20 jun 2026

Monsiváis: El gato, el Verbo y la ciudad que se queda sola

 OCURRIÓ el 19 de junio de 2010..

Hace 16 años, el 19 de junio de 2010 murió el lector, periodista  y cronista de la Ciudad de México Carlos Monsiváis Aceves (1938-2010, autor de la columna "Por mi madre bohemios", parafraseando del poema de Guillermo Aguirre y Fierro.

Monsiváis: El gato, el Verbo y la ciudad que se queda sola

Lo recuerdo como si fuera ayer: era sábado y llovía en la Ciudad. Me vino a la mente Homero Aridjis cuando, en su Asombro del tiempo dedicado a su madre, nos susurra que "todo sucede en sábado: el nacimiento, la muerte, la boda en el aire de los hijos…".

Aquella noche, la lluvia dio tregua y la media luna de junio alumbró el Centro Histórico. Ese halo me impulsó: decidí ir a despedir a Monsiváis. Fue un impulso, un "de repente", y llegué en bicicleta al Museo de la Ciudad de México, donde el cuerpo de Carlos era velado.

Hice guardia junto a cinco personas más. Su ataúd estaba cubierto por dos banderas: la de México y la de la diversidad. Al fondo, la presencia silenciosa de su fotografía con uno de sus gatos; seres que amó con devoción desde los diez años. Escuché rezos cristianos, la solemnidad del Salmo 23 y del Ave María de Schubert, y un Himno Nacional que retumbó en los muros. Y luego, el México real: el mariachi irrumpiendo con Amor Eterno. Fue un error del conjunto, pues lo que se solicitaba era Amor perdido de Pedro Flores Córdoba —la favorita de Monsi en la voz de María Luisa Landín—, pero qué tanto es tantito; al final, la frase "si como dicen es cierto que vives dichoso sin mí" resonó como un epitafio involuntario.

Al salir, cerca de la medianoche, me encontré a Poniatowska, Humberto Musacchio y Arturo Cano. Había una tristeza compartida, un silencio que pesaba. Recordé entonces su deseo —confesado al reportero Jorge Ricardo en 2008— de que sus cenizas descansaran en el Zócalo, para presumir, en este o en el otro mundo, de un "funeral céntrico".

¿Quién fue Carlos? ¿Cómo encasillarlo? Imposible. Él se definía simplemente como un lector, a la usanza de Borges. Aunque se declaraba laico, su vida privada estaba tejida con los hilos de una minoría religiosa, herencia de su madre, doña Esther. Su biblioteca no estaba completa sin la Reina Valera, esa "primera noticia de la grandeza del idioma" que memorizó en su infancia. Como buen irreverente, no pudo evitar la picardía de adaptar el texto bíblico: para él, "en el principio (y en medio y en el final) era el Verbo".

El cronista y el bohemio

Monsiváis ejerció el periodismo con la misma pasión que Renato Leduc, quien lo bautizó, entre bromas y el santo olor de las malas palabras, como "el último bohemio". Carlos no aceptaba definiciones cerradas; fue escritor, crítico, periodista y, en sus momentos de juego, hasta extra en el cine —incluyendo aquel inolvidable papel que hizo como Santa Claus en Los Caifanes. Su vida fue un mosaico de reconocimientos —desde el Premio Rulfo hasta aquel entrañable doctorado honoris causas perdidas— y de amistades que marcaron la historia de nuestra cultura, desde Fernando Benítez hasta sus "compas" de Tepito.

La ausencia que se siente

Al dejar el Museo, el peso de su partida me recordó de inmediato el poema de Wisława Szymborska, Un gato en un piso vacío: esa sensación de que "aquí había alguien que estaba y estaba, que de repente se fue e insistentemente no está".

Carlos no se ha ido del todo. Sigue ahí, entre las páginas de Días de guardar y Los rituales del caos, esperando que lo volvamos a leer. Mientras tanto, y haciendo honor a la costumbre de los buenos amigos, me beberé un trago en su memoria. Salud, Carlos, por la ciudad que documentaste con tanta agudeza y por la que, sin ti, se siente, inevitablemente, un poco más vacía.

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Y que pasará con los gatos que va hacer sin ti?, y me acordé y leí en voz alta el poema de Wislawa Szymborska: Un gato en un piso vacío:

"Morir, eso no se le hace a un gato.

Porque qué puede hacer un gato

en un piso vacío.

Trepar por las paredes.

Restregarse entre los muebles….

Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

Se oyen pasos en la escalera,

pero no son ésos.

La mano que pone el pescado en el plato

tampoco es aquella que lo ponía.

Hay algo aquí que no empieza

a la hora de siempre.

Hay algo que no ocurre

como debería.

Aquí había alguien que estaba y estaba,

que de repente se fue

e insistentemente no está…."

Me beberé un trago en su memoria….




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