía una amenaza de inexorable cumplimiento habríamos ido transitando a otra, en la que la vida habría terminado por ser concebida como una condena. Una condena a cadena perpetua, para ser exactos. Pero no se trata de anticipar el detalle de lo que se nos avecina. Tal vez (¿cómo saberlo?) en ese hipotético mundo infeliz aumente espectacularmente la tasa de suicidios y -de manera análoga a lo que sucedía en la novela de Henrik Stangerup El hombre que quería ser culpable- los individuos se vean obligados a organizarse clandestinamente para acabar con sus propias vidas. O tal vez simplemente suceda que se extienda como una mancha de aceite el sentimiento de decepción ante la expectativa insatisfecha: ahora que podíamos empezar a pensar en prolongar de manera indefinida nuestra estancia aquí, se dirán muchos, resulta que ya no vale la pena quedarse. En cualquiera de los casos, se impone volver sobre los propios pasos y reconsiderar aquella identificación, a la que al comenzar hicimos referencia, entre inmortalidad y felicidad. Quizá el breve experimento mental esbozado en los párrafos anteriores baste para comprobar que el anhelo de inmortalidad, la fantasía de una vida sin fin, si no va acompañado de una idea lo más clara posible de lo que se quiere hacer con esa vida sólo puede ser fuente de insatisfacción y malestar, en la medida en que deja sin pensar lo que realmente importa. Acaso lo que esté en juego aquí sea algo, en el fondo, muy simple, extremadamente simple: una de esas verdades imposibles de aceptar sin sentirse requerido a estar a su altura. Lo afirma el protagonista de la fascinante y perturbadora novela de Philip Roth, El animal moribundo: “Uno es inmortal mientras está vivo” (afirmación muy próxima, por cierto, a aquella otra del poeta simbolista francés Henri de Régnier: “El amor es eterno mientras dura”). El contenido de la felicidad -el recurrente vivir la vida en el que nunca dejamos de estar enredados- pasa por afrontar esa inmortalidad que tenemos a nuestra disposición, no por aplazar su cumplimiento a la espera de un hipotético futuro sin dolor ni límite. Lo que es como decir: si hay algo que celebrar es la vida misma. No porque sea todo lo que tenemos, sino porque es lo más importante de lo que tenemos (el auténtico trascendental, como diría un filósofo con ínfulas kantianas). En cuanto a las velas y las tartas evocadas en el título, despreocúpense de ellas: nunca merecieron la pena. Definitivamente, vivir no es durar. Aunque, eso sí, por si acaso cuídense. " name=postContent_0>
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Gilberto, la opinión de Fito

Una página de Gilberto Rincón Gallardo/ Adolfo Sánchez Rebolledo
Publicado e La Jornda, 4 de septiembre de 2008;
Hace unos años, Hernán Gómez Bruera se propuso realizar una tesis sobre la izquierda a 25 años de la reforma política. Con ese fin realizó entrevistas sobre los nexos entre esa corriente y la democracia, entre las cuales figuraba la que le hizo a Gilberto Rincón Gallardo, entonces candidato a la Presidencia de la República por el efímero partido Democracia Social.
Hoy, cuando Gilberto ha fallecido y en los obituarios se insiste en recordarlo por sus últimas actividades, vale la pena revisar otras páginas de suvida donde dejó la impronta de su carácter perseverante, crítico y negociador. Me refiero a suparticipación en las intensas conversaciones sostenidas con Jesús Reyes Heroles para legalizar el Partido Comunista, que culminaron con la reforma política de 1977, así como a la discusión inconclusa acerca del papel de la lucha armada en el seno del propio partido.

Mil toneladas de Coca en Colombia!

