17 abr 2010

El nuevo Papa

Retrospectiva
El nuevo Papa, ante los desafíos de nuestro tiempo /JUAN JOSÉ TAMAYO
EL PAÍS - Opinión - 02-05-2005
Al comienzo del pontificado de Benedicto XVI, deseo exponer en voz alta algunos de los principales desafíos a los que ha de enfrentarse, con la intención de ofrecer mi colaboración en la búsqueda de nuevos caminos que devuelvan a la Iglesia católica la credibilidad conseguida con el Concilio Vaticano II, en el que el joven Ratzinger participó como asesor teológico. Es una invitación al nuevo Papa a poner en práctica los cambios que él mismo ayudó a formular tan lúcidamente hace cuarenta años. Cambios que no fueron sólo de matiz, sino de fondo, sobre todo en las cuestiones organizativas, teológicas y morales.

El celibato

La importancia del celibato sacerdotal/ Cláudio Hummes, prefecto de la Congregación vaticana para el Clero,
Publucado en la edición italiana de «L’Osservatore Romano» 16 de marzo de 2007, al conmemorarse el cuadragésimo aniversario de la «Sacerdotalis Caelibatus» del Papa Pablo VI.
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Al entrar en el XL aniversario de la publicación de la encíclica Sacerdotalis caelibatus de Su Santidad Pablo VI, la Congregación para el clero cree oportuno recordar la enseñanza magisterial de este importante documento pontificio.
En realidad, el celibato sacerdotal es un don precioso de Cristo a su Iglesia, un don que es necesario meditar y fortalecer constantemente, de modo especial en el mundo moderno profundamente secularizado.
En efecto, los estudiosos indican que los orígenes del celibato sacerdotal se remontan a los tiempos apostólicos. El padre Ignace de la Potterie escribe: «Los estudiosos en general están de acuerdo en decir que la obligación del celibato, o al menos de la continencia, se convirtió en ley canónica desde el siglo IV (...). Pero es importante observar que los legisladores de los siglos IV o V afirmaban que esa disposición canónica estaba fundada en una tradición apostólica. Por ejemplo, el concilio de Cartago (del año 390) decía: “Conviene que los que están al servicio de los misterios divinos practiquen la continencia completa (continentes esse in omnibus) para que lo que enseñaron los Apóstoles y ha mantenido la antigüedad misma, lo observemos también nosotros”» (cf. Il fondamento biblico del celibato sacerdotale, en: Solo per amore. Riflessioni sul celibato sacerdotale. Cinisello Balsamo 1993, pp. 14-15). En el mismo sentido, A.M. Stickler habla de argumentos bíblicos en favor del celibato de inspiración apostólica (cf. Ch. Cochini, Origines apostoliques du Célibat sacerdotal, Prefacio, p. 6).
Desarrollo histórico
El Magisterio solemne de la Iglesia reafirma ininterrumpidamente las disposiciones sobre el celibato eclesiástico. El Sínodo de Elvira (300-303?), en el canon 27, prescribe: «El obispo o cualquier otro clérigo tenga consigo solamente o una hermana o una hija virgen consagrada a Dios; pero en modo alguno plugo (al Concilio) que tengan a una extraña» (Enrique Denzinger, El Magisterio de la Iglesia, ed. Herder, Barcelona 1955, n. 52 b, p. 22); y en el canon 33: «Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía» (ib., 52 c).
También el Papa Siricio (384-399), en la carta al obispo Himerio de Tarragona, fechada el 10 de febrero de 385, afirma: «El Señor Jesús (...) quiso que la forma de la castidad de su Iglesia, de la que él es esposo, irradiara con esplendor (...). Todos los sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir, que desde el día de nuestra ordenación consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos» (ib., n. 89, p. 34).
En el primer concilio ecuménico de Letrán, año 1123, en el canon 3 leemos: «Prohibimos absolutamente a los presbíteros, diáconos y subdiáconos la compañía de concubinas y esposas, y la cohabitación con otras mujeres fuera de las que permitió que habitaran el concilio de Nicea (325)» (ib., n. 360, p. 134).
Asimismo, en la sesión XXIV del concilio de Trento, en el canon 9 se reafirma la imposibilidad absoluta de contraer matrimonio a los clérigos constituidos en las órdenes sagradas o a los religiosos que han hecho profesión solemne de castidad; con ella, la nulidad del matrimonio mismo, juntamente con el deber de pedir a Dios el don de la castidad con recta intención (cf. ib., n. 979, p. 277).
En tiempos más recientes, el concilio ecuménico Vaticano II, en el decreto Presbyterorum ordinis (n. 16), reafirmó el vínculo estrecho que existe entre celibato y reino de los cielos, viendo en el primero un signo que anuncia de modo radiante al segundo, un inicio de vida nueva, a cuyo servicio se consagra el ministro de la Iglesia.
Con la encíclica del 24 de junio de 1967, Pablo VI mantuvo una promesa que había hecho a los padres conciliares dos años antes. En ella examina las objeciones planteadas a la disciplina del celibato y, poniendo de relieve sus fundamentos cristológicos y apelando a la historia y a lo que los documentos de los primeros siglos nos enseñan con respecto a los orígenes del celibato-continencia, confirma plenamente su valor.
El Sínodo de los obispos de 1971, tanto en el esquema presinodal Ministerium presbyterorum (15 de febrero) como en el documento final Ultimis temporibus (30 de noviembre), afirma la necesidad de conservar el celibato en la Iglesia latina, iluminando su fundamento, la convergencia de los motivos y las condiciones que lo favorecen (Enchiridion del Sínodo de los obispos, 1. 1965-1988; edición de la Secretaría general del Sínodo de los obispos, Bolonia 2005, nn. 755-855; 1068-1114; sobre todo los nn. 1100-1105).
La nueva codificación de la Iglesia latina de 1983 reafirma la tradición de siempre: «Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres» (Código de derecho canónico, can. 277, § 1).
