22 sept 2008

Atentado en Morelia

Dejan ir sospechosos la noche del ataque
La Procuraduría General de Justicia de Michoacán dejó en libertad a tres hombres que policías locales detuvieron luego del ataque de la noche del 15 de septiembre, reveló el director de Seguridad Pública local, Mario Bautista Ramírez
Además, "Los infiltrados nunca llegaron”
TEXTO FRANCISCO GÓMEZ/ENVIADO El Universal, Pp. Lunes 22 de septiembre de 2008;
Asegura que fue el primero en llegar al sitio del atentado y que ordenó sellar la zona y las carreteras. Señala que detuvieron a cinco sospechosos, pero los liberaron
MORELIA, Mich.— Después de los ataques con granadas la noche del 15 de septiembre, policías locales detuvieron a tres sujetos que corrían por calles cercanas y que correspondían a las características que gente que presenció el atentado reportó a uniformados.
Los tres hombres —cuyos nombres no se revelaron— fueron entregados a la Procuraduría General de Justicia de Michoacán (PGJM) que horas después los dejó en libertad por “no haber problemas con ellos”.
También 10 policías que tuvieron la orden de infiltrarse, vestidos de civiles, dentro de las celebraciones de Independencia, son investigados porque no fueron a trabajar ese día. La lista de esos uniformados fue entregada ya a los fiscales que indagan el atentado que dejó hasta hoy ocho muertos y 132 lesionados.
Así lo reveló el director de Seguridad Pública, Mario Bautista Ramírez, quien aceptó que si hubo impericia en la custodia y preservación del lugar de los hechos, ello fue producto de la crisis misma y de forma involuntaria. Indicó que en realidad ellos detuvieron en total a cinco hombres momentos después de los ataques, dos con motivo de una riña y los otros tres a petición de quienes reportaron sus “características”.
Ayer, EL UNIVERSAL publicó que la SIEDO tiene un video que muestra cómo se alteró y se dañó la escena del ataque. En la grabación se observa a dos agentes del Grupo de Operaciones Especiales lavándose las manos con un refresco, a centímetros de donde estaban restos de una granada.
—¿Quiénes eran los que liberaron?
—Los dos que son detenidos entre Madero y Morelos, me refiere la policía que al momento de estar pidiendo el apoyo ellos estaban provocando una riña. Se les somete y se les trae detenidos—, explicó el jefe policiaco.
—Los otros tres, por ahí la gente dice que ahí van corriendo, que son los que tal vez aventaron el artefacto y nos dan las características de ellos y los detenemos unas cuadras abajo. Los pusimos a disposición de la Procuraduría y ellos son los que están investigando, nosotros no—, añadió el funcionario.
“Los detenidos fueron investigados por parte de ellos (la Procuraduría estatal); quiero pensar que fue dentro de los lineamientos que ellos tienen para hacerlo y ya posteriormente en el transcurso de la misma madrugada fueron regresados a la Policía Estatal Preventiva diciendo que no había ningún problema con ellos. Esas son las cinco personas que nosotros detuvimos en ese momento, en ese lugar”, especificó.
Declararán policías
Bautista dio a conocer que él mismo entregó ya a los fiscales una lista de 10 policías para ser investigados por haber faltado el día del operativo. “Entregué una lista de 10 elementos que estaban convocados a participar como policías preventivos vestidos de civil y con un holograma bien identificado en el pecho, pero no se presentaron a trabajar ese día. Esos elementos tengo entendido que están trabajando, pero se les investigará”.
El resto de los elementos policiacos que participaron en el operativo esa noche irán a declarar. Incluso, él irá en breve.
Sobre el video que captó imágenes de policías disputándose un detenido, aclaró que “vi el video en donde aparece ese cúmulo de personas y no identificó a nadie. Sí se ve que hay unos policías pero no puedo acertar qué estén haciendo. Lo que reitero es que tuvimos a cinco detenidos y los pusimos a disposición de la Procuraduría estatal”.