Análisis: ¿Qué significan las cuentas de (Salvatore) Mancuso?
Las cuentas de Mancuso son una fuente inédita sobre las cifras del narcotráfico en Colombia. Por primera vez un ‘narco’ que controlaba gran parte del negocio en el norte del país, pone su contabilidad sobre la mesa. Semana.com, consultó con varios expertos qué significan estas cifras.
Por Lorenzo Morales, editor de Semana.com/ Revista SEMANA On Line (http://www.semana.com/)
Fecha: 09/02/2008 -Expertos en el tema de drogas coincidieron en que las cifras disponibles sobre cultivos ilícitos y narcotráfico en Colombia no son confiables. Existen grandes disparidades entre las agencias que se encargan de medir el número de hectáreas sembradas o las que estiman el monto de cocaína que sale del país. “En general las cifras sobre drogas y narcotráfico son extraordinariamente débiles”, dijo Francisco Thoumi, quien lleva muchos años estudiando el fenómeno del narcotráfico y que hace poco publicó una artículo donde cuestiona las cuentas oficiales sobre cultivos e irradicación de coca en Colombia. (Ver: Colombia no produce cocaína… según cuentas, en Revista Razón Pública.)
La prueba más sobresaliente son las diferencias entre las dos fuentes más confiables sobre el tema. Mientras el sistema de monitoreo de Naciones Unidas (Simci), avalado por el gobierno, calculó para 2007, un total de 85,750 hectáreas de coca, el Departamento de Estado de los Estados Unidos, a través de la CIA y la DEA dan cuenta de 144,100 hectáreas sembradas. ¿Cómo estimar la verdadera dimensión de los cultivos cuando la diferencia entre las dos cifras es de casi el doble? ¿Cuál es la medición más confiable si para algunos años muestran tendencias diferentes; mientras una muestra un aumento en los cultivos, la otra muestra una reducción?
Según Ricardo Vargas, experto en el tema de la política antidrogas e investigador del
Transnational Institute, un centro académico con sede en Ámsterdam, el Simci tiene buenos cálculos de rendimientos pero subestiman el área cultivada. El Departamento de Estado en cambio, es más acertado con el área sembrada pero es poco confiable estimando los rendimientos económicos. Por eso las cuentas de Mancuso son una fuente inédita del cálculo del narcotráfico en Colombia. Por primera vez un gran ‘narco’ que controlaba una parte importante de la producción en el norte del país, pone sobre la mesa su contabilidad. Según Mancuso, sus cálculos se basan en un estudio que él mismo encargó para los cultivos de su zona de influencia en Antioquia, Córdoba y el Sur de Bolívar. Según las cuentas de Mancuso, en Colombia hay sembradas 160,000 hectáreas de coca que producen 1.000 toneladas de cocaína al año. Esas mil toneladas generan 7,000 mil millones de dólares que terminan, en su mayoría, inyectados en la economía nacional. Para Thoumi, a esas 1,000 toneladas de cocaína que salen del país según Mancuso, habría que restarle lo que se confisca, que en promedio es de 250 toneladas al año. Aunque reconoció que “las cifras de incautaciones a veces son exageradas por problemas de contabilidades que se duplican entre las entidades que hacen ese control”.
También señala que cuando se dice que hay cuatro raspas al año, depende de la variedad y de la edad de las plantas. Algunas pueden producir más. La cifra del dinero que entra al país producto del narcotráfico importa en últimas poco, según Thoumi. Los efectos sobre la sociedad son mucho más graves que sobre la economía. “La política colombiana es más adicta a la droga que la economía”, dijo Thoumi quién señalo que los políticos son fáciles de corromper con muy poco dinero. Los 7,000 millones de dólares mencionados por Mancuso equivaldrían a algo cercano al 5 por ciento del Producto Interno Bruto de Colombia.
Para Gustavo Duncan, autor del libro "Los señores de la guerra", las cuentas de Mancuso muestran que el dinero que mueve el narcotráfico en Colombia es mayor al que se ha especulado tradicionalmente y tiene una incidencia importante en la vida económica y social del país. “Estamos hablando de una suma que dinero tan grande que es imposible desconocer el impacto que tiene sobre el funcionamiento de la política”, dijo Duncan y explicó que quien controla semejante dinero dentro de la economía y la política, termina controlando otras rentas, como presupuestos municipales, transferencias, entre otros. Thoumi se refirió también al porcentaje de repatriación de dineros producto del narcotráfico, que según Mancuso son entre el 80 y el 90 por ciento de lo que produce el negocio del narcotráfico.
El investigador señaló que los dineros que entran al país no dependen de cuanto se exporta. “Los ‘narcos’ no son malos empresarios”, dijo Thoumi y explicó que lo que se trae de vuelta depende en gran medida de las tasas de interés en Estados Unidos y en Colombia, así como de la tasa de cambio. “Es probable con los problemas en la economía gringa, este entrando más a Colombia”. Thoumi explicó que el negocio del narcotráfico no funciona como un mercado sino como redes independientes. Esto quiere decir que las estimaciones que se hacen para una red, no necesariamente corresponden a otra. Según Ricardo Vargas, los cálculos de Mancuso tendrían dos falencias. Por un lado, como señala Thoumi, no toda la droga que se produce logra venderse, y una parte importante se pierde en incautaciones. Por otro lado el valor del kilo de cocaína varía según el lugar del mundo donde se ponga. En México puede venderse por los US$ 7.000 que habla Mancuso. Pero no toda va a parar allá. “Si la droga se pone en Guatemala vale US$ 5.000 y si se pone en Panamá, tal vez solo sean US$ 3.000”, explica Vargas. “Si en cambio la droga se “corona” en un destino Europeo como Portugal, España o Holanda, el mismo kilo puede costar entre US$20.000 o US$25.000”. Según los cálculos de Vargas que serán publicados próximamente en el artículo “Drogas en Colombia: lo ilegal en el proceso” de un libro de la Fundación Seguridad y Democracia, el país produce 1,100 toneladas de droga al año (un cálculo muy cercano al de Mancuso), pero lo que entra en dinero el país es mucho menos. Vargas estima que al país entran cerca de US$ 4,000 millones de dólares. De esos, US$ 1,600 millones vienen del mercado gringo, US$ 2,000 millones del mercado Europeo y el resto de mercados emergentes como el asiático. “Me parece que más que saber los casos específicos o los nombres de las personas que reciben dinero del narcotráfico, es importante que los paras confiesen este tipo de verdades y el país la conozca”, dijo Duncan quien cree que la extradición a Estados Unidos de los ex jefes paramilitares hace que muchas verdades históricas se pierdan para siempre. “Verdades como esta dejaron de ser parte de la negociación de un acuerdo de paz y, con la extradición de por medio, se convirtieron en herramientas de chantaje”, concluyó Duncan.