En la misma línea se sitúa el Sínodo de 1990, del que surgió la exhortación apostólica del siervo de Dios Papa Juan Pablo II Pastores dabo vobis, en la que el Sumo Pontífice presenta el celibato como una exigencia de radicalismo evangélico, que favorece de modo especial el estilo de vida esponsal y brota de la configuración del sacerdote con Jesucristo, a través del sacramento del Orden (cf. n. 44).
El Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992, que recoge los primeros frutos del gran acontecimiento del concilio ecuménico Vaticano II, reafirma la misma doctrina: «Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato por el reino de los cielos» (n. 1579).
En el más reciente Sínodo, sobre la Eucaristía, según la publicación provisional, oficiosa y no oficial, de sus proposiciones finales, concedida por el Papa Benedicto XVI, en la proposición 11, sobre la escasez de clero en algunas partes del mundo y sobre el «hambre eucarística» del pueblo de Dios, se reconoce «la importancia del don inestimable del celibato eclesiástico en la praxis de la Iglesia latina». Con referencia al Magisterio, en particular al concilio ecuménico Vaticano II y a los últimos Pontífices, los padres pidieron que se ilustraran adecuadamente las razones de la relación entre celibato y ordenación sacerdotal, respetando plenamente la tradición de las Iglesias orientales. Algunos hicieron referencia a la cuestión de los viri probati, pero la hipótesis se consideró un camino que no se debe seguir.
El pasado 16 de noviembre de 2006, el Papa Benedicto XVI presidió en el palacio apostólico una de las reuniones periódicas de los jefes de dicasterio de la Curia romana. En esa ocasión se reafirmó el valor de la elección del celibato sacerdotal según la tradición católica ininterrumpida, así como la exigencia de una sólida formación humana y cristiana tanto para los seminaristas como para los sacerdotes ya ordenados.
Las razones del sagrado celibato
En la encíclica Sacerdotalis caelibatus, Pablo VI presenta al inicio la situación en que se encontraba en ese tiempo la cuestión del celibato sacerdotal, tanto desde el punto de vista del aprecio hacia él como de las objeciones. Sus primeras palabras son decisivas y siguen siendo actuales: «El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformación de mentalidades y de estructuras» (n. 1).
Pablo VI revela cómo meditó él mismo, preguntándose acerca del tema, para poder responder a las objeciones, y concluye: «Pensamos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe, también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida tanto en la comunidad de los fieles como en la profana» (n. 14).
«Ciertamente —añade el Papa—, como ha declarado el sagrado concilio ecuménico Vaticano II, la virginidad “no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales” (Presbyterorum ordinis, 16), pero el mismo sagrado Concilio no ha dudado en confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con íntimo y generoso fervor los dones divinos» (n. 17).
Es verdad. El celibato es un don que Cristo ofrece a los llamados al sacerdocio. Este don debe ser acogido con amor, alegría y gratitud. Así, será fuente de felicidad y de santidad.
La razones del sagrado celibato, aportadas por Pablo VI, son tres: su significado cristológico, el significado eclesiológico y el escatológico.
Comencemos por el significado cristológico. Cristo es novedad. Realiza una nueva creación. Su sacerdocio es nuevo. Cristo renueva todas las cosas. Jesús, el Hijo unigénito del Padre, enviado al mundo, «se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento, entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre, Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad» (n. 19).
El mismo matrimonio natural, bendecido por Dios desde la creación, pero herido por el pecado, fue renovado por Cristo, que «lo elevó a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia (...) Cristo, mediador de un testamento más excelente (24), abrió también un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de él y de sus cosas (25), manifiesta de modo más claro y complejo la realidad, profundamente innovadora del Nuevo Testamento» (n. 20).
Esta novedad, este nuevo camino, es la vida en la virginidad, que Jesús mismo vivió, en armonía con su índole de mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el género humano. «En plena armonía con esta misión, Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres» (21). Servicio de Dios y de los hombres quiere decir amor total y sin reservas, que marcó la vida de Jesús entre nosotros. Virginidad por amor al reino de Dios.
Ahora bien, Cristo, al llamar a sus sacerdotes para ser ministros de la salvación, es decir, de la nueva creación, los llama a ser y a vivir en novedad de vida, unidos y semejantes a él en la forma más perfecta posible. De ello brota el don del sagrado celibato, como configuración más plena con el Señor Jesús y profecía de la nueva creación. A sus Apóstoles los llamó «amigos». Los llamó a seguirlo muy de cerca, en todo, hasta la cruz. Y la cruz los llevará a la resurrección, a la nueva creación perfeccionada. Por eso sabemos que seguirlo con fidelidad en la virginidad, que incluye una inmolación, nos llevará a la felicidad. Dios no llama a nadie a la infelicidad, sino a la felicidad. Sin embargo, la felicidad se conjuga siempre con la fidelidad. Lo dijo el querido Papa Juan Pablo II a los esposos reunidos con él en el II Encuentro mundial de las familias, en Río de Janeiro.
Así se llega al tema del significado escatológico del celibato, en cuanto que es signo y profecía de la nueva creación, o sea, del reino definitivo de Dios en la Parusía, cuando todos resucitaremos de la muerte.
Como enseña el concilio Vaticano II, la Iglesia «constituye el germen y el comienzo de este reino en la tierra» (Lumen gentium, 5). La virginidad, vivida por amor al reino de Dios, constituye un signo particular de los «últimos tiempos», pues el Señor ha anunciado que «en la resurrección no se tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo» (Sacerdotalis caelibatus, 34).
En un mundo como el nuestro, mundo de espectáculo y de placeres fáciles, profundamente fascinado por las cosas terrenas, especialmente por el progreso de las ciencias y las tecnologías —recordemos las ciencias biológicas y las biotecnologías—, el anuncio de un más allá, o sea, de un mundo futuro, de una parusía, como acontecimiento definitivo de una nueva creación, es decisivo y al mismo tiempo libra de la ambigüedad de las aporías, de los estrépitos, de los sufrimientos y contradicciones, con respecto a los verdaderos bienes y a los nuevos y profundos conocimientos que el progreso humano actual trae consigo.
Por último, el significado eclesiológico del celibato nos lleva más directamente a la actividad pastoral del sacerdote.