Sobre su actuación en el lugar del atentado, dijo que él estaba a 20 o 30 metros del lugar. “Estoy sobre la mitad de la avenida Madero, frente a Palacio de Gobierno. La gente me hace señas de que me acerque e inmediatamente nos colocamos en el lugar. Soy la primera persona que llega y trato de acordonar el lugar, gritándole a la gente que se retire, que abran espacio para que pueda llegar protección civil porque todavía no había nadie atendiendo a los heridos”.
Luego reportó los hechos al gobernador Leonel Godoy, y regresó al lugar. Ahí, ordenó acordonar el área y cerrar las salidas carreteras. Sobre la alteración del lugar de los hechos, dijo que nunca antes se había tenido un evento de este tipo aquí, y apuntó que de los dos uniformados que se lavan las manos en el lugar, uno es paramédico y del otro por estar embozado no lo reconocía.

¡Seguimos ganando?

Columna Horizonte político/José A. Crespo
Publicado en Excelsior (www.exonline.com.mx), 22 de septiembre de 2008;
¿Seguimos ganando?
Los operativos antinarco de Vicente Fox y Felipe Calderón contra los cárteles de la droga se fijaron como propósito disminuir la narcoviolencia y elevar la seguridad pública nacional, así como reducir la oferta de droga y su consumo en México. Pese a los decomisos de armas, dinero y drogas, la destrucción de cultivos y la captura de sicarios y capos, ninguna de esas
metas se ha alcanzado. Se pueden decomisar todos los arsenales que se quiera; basta un par de granadas no requisadas para provocar un desastre. Incluso, la oferta y el consumo de drogas se incrementaron en estos seis años, según informó la Secretaría de Salud.
Lo cual fortalece la teoría del avispero que sostienen muchos especialistas: mientras más le pegas a un monstruo de mil cabezas con gran capacidad de respuesta, como lo es el narcotráfico, más violencia se genera contra agentes estatales, militares y ciudadanos. Desde luego, esa es una de las tesis alternativas. La otra, la que sostiene el gobierno, consiste en que a través de la confrontación directa con los cárteles se llegará a su desmantelamiento, si bien eso exige un elevado costo de violencia e inseguridad. Un corolario de esta doctrina podría denominarse, “mientras peor, mejor”: el crecimiento de la narcoviolencia es un indicio inequívoco de que los cárteles se van debilitando y, por ende, están en vías de ser desarticulados. A partir de lo cual, más allá de la condena sobre el 15-S, deberíamos estar contentos por la inminente derrota de los cárteles. Eso, si de verdad es correcta la teoría de “mientras peor, mejor”. Ojalá lo sea, pero, ¿cuál es la buena? Sólo el tiempo lo dirá. Conforme se prolongue la etapa de la violencia (así sea como preludio de la victoria sobre el narco), los ciudadanos tenderán a dar por válida la tesis del avispero —sea o no válida—, pues perderán la paciencia y cuestionarán crecientemente la racionalidad de combatir frontalmente a los capos como si se tratara de una guerra convencional.
En todo caso, quienes desde el principio de los operativos militares de Calderón pusimos en duda su conveniencia, contemplábamos como un riesgo real la eventualidad del narcoterrorismo, igual que ocurrió en Colombia en su momento. Por ejemplo, en enero de 2007, después de consultar con varios especialistas en el tema, en esta columna recordábamos que, ante el acoso del Estado colombiano, con el presidente Virgilio Barco a la cabeza, “la respuesta de los cárteles fue una violencia inusitada, que incluyó devastadores actos de terrorismo contra la población civil”. Y a partir de esa experiencia, calculábamos que en México: “Habrá que esperar mayor violencia, aunque el procurador Eduardo Medina-Mora asegure que no la habrá, pues no estamos en Colombia, y que si la hubiera, el gobierno está preparado para afrontarla. Esperemos que no haya dicha reacción violenta, pero de haberla, no me queda tan clara la capacidad gubernamental para evitar que afecte la seguridad cotidiana de los ciudadanos” (24/ene/07).