Comisión sobre Drogas y Democracia

Una comisión formada por ex mandatarios latinoamericanos se reunió este jueves 4 de septiembre en Bogota, Colombia, para examinar las políticas de prevención al consumo de drogas.
El ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso (1995-2002) dijo que harán un balance para poder "decir 'aquí hemos hecho un esfuerzo enorme, pero fracasamos. Allí, en otra parte tuvimos éxito ¿porqué tuvimos éxito... qué más podemos hacer?".
El ex presidente colombiano, César Gaviria (1990-1994), otro integrante de la llamada Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, indicó que "los programas de prevención a todo lo ancho del mundo son bastantes ineficaces... o sea el mundo, la sociedad civil, los gobiernos no se han puesto la empresa de montar verdaderos programas eficaces para reducir el consumo de droga".
Queremos "hacer un análisis tan crudo como sea posible y finalmente hacer una serie de recomendaciones", dijo.
Las conclusiones que alcancen en la Comisión las presentarán en la cumbre antidrogas de las Naciones Unidas a realizarse en Viena en marzo.
Gaviria añadió que "que Colombia tiene una particular autoridad para hablar en materia de drogas porque sentimos que Colombia es de lejos el país que más hace" para combatir el flagelo, "pero tenemos que ver qué resultados está poniendo y que co responsabilidad hay de la comunidad internacional".
El ex vicepresidente de Nicaragua, Sergio Ramírez, también parte de la comisión, propuso en los países en donde están "los grandes centros de consumo" de drogas "deberían pagarles una especie de impuesto por cada tonelada de droga decomisada" a los países de tránsito, como Centroamérica.
Los miembros de la comisión -que ya tuvieron en abril una primera ronda de debates en Río de Janeiro y estiman finalizar su documento en otra cita en febrero en México- dijeron que algunas propuestas serán presentadas el viernes al final de este encuentro.

Pietro Parolin en México: ¿un anuncio de visita papal?

Pietro Parolin en México: ¿un anuncio de visita papal? El viaje papal bien podría esperar un poco y concretarse una vez que pasen las aguas ...