La encíclica Sacerdotalis caelibatus afirma: «la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión» (n. 26). El sacerdote, semejante a Cristo y en Cristo, se casa místicamente con la Iglesia, ama a la Iglesia con amor exclusivo. Así, dedicándose totalmente a las cosas de Cristo y de su Cuerpo místico, el sacerdote goza de una amplia libertad espiritual para ponerse al servicio amoroso y total de todos los hombres, sin distinción.
«Así, el sacerdote, muriendo cada día totalmente a si mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallará la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios» (n. 30).
La encíclica añade, asimismo, que el celibato aumenta la idoneidad del sacerdote para la escucha de la palabra de Dios y para la oración, y lo capacita para depositar sobre el altar toda su vida, que lleva los signos del sacrificio.
El valor de la castidad y del celibato
El celibato, antes de ser una disposición canónica, es un don de Dios a su Iglesia; es una cuestión vinculada a la entrega total al Señor. Aun distinguiendo entre la disciplina del celibato de los sacerdotes seculares y la experiencia religiosa de la consagración y de la profesión de los votos, no cabe duda de que no existe otra interpretación y justificación del celibato eclesiástico fuera de la entrega total al Señor, en una relación que sea exclusiva, también desde el punto de vista afectivo; esto supone una fuerte relación personal y comunitaria con Cristo, que transforma el corazón de sus discípulos.
La opción del celibato hecha por la Iglesia católica de rito latino se ha realizado, desde los tiempos apostólicos, precisamente en la línea de la relación del sacerdote con su Señor, teniendo como gran icono el «¿Me amas más que estos?» (Jn 21, 15) que Jesús resucitado dirige a Pedro.
Por tanto, las razones cristológicas, eclesiológicas y escatológicas del celibato, todas ellas arraigadas en la comunión especial con Cristo a la que está llamado el sacerdote, pueden tener diversas expresiones, según lo que afirma autorizadamente la encíclica Sacerdotalis caelibatus.
Ante todo, el celibato es «signo y estímulo de la caridad pastoral» (n. 24). La caridad es el criterio supremo para juzgar la vida cristiana en todos sus aspectos; el celibato es un camino del amor, aunque el mismo Jesús, como refiere el evangelio según san Mateo, afirma que no todos pueden comprender esta realidad: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido» (Mt 19, 11).
Esa caridad se desdobla en los clásicos aspectos de amor a Dios y amor a los hermanos: «Por la virginidad o el celibato a causa del reino de los cielos, los presbíteros se consagran a Cristo de una manera nueva y excelente y se unen más fácilmente a él con un corazón no dividido» (Presbyterorum ordinis, 16). San Pablo, en un pasaje al que se alude, presenta el celibato y la virginidad como «camino para agradar al Señor» sin divisiones (cf. 1 Co 7, 32-34): en otras palabras, un «camino del amor», que ciertamente supone una vocación particular, y en este sentido es un carisma, y que es en sí mismo excelente tanto para el cristiano como para el sacerdote.
El amor radical a Dios, a través de la caridad pastoral, se convierte en amor a los hermanos. En el decreto Presbyterorum ordinis leemos que los sacerdotes «se dedican más libremente a él y, por él al servicio de Dios y de los hombres y se ponen al servicio de su reino y de la obra de la regeneración sobrenatural sin ningún estorbo. Así se hacen más aptos para aceptar en Cristo una paternidad más amplia» (n. 16). La experiencia común confirma que a quienes no están vinculados a otros afectos, por más legítimos y santos que sean, además del de Cristo, les resulta más sencillo abrir plenamente y sin reservas su corazón a los hermanos.
El celibato es el ejemplo que Cristo mismo nos dejó. Él quiso ser célibe. Explica también la encíclica: «Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre» (n. 21).
La existencia histórica de Jesucristo es el signo más evidente de que la castidad voluntariamente asumida por Dios es una vocación sólidamente fundada tanto en el plano cristiano como en el de la común racionalidad humana.
Si la vida cristiana común no puede legítimamente llamarse así cuando excluye la dimensión de la cruz, cuánto más la existencia sacerdotal sería ininteligible si prescindiera de la perspectiva del Crucificado. A veces en la vida de un sacerdote está presente el sufrimiento, el cansancio y el tedio, incluso el fracaso, pero esas cosas no la determinan en última instancia. Al escoger seguir a Cristo, desde el primer momento nos comprometemos a ir con él al Calvario, conscientes de que tomar la propia cruz es el elemento que califica el radicalismo del seguimiento.
Por último, como he dicho, el celibato es un signo escatológico. Ya desde ahora está presente en la Iglesia el reino futuro: ella no sólo lo anuncia, sino que también lo realiza sacramentalmente, contribuyendo a la «nueva creación», hasta que la gloria de Cristo se manifieste plenamente.
Mientras que el sacramento del matrimonio arraiga a la Iglesia en el presente, sumergiéndola totalmente en el orden terreno, que así se transforma también él en lugar posible de santificación, la virginidad remite inmediatamente al futuro, a la perfección íntegra de la creación, que sólo alcanzará su plenitud al final de los tiempos.
Medios para ser fieles al celibato
La sabiduría bimilenaria de la Iglesia, experta en humanidad, ha identificado constantemente a lo largo del tiempo algunos elementos fundamentales e irrenunciables para favorecer la fidelidad de sus hijos al carisma sobrenatural del celibato.
Entre ellos destaca, también en el magisterio reciente, la importancia de la formación espiritual del sacerdote, llamado a ser «testigo de lo Absoluto». La Pastores dabo vobis afirma: «Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta fundamental de Cristo: “¿Me amas?” (Jn 21, 15). Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su vida» (n. 42).
En este sentido, son absolutamente fundamentales tanto los años de la formación remota, vivida en la familia, como sobre todo los de la próxima, en los años del seminario, verdadera escuela de amor, en la que, como la comunidad apostólica, los jóvenes seminaristas mantienen una relación de intimidad con Jesús, esperando el don del Espíritu para la misión. «La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en él con su Iglesia, —en virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio» (ib., 16).