Ahora vuelve a recordarse el narcoterrorismo colombiano porque la estrategia seguida allá permitió a la postre reducir significativamente la violencia, pero no la producción de cocaína (Colombia sigue siendo el mayor productor mundial). Es decir, las víctimas de varios años de guerra contra el narco no sirvieron allá para su propósito primigenio: reducir la producción de la droga. Tras un largo ciclo de matanzas y sangre, se regresó al punto de partida.
Por otro lado, en la reducción de la violencia en ese país contó el hecho de que se despenalizó el consumo de las drogas (en 1994), algo que aquí intentó hacer Fox en abril de 2006, pero por exigencia de los estadunidenses se echó para atrás. Y también contó la aplicación del Plan Colombia, con todo lo que eso representa. ¿Estamos listos a aceptar algo así, en lugar del insignificante Plan Mérida?
En cuanto a los operativos de Calderón, en realidad fueron la continuación y profundización de la estrategia elegida por Fox, si bien éste tiró la toalla al final de su gobierno, al constatar que se le había salido de control. Fox auguró después que “México tendrá en Felipe Calderón sus mejores seis años de la historia... (pues) tiene la gran capacidad de lidiar con los asuntos que yo no pude resolver, como la seguridad y la lucha contra el crimen” (12/feb/07). Lástima que Fox nunca fue muy atinado en sus pronósticos.
En todo caso, cabe preguntar si Calderón, al decidir los operativos militares contra el narco, tenía contemplado el riesgo del terrorismo como parte de los costos que deberíamos pagar. De ser así, debió haberlo comunicado con precisión a la ciudadanía, para que supiera exactamente a lo que nos enfrentaríamos, y que eventuales actos de terrorismo no la tomara por sorpresa (como la tomó). Pero el pasmo y el tono del discurso de Calderón ante los atentados de Morelia llevan a suponer que él mismo no había calculado esa posibilidad. En cuyo caso, al tomar tan grave decisión quizá no consultó a expertos en la materia o, si lo hizo, éstos le dijeron sólo lo que quería oír (suele suceder).
Como sea, ahora sabemos que, entre los costos de esta cruzada, en tanto el Estado no logre derrotar a los cárteles, estará presente el riesgo de que cualquier ciudadano, en cualquier lugar y momento, sea víctima del narcoterrorismo. La condena unánime contra esos actos, las expresiones de unidad y las marchas multitudinarias no lograrán per se solucionar el problema. Por lo cual, el 15-S debería servir para debatir a nivel nacional si vamos por el rumbo adecuado o si conviene explorar estrategias alternativas. Y es que si la teoría de “mientras peor, mejor” resulta incorrecta, pagaremos elevadísimos costos de violencia, inseguridad e inestabilidad... en vano.

Columna Razones de hoy

Columna Razones/Jorge Fernández Menéndez
Publicado en Excelsior (www.exonline.com.mx), 22 de septiembre de 2008;
Un mes: la evaluación es insuficiente
Se ha cumplido un mes de la reunión del Consejo Nacional de Seguridad Pública convocado el pasado 21 de agosto, con sus más de 70 compromisos, asumidos en medio de la crisis que generó el secuestro y el asesinato del joven Fernando Martí y desde entonces hemos tenido
una espiral de violencia que no ha decaído: además de los constantes ajustes de cuentas de grupos del narcotráfico, conocimos del terrible secuestro de Silvia Vargas, que continúa, a un año de esos hechos, desaparecida; de la matanza de 13 personas en Creel, Chihuahua, en una fiesta de 15 años; hemos visto cómo fueron ejecutadas 24 personas en La Marquesa en el Estado de México, sin que tengamos, hasta ahora, aunque sea una explicación de lo sucedido; y el 15 de septiembre en la noche, tuvimos los atentados en Morelia que han dejado, hasta ahora, ocho muertos y un centenar de heridos.