El sacerdocio no es más que «vivir íntimamente unidos a él» (ib., 46), en una relación de comunión íntima que se describe como «una forma de amistad» (ib.). La vida del sacerdote, en el fondo, es la forma de existencia que sería inconcebible si no existiera Cristo. Precisamente en esto consiste la fuerza de su testimonio: la virginidad por el reino de Dios es un dato real; existe porque existe Cristo, que la hace posible.
El amor al Señor es auténtico cuando tiende a ser total: enamorarse de Cristo quiere decir tener un conocimiento profundo de él, frecuentar su persona, sumergirse en él, asimilar su pensamiento y, por último, aceptar sin reservas las exigencias radicales del Evangelio. Sólo se puede ser testigos de Dios si se hace una profunda experiencia de Cristo. De la relación con el Señor depende toda la existencia sacerdotal, la calidad de su experiencia de martyria, de su testimonio.
Sólo es testigo de lo Absoluto quien de verdad tiene a Jesús por amigo y Señor, quien goza de su comunión. Cristo no es solamente objeto de reflexión, tesis teológica o recuerdo histórico; es el Señor presente; está vivo porque resucitó y nosotros sólo estamos vivos en la medida en que participamos cada vez más profundamente de su vida. En esta fe explícita se funda toda la existencia sacerdotal. Por eso la encíclica dice: «Aplíquese el sacerdote en primer lugar a cultivar con todo el amor que la gracia le inspira su intimidad con Cristo, explorando su inagotable y santificador misterio; adquiera un sentido cada vez más profundo del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correría el riesgo de parecerle sin consistencia e incongruente» (Sacerdotalis caelibatus, 75).
Además de la formación y del amor a Cristo, un elemento esencial para conservar el celibato es la pasión por el reino de Dios, que significa la capacidad de trabajar con diligencia y sin escatimar esfuerzos para que Cristo sea conocido, amado y seguido. Como el campesino que, al encontrar la perla preciosa, lo vende todo para comprar el campo, así quien encuentra a Cristo y entrega toda su existencia con él y por él, no puede menos de vivir trabajando para que otros puedan encontrarlo.
Sin esta clara perspectiva, cualquier «impulso misionero» está destinado al fracaso, las metodologías se transforman en técnicas de conservación de una estructura, e incluso las oraciones podrían convertirse en técnicas de meditación y de contacto con lo sagrado, en las que se disuelven tanto el yo humano como el Tú de Dios.
Una ocupación fundamental y necesaria del sacerdote, como exigencia y como tarea, es la oración, la cual es insustituible en la vida cristiana y, por consecuencia, en la sacerdotal. A la oración hay que prestar atención particular: la celebración eucarística, el Oficio divino, la confesión frecuente, la relación afectuosa con María santísima, los ejercicios espirituales, el rezo diario del santo rosario, son algunos de los signos espirituales de un amor que, si faltara, correría el riesgo de ser sustituido con los sucedáneos, a menudo viles, de la imagen, de la carrera, del dinero y de la sexualidad.
El sacerdote es hombre de Dios porque está llamado por Dios a serlo y vive esta identidad personal en la pertenencia exclusiva a su Señor, que se documenta también en la elección del celibato. Es hombre de Dios porque de él vive, a él habla, con él discierne y decide, en filial obediencia, los pasos de su propia existencia cristiana.
Cuanto más radicalmente sean hombres de Dios los sacerdotes, mediante una existencia totalmente teocéntrica, como subrayó el Santo Padre Benedicto XVI en su discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, el 22 de diciembre de 2006, tanto más eficaz y fecundo será su testimonio y tanto más rico en frutos de conversión será su ministerio. No hay oposición entre la fidelidad a Dios y la fidelidad al hombre; al contrario, la primera es condición de posibilidad de la segunda.
Conclusión: una vocación santa
La Pastores dabo vobis, hablando de la vocación del sacerdote a la santidad, después de subrayar la importancia de la relación personal con Cristo, presenta otra exigencia: el sacerdote, llamado a la misión del anuncio, recibe el encargo de llevar la buena nueva como un don a todos. Sin embargo, está llamado a acoger el Evangelio ante todo como don ofrecido a su propia existencia, a su propia persona y como acontecimiento salvífico que lo compromete a una vida santa.
Desde esta perspectiva, Juan Pablo II habló del radicalismo evangélico que debe caracterizar la santidad del sacerdote. Por tanto, se puede decir que los consejos evangélicos tradicionalmente propuestos por la Iglesia y vividos en los estados de la vida consagrada, son los itinerarios de un radicalismo vital al que también, a su modo, el sacerdote está llamado a ser fiel.
La exhortación afirma: «Expresión privilegiada del radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús propone en el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza: el sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las finalidades y el significado original que nacen de la identidad propia del presbítero y la expresan» (n. 27).
Más adelante, refiriéndose a la dimensión ontológica en la que se funda el radicalismo evangélico, dice: «El Espíritu, consagrando al sacerdote y configurándolo con Jesucristo, cabeza y pastor, crea una relación que, en el ser mismo del sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal, esto es, consciente y libre, mediante una comunión de vida y amor cada vez más rica, y una participación cada vez más amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta relación entre el Señor Jesús y el sacerdote —relación ontológica y psicológica, sacramental y moral— está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella “vida según el Espíritu” y para aquel “radicalismo evangélico” al que está llamado todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación permanente en su aspecto espiritual» (n. 72).
La nupcialidad del celibato eclesiástico, precisamente por esta relación entre Cristo y la Iglesia que el sacerdote está llamado a interpretar y a vivir, debería dilatar su espíritu, iluminando su vida y encendiendo su corazón. El celibato debe ser una oblación feliz, una necesidad de vivir con Cristo para que él derrame en el sacerdote las efusiones de su bondad y de su amor que son inefablemente plenas y perfectas.
A este propósito, son iluminadoras las palabras del Santo Padre Benedicto XVI: «El verdadero fundamento del celibato sólo puede quedar expresado en la frase: “Dominus pars (mea)”, Tú eres el lote de mi heredad. Sólo puede ser teocéntrico. No puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo puede tener sentido a partir de Dios. Fundar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres» (Discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, 22 de diciembre de 2006: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de diciembre de 2006, p. 7).

Antanas Mockus se perfila ganador

Diario de América Latina
Joaquim Ibarz, corresponsal de La Vanguardia en América Latina;
La Vanguardia, 17 de abril de 2010;
Mockus da una lección de decencia y honestidad a los colombianos
El presidente colombiano Álvaro Uribe se le ve inquieto, turbado, con nervios a flor de piel. Motivos no le faltan para ese desasosiego. Desde que las encuestas muestran un día sí y al otro también que sus candidatos pueden ser derrotados en las elecciones del 30 de mayo, el mandatario se muestra desabrido, irritable. Las descalificaciones que de manera tan intempestiva como ilegal ha hecho en los últimos días en contra de Antanas Mockus, ex alcalde de Bogotá y candidato emergente del Partido Verde, son prueba de que teme por el futuro de Juan Manuel Santos y… por su propio destino. El ex ministro de Defensa que hasta hace apenas 15 días parecía tener asegurada la presidencia, ya no tiene ninguna certeza que vaya a llegar al poder.
El periodista colombiano Juan Restrepo comenta a La Vanguardia que el presidente colombiano que condecoró a Mockus por su eficacia al lograr rebajar sustancialmente los índices de homicidios y violencia en la capital, dice ahora que descuidó la seguridad durante sus dos mandatos de alcalde. "Uribe no solo miente y se contradice sino que incurre en delito. La Constitución colombiana le prohíbe hacer propaganda política en campaña electoral", señala Restrepo. El ex corresponsal de Televisión Española en Bogotá recalca que "no es ningún disparate pensar que a Uribe le espera en lontananza el banquillo de los acusados por los crímenes y desafueros cometidos por su gobierno".
Máxima alerta en la Casa de Nariño
En la residencia presidencial Casa de Nariño han sonado todas las alarmas. El presidente Uribe ha declarado el estado de máxima alerta. Hace tan sólo un mes, en los círculos oficiales había total confianza en que a estas alturas de la campaña, el uribismo, encarnado al menos en tres candidatos, arrasaría en las encuestas de intención de voto. Ante el fenómeno Mockus, el propio presidente Uribe insta a la unidad de sus partidarios para asegurar la victoria en la primera vuelta.
Aunque Uribe tiene prohibido participar en política, reunió en privado a más de 90 congresistas afines al Gobierno para encontrar mecanismos urgentes que propicien que un candidato de unidad gane el 30 de mayo.
Uribe está inquieto porque se juega mucho en estas elecciones. La continuidad de su proyecto de seguridad democrática puede ser lo de menos. Lo que más debe preocupar al presidente es que puede acabar en la cárcel como le sucedió a Alberto Fujimori. El ex presidente peruano fue condenado a 25 años de cárcel –sentencia ratificada por el Tribunal Supremo- por su responsabilidad en el asesinato por militares de ocho estudiantes y dos profesores universitarios. En Colombia son más de dos mil los jóvenes inocentes muertos a sangre fría por el Ejército, a los que luego les colocaban uniformes de guerrilleros para hacerlos pasar por terroristas.
Motivos pueden haber muchos para enjuiciar al actual mandatario colombiano, desde el soborno comprobado –hay sentencias judiciales por en medio- de congresistas para lograr una reelección que la Carta Magna le prohibía, a su presunta responsabilidad en los crímenes de los militares contra jóvenes de barrios pobres, a los que luego se identificaba como guerrilleros muertos en combate. Siendo ministro de Defensa de Uribe, Camilo Ospina aprobó una directiva que otorgaba recompensas en metálico o con ascensos por cada presunto guerrillero abatido. Resulta difícil de creer que Uribe, que controlaba todos los pasos y resortes del Gobierno, no hubiera sido consultado con anterioridad por Ospina del documento que iba a hacer llegar a los cuartos de banderas de los cuarteles.
Los escándalos que salpican a Álvaro Uribe
En cualquier otro país no mediatizado por el pasado de violencia y por la polarización que ha fomentado el propio Gobierno, uno solo de los escándalos que han salpicado a Uribe en los cerca de ocho años que lleva en el poder habría sido suficiente para acabar con su presidencia. La lista de presuntos delitos es tan larga como grave: la compra del Congreso para cambiar la Constitución y hacerse reelegir en 2006; el asesinato por el Ejército de unos 2.000 jóvenes para cobrar recompensas o lograr ascensos; el espionaje ilegal de políticos, magistrados y periodistas por los servicios de inteligencia; la extradición a Estados Unidos de los cabecillas de los grupos paramilitares para impedir que se sepa la verdad sobre sus vínculos con políticos uribistas; el acoso y asedio para acabar con la independencia de los altos tribunales y amordazar a los periodistas críticos; el reparto del dinero público entre terratenientes del partido del presidente; la visita de presuntos criminales a la Casa de Nariño; el nepotismo que ha enriquecido a los hijos del presidente con prácticas que no siempre cumplen con la ley; el descrédito sistemático de la oposición, a la que se estigmatiza como colaboradora de la guerrilla...
Ante tal cúmulo de potenciales procesos (varias ONG defensoras de Derechos Humanos han anunciado que plantearán acusaciones contra Álvaro Uribe ante la Corte Penal internacional al día siguiente de abandonar la presidencia), no es de extrañar que la aparición de un fenómeno inesperado como el tándem Mockus-Fajardo ponga nervioso a un personaje mesiánico que, al igual que su denostado Hugo Chávez, aspiraba a perpetuarse en el poder.
Según el representante conservador Óscar Fernando Bravo, al reunir a sus congresistas en la casa presidencial Uribe pretendía encontrar fórmulas para descarrilar la candidatura de Mockus. No se encontró otra propuesta que la descalificación del candidato por parte del propio presidente. Pero los ataques de Uribe ya no paran la bola de nieve que catapulta a Mockus.
Mockus con visos de profesor, cura y profeta
Tal como señala la revista Semana, con un candidato que tiene a la vez visos de profesor, cura y profeta, ya la campaña cambió de tono, protagonistas y temas, y obligó a candidatos, analistas y electores a repensar el escenario.