Ha habido, también, acciones policiales importantes: el desmantelamiento de una célula del grupo La Familia que se dedicaba al narcomenudeo y al secuestro; la caída de varias bandas de secuestradores; el desmantelamiento de la estructura de operación y protección de Los Zetas en algunos municipios de Tabasco; el decomiso de más de 26 millones de dólares en Sinaloa al cártel de Ismael El Mayo Zambada; el decomiso de fuertes cantidades de cocaína en diversos operativos; el operativo conjunto que permitió la desarticulación de una de las redes internacionales de Los Zetas que comenzaba en Colombia, pasaba por Panamá y Guatemala, ingresaba a México para enviar la droga a Estados Unidos y de allí (o de sus estaciones previas) enviaba cocaína a Italia a la mafia calabresa, la más pequeña de las tres que operan en ese país (las otras son la napolitana y la siciliana) pero también la más violenta.
La última acción es particularmente importante por varias razones: primero, porque en el operativo del día 15 de septiembre se detuvo en Estados Unidos e Italia a más de 170 integrantes de esa organización, se decomisaron varias toneladas de cocaína y millones de dólares. Pero la cifra es mucho mayor cuando se analiza el conjunto del operativo que duró 15 meses y dejó más de 500 detenidos, con operaciones y trabajo de inteligencia particularmente importante en Colombia, México y Guatemala. Pero, como publicó Excélsior, uno de los datos que determinaron el éxito de la operación fueron las llamadas de Los Zetas a Italia para hablar con sus socios calabreses y reclamar el pago de cargamentos que habían sido enviados con anterioridad. Podrá parecer algo menor o el resultado de la simple labor de escucha telefónica, pero lo notable del hecho es que Los Zetas estén reclamando dinero adeudado por uno de sus socios por teléfono, no por un enviado o algún otro tipo de comunicación. Porque, además, ¿cuál era la urgencia de la organización mexicana para reclamar telefónicamente, la vía más insegura que puede haber para ese tipo de comunicaciones, a los calabreses? La única explicación es que la red había recibido golpes ya muy duros (¿recuerda usted el comando de Los Zetas detenido en Guatemala y el comando colombiano detenido en la Ciudad de México meses atrás?) y sus operadores más experimentados no estaban disponibles (según las autoridades estadunidenses, el operador de la red desde Atlanta era un joven de apenas 20 años) y que, por otra parte, como consecuencia de ello, lisa y llanamente, necesitaban dinero. Y muy probablemente los calabreses no pagaron porque dejaron de tener confianza en sus socios de este lado del Atlántico.
Esa es una historia de éxito, de una investigación de la que se pueden desprender muchas enseñanzas. Pero incluso así, no alcanza para ocultar el mayor problema estructural que tenemos a la hora de combatir la inseguridad, sea del narcotráfico o de otros tipos de delincuencia organizada o común: el diseño institucional no sirve, no funciona, no está adaptado a nuestra realidad y nuestros principales actores políticos están dispuestos a muchas cosas menos a modificarlo, a reformarlo realmente a fondo. Un ejemplo lo tuvimos en la última reunión del Consejo de Seguridad. Se aprobaron varias iniciativas, quizás la más importante la de una estrategia conjunta contra el secuestro, se designó a Monte Alejandro Rubido García (un hombre con experiencia y capacidad en ese terreno) como secretario ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública pero no se avanzó en lo más importante: en el visto bueno a la ley de seguridad pública, cuyas bases ya fueron aprobadas en el ámbito constitucional, y no se lo hizo porque se consideró que con ella pierden atribuciones los ministerios públicos, al permitirle investigar a las policías, y sobre todo porque los que no quieren perder atribuciones son los gobiernos estatales, aunque no utilicen esas mismas atribuciones que quieren conservar.