La revolución verde no figuraba en ningún presupuesto. Nunca antes en Colombia, una candidatura presidencial que había despegado desde un extremo tan desconocido irradia confianza y despierta genuino entusiasmo en todos los sectores de la población. Jóvenes, antiguos abstencionistas, empresarios, industriales, comerciantes, amas de casa, y campesinos, ven en Antanas Mockus una esperanza de cambio. Un número cada vez mayor de colombianos confía en que el ex alcalde de Bogotá sacará al país adelante, rompiendo con el autoritarismo, las prácticas antidemocráticas y la política antisocial que encarna el presidente Álvaro Uribe.
"La ola verde", "la fiesta verde", "la marea verde", "la fiebre verde", son algunos de los calificativos con los que los internautas colombianos destacan el ascenso de Mockus en las encuestas. La adhesión de Sergio Fajardo a la candidatura del Partido Verde ha revolucionado la campaña presidencial, hasta el punto de que la ola verde ya se está transformando en tsunami.
Defender las instituciones y combatir la ilegalidad
Quienes creían que sufragar por Mockus era perder el voto ya habrán cambiado de opinión. El Verde le arrebató al Polo Democrático su sector más progresista y Mockus se convirtió en alternativa real para quienes quieren un rumbo distinto para Colombia, un cambio que esté fundado en valores distintos a los que pregona Uribe. Defender las instituciones y combatir la ilegalidad es la propuesta política más importante que se ha hecho en Colombia en los últimos treinta años; ninguna otra iniciativa sería tan beneficiosa para la vida de los ciudadanos. El fenómeno Mockus permite pensar que la supuesta altísima popularidad de Uribe, que desde hace años le daban todas las encuestas, pudo estar hinchada desde el propio poder; los sondeos de estas semanas evidencian que muchos colombianos sienten que el país no marcha bien y que es el momento de enderezar el rumbo.
La marea verde enfrenta la prueba de fuego de consolidarse en muy corto plazo como alternativa creíble y viable de gobierno. Para ello cuenta con la impronta ética que caracteriza a Mockus y con una sociedad que demanda como nunca antes la restitución de la moral y la decencia en la vida pública. Los verdes pueden mostrar con orgulloso la transformación urbana y social de Bogotá y Medellín cuando Mockus y Fajardo eran alcaldes de las dos grandes ciudades colombianas. También cuentan con una cadena de mensajes unitarios, afirmativos, novedosos y esperanzadores en una audaz campaña que se multiplica a través de las redes sociales.
El mayor reto de Mockus es demostrar que desde una apuesta ciudadana, independiente, con el voto limpio, se puede derrotar al candidato que representa la politiquería, la corrupción y un pasado con muchos puntos oscuros como ministro de Defensa.
La marea verde hace visible lo mejor de los colombianos
El analista Antonio Sanguino Páez señala que "esta marea verde de emociones está promoviendo y haciendo visible lo mejor de los colombianos; a diario, surgen y crecen acciones a favor de los principios-guía de esta acción por la transparencia, la decencia, la legalidad y el trabajo en equipo". Otros analistas destacan que Mockus, como eje de su política, regala a diario decencia, devolución de recursos electorales no gastados en la campaña, elogios a sus contrincantes, un halo de dignidad y construcción colectiva.
A medida que pasan los días, la candidatura de Mockus se hace más sólida. Se ha afianzado en segundo lugar en las encuestas, pisándole los talones al uribista Juan Manuel Santos. La aspirante conservadora Noemí Sanín está desconcertada al comprobar que se hundió en el tercer lugar. La intención de voto real puede que sea aún más favorable a Mockus que lo que indican los resultados de los sondeos. La revista Semana revela en su último número que la encuesta de Datexco, contratada por la emisora La W y el diario El Tiempo, "creó una conmoción por la disparada de Mockus". Según la revista, la encuesta era aún más favorable al ex alcalde bogotano. "Cuando se hizo la tabulación arrojó el desconcertante resultado de que Mockus estaba ligeramente por encima de Santos. Los directivos de la firma se sorprendieron tanto que pensaron que se podía tratar de un error metodológico o de trabajo de campo y, ante la duda, decidieron volverla a repetir. En la segunda versión del sondeo, Santos obtiene 29,5 % de intención de voto y Mockus 24,8 %. Datexco se exculpa diciendo que ambos resultados son compatibles y coherentes estadísticamente, pues en ambos casos hay empate técnico por el margen de error". Lo que no se aclara es cuántas veces Datexco repitió la encuesta, o si cambió la orientación de las preguntas, hasta que Santos apareció en primer lugar. La revelación de Semana siembra dudas sobre la honestidad de esta firma encuestadora.
Por su parte, el comentarista Rodolfo Arango asegura que el presidente Uribe ha resultado ser el mejor elector de Mockus. Cada ataque del mandatario aumenta el número de partidarios del ex alcalde.
"La indignación moral ante tanto abuso puede expresarse en las urnas. Existe hoy una opción que quiere apostarle al ejercicio del poder según principios, con la recuperación de la ética pública. La juventud tiene conciencia de la necesidad de un cambio en el modo de ejercer el poder para recuperar el Estado de derecho", resalta Arango.
"Vamos a demostrar que cuando dos matemáticos se suman, multiplican"
Al aceptar "construir un mismo camino" con Mockus, Fajardo hizo una apuesta ética que convierte al ex alcalde de Medellín más popular de la historia reciente en la fórmula vicepresidencial de uno de los ex alcaldes de Bogotá más aplaudidos de las últimas décadas. La unión de las dos candidaturas que representan el llamado voto de opinión abre nuevas perspectivas. Las encuestas confirman el vaticinio del propio Fajardo: "Vamos a demostrar que cuando dos matemáticos se suman, multiplican". Y así fue. La alianza despierta fervor en escépticos, soñadores y gente del común que nunca ha votado. Unos y otros asisten con entusiasmo a los mítines y participan en las redes sociales de apoyo que se multiplican día a día. "Cada momento histórico tiene un candidato que simboliza la necesidad", explica el analista Héctor Riveros, "Mockus podría simbolizar la reacción al relajamiento moral, a la parapolítica (alianza de políticos uribistas con los paramilitares), al espionaje político, al 'voten antes de irse a la cárcel' (frase que dijo Uribe al pedir el voto para su reelección a congresistas que iban a ser encerrados en un penal por sus vínculos con narcos y paramilitares).
La confluencia de ideas y de proyectos no es nada fácil en Colombia. El analista León Valencia recuerda en las páginas del diario El Colombiano que "quienes nos atrevimos a llamar a la unidad de Mockus y Fajardo recibimos muchas manifestaciones de escepticismo, nos decían ilusos, ingenuos, gente que pensaba con el deseo. Pero Fajardo les ha dado una lección a las personas incrédulas y lo ha hecho invocando al país, diciendo que ha recorrido palmo a palmo a Colombia y siente sus tragedias en el alma y anhela un cambio profundo para superar las terribles desigualdades que afligen a sus conciudadanos".
El escritor Héctor Abad Faciolince, uno de los columnistas que pidió la alianza entre los ex alcaldes, señala que "la candidatura de Mockus crecerá como espuma, como una gran marea verde, en la segunda vuelta sorprenderá a cualquiera que sea su contrincante". Mockus y Fajardo no son dos profesores despistados sino dos ciudadanos ejemplares que se hastiaron de la política corrupta. Abad destaca que los dos ex alcaldes no son dos soñadores con la cabeza en las nubes sino dos hombres con los pies en la tierra que han demostrado (cuando fueron elegidos en las dos alcaldías más importantes del país) que saben administrar con eficiencia y pulcritud los recursos públicos. Ambos tienen experiencia administrativa y ya demostraron que son honestos y capaces de llevar a la práctica sus ideas de educación, civismo y no violencia. Medellín y Bogotá eran dos de las ciudades más desprestigiadas de la tierra y hoy son un ejemplo para América Latina, gracias a ellos.
Entusiasmado con la candidatura independiente, Héctor Abad Faciolince hizo una ferviente exhortación para que los electores "se unan al sueño de esta Colombia nueva, al sueño de un país donde sea más importante la educación que la guerra. En el que lo primero sean la salud y el agua y no el odio y las trincheras. Por un país seguro y decente, pero no plegado a los paramilitares o a los falsos positivos (los asesinatos de jóvenes por el Ejército) por el bien de una seguridad mal entendida. Mockus y Fajardo no claudicarán ante la guerrilla, pero eliminarán los caldos de cultivo de miseria donde crecen el descontento y la apatía.
Figuras como el cantante Juanes y actrices de telenovelas se han adherido a una campaña que, según la revista Semana, se ha convertido en fenómeno mediático.
La irrupción de una alianza con alto perfil intelectual que atrae al voto de opinión y a sectores urbanos, plantea nuevas estrategias a los otros candidatos. El sufragio independiente con peso propio obliga a que en los debates se aborden los problemas reales del país. Santos y Noemí Sanín, que han sido estrechos colaboradores de Álvaro Uribe, no tenían interés ni necesidad de elaborar nuevas propuestas; les bastaba con repetir que seguirían los pasos del actual presidente. Confiaban que con ese discurso bastaría para pasar los dos a la segunda vuelta y, luego, uno de ellos dos ganar la presidencia.
El analista Germán Vallejo comenta a La Vanguardia que los sectores urbanos no uribistas vieron la unión de Mockus-Fajardo como una iniciativa que cambió de plano el panorama electoral.
"Por fin, quienes no comparten la continuidad derechista de Uribe a través de otros candidatos, ven una opción de centro con posibilidades de triunfo. Incluso muchos simpatizantes de izquierda están dispuestos a unir fuerzas en torno a Mockus", señala Vallejo. El comentarista destaca que otro elemento a considerar es que Mockus es el candidato con menor imagen negativa. "En política, la potencialidad de crecer en intención de voto está demarcada en gran medida por la resta de imagen favorable menos imagen desfavorable. Mockus tiene todo el potencial para crecer", dice Vallejo.

Church abuse scandal

Church abuse scandal: Who should confess, and who absolve?
By Peter Manseau, a doctoral student in theology at Georgetown University and the author of several books, including Vows: The Story of a Priest, a Nun, and their Son
THE WASHINGTON POST, 16/04/10;
Seven years ago, while Boston shook with the early tremors of the Catholic Church’s sexual abuse scandal, my mother shared news that made my family part of what now seems a global seismic event. Like thousands of others in more than 20 countries, she had been abused by a priest in her youth.
Forty years earlier, she had been a pious girl, so much so that she joined a religious order after high school and remained a nun for 10 years. A newspaper photo shows a priest blessing my mother’s kneeling family on the eve of her departure for the convent. The caption read in part, “Dedicates Life to the Glory of God.”
The priest in the picture had steered her toward religious life, my mother told me. He also abused her for a year. One of those notorious priests moved from parish to parish despite numerous warnings and complaints, he had a church personnel file — which was made public through a lawsuit — that included the descriptions “sick,” “intolerable” and “extremely dangerous.” “Will probably kill someone,” said one memo sent up the chain of ecclesiastical command.
Perhaps most heinous: After many incidents of abuse, he drove my mother to a neighboring parish to do penance — to ask forgiveness for what she had done.
I couldn’t help thinking of this when I heard that Pope Benedict XVI finally used the word “penance” to describe how he and others implicated in the abuse scandal might make amends.
“We Christians, even in recent times, have often avoided the word ‘penance,’ “ he said in a homily Thursday. But now, he added, “We see how it is necessary to perform penance, that is, to recognize what is wrong in our life.”
At the risk of nitpicking the closest thing to an apology we have heard from the Vatican, might we ask who the pope thinks “we Christians” are? Far too many of the faithful — the victims themselves — have already been made to feel sinful, unworthy and generally penitent through the decades of this scandal. So when Benedict XVI speaks of penance, he might be more precise: Who exactly should visit the confessional over this, and who will absolve them?
Here is a suggestion based on family experience:
A year after sharing her revelation, my mother learned that the priest who abused her had died. I still do not entirely understand the pull the man’s death had on us, yet we both felt it strongly enough that we made the 90-minute drive from my parents’ house in the Boston suburbs to a funeral home on Cape Cod. Inside, my mother signed the guest book and together we approached the open casket.