Todo ello gira en torno a un capítulo que si no se supera hará inútiles o parciales todos los otros avances que pudieran darse: la obligatoriedad de los acuerdos, la necesidad de hacerlos vinculantes con los gobiernos estatales. No sirve de nada que se aprueben medidas o se consensúen acciones si, después, tanto el gobierno federal como los estatales y los municipales, y en otro ámbito los poderes Legislativo y Judicial no tienen obligación alguna de cumplir lo que firman. El Sistema Nacional de Seguridad Pública existe desde 1995, ha tenido buenas y malas épocas, y cuando nació sus determinaciones eran vinculantes, obligatorias para todos. Consecuencia del debilitamiento de la institución presidencial, desde 1997, se modificó la ley para que esos acuerdos fueran optativos, y el hecho es que no tenemos después de más de una década, un sistema se seguridad como tal porque cada estado, cada municipio, cada corporación policial hace lo que quiere. Si no se comienza por ello, lo demás siempre será insuficiente o parcial.

Para entender el narcoterror

Columna Juegos de Poder/Leo Zuckermann
Apuntes para entender el narcoterrorismo
El gobierno mexicano parece tener dudas en cómo calificar los atentados del pasado 15 de septiembre en Morelia. Algunos funcionarios rehúsan llamarlos como actos terroristas o, para ser más exactos, de narcoterrorismo. Más claro ha sido el embajador estadunidense quien dijo: “Creo que los narcoterroristas han subestimado terriblemente la valentía y fuerza de los mexicanos”. Como deja entrever Antonio O. Garza, que algo sabrá, el narcoterror ha llegado a México. Y en este sentido, tenemos que entender este fenómeno inédito en nuestro país. Al
respecto, presento siete apuntes.
1. De acuerdo con el sitio narcoterror.org, Fernando Belaúnde Terry fue el primero en utilizar el concepto de narcoterrorismo en 1983. El ex presidente peruano se refería a los ataques terroristas en contra de la policía antinarcóticos en su país. Sin embargo, hoy en día el concepto tiene una definición más amplia. Se trata del uso sistemático de amenazas y actos violentos en contra de la población civil por parte de los traficantes de droga para influir en las políticas gubernamentales relacionadas con este negocio ilegal.
2. El mayor narcoterrorista de la historia ha sido, hasta ahora, el colombiano Pablo Escobar Gaviria. El jefe del cártel de Medellín, el principal en la década de los ochenta en Colombia, comenzó a intimidar al gobierno que combatía su negocio. Lo primero que hizo fue asesinar a personajes de alto perfil. El conflicto escaló. El gobierno anunció que extraditaría a los jefes del narcotráfico, incluido Escobar quien le tenía pánico a terminar en una cárcel de Estados Unidos. Decía que prefería una tumba en Colombia. Vino entonces la mayor ola de narcoterrorismo de la historia. Todo para presionar al gobierno colombiano para que Escobar y los otros extraditables no fueran entregados a la justicia estadunidense. El recuento de aquellos años arroja cientos de secuestros y miles de ejecuciones incluidas la de un ministro de Justicia, un procurador general, dos candidatos presidenciales, el director del periódico El Espectador y varios periodistas más. También explotaron bombas por toda Colombia. Las más mortíferas fueron las que detonaron a las afueras del edificio del DAS, el órgano de inteligencia colombiano, que dejaron más de setenta muertos y la que explotó en un avión de pasajeros en pleno vuelo que mató a 107 personas.
3. El narcoterrorismo se trata de una vil extorsión. El narcotraficante realiza actos de terror en contra de la población civil para generar miedo. La población, en un primer momento, cierra filas en torno a su gobierno pero luego comienza a presionarlo producto de la desesperación. Los narcotraficantes prometen al gobierno que cesarán los actos de terror si acceden a sus demandas, en particular que los dejen operar con toda libertad su negocio ilegal. Si el gobierno negocia y accede, se consuma la extorsión.