What I saw there was not evil incarnate; it was just a withered little man. The gray makeup covering his skin blended into the silver of his hair so that it seemed his head had been dipped in paint. Full priestly regalia draped from his Roman collar to his ankles, where two canvas sneakers poked out from the hem of his vestments.
Before we left the priest’s wake, I knelt beside the casket with my mother. I have no doubt she prayed for the man’s eternal soul, for the healing of the church, for the well-being of the pope and the bishops. I did not pray so much as sigh with relief: Finally, forgiveness was not hers to ask for; it was hers to give.
If the Vatican truly wants to do penance, absolution should not be sought in the secrecy of the confessional but in the open air of the pews. And instead of “we Christians,” the pope would do well to begin his act of contrition as I’m sure my mother began hers long ago: “My God, I am sorry.”

16 abr 2010

Los males de nuestra justicia

Los males de nuestra justicia/Lidia Falcón
El Periódico de Catalunya 13/04/10;
Pocos meses después de la inauguración de la Ciutat de la Justícia, cuya ubicación y proporciones monumentales han hecho más penosa la labor de abogados y procuradores, ya suficientemente castigados en su continuo deambular por los juzgados, los beneficios que debían esperarse de la gran inversión que ha supuesto no parecen ser tantos. Además de las dificultades de encontrar la puerta exacta del juzgado exacto a través de la peregrinación por los ascensores, demasiado sofisticados para que presten un servicio cómodo a la diversa ciudadanía que se ve obligada a utilizarlos, las proporciones de las oficinas judiciales no difieren en mucho de las viejas y ya comienzan a estar atascadas de papeles reproduciendo, como en la obra de Ionescu El nuevo inquilino la situación anterior. Cuatro oficiales por sala con sus correspondientes mesas y sillas y estanterías y expedientes, y nuevamente, perjudicados y demandados declarando sus más íntimas miserias delante de otros funcionarios y profesionales a quienes en nada les compete su vida privada. Y pocos fiscales para la labor que deben realizar, y la interminable ronda de jueces sustitutos porque no se dotan las plazas necesarias.
Como en el infierno de Dante, en la entrada de la pomposa Ciutat de la Justícia debería instalarse un letrero que ponga: Justiciable, cuando pases esta puerta, abandona toda esperanza. La justicia en nuestro país no debería ser representada por una hermosa dama, por más que tenga los ojos tapados, ataviada con una túnica blanca, sino por una pordiosera vestida de harapos, mendigando una limosna con los ojos entrecerrados por las legañas. Desde que se terminó la dictadura estoy ansiando comprobar cómo la Administración de Justicia recibe las inversiones que precisa: miles de jueces más, de fiscales, de secretarios, de oficiales, de forenses y psicólogos y asistentes sociales, con una policía judicial preparada, que dispongan de las oficinas adecuadas. Año tras año se demora la verdadera innovación, restándole con una cicatería injustificable los presupuestos mínimos. Para establecer un término de comparación que apoye lo que estoy criticando, veamos que Alemania, que tiene 80 millones de habitantes, dispone de 59,000 jueces, con sus correspondientes auxiliares y oficinas. Sería, pues, lógico que en España, con más de la mitad de población de aquel país, tuviese 30,000. Pues bien, solo contamos con 4.700 jueces de todas las instancias: civiles, penales, contenciosos, laborales, menores, violencia contra la mujer, audiencias provinciales, tribunales superiores, Tribunal Supremo y Tribunal Constitucional.
A tal patética carencia hemos de añadir unas leyes procedimentales, heredadas del derecho romano, a las que se han hecho varios remiendos –y no muchos– que enredan los expedientes hasta convertirlos en el laberinto del Minotauro. A pesar de la mucha propaganda con que nos obsequian diariamente las campañas de los gobiernos –central y autonómico– con la difusión de las nuevas tecnologías, en la justicia se siguen utilizando los centenarios métodos de comunicación: citaciones entregadas en mano por agentes judiciales que viajan en autobús, exhortos en papel enviados por correo a otras poblaciones, por más cercanas o distantes que se encuentren; comisiones rogatorias a países extranjeros que deben llegar, primero, a Exteriores. El fax y el teléfono deben ser legitimados por el sagrado papel, y el correo electrónico no ha entrado en el lenguaje jurídico.
Está visto que el poder legislativo está demasiado ocupado para acometer seriamente la reforma de las leyes de enjuiciamiento, y que nuestros legisladores –legislatura tras legislatura– sienten pánico de cambiar el procedimiento criminal escrito y secreto –a veces, secretísimo– por el público y oral que rige en los países anglosajones, lo que permite la proliferación de sumarios escondidos a la opinión pública que amparan la corrupción de todo tipo. Y que, en cuanto a los asuntos civiles, tramitados durante interminables años, nuestros gobernantes y diputados no saben cómo salirse de los complicados y arcaicos procesos.
El resultado es que en Catalunya, no solo en Barcelona –véanse el estado de los juzgados de ciudades medianas y pueblos que disponen solo de jueces sustitutos o de un titular, que viaja diariamente por la comarca para celebrar juicios de los que no tiene noticia hasta que se sienta en el estrado–, la caótica y miserable situación de la Administración de Justicia ha provocado varias huelgas de funcionarios en los últimos años. Hasta los jueces se han declarado en huelga en toda España.
Bien es cierto que los legislativos autonómicos no pueden cambiar los procedimientos consagrados por el Congreso y el Senado, pero sí es competencia de la Conselleria de Justícia –que reclamó con tanto entusiasmo– desde la compra de mesas y ordenadores hasta el personal auxiliar. Así, las notables carencias podrían ser paliadas con inversiones que no se hacen. Negar con la rotundidad con que lo hizo Montserrat Tura que la enfermedad de la justicia se cura con dinero es querer esconder con un velo un volcán en actividad, que más tarde o temprano volverá a entrar en erupción.

Pietro Parolin en México: ¿un anuncio de visita papal?

Pietro Parolin en México: ¿un anuncio de visita papal? El viaje papal bien podría esperar un poco y concretarse una vez que pasen las aguas ...