4. La historia de Escobar sugiere, sin embargo, que al gobierno, y en última instancia a la sociedad, no le convienen acceder a la extorsión. El capo de Medellín efectivamente logró amedrentar al gobierno de Virgilio Barco. Hubo una negociación en la que el narcotraficante se entregó a la justicia a cambio de que no lo extraditaran a Estados Unidos y lo encerraran en una cárcel que él mismo construyó. ¿Y qué ocurrió? Pues que Escobar siguió operando su negocio desde una jaula de oro. La violencia continuó en Colombia. Cuando el gobierno se dio cuenta de que el narcotraficante no estaba cumpliendo con su palabra, se dio la orden de trasladarlo a una cárcel verdadera. Pero Escobar se fugó. Estuvo a salto de mata durante algún tiempo hasta que la Policía Nacional lo encontró. Ese día, murió. La lección es muy clara: el gobierno no puede dejarse extorsionar por un criminal que está dispuesto a matar a civiles inocentes. Los narcoterroristas no son caballeros ingleses que cumplen con su palabra.
5. En el caso de Morelia existe la hipótesis de que un grupo de narcos (Los Zetas) realizó el atentado para que el gobierno reaccionara con severidad en contra de otro grupo de narcos (La Familia) que son quienes controlan esa plaza. En este sentido, el acto terrorista no se trataría de una extorsión sino de una táctica maquiavélica para combatir a una banda rival. Pero, de comprobarse esta hipótesis, de ninguna manera puede considerarse como un paliativo. Lo cierto es que, independientemente de las causas, un grupo de criminales atentó en contra de la población civil para infundir miedo y eso se llama terrorismo.
6. En un libro sobre Sendero Luminoso, Gabriela Tarrazona argumenta que el terrorismo, incluido el narcoterrorismo, no debe tratarse como un acto criminal común. De acuerdo con la abogada, en el caso peruano “mientras que las tácticas gubernamentales llevaron a una gran cantidad de arrestos y encarcelamientos, a los magistrados (del Poder Judicial) les faltaba la protección y el entrenamiento personal para manejar eficazmente los casos terroristas”. Además, según Tarrazona, las constantes disputas entre la policía y el ejército sólo fortalecieron la posición de los narcoterroristas en Perú.
7. De estas reflexiones se infiere que el narcoterrorismo es un fenómeno diferente al combate al crimen organizado. Que implica una estrategia distinta del Estado. Una estrategia que requiere la participación activa de los tres niveles de gobierno (federal, estatal y municipal) y los tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial); que demanda que la policía y las fuerzas armadas dejen a un lado sus diferencias; y que necesita del apoyo inequívoco de la sociedad. Lo ocurrido en Morelia no puede considerarse como un simple acto más en la guerra en contra del crimen organizado. Es el principio de una nueva etapa en la que ya se hizo presente el execrable fenómeno del narcoterrorismo en México.

¡No entiendo!

No entiendo/Agustín Basave
Publicado en Excelsior (www.exonline.com.mx), 22-Sep-2008;
Para Orla, mi esposa.
Escribo estas líneas a horcajadas entre dos importantes y venturosos acontecimientos en mi vida. Tengo razones personalísimas, pues, para estar de buen ánimo. Pero los momentos que atraviesa México me hacen absolutamente imposible inyectar una dosis de optimismo a mi análisis. Son dos variables, una endógena y otra exógena, las que elevan mi preocupación: la escalada de la violencia a niveles de terrorismo en Michoacán y el desbordamiento de la crisis
económica de Estados Unidos. Ambas ponen a nuestro país en circunstancias asaz calamitosas. Por desgracia, me queda claro que el peor de los escenarios ya no se ve tan lejano como antes.
Pero hay varias cosas que no entiendo. A mi juicio, tanto el desafío del crimen organizado aquí como la debacle del sistema financiero allá se originan en buena medida en el fracaso de la receta globalmente prescrita del repliegue del Estado. Me anticipo a las objeciones neoliberales: no critico la desaparición del Estado bulímico sino el advenimiento del Estado anoréxico. Fue la maldita obsesión de volar sin escalas de la estatolatría a la soberanía del mercado la que nos llevó al desastre. En el primer caso no fue tanto una estrategia específica cuanto el estancamiento y la erosión que sufrieron las instituciones de la seguridad pública y la seguridad nacional como subproducto de una mentalidad, dogmática a cual más, que a priori e indiscriminadamente desdeña lo público y privilegia lo privado. En el segundo caso sí se trató de un modelo que incluye una serie de medidas desreguladoras, todas ellas fruto de la mercadolatría.
No entiendo la sorpresa. Se ha repetido hasta la saciedad que la primera responsabilidad del Estado es garantizar la seguridad de los ciudadanos, y la sentencia de Weber sobre el monopolio de la violencia legítima ha sufrido la ignominia de volverse un cliché. Y sin embargo, los gobernantes mexicanos de los últimos años no han puesto “su” dinero donde está su boca, para usar una expresión anglosajona. Y no es únicamente un asunto de falta de presupuesto, sino también y quizá principalmente de abandono. No ha habido profesionalización ni fortalecimiento estructural ni visión de largo plazo en ese ámbito porque no ha sido prioritario, y no se le ha priorizado porque el Estado mismo, al que el aparato de la seguridad es intrínseco, es la última de las prioridades. Después de todo, el eslogan del fundamentalismo individualista es cada quien se rasque con sus propias uñas. Aunque ya ni las uñas de una minoría den para rascarse bien.
No entiendo la obstinación de los adalides de la globalización desbocada que se niegan a embridarla. No aprendieron del susto que les dio a sus ancestros la respuesta revolucionaria al capitalismo salvaje, ni han comprendido que la voracidad es muy mala consejera, ni se percatan que la subregulación es tan dañina como la sobrerregulación. No deja de asombrarme su fe de carbonero en la capacidad autocorrectora el mercado. Una y otra vez las inefables fuerzas de la oferta y la demanda han provocado estropicios y una y otra vez las han exonerado de toda culpa, paradójicamente con el mismo argumento que los marxistas puros usaron para deslindar a su doctrina del fracaso del socialismo real: que no aplicaron bien la teoría y desvirtuaron el arquetipo. Pero resulta que esas contrahechuras que se ven lo mismo en el capitalismo de hoy que en el comunismo de ayer son el resultado de sumergir las maquetas teóricas en el ácido de la realidad. Así funcionan los modelitos en la praxis. Salvo que, claro está, se hagan ajustes que desafíen la ortodoxia en aras del sentido común.
No entiendo por qué hasta ahora los líderes del establishment empiezan a darse cuenta de que, contra lo que creían, el encogimiento del Estado les perjudica también a ellos. Era obvio que sus recursos privados no alcanzarían indefinidamente para protegerlos del crimen organizado mexicano o del desastre económico norteamericano. Ojalá que ese descubrimiento, al menos eso, nos permita revertir la tendencia y reivindicar la cosa pública. Ya se escuchan muchas voces en Estados Unidos que reconocen que fueron el crédito desenfrenado y los instrumentos financieros sin supervisión los que causaron la explosión. Hago votos por que en México empecemos a aceptar que ese desmantelamiento del incipiente andamiaje estatal que consciente e inconscientemente se llevó a cabo en este país nos está pasando la factura también en lo que a seguridad se refiere. La privatización de las policías y en general del sistema de procuración de justicia, no la que trasladó funciones de vigilancia a empresas de protección sino la que dejó que grupos de delincuentes se adueñaran de las instituciones, también nació del desdén por una organización que debe trascender a cualquier individuo para servir a la comunidad. La corrupción ya estaba ahí, sin duda, pero ahora está acompañada del caos.
No entiendo por qué tuvimos que esperar a un abominable atentado como el de Morelia y a la amenazante avalancha de Wall Street para abrir los ojos. No entiendo, en suma, a los templarios de la mano invisible, cuyo rechazo a la intervención del Estado me hace pensar que en el fondo tienen alma de anarquistas. En fin, así es la vida. Estoy cumpliendo medio siglo de existencia y nomás no entiendo.
abasave@prodigy.net.mx

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